Lunes, 10 Agosto 2020
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La odisea literaria de Claudio Isaac
Cultura | Este País | Galaxia Gutenberg | Juan Domingo Argüelles | 01.10.2012 | 0 Comentarios

Claudio Isaac, El tercer deseo,
Juan Pablos Editor,
México, 2012.

Al igual que su padre (el polifacético y polifónico Alberto Isaac), Claudio Isaac (1957) tiene el talento múltiple de un gen que desafía toda lógica: es bueno en todo lo que hace, sea esto pintar, realizar cine, dibujar o escribir, y, en el caso de la escritura, lo mismo si se trata de poesía, memoria o ficción narrativa. Escribe como pinta, como filma (por ejemplo, su documental sobre Jaime Sabines es inolvidable), como dibuja: comprometido con una vocación prodigiosamente autodidacta.

Dos obras memoriosas estupendas son Luis Buñuel: a mediodía (2002) y Cenizas de mi padre (2007). Del primero, Augusto Monterroso dijo que era “divertido y profundo a la vez; un libro honesto y entrañable, escrito en el tono justo”, y Emilio García Riera añadió: “He leído mucho sobre Buñuel, pero no había visto retratado su carácter como aquí. Es el mejor, quizá el único retrato escrito vívido de Buñuel que he leído”. Acerca del segundo, que aborda la vida, la obra y la muerte de Alberto Isaac, Eliseo Alberto sentenció: “Es uno de los libros más conmovedores que he leído en toda mi vida”, mientras que Enrique Vila-Matas lo definió como “libre y magnífico; original en el tratamiento de un gran tema del que ningún escritor sale indemne”.

En poesía, Claudio Isaac ha dado a los lectores Otro enero (1998) y Regreso al sueño (2011), y como novelista ha publicado Alma húmeda (1999) y, recientemente, El tercer deseo.

Si al abordar las memorias de su padre y de Buñuel, Claudio Isaac rescata lo más entrañable de sus personalidades y las comparte del modo más feliz y desenfadado, pero también de la manera más dramática (en su sentido literario, teatral y cinematográfico), esto mismo hace en su poesía, donde él mismo se retrata y se refracta por medio de un espejo que devuelve imágenes, emociones, inquietudes, felicidades y ansiedades. Como ha sentenciado Francisco Hernández, Claudio Isaac el poeta conjuga en sus versos el verbo vivir.

En el caso de su más reciente libro, su novela El tercer deseo, conserva intactas todas estas virtudes de su prosa memoriosa y honda y de su verso musical y autobiográfico, y consigue una ficción donde no todo es ficción, una mentira verdadera (para usar una expresión de Vargas Llosa) que es parábola de la vida cotidiana, con sus aprehensiones y exigencias de asumir decisiones que pueden cambiar, para siempre, el destino.

El tercer deseo es una obra que aborda el tema del viaje, pero no nada más del desplazamiento geográfico, sino también, y sobre todo, del viaje interior. Más que la geografía, lo que importa es el autoconocimiento que se obtiene al viajar en medio de una situación de desencuentro amoroso y de incertidumbre acerca de la propia persona.

Todo periplo en solitario es la oportunidad de un viaje de ida y vuelta al centro de uno mismo. Y este es el viaje más apasionante pero también el más difícil: conocerse y reconocerse en todos los peligros que uno mismo entraña, en sus dudas y sus nece(si)dades, en sus inquietudes y en sus certezas; también en sus temores que no son pocos.

Tal es la historia de Carmen Segura, ilustradora de libros infantiles y escritora frustrada, sobre quien pesa el amor protector y dominante de un padre incapaz de entregarle del todo su confianza para que pueda ser ella misma y no, nada más, la hija, la colaboradora, la asistente y la representante del escritor Lázaro Segura.

Con un sentimiento ambivalente hacia su marido, que la enfrenta más bien para que ella asuma su destino y rompa con la tutela afectuosa-dominante de su padre, Carmen Segura emprende dos viajes: uno a la Ciudad de México por asuntos profesionales, y otro al centro de sí misma (que es el más importante), para ajustar cuentas con su persona, preguntarse y descubrir quién es en realidad y qué puede llegar a ser, lo mismo en su ejercicio profesional que en su vida conyugal.

El tercer deseo trata en realidad de un aprendizaje sentimental e intelectual que Claudio Isaac describe y precisa en cinco etapas cuyas claves están en los epígrafes mismos solo en apariencia enigmáticos, pues son más bien descriptivos: “Crees que estás escapando y tropiezas contigo mismo” (Joyce); “Asómate a la ventana para que mi alma no pene” (Alejandro Flórez); “El privilegio de una vida es ser quien uno es” (Joseph Campbell); “Bien es verdad que no deben los mortales miserables, ciegos, imprudentes y volubles, formular deseo alguno; pues muy pocos de ellos son capaces de emplear con sensatez los dones que el Cielo les concedió” (Charles Perrault) y, finalmente, “La vuelta más larga es el más corto camino a casa” (otra vez Joyce, para cerrar el círculo).

