Jueves, 22 Agosto 2019
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PRD: el dilema de la identidad. Entrevista con Ilán Semo
Este País | Olga García-Tabares | 01.06.2012 | 2 Comentarios

La pregunta por la izquierda tiene sentido si pensamos que el discurso en los años noventa, posterior a la caída de la Unión Soviética, apuntaba al fin de la distinción entre izquierda y derecha. Da la impresión de que la retórica del “fin de las ideologías” anclaba en una premisa errada, la escisión entre la izquierda y la derecha nunca ha sido tan poderosa como ahora. Acaso habría que preguntarnos si no fue incorrecto apostar al ocaso de la relación entre lo político y el mundo de las identidades sociales, personales y hasta afectivas; hoy en día, las discusiones políticas dividen más que nunca y unifican poco: cruzan a las familias, las amistades, las escuelas y los barrios.

Hoy se vota por ser de izquierda o por estar contra ella. Es una situación singular que ha emergido en México desde 1988, y que en otras partes del mundo se vivió a lo largo del siglo xx; una especie de cultura de la filiación, una propensión hacia el voto identitario. Una parte de la gente no vota por las promesas o por el performance de los candidatos, ni por lo que ofrecen los partidos. El votante actual es menos inocente. No se rige por que los candidatos y sus partidos representen nuevas expectativas; sabe de antemano que se trata tan solo de una competencia para dirimir quién promete mejor. Aun así, entregan su voto al PRD o al PAN, sin importar si se encuentran en desventaja o no. El voto por el PRI es un caso distinto. Tiene razones pragmáticas y clientelares.

De la utopía a la distopía

La izquierda en el país es antigua; su origen en el siglo xx data de finales de la Revolución mexicana. A principios de los años veinte proliferan en el país decenas de pequeños partidos que se identifican con el socialismo y quieren conciliar la idea de un nuevo orden con el legado de la Revolución y la Constitución de 1917: el Partido Socialista de Michoacán –por el que pasó Lázaro Cárdenas–, el de Tamaulipas, el de Yucatán –donde militaba Carrillo Puerto. Desde su origen, se trata de la franja nacionalista de la izquierda. En los años treinta construyeron el discurso de una sociedad que se alejara tanto de lo que ya se llamaba el capitalismo salvaje como de la experiencia soviética. A partir de 1929, muchos de sus militantes se integraron al sindicalismo y el agrarismo; otros se desintegraron en la formación del PNR, el abuelo del PRI.

Hay otra corriente importante en el siglo XIX, el anarquismo, que para los años veinte del siglo XX –aunque algunos de sus miembros más importantes seguían activos– había perdido toda la fuerza, si se compara con la que había tenido en México hasta 1911. El anarquismo tuvo periódicos como Regeneración –muchos diarios actuales envidiarían su número de lectores–, y una formidable organización clandestina; fue artífice de la gran rebelión en 1906, la que pone a prueba al Gobierno de Díaz. A mi parecer, es el año en que se inicia la Revolución mexicana, y no en 1910.

La izquierda mexicana siempre tuvo influencia en el mundo intelectual; pintores, poetas, novelistas, historiadores, antropólogos y periodistas militaban en las filas del comunismo en esos mismos años. Desde 1919, el Partido Comunista propone una alternativa a la Revolución mexicana; es chico pero tiene una densidad básicamente intelectual, que simbólicamente expresa mucho más de lo que es: representa la utopía de la siguiente revolución.

Hay una cuarta corriente significativa, un grupo que no está relacionado con la política formal directamente. Es una forma de ser y pensar que surge dentro de las universidades, en publicaciones de todo el país, en el magisterio y en los sindicatos, y más tarde en las ONG y en la militancia de género e identitaria, y que declara su condición de ser de izquierda a partir de su independencia de los partidos de la propia izquierda. Es la corriente más extendida en México.

En los años treinta, comienza una de las mayores tragedias políticas del siglo XX, la catástrofe soviética: la transformación de los saldos de una revolución en la conformación de un poder burocrático que acabó transformando al individuo en la continuación de una maquinaria del terror que erradicaba cualquier forma de pensamiento propio como principio de constitución de la sociedad. El “socialismo real” devino una distopía de la idea del socialismo.

A partir de los años cuarenta, va a surgir una izquierda en México que tiene que ver con la crisis producida por el intento de algunos miembros del Partido Comunista (PC) de asesinar a Trotsky, y cuya definición será la crítica a la Unión Soviética; digamos que tiene que ver con el cuestionamiento ascendente del estalinismo por parte de la izquierda europea y su impacto en el país, con los juicios que emprende Stalin contra los artífices de la Revolución rusa.

