Martes, 20 Agosto 2019
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Elegía
Becarios De La Fundación Para Las Letras Mexicanas | Cultura | Jorge Comensal | 01.09.2012 | 1 Comentario

(El 24 de junio de 2012 murió el último
ejemplar de la subespecie de tortuga gigante Chelonoidis nigra abingdonii, nativo de la isla Pinta en el archipiélago de las Galápagos.
Su nombre era Lonesome George, Solitario Jorge.
La extinción de esta subespecie se debe principalmente a la cacería intensiva que sufrió durante el siglo XIX.)

I

Solitario Jorge, quisiera saber. Quisiera encontrar una publicación que describiera la experiencia de tu encéfalo al dormir. La biología me ofrece sustitutos, pero cierro mi puño y lo doy contra la mesa para llenar de intolerancias el coraje de mi No. No quiero saber de tu genoma extinto, de tu pasado largo ni de tu anatomía rocosa. Esta noche no me importa resolver la carencia de besos en mis labios, ni conservar la salud de mis finanzas, riñones ni molares. Si fuera preciso, regalaría mi sueldo y llenaría mi cuerpo de alcohol y caramelo. Quemaría mis naves, todas mis naves, por saber.

Para que mi dolor alcance su plenitud malsana, pido un imposible. El duelo necesita heridas:
un cepillo de dientes (en duelo vertical junto al espejo)
una almohada (que irradie lentamente, como una estrella cóncava, el perfume de la cabeza ausente)
un ataúd (que caiga al suelo como una fruta madura y ceda su carne a favor de los gusanos y que de su semilla nazca petróleo maternal).

Pero tu cuerpo fue encerrado en una cámara de frío. En lugar de ser festín para los buitres, tu cerebro será para el formol. Como el niño cuando arranca las alas de una mosca, el naturalista es inocente y cruel. Él no te dejará desintegrarte, no permitirá que te consagres al capricho universal de la entropía. Entonces, ¿qué vacío me donará el espacio que tu cuerpo no renuncia? Si permaneces visible y congelado, ¿cómo voy a digerir tu muerte? Si tus células nunca se desatan, ¿cómo aflojaré estos nudos?

II

Necesito paladear este misterio para sufrir con propiedad tu ausencia: ¿Cómo fueron los sueños que soñaste, solitario Jorge? La encefalografía revela que las ondas cerebrales del reptil despierto presentan el ritmo lento y coordinado que en los mamíferos es signo del dormir. Qué curioso antagonismo de conciencias: mientras ustedes avanzan o mastican, mientras podan un arbusto para darle la forma de su hambre o se tienden sobre las márgenes del río a cosechar el sol, sus cerebros gozan la paz del mamífero dormido.

Ya que el hombre no tiene paciencia en la vigilia, no hay mejor tortura que el insomnio para él. Déjalo sin sueño y sufrirá, porque no sabe pensar al ritmo de su vida elemental; no le basta la danza de oxígeno en alveolos, no le basta la minería ventral de sus nutrientes ni el hervor que lo sostiene a treinta y siete grados Celsius de calor. La mente del humano no ha aprendido a descansar sin alejarse de sí misma, y por eso sufro el pensamiento de que ya no vives, como yo. Es solo un pensamiento, solo una manera que tiene la memoria de marcharse lejos de mi cuerpo en soledad.

III

Esta elegía es como un sueño de animal humano: un aparato de retórica ampulosa que trata de envolver una emoción sencilla. Es un retablo apolillado por el deseo larvario de tener alas y jugar. Quiero volver a esas tardes infantiles cuando mi amiga y yo éramos esposos que jugaban a la vida cotidiana, a la cocina, el abrazo y el café. Quiero que existan todavía las manos con artritis de mi abuela y que jueguen conmigo al dominó. Quiero jugar con mi madre a que bailamos y también quiero jugar a ser espejo de una mujer feliz.

Mientras que sobrevivir exige someter a los rivales y seducir a las parejas, jugar es un encuentro transparente, un exceso de la vida que derrama sus espumas por encima de la necesidad. Es sencillo: quiero jugar y no hay con quien hacerlo. Por eso, querido Jorge, tú eras la metáfora viva y generosa de mi desilusión. Tú eras mi pareja íntima, mi compañero conceptual.

Pero ahora se me informa que te has muerto, que te encontraron sin vida junto al estanque donde solías beber. Se me informa que te has ido y que contigo se acabó la especie, esa mano fantasma que te dibujaba. Fuiste el último boceto de Chelonoidis nigra abingdonii.
Era inevitable. Tu paciencia y lentitud no eran posibles en un mundo dominado por mi especie.
¿Qué hare sin ti? ¿Dónde hallará mi piel otro caparazón?