Proponiendo estas claves, Claudio Isaac va llevando al lector desde el momento en que la protagonista sale de su casa y emprende el viaje hasta que retorna con una idea más clara de lo que es y lo que puede ser. Psicológico, conocedor de los caracteres humanos, de las pasiones y las angustias, Isaac pone a prueba la inseguridad de Carmen y la entrega, o más bien la empuja, hacia los acontecimientos que la hacen reflexionar sobre la relación con su padre, el vínculo con su marido y la frustración que se vuelve a veces rencor soterrado contra sí misma y contra los demás, producto de no saber cómo atreverse o cómo asomarse siquiera a la emancipación.

Lázaro Segura ha formado a una Carmen (in)Segura, cuya manera de asumir esa realidad es enfrentándose a Miguel, su marido, que la induce o la impulsa a que rompa esa vacilación. Malena Mijares ha dicho que, en esta novela, “el narrador consigue meterse literalmente en la piel de Carmen, tanto que sus voces se entreveran en una sorprendente solución de continuidad natural. Hay un profundo conocimiento de la naturaleza femenina que invita al lector a compartir la zozobra del personaje”.

A decir de Michèle Petit, más allá de clichés, prejuicios y estereotipos, “la bisexualidad psíquica es propia de cada ser humano”, pero solo quienes entienden y asumen con sinceridad, sensibilidad e inteligencia este hecho pueden ponerse en el lugar del otro. Y cuando esto ocurre con poder magistral, Tolstoi y Flaubert nos entregan a Ana Karenina y a Emma Bovary, y Virginia Woolf nos obsequia la doble imagen inquietante femenina/masculina de Orlando.

Claudio Isaac conoce a su personaje femenino porque se conoce a sí mismo y es capaz de ponerse en el lugar del personaje que crea y recrea. Como en los cuentos de Perrault y en los otros de hadas donde los deseos son peligrosos porque se pueden cumplir en detrimento del deseador, en El tercer deseo lo que importa es no desperdiciar, con la petición de insustancialidades o ridiculeces, ese último don que la vida ofrece. Desear se convierte así en una potencia reivindicadora.

António Lobo Antunes ha dicho que la Odisea, de Homero, se puede resumir en una sola frase: “Mi mujer me está esperando”; una sola frase que es la que le da sentido al periplo de Ulises. En realidad, el héroe trágico solo tiene un propósito: regresar con Penélope; pero antes debe sortear, obligadamente (para saber de lo que es capaz) toda una serie de complicaciones. No existe mejor parábola, desde la tradición clásica, para mostrar de qué trata la vida, lo mismo en lo sublime que en lo doméstico.

En El tercer deseo, Claudio Isaac invierte los papeles de quien viaja y quien espera. El tercer deseo puede resumirse también con la frase: “Mi marido me espera”. Y así, la protagonista despeja la clave joyceana del epígrafe y concluye que “la vuelta más larga es el más corto camino a casa” y retorna después de haber ajustado cuentas con su padre y consigo misma. El fruto de ese viaje es haber alcanzado la convicción de que “la mejor manera de prevenir un sobresalto sería no asegurarse de nada y entrar con la mente en blanco. A lo que toque”.

Por ello, al traspasar el umbral de su casa y penetrar a la recámara donde Miguel se hace el dormido (justo como lo dejó al emprender el viaje), Carmen “en un instante concebiría, estremecida, la posibilidad de que el viaje hubiera sido una invención entre sus cavilaciones de duermevela, que nunca se había movido de la cama y que todo su merodeo había cumplido con reafirmar su apego”.

Mónica Lavín llama a Claudio Isaac “heredero de la tradición chejoviana”, por su atención al detalle y a las atmósferas. Digamos también, como complemento, que es un escritor que resuelve de modo eficaz y apasionante eso que Gabriel García Márquez denominó, con plena fortuna, “el olvidado arte de contar”. ~

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JUAN DOMINGO ARGÜELLES (Quintana Roo, 1958) es poeta, ensayista, crítico literario y editor. Hizo estudios de Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. Ha publicado el volumen de ensayos: El vértigo de la dicha: diez poetas mexicanos del siglo XX. En 2004 reunió su obra poética de dos décadas en el volumen Todas las aguas del relámpago (UNAM) y en 2009 la Editorial Rencimiento, de Sevilla, le publicó una antología general de 25 años de escritura poética, con el título La travesía. Es autor también de varios libros sobre el tema de la lectura como Escribir y leer con los niños, los adolescentes y los jóvenes (Océano, 2011) y Estás leyendo… ¿Y no lees? (Ediciones B, 2011). Entre otros reconocimientos ha recibido el Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta, el Premio de Ensayo Ramón López Velarde, el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen y el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes.

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