Jueves, 06 Agosto 2020
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(miscelánea) II
Cultura | Este País | Manual Para Zurdos | Claudio Isaac | 01.11.2012 | 0 Comentarios

Pírricos
Es cosa sabida que en el encuentro entre los equipos de México y Alemania durante la Copa Mundial de Futbol de 1986, el primer tiempo concluyó con un marcador de uno a cero a favor de los nuestros. Aunque en la segunda mitad los alemanes nos masacraron, los connacionales tienden a evocar el episodio tratando de detener la acción durante esa primera parte victoriosa, negando el paso del tiempo y la conclusión de la historia misma.

Algo parecido ocurre con los aficionados al boxeo, que recuerdan un round en que Pulgarcito Ramos había noqueado al campeón Joe Frasier (poco después de que este hubiese derrotado a su vez al gran Muhammad Ali). En la ocasión referida, Frasier se levantó de la lona para anular al mexicano y prácticamente forzar su retiro del deporte. Como en la alusión anterior, los aficionados se ilusionan dolorosamente, estacionados en un tiempo inexistente, congelado, en el que las circunstancias aún nos favorecen contra el rival. El caso por excelencia (merecía haber sido estudiado por don Samuel Ramos) es el de la tan celebrada Batalla del 5 de Mayo, que por sí sola serviría para definir con toda contundencia lo que es una victoria pírrica, pues resulta su epítome. Como en el caso del equipo de futbol o del Pulgarcito, tratamos de pasar por alto el segundo tiempo, lo que ocurrió después, el capítulo siguiente o el epílogo, la consecuencia. Todos nos negamos a visualizar que para el 10 de mayo ya habría refuerzos franceses en el rumbo de Puebla y se estarían disponiendo a enfilarse hacia el cerro de Chapultepec, donde se quedarían cinco años en plan imperial. Menos mal que el 10 aún no se establecía como día de las madres.

Xenón y sus luces

Si bien es cierto que no soy un abocado a la cultura digital, sí alabo que en la red cibernética se enfoquen a una cortesía que en medios más añejos nunca se ha tenido para con el usuario. Me refiero a ese recurso que en los buscadores de internet se denomina desambiguación. En medios tradicionales como enciclopedias, diccionarios y otros libros de consulta, nadie parece querer aclararle al neófito la diferencia entre la escatología entendida como expresión soez y la escatología en tanto “conjunto de creencias relativas a la vida de ultratumba”, según consigna María Moliner. Lo cierto es que ni siquiera el Vaticano se afana en aclararle a sus fieles que el Discurso Escatológico de Cristo no se refería a suciedades excrementicias. La confusión se torna más aguda cuando nos circunscribimos al lenguaje oral, en el que los equívocos pueden ser aún mayores por homofonía. Regresando a Cristo, me ha tocado ver en una galería de arte moderno a una pareja sudamericana santiguándose al escuchar a un crítico famoso declarar que “Christo es un fraude”. Pero, claro, él se refería al escultor/instalador Christo Javacheff —al que le da por envolver en tela objetos de diverso tamaño, desde mesas hasta montañas. Los sudamericanos creían que en lugar de denostar a la Vanguardia (también sacra para algunos) se estaba blasfemando contra nuestro Salvador y ninguno en el círculo de pedantes que los rodeaba se molestó en explicar, desambiguar el asunto. Así, conviene aclarar que si se dice “la Estética de Adorno” uno se refiere al teórico marxista T.W. Adorno y no a la decoración hecha a base de bibelots, muñequitas de Lladró y figurines de Swarovski. En últimas fechas, se discute la cuestión de las luces de xenón, que no son aquellas que iluminaban la mente del filósofo griego sino las instaladas en la torreta de las patrullas modernas de la policía capitalina. Una verdadera paradoja de Xenón (ahora sí el discípulo de Parménides) es que las patrullas están para cuidar a los ciudadanos pero las luces potentísimas que emiten ciegan a los mismos y pueden causarles accidentes.

Humillados y ofendidos

En las reacciones airadas de proporciones y efectos teatrales casi siempre se pierde perspectiva, la solemnidad nubla la percepción. Y, en efecto, la indignación moral suele revelar trasfondos aterradores: desde ignorancia supina, gregariedad irreflexiva, inercias atávicas, mentalidad endogámica, espíritu de linchamiento y ceguera de varios grados en varios estilos de una colectividad impresionable. La ironía de un fundamentalismo carente de fundamentos. Aires de superioridad que, cual debe ser, esconden complejos de inferioridad: el terreno fértil para la manipulación de grupos de azuzadores de tiempo completo. Se diría que el insulto debiera pesar tanto como la inteligencia del rival. En el tema de la cinta La inocencia de los musulmanes y la virulenta reacción airada que ha provocado entre los fieles al Corán, más allá de la chapucería expresiva de un cineasta mediocre (quien, por otro lado, está en su derecho de manifestar su tontería), lo que parece comprobarse es la verdad del título, ese candor peligroso y maleable que se convierte en vehículo de viejas rencillas. Lamentablemente, el incidente se resume en “circo, Mahoma y teatro”.

