Mircoles, 26 Junio 2019
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Lectores universitarios: pasado y presente
Este País | Juan Domingo Argüelles | 01.10.2012 | 8 Comentarios

En el aula universitaria la falta de interés en la lectura de libros y las dificultades para practicarla se vuelven especialmente evidentes. Sin embargo, el problema no estalla porque a pocos profesores y directivos les preocupa. Los estudiantes universitarios son una élite intelectual que, paradójicamente, desconoce el provecho de la lectura.

Para Gabriel Zaid,
siempre en deuda con él.

©iStockphoto.com/elapela

Libros gordísimos de 200 páginas

Cuando estudié la licenciatura no a todos mis condiscípulos, y ni siquiera a todos mis maestros, les encantaba leer. Asombrosamente, se trataba de la carrera de ¡literatura! Algunos compañeros se quejaban de que los libros que dejaban leer los profesores estaban gordísimos. ¿Y qué querían decir con “gordísimos”? ¿Mil 500 páginas, acaso; 800, tal vez; 500, quizá? No. Ni siquiera 300. 200 cuando mucho. Pero de esto se quejaban.

A mí me costaba mucho entender que alguien estuviera inscrito en la carrera de letras y que sufriera la lectura. (Uno de ellos, que a lo largo de la carrera siempre pronunció bárroco en lugar de barroco —recuerdo su nombre pero no lo voy a mencionar porque espero que hoy sea una persona de bien—, me propuso, sin ningún pudor, que lo suplantara para presentar a su nombre un examen extraordinario. Tuve más pena yo al negarme que él en insistirme.) Solo después vine a comprender que algunos se matriculaban en la carrera de literatura porque odiaban las matemáticas o porque eran pésimos para la física y la química. Dicho sea de paso, yo también era pésimo para las matemáticas, la física y la química, pero la diferencia era que me encantaba la literatura y que leía un libro tras otro, en un vicio febril, hasta muy altas horas de la noche o hasta muy bajas horas de la madrugada.

Fue por esto que me inscribí en literatura: porque pensé que en esa carrera todo sería leer y cantar. Luego me di cuenta de mi equivocación: no solo por aquellos compañeros que no querían leer libros gordísimos de 200 páginas, sino también por algunos profesores que ya no leían nada sino sus apuntes de clase que, año tras año, fatigaban con afán, sin dejar jamás que sobre ellos se asentara el más levísimo polvo.

Las veces que quise conversar con estos maestros sobre los nuevos libros de literatura, que en ese momento eran indispensables para la formación de un estudiante de letras hispánicas o para la actualización de un profesor de literatura, me salían con que no los habían leído porque andaban ocupadísimos preparando y dando clases y, por supuesto, calificando exámenes.

En el bachillerato, yo había tenido incluso un profesor de la asignatura de probabilidad y estadística (en la cual me esforzaba para poder sacar seis) con quien conversaba sobre Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Alejo Carpentier, Jorge Luis Borges y José Donoso, entre otros escritores latinoamericanos. Y con mi profesor de historia contemporánea conversábamos de Wilhelm Reich, de Marx y Engels, del ¿Qué hacer? de Lenin, de los cuentos, las novelas y las memorias de Máximo Gorki y del Poema pedagógico de Antón Makárenko. Y con mi maestro de lógica no solo leíamos a Aristóteles sino también a Platón, Joyce, San Agustín y Séneca. Los tres eran profesores jóvenes, los recuerdo muy bien porque eran accesibles, entusiastas, contagiosos, y porque leían más allá de lo que les marcaban los límites de sus materias y los programas académicos.

Por ellos, en parte, yo quise estudiar literatura, y en parte por ellos también me quedó la errónea idea de que todos los profesores leían y que todos los estudiantes de literatura, y ya no digamos los maestros de letras, eran unos espíritus apasionadamente locos por los libros.

De aquellos tiempos del bachillerato conservo el recuerdo de una parábola gorkiana que concluye del siguiente modo: “Amad los libros; harán más fácil vuestra vida, os prestarán amistosos servicios en la búsqueda de vuestro camino a través de la abigarrada y tumultuosa confusión de ideas, emociones y acontecimientos, os enseñarán a respetaros y a respetar a los otros e inspirarán la mente y el corazón”. Era una lección moral quizá muy simple, pero a veces las lecciones morales simples sirven mucho más que la ausencia de lecciones.

Lo cierto es que la carrera de literatura en la Facultad de Filosofía y Letras de la unam me desilusionó profundamente, pues supe que si los que estudiaban y los que daban clases de literatura leían tan anémicamente, más valía encerrarse en una biblioteca y leer cuanto uno quisiera, y no andar perdiendo el tiempo en didácticas estériles y aburridas que más bien podían llevar a detestar la literatura y a contagiarnos de los que se quejaban de los libros gordísimos de 200 páginas.

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Hoy sé que los universitarios constituyen, por una parte, la mejor posibilidad de lograr que el gusto por los libros no desaparezca (son los universitarios que, como aquellos maestros jóvenes que tuve, leen con fervor y dialogan, debaten, polemizan acerca de lo leído), pero también, por otra parte, constituyen la más elocuente prueba de que los libros solo sirven para pasar exámenes, aprobar materias, cursar carreras, sacar títulos y diplomas, y después mandar los libros al cajón de los olvidos.

