Martes, 20 Agosto 2019
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Hacia un nuevo contrato social: la experiencia colombiana
Este País | Carlos Álvarez | 01.02.2012 | 1 Comentario

La respuesta que la sociedad colombiana ha dado a la espiral de violencia y descomposición social que experimentó en las décadas de los ochenta y noventa principalmente, ha sido al menos tan formidable como los problemas que la antecedieron. Teórico y artífice de este cambio extraordinario, mano derecha de figuras emblemáticas como Antanas Mockus y Jorge Child, nuestro autor aporta claves esenciales para entender dicha crisis y describe la renovación intelectual y moral que dio fundamento a la transformación.

istockphoto.com/Brian Hauch

Hay que atreverse a pensar de otro modo.
Jacques Derrida

Introducción

Bogotá DC, capital de la República de Colombia, sufrió unas escaladas brutales de narcoviolencia que tras los efectos de una muy compleja espiral de desestabilización y desinstitucionalización política nacional nos dejó, por necesidad vital, obligados a preguntarnos por todos aquellos principios y valores que más nos convenía no tanto reconocer sino más bien practicar, de común acuerdo, como fundamentales para la verdadera cohesión de un grupo social. Porque los principios y valores comunes son los únicos que le otorgan mayor unidad y mejor identidad a un colectivo social que, frente a semejante progresión de tantas y tan aterradoras violencias, prefirió buscarlos para re-encontrarlos y para poderlos aducir como su mejor estrategia de defensa colectiva.

Aducir razones más profundas y poderosas, esgrimidas como los acuerdos más valiosos y fundamentales para una Sociedad, fue —si se me permite decirlo así— una quijotesca resistencia conciudadana mucho mejor armada y que se supo capaz de confrontar a la más tenebrosa violencia con flores, con civismo y con civilidad, a socaire del mayor renacer cívico y ciudadano del que se haya tenido noticia hasta ahora en nuestro país. Fue tal la certeza y tales los arrestos de esta nueva forma de autoridad moral, que todos nos reconocimos con la capacidad de ponerle un geranio, un lirio (una azucena, en otras latitudes) o un cartucho1 teñido de rojo y otro de amarillo a los fusiles de guerra. Pues como grupo de acción colectiva los bogotanos estábamos percatados de la fuerza y el poder simbólico que asiste a los agregados sociales cuando se persuaden de que su acción pública o colectiva será tomada en cuenta, si todos a un tiempo se identifican con ella como una causa colectiva, como su causa común.

Se trató de una muy cuidadosa operación de conjunto, primero psicosocial y luego sociocultural, que nos llevó, de forma innegable, a aprender a aducir y argumentar mejores razones, como antídoto eficaz para disputarle toda su falsa supremacía a la violencia. En especial, a la más brutal y asesina forma de narcoviolencia y a sus más atroces secuaces, la política y sus políticos corruptos, acusados y recusados de impotencia y ya prácticamente reducidos a la insignificancia por el contenido inaudito de unos hechos atroces. La mejor síntesis de todos estos eventos catastróficos nos reconectó, por efecto de un necesario renacer moral conciudadano, con un modelo todavía ingente de nueva Política y con sus consecuencias más deseadas: un proyecto de reconstrucción más integral de la gobernabilidad perdida, fundamentado en una experiencia, todavía incipiente, de pedagogía ciudadana que nos señaló, ante todo, que era menester (aunque todavía lo despreciamos mucho) filosofar. Pues todas estas nuevas violencias no solo nos hicieron aún más evidentes todas nuestras miserias: miserias sociales, económicas, morales, políticas, humanas, de autoridad y de gobernabilidad. También nos demostraron que nuestra miseria también era educativa y, si se me concede afirmarlo así, filosófica, en razón a la importancia de su complejo trasfondo cultural.