Entre la tragedia y la catástrofe

En el nudo de la política hay que diferenciar la tragedia y la catástrofe. La tragedia se escenifica cuando dos causas justas luchan entre sí. Un ejemplo: en 1910, Madero, artífice de la Revolución mexicana, es un liberal que lucha por propiciar la democracia y el mercado libre. Nunca pudo responder al reto principal de la rebelión: la cuestión de la tierra. La utopía zapatista es la reconstrucción de una comunidad soberana de las culturas indígenas, respetar su lenguaje, sus leyes, más allá de la historia nacional. Estas dos utopías, la liberal y la de una comunidad autogobernable, son las que chocan en la Revolución mexicana. Dos causas justas que luchan como enemigas una contra la otra. La tragedia convertida en acontecimiento histórico retorna siempre como la posibilidad de la tradición.

La Revolución francesa tuvo un final muy trágico: Danton enfrentado a Robespierre. El primero exigía mantener las libertades políticas, el segundo impuso el Estado de excepción para salvar la Revolución frente al ataque de las monarquías europeas. Un desenlace trágico. El saldo fue la época del terror. Pero no hay transformación política en el siglo XX, no hay revolución que no haya sido inspirada de alguna manera en la gesta francesa, que no convoque los derechos del hombre, la igualdad y la libertad, como sucedió en 1789. Una memoria que siempre retorna para dar un sentido al presente, eso es el dilema trágico.

Una catástrofe es un pasado del cual se quiere huir, del que no se quiere escuchar, que nunca retorna, que nunca fija la posibilidad de una tradición, que culpabiliza a quienes fueron sus protagonistas: el estalinismo es una de las peores catástrofes del siglo XX. La tragedia produce una visión melancólica del pasado, la catástrofe trae consigo un horizonte esquizo, es lo ominoso en la historia. El nazismo fue otra catástrofe, nadie quiere saber nunca más de él, no retorna más que en el espectro de los propios fascistas.

La izquierda política, intelectual y social

En la izquierda hay tres franjas que definen distintos espacios de despliegue: el político, el intelectual y el social. Casi siempre están separados, porque son franjas que se multiplican con su propia lógica. En la social están los movimientos campesinos y urbanos, es la que produce sindicatos, organizaciones sociales, las ong de hoy y las luchas de género. En la política se encuentran los partidos, que representan una acotada y divisiva multiplicidad. La intelectual no quiere saber frecuentemente de los partidos: Adolfo Sánchez Vázquez, Carlos Monsiváis, Juan de la Cabada, Efraín Huerta. Muchas veces estas franjas se cruzan, se encuentran, se desencuentran, tienen historias paralelas, y si no se entiende esto es muy difícil entender la historia de la izquierda.

De la Guerra Fría a la Liga Espartaco

En los años cuarenta y cincuenta la izquierda tiene su peor momento. Son los años del comienzo de la Guerra Fría. El PRI se deshace de lo que eran los vestigios de un nacionalismo social, radical, popular, a veces populista, como el cardenismo. Lázaro Cárdenas es un marginado en el PRI. El pc se reduce a su mínima expresión, prácticamente actúa de manera ilegal, sin registro electoral, sus miembros son perseguidos; el anarquismo ha desaparecido y lo que queda es una izquierda oficial, encabezada por Lombardo Toledano, que es muy cercana al PRI. El lombardismo es una corriente muy prosoviética, curiosamente, aceptada y fomentada por el Estado mexicano. Lo que sobrevive con una energía asombrosa es la izquierda social, sobre todo en los sindicatos de ferrocarrileros y maestros, donde serán activos Valentín Campa, Demetrio Vallejo y Othón Salazar.