Una parte de los universitarios lee con fervor; la otra, tan grande o más grande que la primera, no solo no lee libros, sino que no quiere leer nada que no sean 140 palabras; esas 140 palabras que son la mayor miseria (y aclaro que no tengo nada contra el Twitter) si a lo único más amplio y más profundo que pueden conducirte es al Facebook, esa zona, igualmente remota, donde todos sabemos que hay más caras que libros, porque solo es el libro de las caras y de los mensajes más porcentualmente vacíos, ingrávidos y superficiales. Y conste que no tengo nada contra el Facebook.

Y tampoco tengo nada contra los web logs o bitácoras, porque creo que las herramientas de internet han potenciado la escritura y le han dado otra dimensión a la lectura, pero, en no pocos casos —hay que decirlo también— la web ha producido generaciones de perezosos, muchos de ellos universitarios, que lo único que desean es desentenderse para siempre de los libros y de la cultura para entregarse por completo a la banal y frívola vanidad donde la formación intelectual y la educación sentimental, vinculadas a la cultura del libro, no pintan absolutamente para nada. Y tengo buenas razones y sólidas ejemplos para demostrar esto que afirmo.

Frecuentemente escucho a universitarios decir que los textos muy largos de una revista o de un periódico fatigan y aburren a los lectores. Yo me quedo asombrado o más bien perplejo. ¿Qué quieren decir con textos “muy largos”? ¿Se refieren acaso a los folletines del siglo XIX, a las crónicas de la primera mitad del siglo XX o a las críticas de arte y ensayos científicos y literarios de la segunda mitad del siglo anterior, que llegaban a ocupar entre 3 y 12 páginas de un periódico o entre 10 y 30 páginas de una revista? No, claro que no. Los textos “muy largos” a los que se refieren estos universitarios son los de dos páginas en una revista y los de página completa en un periódico, incluyendo en ambos casos imágenes e ilustraciones.

Según sus “argumentos”, estos textos tan endiabladamente largos, tan encanijadamente extensos, desaniman a los lectores. Y cuando dicen “lectores” no se están refiriendo a los párvulos o a los estudiantes de secundaria o preparatoria, sino a muchos universitarios que, ¡pobrecitos!, tienen un nivel intelectual y una tolerancia lectora de muchachos de quinto año de primaria; los mismos que solo leen y escriben 140 palabras y se la pasan mensajeando textos mal redactados desde su celular o su BlackBerry. (Y conste que no tengo nada contra el teléfono celular y el BlackBerry.)

Algunos profesionistas ni siquiera se toman la molestia de abrir una publicación universitaria si esta contiene artículos y ensayos ¡muy largos, larguísimos! (de tres o cuatro páginas) y ¡muy densos, densísimos! (nada más porque para entenderlos tienen que hacer el mínimo esfuerzo de utilizar el pensamiento).

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Este es motivo suficiente, dicen algunos, para recomendar que los artículos de cualquier revista universitaria sean breves (una o dos cuartillas cuando mucho) y ligeros (cosas sencillitas, para que los entiendan y les presten atención los universitarios de kínder). Y aun así hay que imaginarlos, por supuesto, leyendo nada más los pies de fotos, los balazos y los sumarios, y esto con mucha flojera porque la revista ¡no es tan amena ni tan entretenida como TVyNovelas!

La lectura, una universidad paralela

A veces hay razones para preguntarnos si nos estamos volviendo tontos o, nada más, nos hacemos tontos, pues es difícil comprender que alguien que tiene nivel universitario (y que incluso puede contar con maestría y doctorado) crea que ya no necesita mejorar su inteligencia porque ya cursó y aprobó todos los posgrados de la escolarización formal, y como si esto lo eximiera de una vez y para siempre de abrir y leer un libro, una revista, un periódico (un amigo que da clases en una escuela de periodismo me refiere su lucha cotidiana para conseguir que los alumnos ¡lean todos los días el periódico!). De hecho, está comprobado, científicamente, que la inteligencia no es un valor fijo: que para mantenerla saludable y en buen estado y continuarla en desarrollo constante hay que usarla pues, darwinianamente, todo lo que no se usa se atrofia. Quienes crean que, por tener un título universitario, ya son inteligentes para siempre, están muy equivocados.

En su libro El vuelo de la inteligencia, José Antonio Marina señala algo fundamental al respecto: “La inteligencia es la capacidad de resolver problemas vitales, por lo que no puede ser considerado muy inteligente quien no sea capaz de decidir, aunque dentro de su refugio resuelva con soltura problemas de trigonometría”. Añade que la inteligencia no solo es un asunto de conocimientos, sino también de valores. Por ello, solo la formación continuada y la búsqueda de nuevos horizontes mantienen nuestra inteligencia despierta. ¿Quién podría refutar a Marina cuando afirma que “confundir la inteligencia con la capacidad para jugar bien al ajedrez es una broma o un timo”? “Al fin y al cabo —concluye el filósofo—, un programa de ordenador —Deep Blue— ha vencido a Kasparov”.