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Esto nos impuso tener que aprender, rápidamente, a revalorarlo todo, lo que debe entenderse como la forma más decidida de superar la violencia y comenzar a pensar, de otro modo, el porqué de su brutal frenesí. Algo que solo es posible si sus rasgos y determinantes más profundas se comprenden y declinan, como intentamos hacerlo entonces, en clave cultural. Porque identificar y reconocer, formar y fomentar principios y valores fundamentales, para después asumirlos y practicarlos —declinados como eje de una nueva conciencia colectiva en clave cultural—, nos puso ad portas del mejor conjuro universal contra todas las formas de violencia. Redescubrir y practicar la ciudad como un complejo entramado cultural nos vinculó, en forma explícita, con nuevos retos de renovación ético-política y, por consiguiente, psicosocial y sociocultural que, por relevo, nos re-marcaron alternativas más civilistas. Luego, esa unidad cultural perdida, inasible bajo tantas presiones violentas, era y es reconquistable solo mediante la recuperación de los verdaderos principios (morales, políticos y sociales) que otorgan una escala apreciable de orden y estabilidad a cualquier grupo social, lo que los hace ser y estar más profundamente vinculados con unos valores por eso mismo mucho más fundamentales (respeto, dignidad humana, responsabilidad social y ambiental, mejor calidad de vida, defensa de un ingreso básico), asumidos y practicados por todos siempre que aprendamos a declinarlos como “inteligente colectivo”.2

Aunque todavía resuena demasiado quijotesco, asumir y practicar la Cultura mediante dos de sus conectores de base, la (nueva) Comunicación y la (re)Educación ciudadana, comprendiendo y enlazando todas sus complejidades y derivas, sí es, fue y será el mejor recurso para superar la violencia y sus más demenciales arrestos criminales, que disponen de la vida humana a su antojo, como su forma más costosa de —excúsenme el tener que decirlo así— sobrepublicidad. Pues cada nuevo ser humano muerto es tan solo la contabilidad, demasiado onerosa, de un advertencia publicitaria más, pagada con otra vida como el peor artificio fatal de la violencia, así ensalzado —quiero decir: así sobrepublicitado.

Antecedentes

Las fallas en la comunicación
son el comienzo de toda violencia.

Jean-Paul Sartre

Quiero dar inicio a esta parte del artículo retomando un epígrafe que representó una referencia fundamental para el proceso de transformación que, a mediados de la década de los noventa, nos permitió irrumpir con un proyecto —que me gustaría reconocer como continuado— de renovación ciudadana en la ciudad de Bogotá DC, Colombia. Y apelo a ello porque aprecio y valoro el impulso de algunas máximas que, retomadas ahora en función de su poderoso valor testimonial, no solo hicieron más comprensible la gravedad de los problemas que enfrentamos como grupo social, sino también nos permitieron remarcar ciertas líneas de conducta, primero personales, después culturales y finalmente sociales, todas ellas bastante imperativas, que permiten comprender la pertinencia colectiva de la acción. Pero además, y simultáneamente, nos predefinieron la forma que debería tomar nuestra acción colectiva como respuesta objetiva a los ojos (y frente a los juicios) de todos los demás.