La crisis del comunismo en México se da porque un grupo del partido intentó asesinar a Trotsky. Eso propició divisiones, sus principales líderes sindicales lo abandonaron. Continuó siendo un partido estalinista hasta que Kruschev denunció los crímenes de Stalin a finales de los años cincuenta. Esa denuncia conmocionó el comunismo en todo el mundo, produjo escisiones y en México, entre otras cosas, dio lugar a un grupo extraordinario de intelectuales que, encauzados por Revueltas, conforman la Liga Espartaco. A partir de ese sismo, cuando se descubre esa monstruosidad –no la “descubren”, porque muchos sabían–, hay una reflexión que traza una geografía en los años sesenta: la izquierda antiautoritaria, formada dentro de las universidades, tiene un encuentro con la vieja izquierda que estaba en la cárcel, Valentín Campa y Demetrio Vallejo (la historia donde militaron estos dos líderes aún hay que trazarla), presos políticos en torno a los cuales se erigió el movimiento del 68. Hasta ese momento la izquierda en México había sido radical, compulsivamente autoritaria.
De allí salen los paradigmas, los personajes que formarán la izquierda más relevante que ha tenido el país, la que surge en el 68. El PC hace una revisión –incluso hay gente en sus filas que abraza el eurocomunismo, como Enrique Semo, Roger Bartra y Sergio de la Peña– de su función en la sociedad y de lo que sucedió después de la catástrofe del XX Congreso. Inicia un proceso de desestalinización. El socialismo tiene muchas versiones, por lo menos una decena –la que sostuvo la social-democracia europea hasta los años cincuenta y que después se reformó, la visión de los consejos de los años veinte y treinta, el socialismo de gestión directa, el socialismo rural y campesino de Europa del este–, pero la que fijó la catástrofe con la que todo el conjunto del siglo xx tiene que lidiar –no sólo la izquierda– fue el estalinismo.

La revolución al archivo, la democracia a las calles

La izquierda del 68 emprende el larguísimo camino de hacer de México una sociedad democrática. Entienden que de una u otra manera el concepto de revolución no solo ha quedado relegado sino que está quedando archivado. Hasta los años sesenta el esfuerzo se dedicó a la revolución, pero después las transformaciones, la globalización, los medios, la tecnología y la datación de las sociedades occidentales, del capitalismo, nos muestran que las sociedades empiezan a sustituir el problema de la revolución por el de la democracia como tema central. No es la primera vez que el concepto de revolución queda archivado. El que convierte el tema de la revolución en concepto es Aristóteles, en La política. Se usó entre los griegos; después, en el mundo latino, romano, desaparece el término; en el Medioevo no existe y reaparece lentamente en el siglo XVII y definitivamente en la Revolución francesa. Por qué quedó archivado a partir de los setenta es algo que tenemos que estudiar. Creo que son los cambios profundos que ocurrieron en la sociedad a partir de la Segunda Guerra Mundial y la catástrofe del estalinismo, que convirtió la utopía de la revolución en la distopía del poder burocrático.

Las guerrillas y la Guerra Sucia

La izquierda adopta dos caminos con filas bastante engrosadas después del movimiento del 68. Por un lado la de Heberto Castillo, que funda el Partido Mexicano de los Trabajadores (pmt): muchísimos líderes se lanzan a democratizar el país por vías civiles, pacíficas, un trabajo arduo, luchan contra el pri, contra el autoritarismo; hay intelectuales, hay artistas, la generación de los sesenta es extraordinaria, única en el siglo XX: miles de personas tratando de hacer algo relevante para su sociedad de manera desinteresada –hay que estudiar cómo es que sucedió eso.

Simultáneamente surge un conjunto de grupos que abrazan la idea de las guerrillas. Este tema en México es muy antiguo; desde el siglo xix, en el campo se luchó para conseguir cosas tan elementales como negociar precios. En la Revolución mexicana los campesinos se levantaron para defender sus tierras, pero sin ideas de transformaciones nacionales, generales, como el socialismo. Aún hay que evaluar el efecto de las guerrillas de los años setenta, creo que pospusieron el proceso de democratización, a diferencia de lo que hizo Marcos en el 94. Uno de los momentos más amargos del siglo XX en México tuvo que ver con esas guerrillas, por la forma como el Estado actuó ante ellas; con todas las buenas intenciones que aquellos jóvenes tuvieron, fue una guerra brutal, sucia, sin ley, que produjo una nueva afección por la muerte. El efecto general fue que el proceso de democratización se pospuso, se deformó porque propiciaron la militarización del Estado.

A lo largo de los ochenta la izquierda política se consolida, la izquierda intelectual crea periódicos, revistas, centros de discusión, se aparta gradualmente de su dependencia de la Unión Soviética, cuestiona la catástrofe del estalinismo, ingresa a la crítica de las teorías tradicionales, lee a Lacan y a Foucault. Todo eso llega a México en una unión maravillosa y en 1988 viene el momento más inesperado. A lo largo de toda su historia, desde los años cuarenta, siempre se percibió que dentro del PRI había sectores que no cabían allí, y tuvo muchas escisiones en los años cincuenta y sesenta que querían democratizar el partido: Madrazo, padre, estuvo a punto de provocar una escisión; Barros Sierra, un hombre civil, democrático, se enfrentó al presidente, al pri, y se puso del lado de un movimiento antiautoritario que reclamaba las garantías constitucionales mínimas. La izquierda siempre especuló con que dentro de ese partido había fuerzas que facilitarían cambios en el país. En 1988 la corriente neocardenista se separa y se establece una unidad, que nunca se ha repetido, para impulsar la candidatura del Frente Democrático Nacional (FDN). El fdn ganó las elecciones, no hay duda al respecto. Y Salinas cometió un fraude gigantesco e impidió una vez más el proceso de democratización. Esta comenzó un trayecto tortuosísimo. Las élites que surgen en 1985, el salinismo, Slim, siguen de alguna manera definiendo la política.