Para mantener viva la inteligencia, la formación intelectual universitaria no puede prescindir del mejor pensamiento (filosófico, psicológico, sociológico, histórico, científico) ni de la más alta creación literaria de todos los tiempos. Y, sin embargo, hoy constituyen legión los universitarios que no han leído por ejemplo a Aristóteles ni a Eurípides ni a Sófocles ni a Platón ni a Shakespeare ni a Montaigne ni a Nietzsche ni a Freud ni a Koestler, mucho menos a Chéjov, Tolstoi, Balzac, Chomsky, Jung, Heidegger, Kant, Schopenhauer, Durkheim, Benjamin, Eliade o Steiner. ¿Qué es lo que ha pasado con la universidad? Algo muy simple y dramático: que las especializaciones han llevado a los profesionistas a saber muchas cosas sobre casi nada. Saben generalidades sobre una carrera (la suya, es decir la que sea) que no les enseñó ni les exigió leer más allá de ella, y esto incluso en fragmentos, fotocopias y predigeridos exámenes de opción múltiple. Por ello no aprendieron a leer, y la lectura que no sea de bullets o de sumarios les aburre y les cansa. Por ello, también, el Twitter y el ruido noticioso de Yahoo! los tiene como palomillas atraídas por la luz de una lámpara.

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Lo cierto es que las publicaciones universitarias no deben ponerse al nivel de las publicaciones frívolas de los puestos de periódicos, sino ser extensiones de las aulas, de la cátedra. ¿O, acaso, porque un gran sector de los universitarios apenas si lee algo, hay que darles a todos materiales para semialfabetizados? Hoy, muchas publicaciones han renunciado a sus lectores naturales, es decir a sus lectores lógicos, a cambio de darles brevísimas cápsulas como las que encuentran en los noticiarios radiofónicos y televisivos y en internet.

Hasta los suplementos y las secciones culturales de los diarios ya también tienden a esto, a partir de diseños mercadotécnicos que tienen el propósito de darles notas brevísimas, casi telegráficas, a los presuntos lectores. Hoy parece un sacrilegio que una publicación cultural o universitaria entregue a sus lectores amplios ensayos, amplias crónicas, amplios artículos, generosas entrevistas. Y es obvio que si un universitario no es capaz de leer, en una revista, en un suplemento o en un periódico, un texto de cinco páginas, es porque tampoco es capaz de leer cinco páginas de un libro. En otras palabras, si nos sumamos a la exigencia mercadotécnica de igualar el texto impreso al texto de pantalla, lo único que haremos será agravar el analfabetismo funcional de los universitarios.

En La industria del libro: Pasado, presente y futuro de la edición, el editor Jason Epstein recuerda que “el gran número de matrículas universitarias que siguió a la Segunda Guerra Mundial produjo una generación de lectores serios de diversas procedencias sociales”. Por ello, los mejores editores saben que tienen que aprovechar esa formación universitaria no solo para ir al encuentro de esos lectores, sino para proponerles obras e ideas nada previsibles, distintas, enriquecedoras, pues la universidad es solo un paso para la verdadera formación de los lectores, que se va haciendo, sobre todo, fuera de las aulas y muchas veces muy lejos de las asignaturas académicas.

Para Epstein, la edición cultural tiene que ser una universidad paralela. Y si un sector de los universitarios, de los profesionistas, de los egresados de las universidades, no quiere leer sino 140 palabras, flashes, bullets, insights publicitarios, grafiquitas, sumarios, pies de fotos y textitos previamente masticados, en papillas predigeridas, pues que se conformen con eso, pero no podemos sacrificar a los lectores que sí quieren leer y continuar su formación intelectual y espiritual, nada más para darles por su lado a los universitarios que no quieren leer. Que no lean si no quieren leer (y que nadie los obligue), pero no nos obliguemos nosotros —en razón de una buena intención mal entendida— a darles a todos productos chatarra nada más porque a un sector mayoritario le encantan los productos chatarra. Si pensáramos desde un punto de vista nutricional y gastronómico, sería injusto sacrificar la alimentación y el gusto de los que saben comer, nada más para atender las exigencias de los aficionados a la chatarra.

Recordemos una vez más el certero diagnóstico de Gabriel Zaid: el gran problema de la lectura no tiene que ver con las masas pobres y analfabetas que no saben leer ni escribir, sino con una enorme cantidad de universitarios que, aun teniendo recursos para comprar libros, no quieren leer. Por muy mal que estén, tienen medios adquisitivos suficientes. La prueba de ello es que compran corbatas, celulares, trajes de marca, zapatos caros, buenos automóviles, pero los libros no solo no les interesan sino que les parecen carísimos cuando cuestan 200 o 300 pesos, cantidad que sin embargo pagan sin chistar por unos aperitivos, seguramente porque, listos como son, piensan que no solo de libros vive el hombre.

¿Qué es lo que quieren esos universitarios: leer monitos? No, tampoco quieren eso; lo que quieren es desentenderse de la lectura de libros, revistas, periódicos, etcétera, y solo estar frente a la tele y ante la pantalla de internet. Resulta que muchos universitarios no quieren dedicar demasiado esfuerzo intelectual a la lectura. No quieren libros profundos, quieren papillas: alimentos que otros han masticado para que ellos se encarguen únicamente de tragarlos.

La verdad es que, como afirma Epstein, “la edición de libros se ha desviado de su verdadera naturaleza, y ha adoptado la actitud de un negocio como cualquier otro”. Para muchos universitarios, los libros son simples instrumentos que sirven para avanzar en la carrera profesional en tanto consiguen su inserción en los ambientes laborales. Cuando ya han conseguido su objetivo de titularse y son flamantes ejecutivos y directivos de la empresa privada o del Gobierno, los libros constituyen un lastre que hay que arrojar por la borda si se quiere avanzar, además de que, estos ejecutivos exitosos, no tienen tiempo para leer, pues están ocupadísimos en no leer.