Espero no sonar presuntuoso, pero la pérdida de dirección política ante los acontecimientos que nos asolaron a finales de la década de los ochenta, con la narcoviolencia, nos sirvieron también para apuntalar reflexiones que nos situaron como vecinos y como moradores de algunos de los más relevantes sistemas de pensamiento del mundo moderno. Si nuestra Sociedad entera repudió tanta pérdida de legitimidad, de gobernabilidad y de poder en todas nuestras autoridades nacionales, frente a un estado de cosas violentamente estremecido por olas incontenibles de narcoviolencia, solo un aliento crítico, primero de signo intelectual y muy pronto con el carácter de una crítica cultural más avezada, nos permitiría marcar una salida (o mejor una entrada) a la rotunda sinsalida que todas estas nuevas formas de violencia, extremas, nos remarcaron como sino violento. Como nuestra realidad nacional ha estado —y de muchas maneras todavía es y está— sacudida en toda su geografía por muchas formas de violencia endémica contabilizadas por décadas, la estremecedora emergencia de la “nueva” narcoviolencia podía sedarnos, asentar en nosotros las constantes de parálisis, inmovilidad e indiferencia que ya arrastrábamos como colectivo social ante “nuestras” otras constantes de violencia, igualmente repudiadas pero también contestadas en no pocos casos solo con mayor violencia oficial y también, no pocas veces, sin sentido. Pues había y todavía hay muy poco de pura casualidad en la arremetida de una narcoviolencia que estratégicamente desplazó hacia los principales centros urbanos del país y, en particular, hacia la ciudad de Bogotá DC, el aterrador frenesí de sus más brutales ataques, en escalas patéticamente superiores y mayores a las de los conocidos y ya casi corrientes hechos criminales de la subversión que, por efectos de su distancia territorial y/o de su frecuencia temporal, nos convirtieron en la coda de un “silencio” público si no complaciente al menos sí indiferente.

En efecto, a finales de la década de los ochenta, la narcoviolencia instauró en nuestro país unos parámetros de ataques tan brutales y demenciales que terminaron por desplazar rápidamente los viejos patrones de la violencia guerrillera, afincados en las zonas rurales y en el campo; la narcoviolencia atacaba ahora los principales centros urbanos y a sus mayores congregaciones de público, en particular y sobre todo Bogotá como el principal recinto simbólico del Poder nacional. Sí, la narcoviolencia practicó nuevos métodos, aterradoramente consolidados por la supremacía de su enorme poder sobrepublicitado, debido a que sus niveles insoportables de crueldad criminal tuvieron una amplia resonancia en todos los medios de comunicación, tanto nacionales como internacionales, lo que la enlazó en forma efectiva, con el alcance súbito de los fines políticos que más claramente perseguían. Pues como fenómeno sociopolítico, la narcoviolencia se tradujo en el más crudo mensaje de deslegitimación política sobre el verdadero poder, sobre la función directiva de todos nuestros dirigentes. Pero también nos persuadió sobre los verdaderos arrestos de autoridad moral que todas nuestras autoridades, tanto nacionales como locales, tenían y aún mantienen, para poderla contrarrestar. Porque la cruda realidad de tantas violencias es que —incluso sustraídos como nación de los más feroces debates políticos sobre la conveniencia o no de la pena capital— la muerte humana sí es, sin reservas, nuestro más verdadero peligro capital, solo que agravado ahora por la entrada en escena de otro tenebroso, y reciente, intruso criminal.

Pero esta forma de ruptura, provocada y deliberada, con las constantes históricas de nuestras otras violencias, también significó para nosotros el comienzo de renovadas pesquisas sobre la pertinencia de un proceso más integral de renovación política, en principio sociociudadana, como una primera forma de respuesta vital, operada en el ámbito de tanta sensibilidad social herida y frente a este complejo estado de amenaza:

Por una parte, esa cruda espiral de narcoviolencia que demandaba ser confrontada, y superada, por un orden político de verdad dominante, pero paradójicamente reducido por sus propios hechos corruptos a la insignificancia, y puesto por esos mismos hechos contra la pared;
Por la otra, la realidad ya casi también insoportable de un orden político recusado por la profunda irrelevancia de su debilitada autoridad no solo política sino también moral, ética y social, percatados de que ellos son a la vez o el lado más oscuro de tanta bruma y/o el oscuro objeto del deseo, tasado en dólares, de los recursos más diestros y siniestros del narcopoder.