Nuevas experiencias, paradojas

En los noventa, la izquierda pasa por experiencias nuevas: gobierna la Ciudad de México, tiene votaciones que superan siempre el 15%, publicaciones nacionales, ingreso a la televisión. En el PRD acaba predominando el nacionalismo revolucionario, una corriente descendiente del PRI encabezada por Cárdenas, Muñoz Ledo, López Obrador. Forjan un partido que empieza a tener serias dificultades para identificarse como de izquierda, aunque siempre se mantienen en la tensión de su definición.

El arraigo del priismo en el PRD

El PRD no es una réplica del PRI, es un partido distinto, con su propia lógica, pero ha ido desterrando, deformando o dividiendo la alianza original que le dio vida. Lo que sigue es un partido nacional, popular, a veces populista que se opone a la tecnocracia y al neoliberalismo. El PRD se mueve en los márgenes de la izquierda. Es una amalgama de grupos que coexisten bajo la esperanza de llegar a la presidencia.

Hay que decirlo claro: el neocaudillismo, que parece ser la única forma en que el PRD logra mantener su unidad, es algo que viene del PRI, del clientelismo. La paradoja es que cuando a la izquierda se le abren las puertas, o ella misma las abre para entrar en la política con P mayúscula, pierde su identidad. De alguna manera, haberse alejado de las definiciones programáticas ha imposibilitado que los miembros del PRD cumplan el papel que quieren cumplir: volverse una fuerza que no solo use el poder, sino que se proponga transformarlo. En 2006, la gente votó por una identidad, por la posición que representaba el candidato; quienes salen a impedir el desafuero de López Obrador no van necesariamente a apoyarlo a él sino a luchar contra aquellos que querían imponer una idea de la democracia despojándola de lo democrático. El desafuero lo propició Vicente Fox pasando por encima de las instituciones y con un acuerdo con los jueces para crear un Estado de excepción legal. Esa es la base de lo que pasó en 2006. La movilización buscaba rehacer lo que el PAN y el PRI habían deshecho. Desde el año 2000 la política de Fox y Calderón es demostrar que el desarrollo del mercado no necesita de la democracia. En realidad nunca la ha necesitado, ni en el siglo XIX ni en el XX. Fox y Calderón desmantelaron lo poco que se había construido en los años noventa. No fue el PRI el que restauró el priismo, fue el PAN el que demostró que había abandonado su vocación democrática y lo que siguió después fue una guerra ilegal: ir cancelando una a una las condiciones que habían hecho posible la opción democrática. No niego que en el PRD haya cosas positivas, pero falta algo fundamental: desterrar el priismo. Mientras el PRD no destierre el priismo, no de sus filas, sino de sus venas, de su identidad, de su sangre, ese grupo de fuerzas no va a poder aspirar a dar el siguiente paso, que ya no es la transición sino la ruptura. Por su cercanía con la tradición priista, vive en una zona gris, sus miembros están siempre angustiados, la mayoría no se identifica con el proyecto. Digámoslo así: por lo visto no es difícil sacar a un priista de sus filas, pero es casi imposible sacarle el PRI a un priista, es algo tan arraigado, tan profundo.

Ahora bien, dentro del partido hay franjas muy ostensibles que han hecho cosas importantes, pero que quedan desdibujadas por el conjunto de la organización: el reconocimiento de la diversidad sexual, la ley que permite la interrupción del embarazo… Los grupos que luchan por estas demandas y las ONG han encontrado allí un medio para acceder al espacio político y lo han usado inteligente y hábilmente.

El desafío electoral

Después de 2006, el PRD es una combinación de aciertos y desaciertos políticos. Pero si a pesar de sus límites ha logrado sobrevivir, entre otras cosas, a esta escalada de violencia –no vista en México jamás– propiciada por la presidencia, habla de que en su seno hay una izquierda capaz de hacer frente a situaciones complicadas. Una de ellas es el reto de salir de la estricta lógica de cambiar la sociedad desde el poder. Mientras no tenga una apuesta a mediano plazo y siga creyendo que en cada elección presidencial se le va la vida, no va a avanzar. Lula lo intentó cuatro veces a lo largo de más de 20 años, en los que fue construyendo una fuerza que permitió cambiar la naturaleza del poder cuando llegó a la presidencia de Brasil. Mientras el PRD no explore otras formas de hacer política, seguirá actuando en los márgenes de las transformaciones centrales.