Leen, cuando mucho, manuales sobre liderazgo y, entre ellos, por supuesto, cosas como ¿Quién se ha llevado mi queso? y El monje que vendió su Ferrari, pero eso está muy lejos realmente del verbo leer si el objetivo de tales productos no es que pienses sino que acabes convencido. Los gurús de la autosuperación han hecho pingües negocios con los universitarios semialfabetizados, porque saben que si les dicen frases como “cuando dejas atrás tus temores, te sientes libre” o “prepárate para cambiar con rapidez y para disfrutarlo”, sentirán que quien les habla es Dios porque nunca en su vida habían escuchado tan elevada sabiduría. ¿Y todo por qué? Porque jamás leyeron a Platón, a Séneca, a Montaigne, a Schopenhauer o a alguno de sus buenos divulgadores, como por ejemplo Fernando Savater o André Comte-Sponville. Entonces capsulitas y fabulitas bobas como las de Spencer Johnson y Robin S. Sharma les parecen la mar de profundas, tan profundas que casi se ahogan en ellas.

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Algunas universidades ya se dieron cuenta de que el problema de la lectura no está solo con los no profesionistas, sino también, y muy alarmantemente, con los profesionistas que hoy son ejecutivos de empresas, funcionarios de la administración pública y directores generales de esto y aquello. Gente que no lee ni su horóscopo ni mucho menos la caja del cereal. Lo cierto es que nunca les gustó leer, y que si leyeron algunos libros o capítulos de ellos fue, básicamente, para sacar la carrera.

Esto ya lo sabíamos. Pero es hasta ahora, es decir recientemente, que el tema salta a las primeras páginas de los diarios y como asunto preocupante de las agendas públicas de educación y cultura, pero no por lo educativo o cultural que pueda tener el asunto, sino porque incide en cuestiones económicas y sociales. La lógica de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (ocde) es una lógica simple: si un universitario no lee, ni se actualiza, ni tiene interés por conocer más, es alguien que no resulta “competitivo” ni competente frente a las exigencias de la globalización.

Esto último es verdad, y sin embargo no es lo más importante. Porque resulta por demás obvio que un universitario que lee es una persona que desarrolla mayores capacidades, aun sin hacerlo expresamente para lograr mayores competencias y mejores cualificaciones. Un universitario que lee por gusto es alguien que no sufrirá la lectura por obligación.

Nuestro error, tanto en cultura como en educación, ha sido el privilegiar las capacidades técnicas antes que las potencialidades humanísticas. Desde la más tierna infancia hasta los umbrales de la titulación académica, lo que hacemos es un ejercicio memorístico más que una práctica reflexiva. Todos sabemos —lo mismo si lo dijo Einstein que si lo pronunció Pepito— que la memoria es la inteligencia de los tontos, y sin embargo la escuela se sigue montando sobre la memoria para todo, en lugar de abrir los caminos del pensamiento y la discusión. La duda y el escepticismo son siempre mejores maestros que la memorización.

Los universitarios padecen los mismos problemas que los estudiantes de preparatoria, secundaria y primaria: en una enorme proporción, no leen y no les gusta leer porque, en cuanto a libros, les basta con memorizar autor, título, tema, trama, personajes, género, corriente, época, etcétera, sin tener que leer los libros. Son fruto de los mecanismos tradicionales, vacíos y repetitivos de enseñar lengua y lectura en los niveles escolares previos a la matrícula profesional.

Es difícil no plantear, en este punto, el tema de las tecnologías de información. Pero creo que se equivocan quienes ven en las herramientas de internet la muerte del libro y la competencia “desleal” de las pantallas y los teclados. De hecho, está suficientemente probado que quienes leen y escriben en papel y son migrantes digitales, leen y escriben también en la computadora y en los demás instrumentos que facilitan más que complican la lectura y la escritura. Mi hija, que es lectora y autora de libros en papel, me dijo hace poco, sin reprimir su entusiasmo: “¡Adoro mi Kindle!”. Por algo será.

El problema de la lectura no radica en que internet sea una competencia frente a la lectura en el formato tradicional del libro en papel, sino en el hecho de que la escolarización no está promoviendo ni fomentado el placer de leer y escribir, sino el deber de leer para hacer tareas, memorizar datos y entregar soporíferos e inútiles reportes de lectura. Los profesores se desesperan porque los reportes de lectura están mal escritos, pero están mal escritos a partir de que los libros están mal leídos: con tedio, con sufrimiento y con rencor.

Aunque nos pese a los nostálgicos, no hay demasiada diferencia entre leer un libro en papel y hacerlo en el Kindle, pero los que leen en el Kindle es porque antes, de todos modos, leían en papel, y disfrutaban (y siguen disfrutando) este ejercicio que no se reduce a las tareas, sino que va más allá incluso del placer, y se vincula con el conocimiento, el hallazgo, la interrogación sobre quiénes somos, hacia dónde vamos y cómo afrontamos la soledad, el dolor, la dicha, la fragilidad, el placer y la certidumbre de sabernos mortales. “Los libros me guían a través de la vida.” Estoy citando otra vez a Gorki, con la incómoda sensación de que muchos universitarios no saben quién es Gorki.