(Aquellos que han sido verdaderamente atropellados por la injusticia no parecen requerir de aspavientos para expresar su agravio: la contundencia de los hechos grita más fuerte.)

A chillar
En nuestro país somos también proclives a esta susceptibilidad melodramática y mucho tiene que ver con nuestra incapacidad autocrítica. Nos preciamos del humor mexicano (como si no fuera un don universal) pero chillamos con facilidad ante lo que —no entrañando necesariamente un insulto verdadero— puede ser tan solo una declaración aberrante o desatinada que más bien define a quien la emite. Tal fue la historia sonada del programa de la bbc dedicado al automovilismo llamado Top Gear, donde los conductores redujeron la gastronomía mexicana a los “nachos con queso” y los “Doritos”. El eco del desdeñoso comentario llegó hasta la Secretaría de Relaciones Exteriores siendo que, con solo acudir a un compendio de la cocina mundial podría habérsele callado la boca al grupo inglés de niños sobrecrecidos, cuarentones calvos y panzones, o patéticamente aferrados a la moda de cabello del heavy metal. Lo curioso es que los primeros en burlarse de su ignorancia, su condición burda y su inmadura obsesión por la velocidad y los juegos de cochecitos son ellos mismos, porque si algo hay que concederle a los anglosajones es la fresca, sabrosa autocrítica que ejercen, misma que entre ellos es ya una vertiente sólida del humor. Algo que ya quisiéramos para ahorrar chillidos fáciles.

Si yo no fuera cobarde

El brillante escritor católico C.S. Lewis consignó alguna vez: «La valentía no es una más de las virtudes sino la forma que toma cada virtud cuando se pone a prueba». Es decir: toda virtud, si es cabal, presupone valentía, de lo contrario nos quedaríamos en el mundo de la hipótesis: si yo no fuera cobarde, sería prudente, justo o templado. Se es —cueste lo que cueste— o no se es. Por ello el enunciado «honestidad valiente» es un disparate que algún día quedará archivado junto con el «pacto de solidaridad» salinista. Esta columna acepta contribuciones de los lectores para engrosar el expediente de nuestra inconsciencia oratoria.

Ahora sí
Anunciaron que “ahora sí” fue el último vuelo del transbordador espacial Endeavor. Resulta que por un tiempo prolongado el destino de la fatigada nave se antojaba comparable al de la cantante Lupita D’Alessio, quien no se resigna a ser pieza de museo y tras anunciar repetidamente su retiro vuelve a las andadas, acumulando horas de vuelo.

Santos
Trátese de religión, sexualidad o estética, los credos suelen acentuarse con el prejuicio personal que cada quien les añade. Apoyados en la ebullición de un encono creemos ver redoblada la fuerza de nuestras convicciones si las condimentamos con manías particulares. En realidad se trata de una alianza que desangra y rebaja nuestro alcance, por más que el fuego de artificio resulte más espectacular. Pero, en fin, la fatuidad y la complacencia nos mantienen en contacto renovado con el arsenal del prejuicio y son tan excepcionales las personas que se resisten a esa tentación que pasan por santos.

Palabras detrás de las palabras

En el uso cotidiano del periodismo, hay palabras que parecen encubrir a otras: las verdaderas y originales. Probablemente se trate de una asociación fonética, pero tantas veces los términos suenan a que son el pariente presentable del aquel otro que es más genuino y rotundo. De este modo, desmán luce como el sinónimo decente de desmadre, y amonestar como una manera suave de molestar y por supuesto los que pronuncian la palabra coadyuvar parecen tener dificultades para decir ayudar. Cada quien su diccionario.

Recordatorio
Hace unas semanas murió una amiga querida, la actriz Manola Saavedra, gracias a quien cuento con un ejemplo portentoso que puedo invocar cuando de profesionalismo se trata. Alguna vez —durante un tiempo en que ambos vivíamos en Cuernavaca, entidad heterogénea que prueba reiteradamente ser peculiar y áspera para aquellos que quieren fincarse allá y ser productivos— fui a visitarla a un pequeño foro teatral que contra viento y marea había establecido en el centro de esa ciudad, a un paso de Catedral. Ella era la empresaria y la única actriz de la obra, un monólogo dramático. Cuando llegó la hora de que comenzara la función nos dimos cuenta, con asombro y algo que podría llamar tristeza social o rencor contra la provincia, de que mi mujer y yo éramos los únicos espectadores. Nadie en la entrada del recinto o en la taquilla, nadie a la redonda. Estaba a punto de decir: «Bueno, lo siento, nos vemos otro día…», cuando Manola indicó: «Pasen y comenzamos». Y dio la función como si fuera a teatro lleno, con vehemencia y entrega. Es un recordatorio que invoco a la hora en que me invade el desgano o me siento tentado a dejarme arrastrar por algún ánimo desidioso o derrotista, cosa que ocurre a diario pero sin consecuencia visible. ~

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Escritor, artista plástico y cineasta, CLAUDIO ISAAC (1957) es autor de Alma húmeda, Otro enero, Luis Buñuel: a mediodía, Cenizas de mi padre, y Regreso al sueño. Su novela más reciente se titula El tercer deseo (Juan Pablos Editor, 2012).

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