Ergo, solo una mayor conciencia moral y política, rápidamente conquistada como condición sine qua non por una ciudadanía activa y comprometida, podía operar, ante semejante estado de inquietud transpersonal y sociocultural, este relevo. Porque solo bajo evidencias más rotundas y potentes de reciedumbre moral nos sería posible superar el revés de una vieja autoridad política reducida a semejantes grados de insignificancia, a la que día a día se le pedía derrotar —vaya ironía— una violencia enquistada y sin salida, que en más de dos formas los señalaba precisamente a ellos como su objetivo capital. Doble paradoja. Sin abulte moralizante, cada quien tuvo entonces que (re)plantearse las más serias cuestiones vitales, identificando razones más trascendentes, con un signo existencial más profundo, sobre su propia cuota de responsabilidad, moral, social y política frente a una tácita complacencia con semejante estado de cosas. Por eso, entre todos se empezó a operar una forma inédita de reconstrucción de la autoridad moral, ganada desde la misma condición de ciudadanía por cada persona de a pie, y re-descubierta como un valor político cimero que nos prefiguró una poderosa renovación ética ciudadana como meta final. Meta que ahora ya puede ser re-conocida como el fundamento más válido para garantizarnos la recuperación de la verdadera razón de ser de la Política, re-escrita con mayúsculas y con la que se identifica a una Sociedad herida y amenazada. Se trató de una forma de conciencia política conciudadana, primero activada en unos cuantos pioneros y un poco después agenciada sobre el subsuelo de los sistemas de comunicación, información y difusión “social”, que se mostraron entonces mucho más comprometidos como medios con la necesidad vital de alcanzar este fin mayor como cambio cultural. Este era el Fin mayor. Esos, estos y aquellos nuestros Medios más a-fines. Y ese el sentido y la dirección de una correlación mucho más fundamental agenciada de Medios a-Fines, dadas las consecuencias, directas, del espanto insufrible de tanto dolor patrio.

En efecto, los medios de comunicación, en virtud de su función social protagónica, no podían permanecer indiferentes ni frente a las complejas implicaciones de tantas formas de violencia “inéditas y nuevas”, ni frente a la percepción general que nos deletreó cómo hacían agua todas nuestras instituciones políticas centenarias —tanto las más fuertes como las más sólidas y macizas— junto con sus más insignes (y un poco sosos) políticos de siempre. Sistema judicial, autoridades de policía, gobiernos locales, congreso, partidos políticos, sistema financiero, ejército, iglesia, industria, gobierno central, gran prensa, pequeña prensa… Todas nuestras instituciones sociales y políticas, sin excepción, recibieron parte de esta arremetida violenta, y (re)produjeron como unidad de mensaje un casi fatal pero nunca casual sentimiento de pérdida de autoridad moral sobre la función de conducción y dirección política de y para una nación atribulada. El país entero se re-conoció, más que nunca, necesitado de “salvación”.

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Como la sevicia de tanta narcoviolencia no podía quedar impune, para todos se hizo entonces evidente la enorme productividad política que encarnan los grupos sociales más distantes y, por tradición, más apartados de la cuestión política. Pero, a la vez, los más socio-conscientes y más comprometidos con su propio porvenir y los más necesitados de renovación. Esto significó que el país comprendió y emprendió una reconstrucción de su gobernabilidad perdida que, por efecto directo de la recusación del viejo sistema político de representación, anclado en partidos tradicionales caducos, nos facultó para intuir un más sólido principio de esperanza, refundado ahora en una ciudadanía más atenta y activa, la única capaz de producir (y reproducir) ese relevo sobre un viejo sistema político.

La nación entera se propuso entonces superar su anclaje, centenario, con la vieja política y con sus secuaces, los políticos tradicionales, alentada por el más vigoroso renacer político-conciudadano. El país refundó su Constitución política, poniéndole ahora mayor acento a la ciudadanía como principio fundamental y como la expresión de mayor valor político en el nuevo ordenamiento constitucional, a pesar de los políticos, reconocida ahora como la verdadera y única fuerza viva y vital para regular y refrenar al otrora glorioso sistema de partidos.