Los lectores no pueden reducirse a practicantes de un deber instrumental inmediato. Las bibliotecas, y especialmente las bibliotecas personales, siempre están un paso adelante de las universidades. A quienes contamos con estudios universitarios y seguimos siendo lectores nos cuesta trabajo reconocer (porque es políticamente incorrecto) que ello no fue producto, necesariamente, de las aulas universitarias, donde —si bien nos fue— lo que adquirimos, gracias a ciertos y estupendos profesores, fue el impulso para leer, al mismo tiempo que los libros obligatorios, los libros que se nos daba la gana. En mi caso, yo puedo afirmar esto. Y a veces esta es la verdad, nos volvemos lectores voraces solo si conseguimos sobrevivir a la autoritaria enseñanza de la lengua y la lectura en nuestras escuelas.

Replantearnos la lectura y la educación

Entre 2007 y 2008 sufrí una tremenda depresión: una de esas depresiones que los psicólogos llaman grave y que los neurólogos denomina como mayor. De ella salí debilitado pero también fortalecido en la razón, e incluso escribí un librito (Escritura y melancolía) por el cual también valió la pena, para mí, haber pasado por esa penosa experiencia.

Gracias también a esa depresión comprendí un hecho que tiene validez científica: todo lo que hacemos sin placer, a regañadientes, o con profundo sufrimiento; todo lo que hacemos y no deseamos hacer es fuente de enfermedad. Estoy plenamente convencido de ello. Yo, en aquel entonces, no estaba feliz con lo que hacía, y cada uno de los días que pasaban se iba acumulando como fuente indudable de infelicidad.

Por eso, a lo largo ya de varios libros (¿Qué leen los que no leen?, Antimanual para lectores y promotores del libro y la lectura, Si quieres… lee, Estás leyendo… ¿y no lees?, etcétera) he venido insistiendo en que la lectura no tiene por qué ser una coerción tediosa, infeliz, desdichada, sino una maravillosa felicidad a partir de estrategias creativas, cordiales, gentiles.

La solución es sencilla aunque no simple: dejemos de obligar a la gente a hacer cosas, y planteémosle realizarlas con alegría y con creatividad y veremos que todo funciona mejor. Y digo que es sencilla aunque no simple, porque esto, tan sencillo, no ha podido ser comprendido por muchísima gente que sigue creyendo que la letra con sangre entra.

Si entra con sangre es natural que salga con sangre, y siendo así lo que deseamos es olvidar el sufrimiento, no recordarlo todo el tiempo. Por eso, cuando ya ha cesado la obligación de leer en la escuela, los estudiantes que fueron obligados a leer estérilmente abandonan por completo ese ejercicio que padecieron, y se convierten en analfabetos funcionales, esto es en personas que pueden leer pero no leen, porque lo que menos se les antoja es regresar al tedio que padecieron bajo el rigor de profesores o simplemente de adultos sin ninguna creatividad pero sí con un afán militar disciplinario.

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No hace mucho disfruté dar una charla a algunos cientos de alumnos de la Preparatoria 2 de la unam. En general, los muchachos son receptivos si les interesa lo que uno habla con ellos, y si también se les permite hablar y meter la cuchara en el diálogo. Todos habían leído libros por obligación, y muchos también estaban leyendo libros por puro gusto. Y cuando yo referí que en mis conferencias siempre me encuentro con muchachos de su edad a quienes les cuesta mucho trabajo hallar el sentido exacto de las interpretaciones que los manuales o sus maestros hacen de las obras, de inmediato se alzaron muchas manos de muchachos que pedían la palabra para compartir sus experiencias. Al final algunos se acercaron para decirme en corto alguna inconformidad o algún agravio. Unos decían que habían entendido cosas muy distintas en Rulfo y en García Márquez que las que frecuentemente les daban como absoluta y únicamente válidas en los exámenes; otros manifestaban que cierto libro les había parecido aburridísimo, mientras que algún otro, incluso del mismo autor, les había fascinado. Puedo asegurar que el problema de la lectura no es un problema de la tecnología sino de la mala educación, y cuando me refiero a “la mala educación”, de lo que estoy hablando es de la insulsa escolarización que no distingue entre una persona y un alumno, entre un ser humano y un estudiante.

El problema, les dije, es que el sistema escolar así como les niega el derecho al placer, les niega también el derecho de aburrirse. Desde hace cuántos años Susan Sontag escribió contra la interpretación, y todavía seguimos en lo mismo. Las interpretaciones acerca de los libros no son mejores que los libros en sí, y las interpretaciones ajenas no son otra cosa que lecturas parciales, personales y, por lo mismo, subjetivas y arbitrarias, y no tenemos por qué adoptarlas antes de leer un libro y de dar nosotros nuestra propia interpretación al leerlo.

Todos sabemos que hay interpretaciones jaladas de los pelos y que muchas de ellas están fabricadas por una hermenéutica de burócratas y académicos subvencionados que tiene la absoluta certeza de que todos los libros son acertijos que siempre esconden la verdad muy en lo profundo. Pero aun si esto fuera cierto, esa verdad profunda de todo libro no es la misma para todos los lectores. Con algo de humildad, lo que tenemos que conseguir quienes leemos, interpretamos, criticamos, damos clases sobre lectura o escribimos, es acompañar a los otros lectores a encontrar esos subtextos y referentes profundos, sin que les impongamos los nuestros. Sólo así la lectura recuperará su principio de placer y su seducción iniciática.