IV

Esta soledad no la conjuran ni tertulias ni terapias ni amoríos. Esta soledad la conociste cuando te llevaron hembras gigantes de otras islas para ver si de milagro te apareabas. Hubo incluso una zoóloga de Suiza que se ofreció a estimular tus genitales. Nada sirvió. No fue fecunda la derrama de tu semen. Estabas solo hasta la médula, solo para siempre en la isla Pinta.

Un día de 1971 fuiste hallado y recluido en un corral donde científicos y legos pudieran venir a aplaudir y señalarte. Llegaron muchos visitantes a tomarse fotos contigo, sobar tu lomo y comprar una efigie tuya de peluche. Fueron mareas de estupidez en manga corta que no te dejaban soñar en paz. Por tal motivo, hago votos por la extinción de los turistas y me atengo a que haya suerte y sobreviva en el planeta algún lugar hermoso y escondido que no tenga tarifas ni tiendas de suvenires.

La fama universal te era inútil. Nadie conoce la soledad del macho que pide cariño y solo encuentra admiración.

V

Tu nombre no era dulce, Jorge. Para decirlo eran precisos dos fonemas fricativos, una vibración nerviosa y la vocal más redonda y oscura. Tu nombre era una ortiga que solo supo crecer junto al dolor. No existe adjetivo más penoso que la soledad. Alguien dirá que la muerte es más terrible, pero la muerte ni siquiera se imagina. La muerte apenas llega a ser lexema y noción más abstracta todavía que la belleza, y de más rápida putrefacción. La muerte es el antónimo de la experiencia, y un animal para sí mismo es inmortal. Lo que duele de la muerte es la vida solitaria, la falta de ese cuerpo que inhale tu nombre áspero, y lo suspire junto a ti.

VI

La vida es un asunto de humedad, una manera que tiene el agua para no aburrirse de su eternidad tan suave. Su flujo recoge migajas de cieno y al ánimo del rayo se pone a improvisar tentáculos, pedúnculos, anticodones, apéndices, bacilos y celomas. La vida es un delirio sólido del agua y por él nos gusta el olor a tierra tras la lluvia, y por él, aunque usamos batiscafos y paraguas, sobrevive la humedad durante el coito. También por eso te envidiaba, tú parecías casi vencer la tiranía del agua, casi menos animado que una piedra, y nada más de verte me daba sed.

Todo era disfraz. A la hora del colapso, tu cuerpo se movía rumbo al estanque y en ese gesto fatal queda cifrado el motivo de tu muerte y la razón de que tus sueños sean la única respuesta que ahora exijo. Tú soñabas con el mar. El camino torvo de la evolución te había hecho gigante resecado, pero tú añorabas la levedad de la corriente, la frescura y multitud de cuando fuiste Odontochelys semitestacea, tu antepasado más remoto, miles de especies atrás. Por eso en la vigilia tus neuronas se reunían a imitar las olas. Soñabas el mar, esa era tu añoranza de Quijote. El mar. Igual que el curso de los ríos en las montañas y el canto del mesero que antes era pescador. Igual que los fósiles de caracol en los desiertos y los cadáveres en el coctel de camarón. Querías el mar y tu destino era buscarlo a través de la reproducción. Ser padre es la manera más humilde de triunfar. El padre solo pide que sus hijos nazcan a la altura de sus metas y sean padres a su vez. La paternidad es esperanza y obstinación, pero tú eras callejón de carne sin salida hacia el futuro. No había hembra que supiera aquilatar tus genes. Llegaba nuestro fin.

Soñando con el mar te dirigiste hacia el estanque, y a un palmo de tocarlo fuiste segado por una hoz de lucidez. Tu cuerpo era tristeza desmedida. Sostenías el mundo sobre tu caparazón. En cada palabra siento (¿quién escucha?) la derrota de tus células, la agotada mitocondria, la membrana sepulcral.

No solo somos los creadores de la brújula, el poema y la televisión. También somos tus verdugos. Solitario Jorge, no digas más. ~

——————————
JORGE COMENSAL (Ciudad de México, 1987) estudió Lengua y Literaturas Hispánicas y fue profesor adjunto de Teoría Literaria en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Está escribiendo su primera novela con el apoyo de la Fundación para las Letras Mexicanas.

Una respuesta para “Elegía
  1. Alex dice:

    Te felicito por ese narrativa…Lonesome George…Lo devoro cada vez…

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