El axioma de todo este proceso es que un país atribulado por tanta y tan terrible narcoviolencia, frente a las evidencias de reducción a la insignificancia y la nulidad del viejo orden político, actúa por motivación colectiva cuando como Sociedad queda arrinconada, contra la pared. El país tuvo que aprender a urdir contra el viejo país político, en una muy evidente nueva lógica social emergente, la meta final de un renacer integral como nación. Actuó dotado de criterios más firmes de renovación política y con una más fuerte intencionalidad práctica que nos permitieron identificar, formular y producir —todavía sin visos consistentes de pensamiento político, pero al mejor estilo de la Filosofía contemporánea— un nuevo Ordo: un nuevo orden político, constitucional y social. En forma concluyente, ello nos condujo a que como Sociedad deberíamos saber-nos ver renacer como nación. La consecuencia de semejante estado de desasosiego nos identificó y nos habilitó como f-actores y a-gentes de un cambio cultural más determinante: animarnos, activarnos, organizarnos y movilizarnos frente a una nueva “lógica de las comunicaciones”, provocadas y convocadas con cargo a una mejor capacidad para reconocernos y para practicar la Cultura y la (re)Educación como las formas más útiles de formación de valores, de información veraz y de transformación de la “voluntad colectiva” en un principio y en una potencia como acción. Un complejo problema de orden en el que el resultado buscado nunca aparece antes ni inmotivado, sino —lejos de la mala retórica política— siempre después. Algo que quizá por eso podríamos paralelar con el decir de Jürgen Habermas en su Teoría de la acción comunicativa:3 o la violencia es el más craso producto de la ineptitud política, o la ineptitud política es una señal del significado, constante, de ese estado enervante de sinsalida, además de la verdadera razón de semejante sinsentido, atribulado de muertes y sin promesa evidente de sa-nación.

Procedentes

La vida consiste en armar un projet.
Y en no separarse un ápice de él.

Jean-Paul Sartre

Conocí a Antanas Mockus en el año de 1994, mientras yo era uno de los más jóvenes catedráticos en la carrera de Cine y Televisión, adscrita a la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Colombia, lugar donde él oficiaba como rector. Yo era, igual que él, un egresado reciente de la Facultad de Filosofía, donde obtuve una distinción académica por mi trabajo de grado sobre Estética y Fenomenología, construido sobre un eje que hoy llamaría rigurosamente bipolar: impresión sensible ‹—› expresión creadora. Antanas también había terminado allí su Maestría en Filosofía (yo la licenciatura) con un trabajo titulado Representar y disponer, que le mereció el más alto reconocimiento laudatorio. A mí, este resultado eminentemente académico me sirvió para ser recomendado como docente para las cátedras de Teoría Estética, Teoría de la Comunicación Visual y Semiótica de la Imagen, materias nodales de la recién creada carrera de Cine y Televisión, donde me encomendaron esa gratificante tarea. A él le sirvió para ser nombrado por el Presidente de la República como el último rector designado por el gobierno nacional, para el periodo de su más compleja transición: el ajuste institucional para perseguir formas y normas de autogobierno.

En razón a la enorme politización que la Universidad Nacional de Colombia todavía confronta, hoy en día, en todos sus estamentos, algunos de mis estudiantes advirtieron en las cátedras que yo regía unas constantes de análisis y de crítica política para mí completamente inherentes al ejercicio de la cátedra, y en donde se hacía patente la tenebrosa sinsalida para un país en permanente estado de convulsión: cada vez más mala política y cada vez más cruda violencia y cada una de las dos mirándose, probablemente congraciadas, una en el espejo de la otra, ambas de espaldas a nuestro atribulado país. La lectura y el recibo analítico de tan compleja realidad en un país devastado por tantas formas de violencia, hacían imposible rehuir —mucho menos en el ejercicio de la cátedra, y aún menos desde la filosofía política, la comunicación de masas, el análisis del discurso y su soporte sobre los medios de difusión— una función de intérprete y en algunos casos de vigía en torno a los efectos y consecuencias políticas, deseables y no deseadas, de una cotidianidad nacional tan angustiosamente dolorosa y afligida.