García Márquez ha mostrado cuán descabelladas, absurdas o francamente idiotas son las interpretaciones de ciertos críticos, académicos y profesores a propósito de sus libros y personajes. Los críticos encuentran cosas que únicamente ellos ven y que el autor jamás se hubiera imaginado ni en sus más locas borracheras, y los profesores, a tono con esos críticos e incluso siguiendo sus elucubraciones, creen que los libros solo se escribieron para dar clases de literatura y, en consecuencia, están convencidos de que dar clases de literatura es memorizar datos y resolver adivinanzas, simbologías y extraños misterios. (La tele, más que los libros, les ha sorbido el seso.)

Lo horrible de las clases de literatura es que, cuando un lector está disfrutando algo, viene la interpretación burocrática a empañarle el placer con barbaridades y majaderías que han sido inventadas únicamente para tener algo que decir que parezca muy profundo aunque sea la más ridícula trivialidad.

Es necesario replantearnos la lectura, pero no digo nada nuevo si afirmo que, antes que otra cosa, tenemos que replantearnos la educación sobre lectura y la educación en general. Permitir que los estudiantes se cuestionen lo que leen, a partir de sus propias inquietudes y propiciar el intercambio de opiniones, puntos de vista y concepciones, para enriquecer y apropiarse del texto disparador del pensamiento y la emoción.

Todos podemos encontrar lo insospechado en los libros, pero es triste que los estudiantes estén condenados a encontrar únicamente lo insospechadamente ajeno. El problema de la lectura en la universidad es un problema que proviene de los mecanismos coercitivos e insustanciales de la lectura en las fases previas de la escolarización.

Hoy, por ejemplo, y desde hace muchos años, es común que los universitarios, a la hora de enfrentarse al requisito de la tesis, no sepan no ya digamos cómo escribirla, sino siquiera cómo abordarla, cómo iniciarla, cómo concebirla, porque la tesis es también parte de las tareas, o la cúspide de las tareas, que se nutre de libros que muchas veces no se comprenden, y que se caracteriza por estar llena de citas y referencias al pie y en el cuerpo del texto, gracias a las cuales sabemos lo que piensan los autores citados, pero no lo que piensa el autor de la tesis que los cita. Si la lectura de libros hubiese sido para el tesista un ejercicio cotidiano y placentero, seguramente sabría cómo se escribe un libro de propuestas y reflexiones cuyo contenido está hecho esencialmente de ideas, y ni siquiera tendría que ir a leer, para resolver su problema, el best seller de Umberto Eco Cómo se hace una tesis.

Mucho tenemos que reflexionar al respecto, pero es obvio que no hemos querido aceptar la verdad, la realidad de nuestra condición educativa. Y mientras más tiempo nos tome reconocer que nos hemos equivocado en la educación sobre lengua y lectura, más tiempo nos tomará admitir que quizá debemos llegar a la universidad no a dilucidar tratados académicos ni a escribir tesis, sino, antes que nada, a aprender a leer.

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JUAN DOMINGO ARGÜELLES (Quintana Roo, 1958) es poeta, ensayista, crítico literario y editor. Hizo estudios de Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. Ha publicado el volumen de ensayos El vértigo de la dicha: Diez poetas mexicanos del siglo XX. En 2004 reunió su obra poética de dos décadas en el volumen Todas las aguas del relámpago (UNAM) y en 2009 la Editorial Renacimiento, de Sevilla, le publicó una antología general de 25 años de escritura poética, con el título La travesía. Es autor también de varios libros sobre el tema de la lectura, como Escribir y leer con los niños, los adolescentes y los jóvenes (Océano, 2011) y Estás leyendo… ¿Y no lees? (Ediciones B, 2011). Océano acaba de publicar la Antología general de la poesía mexicana, que él edita y prologa. Entre otros reconocimientos, ha recibido el Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta, el Premio de Ensayo Ramón López Velarde, el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen y el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes.

8 Respuestas para “Lectores universitarios: pasado y presente
  1. Sergio Palomino Montes dice:

    Buen día¡

    ¿Seré el único que piensa que este artículo es demasiado largo para lo que cuenta?. Que no se lee y que no se lee adecuadamente se sabe. La industria de la queja (Juan Villoro publicó un excelente artículo al respecto hace dos semanas), nos da una aureola de progresistas.
    ¿Qué tal si respetamos el deseo de no leer?.
    Hay personas que encuentran su camino de desarrollo y su sabiduría de otra forma y otras que les viene bien vivir tal y como viven, personas que logran ese “estar bien” que Fernando Savater mencionó en Ética para amador, un excelente ejemplo de libro breve y adecuado a la lectura de quien no lee mucho, no un vehículo de lucimiento o monumental ladrillo que también pululan en demasía.
    Otro punto: habría sido ideal señalar los tres o cuatro puntos a realizar ante toda lectura: objetivo de leer (hasta el TV Notas cumple una función de divertimento y de socialización del conocimiento vía el chisme), conocimientos previos, lectura, reflexión y manifestar con sus propias palabras el sentido y resultado de esa lectura.
    En una de esas este artículo lo lee alguien que no lee mucho, opta por no sentirse parte de la masa señalada y se da cuenta que puede iniciar a leer.
    A menos que el artículo solo sirva para hacernos sentir bien a los que leemos.

    Gracias.