Creo que los gobiernos del DF, en especial el último, hicieron una diferencia impresionante: su confrontación con la jerarquía eclesiástica en torno a los derechos y las diversidades sexuales, el aumento del gasto público… Me parecen justas las críticas en torno a cómo se empleó el dinero —apoyaron más a quienes van en automóvil que a los peatones—, pero el hecho de decidir aumentar el gasto público en un país que lo había deprimido es un logro, aunque a veces venga acompañado de corrupción… El PRD es una zona de increíbles iniciativas y de desastres, al mismo tiempo. Probablemente lo que se necesita en México es aceptar que la izquierda es multiplicidad.

Lo que sucedió en México en 2006 y en 1988 pasa cada 20 años. Es raro que se den todas las circunstancias para que la izquierda encuentre una apertura en el sistema de tal manera que devenga en un atractivo nacional. Hasta hace un par de semanas, antes del movimiento estudiantil que se inició en la Ibero, no había la idea de que si en 2006 tuvo 35% de los votos, por qué no en 2012. Los empresarios, las élites, el ejército, la prensa, las televisoras, todos estudiaron la situación para que no se volviera a repetir. Se prepararon durante cuatro años. Por eso era importante, entre esas fechas, convertirse en un laboratorio, experimentar nuevas formas de hacer política, acumular fuerzas. Esta vez el problema no sería el candidato: el PRI se unificó por primera vez en 20 años. En el 88 se partió con Cuauhtémoc Cárdenas; en 94, la crisis de Colosio; en 2000, Zedillo le echó una mano al PAN; en 2006, Elba Esther contra Madrazo. Desde el 88 nunca se había logrado unificar, pero el shock del 2006 fue tan fuerte que restauraron su capacidad unitaria. Estudiaron, aunque no sé si aprendieron.

La pregunta es si los priistas son capaces de hacer una revisión de su propia historia. La forma como han enfrentado el movimiento YoSoy132 sugiere que no son capaces de una autocrítica. Ahí están una vez más: frente a la crítica, las reacciones priistas han sido la amenaza y el amedrentamiento, las macanas en Córdoba, la represión en Coahuila. Como si el dinosaurio simplemente se hubiera ido a hibernar 12 años.

Con el PRD pueden pasar dos cosas: se reforma o se petrifica. Creo que a partir de estas elecciones eso podría estar en el centro de su vida interna. No es que la izquierda sea divisiva por antonomasia, ese argumento es absurdo; si la izquierda se divide es porque siempre está de por medio el cómo se ejerce la política; es un universo diverso, todo aquel que quiera pensar a la izquierda como un universo único tiene un talón milenarista. Hay que tener miedo de una izquierda única, eso fue el estalinismo. Lo que queremos es una izquierda de muchas vertientes, diversa, donde discuten y compiten unos con otros. La izquierda debe tener cuidado de sí misma porque tiene un filón autoritario. Una izquierda unificada son malas noticias, porque a fin de cuentas tiene un poder moral, y cuando la moral y la política quedan bajo una sola mano es la catástrofe.

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ILÁN SEMO es historiador político. Licenciado y maestro por la Universidad Humboldt de Berlín, realizó estudios de posgrado en la UNAM. Actualmente se desempeña como catedrático de la Universidad Iberoamericana. Es director de la revista Fractal y colaborador de La Jornada.

OLGA GARCÍA-TABARES es escritora y periodista.

2 Respuestas para “PRD: el dilema de la identidad. Entrevista con Ilán Semo
  1. Salvador M.C dice:

    Buenos días, mi nombre es Salvador, soy estudiante de ingeniería química industrial, estoy haciendo una tesina titulada “ESTUDIO DOCUMENTAL, DE LAS PROPIEDADES Y APLICACIONES, DE LOS POLÍMEROS DE INGENIERÍA”, dentro de esta tesina, voy hablar un poco, sobre la industria plástica de México, me intereso mucho su articulo, escrito en WORD titulado “El plástico se acaba” escrita por usted (Olga García-Tabares), quería pedirle, si no tuviera inconveniente, de poder darme sus referencias bibliográficas; le doy gracias por su amabilidad, de recibir y leer el comentario. [email protected]

  2. […] PRD: el dilema de la identidad. Entrevista con Ilán Semo Olga García-Tabares […]

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