En una vista oficial a la Casa de Nariño, sede del gobierno nacional en la ciudad de Bogotá, Antanas había osado hacer —como se lo confesó a un grupo de amigos que muy gentilmente atendió en una reunión coloquial hace unos pocos años en la casa de Carlos Páez Agraz, en la ciudad de Guadalajara, Jalisco— su primer acto público registrado por los medios nacionales. Este evento estuvo relacionado con un gesto, de hondo significado simbólico, en el que anunció al entonces presidente de la República, César Gaviria Trujillo, que los detectores de armas del palacio presidencial habían fallado, pues no registraron el hecho de que él estaba, ese día, armado, para presentarse, declararse y erigirse como el defensor más irrestricto de la universidad pública en nuestro país. Ante la sorpresa del presidente de la República frente a semejante confesión (o mejor, confusión), Antanas sacó a relucir una espada de plástico rosada, formal y militarmente anodina, que rápidamente se erigió en un poderoso símbolo visual, y en una representativa entrada en escena de toda la “cuestión” política, así violentamente reconquistada, en forma eminentemente visible, por otros métodos, de otro modo. Un más cabal “renacimiento” como forma simbólica y, ante todo, como poder simbólico marcó una curiosa referencia de mise en scène para la buena Política a partir de ese día. Con este gesto, Antanas hizo patente que la política es, en esencia, un conjunto de prácticas comunicativas muy malogradas, algunas veces demasiado escénicas, pero en las que opera la fuerza y la profundidad de su propio material simbólico, autorrepresentativo. Es decir, se hizo visible que la política es, ante todo, una práctica comunicativa no solamente adscrita, desde siempre, a la estructura misma del poder, sino además abierta y anclada, en forma ominosa, sobre todos los sistemas de difusión masiva a los que le deletrea, para que a su vez estos nos dictan, su poderosa cuota de statu quo como la racionalidad mejor admitida de la validez o no de un cierto estado de cosas.

Confrontar tan simbólicamente este estado nacional de una racionalidad no del todo razonable, con un gesto tan anodino y presumiblemente irracional, pero tan poderosamente reversible, tuvo que generar, sobre todo en unos medios masivos tan tupidos de noticias violentas, una cara de asombro y de sorpresa, con un signo pasmoso de inquietante interrogación que probablemente todavía nada ni nadie les contesta. Pero nos pasó el mensaje de que la comunicación, esa forma presumiblemente social de la que ellos, los medios masivos, son los únicos dueños y tutores, podría ser abierta, incluso violentamente, pero solo mediante un dominio más consistente de sí misma y de sus más finas y delicadas minucias, de tal forma que los más avezados periodistas asistieron a la Noticia, escrita con mayúsculas, con la misma cuota de sorpresa idiota y el mismo cándido estupor que hasta entonces era la condición propia, y visceral, pero reconocida tan solo en el espectador.

En efecto, esa primera noticia los hizo presa —como forma simbólica y como función simbólica, y en cuanto noticia dueña y productora de su propio material simbólico— de un evento irresistible, casi inmotivado, pero justamente así y por eso re-producido, multiplicado y teleasistido por los más poderosos (sic) medios masivos de comunicación que, cabe de todas maneras reconocerlo, operaron como sus soportes y sus portadores técnicos y/o tecnológicos, y solo a través de los cuales un hecho como este se convierte y se erige en cabal y buena práctica comunicativa. Pues esa fue la señal final de este primer introito, resultado de una operación insólita, ya como hecho noticioso frente al más importante f-actor de poder. Primero, un presidente entre atónito y agraciado con ese gesto. Y después, el cuarto poder deslumbrado con la reversión de su propio flash noticioso, disparando hacia ellos mismos sus cámaras, en medio de un corto circuito insólito aunque cordial, como portadores y reporteros entre unos símbolos audaces.