  2. Zaid Ramo dice:

    Buen día Juan Domingo, al leer su artículo me sorprendió que ya hubiera una voz que recalcara lo que yo adolecí en la facultad durante 5 años. Los alumnos de universidad muchas veces ya no buscan leer, sino solo pasar la materia. Ahora en mi universidad (UDG) los alumnos no saturan las clases con los maestros exigentes, buenos, de calidad, sino con aquellos que se les denominan “barcos”, “trasatlánticos”, hasta “titanic”. Menciona de libros de 200 páginas… en mi salón no podían ni leer 50, llegando al absurdo de interponer un recurso a un profesor con los argumentos de “deja mucha tarea” y ” nos deja muchas hojas que leer” lo cual demuestra el bajo o nulo interés ahora por el estudiantado por leer y mucho menos por superarse.

    usted estudió Letras, yo Derecho, sin embargo, yo también coincido que estudiar una carrera como estas (Derecho letras) y no disfrutar de leer nunca podrá alcanzar el éxito.

    Sin embargo, para poder combatir esto, creo que se requiere de la voluntad no solo de unos cuantos que reformen los sistemas educativos, sino también de los propios alumnos ya que muchas veces son ellos los que que propician este tipo de educación donde se prefiere y premia a los educadores que son “barcos” por que solo están ahí parados durante una clase a los que son mejores y se dedican a enseñar a leer y a razonar al alumnado.

    OJD

  3. Juan Domingo Argüelles dice:

    Estimados Alberto, María, Genaro y Marco Antonio:
    Gracias por sus comentarios al artículo “Lectores universitarios: pasado y presente”. El diálogo con ustedes y con otros lectores le da mayor sentido a lo que escribo y reflexiono a propósito de la lectura. La verdad es que, cada vez, nuestro diálogo se reduce en un radio muy pequeño porque los lectores asiduos (hay que admitirlo) nos vamos quedando solos o estamos en peligro de extinción. Y el problema mayor es educativo o, mejor dicho, producto de un sistema educativo que cada día está más lejos de conseguir la formación de profesionistas no sólo capaces técnicamente sino también informados, con una cierta cultura media y con un sentido de ciudadanía. Es lamentable pero así es. Los mejores estudiantes son siempre excelentes lectores. Pero, en nuestro sistema educativo, un “buen estudiante” es aquel que cumple con los requisitos, aprueba las materias, es “aplicado” y puede ser perfectamente un no lector. En México se privilegia un saber epidérmico y no un auténtico conocimiento producto de la formación morosa y amorosa que dan los libros, las revistas, los periódicos y por supuesto también Internet pero con un concepto crítico de todo lo que ahí hay. Nuevamente les agradezco sus palabras, porque si no hay diálogo, no hay cultura. En cuanto a lo que podemos hacer cada uno por la lectura, no es poca cosa que (como con la gripe) contagiemos a alguien y que ese otro cantagie a otros más. No hay manera mejor, por muchas técnicas que existan, para mantener viva la llama de la lectura.
    Un abrazo.
    JUAN DOMINGO

  4. Alberto Lozano dice:

    Mi nombre es Alberto, estudiante mexicano de doctorado en EEUU. Su artículo es fantástico. Muchas felicidades.
    Me dí la oportunidad de compartirlo de diversas maneras para que estas reflexiones se divulguen y despierten aún mas la conciencia sobre la lectura… Un México más y mejor leído siempre será un mejor México.

    Le mando un abrazo

    AL

  5. Maria dice:

    Soy estudiante universitaria de derecho de apenas primer semestre. En una de mis asignaturas (introducción al derecho)llevamos controles de lectura y en esta ocasión el profesor hizo mención de este articulo para que lo leyéramos y comentáramos en clase. Al momento de que termine de leer el articulo de la revista, me percate que el maestro lo hizo con el afán de ponernos a reflexionar sobre lo que dice el Maestro Argüelles y que por cierto tiene toda la razón.
    Su articulo me pone a reflexionar el como leemos y si en verdad lo que entendemos por leer es leer, que nosotros los universitarios que tenemos el privilegio de estudiar una carrera y en mi caso de pagar por esta no solo ocupemos los libros por esos 5 años si no por el resto de nuestras vidas y que el internet y la televisión no sean un obstáculo para entorpecer nuestro conocimiento intelectual y cultural.
    Y recordemos que el leer es un habito y que el hecho de tenerlo no solo depende de la enseñanza en la escuela sino también de la enseñanza en la familia , en la casa.
    Ahora bien, somos nosotros los universitarios quien al darnos cuenta del problema tan grave que tenemos en la lectura, debemos alimentarnos de conocimiento y esto atravez de los libros y no echarle solo la culpa a los que no inculcaron el habito de la lectura profunda.

  6. Genaro dice:

    Interesante perspectiva la de Don Juan, no “Tenorio”, sino Argüelles… Eh… Sí, pareciera que es una falla propia y sistemática de las costumbres pedagógicas ese hecho, el del aborrecimiento de la lectura de a de veras, la de reflexionar e interpretar libremente y no la de memorizar interpretaciones esclerotizadas… Aunque tal perspectiva vale mucho más para las lecturas de carácter humanístico, pues leer ciencia implica otras cuestiones… ¡Argüelles para la SEP!… ¡Ja-ja-ja!… Yo diría que es difícil esperar eso de la mayoría de los estudiantes universitarios, el que les guste leer acerca de muchas temáticas, pues ese hábito debería de forjarse desde los comienzos en la educación básica, ¿y porqué no también?: desde la etapa preescolar habría que ir orientando a los más que jóvenes a explotar su potencial para recrearse a sí mismos y su entorno mediante el lenguaje… Por cierto, felicitaciones por su trayectoria profesional al autor de este artículo, ¡enhorabuena!…