Conclusión parcial, el poder de ese gesto inaugural se convirtió, muy pronto, en su propio saldo relevante de nueva política, hecho que lo convirtió en el dueño emergente de un valioso Proyecto, de pronto nacional, con sentido político, ya leído en términos concretos de imagen pública y/o con unos fines más nobles, agenciado por la proclive ingenuidad política de los más grandes medios masivos de comunicación a reprender por aprender y viceversa. Todo esto hizo rápidamente de Antanas un animal político que, para mi gusto, era por ahora tan solo un animal simbólico, precedido de un fortísimo impacto político, mediático y comunicacional. Porque su gesto fue relevante, pero todavía insuficiente para erigirse como tal animal. Pero se sucederían nuevos eventos, todavía más significativos, que terminarían finalmente habilitándolo para ser elegido como Alcalde Mayor de la ciudad de Bogotá.

Consecuentes

Todo pueblo que alcance un cierto grado
de desarrollo se halla naturalmente
inclinado a practicar la educación.

Werner Jaeger

Entretanto, las señales de incertidumbre política, inseguridad ciudadana, desasosiego público y confusión social que nuestra Sociedad había recibido como resultado de los brutales años anteriores, no encontraba aún una nueva vía que las entendiera y practicara como una apuesta de renovación ética, integral, ni como un Proyecto concreto de renovación cultural. A nuestra Sociedad le hacía falta después de la nueva Constitución nacional de 1991 ya no tanto armar su propio projet sino, más bien, y al decir de Sartre, no separarse ni un ápice de él. Las condiciones políticas y sociales para el relevo ciudadano ya habían sido provocadas, pero la renovación ética y política de nuestra Sociedad no había encontrado aún un enclave cultural lo suficientemente re-presentativo tanto en términos sociales como en los de esos nuevos imperativos políticos que anunciaban su relevo. Ante el evidente sobrepeso de una vieja estructura política inmóvil, las nuevas formas de organización política y de movilización ciudadana nos sirvieron no solo para hacerle contrapeso, sino también para precipitar y operar esa escala más relevante de un cambio cultural. Porque es la organización, y no la unión, la que hace de la renovación ciudadana esa fuerza vital.

_________________________

1 Cartucho, flor muy común en la Sabana de Bogotá, conocido también como cala, lirio de agua, alcatraz o lirio cala. Comprende plantas originarias de los pantanos del sur de África.
2 Inteligente colectivo, concepto que acuñó Luis Fernando “Lucho” Ramírez, matemático y pedagogo, Ex Director del (entonces) Departamento Administrativo de Acción Comunal (DAAC), y quien fuera además el impulsor de otras campañas y programas institucionales muy notables, como Obras con Saldo Pedagógico; Escuela de Tejedores de Sociedad; Bogotá, Historia Común, y Rebeldes con Cauce, así como de otras muchas y muy valiosas ideas. Lamentablemente, Lucho falleció hace ya más de tres años, constituyéndose en la segunda persona de ese grupo (la primera fue Fabio Chaparro, muerto en un trágico accidente de aviación en Perú) que abandona la Nave. Quien quiera mirar más a fondo, valga la severa amonestación de Oscar Wilde.
3 Jürgen Habermas, Teoría de la acción comunicativa I: Racionalidad de la acción y racionalización social; Teoría de la acción comunicativa II: Crítica de la razón funcionalista, Taurus, Madrid, 1987.

Filósofo y fenomenólogo político, CARLOS ÁLVAREZ creó las piezas más emblemáticas de las campañas de Antanas Mockus y Jorge Child en Bogotá. Es consultor público internacional, experto en comunicaciones, campañas políticas y cambio cultural, y cofundador del movimiento Ciudadanos en Formación.

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