  7. Marco Antonio Morales dice:

    Que tal Juan Domingo. Me ha entusiasmado enormemente la lectura de tu artículo (sobre todo porque lo leí sin saber -sino hasta el final- que era de tu autoría; me enfoqué más en el texto y las ideas, que en el nombre, y recordé, de paso, aquello que Gabriel Zaid denominó “el culto al autor”). Lo que mencionas es muy cierto, y triste. Soy profesor de telesecundaria, y llevo cinco años en servicio. De los veinte compañeros con los que me ha tocado trabajar, solo tres han sido lectores. Y con la inmensa mayoría de los compañeros la situación no es muy diferente. En vano ha tratado la SEP de implementar el plan nacional de lectura (PNL), que más que un proyecto auténtico, se ha quedado, cómo muchos otros, tan sólo en buenas intenciones y mero trámite burocrático. El lector, en la universidad, en el ambiente profesional, y en general, es cada vez más un ave rara: un animal en peligro de extinción. Si la cosa sigue así, me imagino que en el futuro, más que una persona apreciada, el lector será el fugitivo delincuente político, perseguido con perros y patrullas, cómo si se tratara de un personaje de una novela de ciencia ficción. Aparte de lo que tu bien mencionas en este texto (algo que de seguro ya habrás tratado en tus libros), me parece que nuestra pseudocultura ha contribuido en gran medida a desvirtuar o degenerar la imagen del lector, la lectura misma; y por lo tanto, a realizar una especie de anti-publicidad de la lectura. El lector, según nos lo ha vendido la televisión y la publicidad, es un “nerd”, un fenómeno que vive en las bibliotecas, usa lentes gruesísimos y es torpe para la vida práctica: alguien que ha suplantado la vida por los libros. ¿Como acercar a los jóvenes a los libros si su estereotipo es la máxima representación de lo bobo y lo anti-cool? ¿Cómo trasmitirles siquiera una mínima parte de la gozosa experiencia de leer, si el ícono de masas es el anti-lector, aquél futbolista/ actor / músico, que se exhibe en auto lujosos, sale con las mejores chicas, viste las mejores prendas, pero es incapaz de articular dos o tres frases coherentes y genuinas cuando se le entrevista? Yo, en épocas de crisis, había estado a punto de creer esta tesis, ¿porque dedicar horas a leer en soledad, cuando podía estar haciendo cosas más interesantes cómo ganar dinero o seducir mujeres, o simplemente vivir? Ahora he comprendido que la vida sin reflexión, la vida vivida sin la experiencia de la subjetividad, es el trascurrir sin tiempo de los animales. La vida y la literatura, no tienen que ser dos elementos que se excluyan, sino partes que se integren y complementen para hacer de la experiencia un producto mejor – ¿podemos dar un paseo por la ciudad y verla con los mismos ojos, después de leer a Joyce? ¿Una aburrida cola de banco, o la realización de un trámite en la secretaria de educación, pueden ser los mismos después de leer “El proceso”?- En pocas palabras, puede que los libros no sean la vida, pues esta no se reduce al mero acto de leer, pero si son, en buena medida, estimulantes para disfrutar más lo que hacemos, es decir, para vivir mejor, para gozar más cada acto, cada minuto, hasta el más trivial, y no es eso, y al fin y al cabo ¿el verdadero sentido de vivir?

  8. Marco Antonio Morales dice:

    Que tal Juan Domingo. Me ha estusiasmado enormemente la lectura de tu artículo, (sobre todo porque lo leí, sin saber sino hasta el final, que era de tu autoría, es decir,me enfoqué más en el texto y las ideas,que en el el nombre, aquello de lo que Gabriel Zaid llama “el culto al autor”). Lo que mencionas es muy cierto, y triste. Soy profesor de telesecundaria, y llevo cinco años en servicio. De los veiente compañeros con los que me ha tocado trabajar, solo tres son lectores.El lector, no sólo en la universidad, sino en el ambiente profesional,y en general, es una ave rara, un animal en peligro de extinción. Aparte de lo que tu bien mencionas en este texto (algo que de seguro ya habrás tratado en tus libros), me parece que nuestra pseudo cultura ha contribuido a desvirtuar o degenerar la imagen del lector, la lectura misma. El lector, según nos lo ha vendido la televisión y la publicidad, es un “nerd”,un fenomeno que vive en las bibliotecas, usa lentes gruesisomos y es torpe para la vida práctica: alguien que ha suplantado la vida por los libros. Yo, en mis épocas de crisis, había estado a punto de creer esta tesis, ¿porque dedicar horas a leer en soledad, cuando podía estar haciendo cosas más interesantes cómo ganar dinero o seducir mujeres, o simplemente vivir? Ahora he comprendido, que la vida sin reflexión, la vida vivida sin la experiencia de la subejetividad, es el trascurrir sin tiempo de los animales. He descubierto, gracias a los libros, que se puede bien vivir sin excluir la lectura, que vida y literatura, no tienen que ser presisamente dos elementos que se excluyan, sino que se complementen. Los libros no me hecho más rico(economicamente), ni más guapo, pero si me han ayudado a disfrutar mucho más la vida (que me parece, que eso es el sentido de vivir). Después de todo, ¿podemos dar un paseo por la ciudad y verla con los mismos ojos, después de leer a Joyce? ¿Un aburrida cola de banco,o la realización de un trámite en la secretaria de educación, puede ser las misma después de leer “El proceso”?

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