Sbado, 17 Agosto 2019
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Revalorar las series de televisión
Apuntes De Sobremesa | Cultura | Rafael Tovar y de Teresa | 01.02.2012 | 0 Comentarios

En los últimos años ha proliferado la aparición de series televisivas en el mercado audiovisual hasta convertirse en capítulo importante del entretenimiento contemporáneo. No es una novedad, pero sí lo es su impacto en audiencia y ventas. En un buen número de países se han producido series para consumo local, incluida Asia y América Latina, sobre todo en los temas vinculados al narcotráfico, pero las producidas en Estados Unidos principalmente, y Europa después, han llegado a casi todos los rincones del planeta.

En el caso de Estados Unidos la temática es amplia y no varía mucho su receta básica de caras bonitas, sexo limitado, violencia acotada, humor simple o drama tolerable. Casi todas las series se refieren a su vida urbana. Sin embargo, algunas son de buena factura y han incursionado en temas de ciencia ficción, intriga política contemporánea y temas históricos. En este rubro, la mayor atracción es hacia el pasado romano o la historia de ese país, un ejemplo destacado es John Adams (2008), que retrata la vida del segundo presidente americano y la guerra de independencia. Con respecto a las producciones europeas, han optado más por el entretenimiento que por la precisión histórica. Menciono dos ejemplos: Espartaco y la famosa serie Los Tudor. En la primera, si bien se nota que ha habido una fuerte inversión, no hay una investigación adecuada que sitúe en la época de modo convincente. Otro tanto pasa con la segunda (coproducción de Canadá e Irlanda), basada en la mil veces filmada historia de Enrique VIII, rey de Inglaterra, y sus seis esposas. La principal sorpresa es encontrar a un monarca apolíneo, caracterizado por Jonathan Rhys Meyers, cuando se sabe que el monarca inglés era un hombre envejecido prematuramente y obeso. Basta ver el retrato que le hizo Holbein.

En Europa, desde los años setenta, diversas televisoras nacionales han incurrido en este formato pero muy lejos del significado y calidad que actualmente tienen. Por ejemplo, en Francia aparecieron varias series relativas a la época napoleónica y adaptaciones de novelas del siglo XIX y XX, como la que se hizo de Los Reyes Malditos, de Maurice Druon (1972), que narra de un modo apasionante el fin de los Caballeros Templarios, la Guerra de los Cien Años y la consolidación de la monarquía feudal francesa. Esta, junto a una nueva versión de 2005 (con Jeanne Moreau), existen en el mercado.

En Italia sucedió otro tanto sobre todo en producciones de la RAI, casi todas enfocadas en pasajes bíblicos y la historia de Roma. Destaca la dirección de Roberto Rossellini de varios programas dramatizados sobre personajes como Leonardo, San Agustín, Sócrates, o la familia Medici. Filmadas entre 1972 y 1974, fueron prácticamente sus últimas obras y fue el primer gran director cinematográfico que vio en la televisión una nueva posibilidad, no solo creativa sino educativa como él mismo lo afirmó. Otra excepción fue Fassbinder con la serie Berlin Alexanderplatz, que más adelante comentaré, hasta 2010 que otro gran director, Martin Scorsese dirigió para la televisión la exitosa serie Boardwalk Empire, que actualmente se transmite y trata sobre la corrupción política norteamericana en los años de la prohibición de alcohol.

En Alemania surgieron también algunas series notables como La Familia Mann, que, gracias a las entrevistas realizadas a los sobrevivientes de esta familia, se recrearon y dramatizaron pasajes de su vida en la llamada República de Weimar hasta su exilio a Estados Unidos a través de los tres grandes escritores Mann: Thomas, Heinrich y Klaus.

Otras series alemanas muy recomendables son: Berlin Alexanderplatz (1981), basada en la novela homónima de Alfred Döblin, que se sitúa en los años veinte berlineses, dirigida por Fassbinder como decía, y Heimat (1984), que en cincuenta y tres horas divididas en tres temporadas narra la historia alemana desde 1919, es decir, cuando nace la República hasta la reunificación germana; y, por último, Los Buddenbrook (1979), sobre la obra del mismo nombre de Thomas Mann, que cuenta magistralmente la historia de una familia de comerciantes, su ascenso, caída social y financiera en Lubeck, que no es sino la propia historia de la familia del escritor. Mención especial también merece España, que desde los años ochenta ha producido espléndidas recreaciones de grandes obras literarias como Fortunata y Jacinta de Peréz Galdós, Los Pasos de Ulloa de Emilia Pardo Bazán, La Regenta de Alas de Clarín, entre varias otras que se pueden ver legalmente en línea en su sitio www.rtve.es.

Inglaterra ha sido un caso especial. Con una tradición de enorme calidad, sobre todo de la BBC, ha llevado a la pantalla casera y a millones de espectadores grandes series. Basta recordar Yo Claudio (1975), basada en la novela de Robert Graves, y las adaptaciones de varias novelas de Dickens, Jane Austen y George Elliot. Pero, entre todas, a mi gusto personal, destacan tres: Upstairs, Downstairs; Retorno a Brideshead y Downton Abbey. Las tres ocupan los mismos momentos de la historia inglesa entre los inicios de la Primera Guerra Mundial y el final de la Segunda. La primera serie, de 1971, se centra en la vida cotidiana que corre paralelamente entre los propietarios de una mansión londinense que viven en la sección superior de la casa y aquellos que trabajan y habitan la parte inferior. Para los espectadores contemporáneos puede resultar ya envejecida. (Seguramente por eso, durante el año pasado apareció una continuación bastante bien hecha por la misma BBC que arranca con la instalación de nuevos propietarios en la misma casa donde transcurre la serie de cuarenta años atrás y tiene como fondo la abdicación de Eduardo VIII y los inicios de Churchill como Primer Ministro de Inglaterra.)

Con Retorno a Brideshead, que se transmitió en los ochenta, la calidad teatral mejora gracias a un magnífico guión basado en la maravillosa novela del mismo título, de Evelyn Waugh, que suma las excepcionales actuaciones de Jeremy Irons, Laurence Olivier y Claire Bloom.

La tercera producción que destaco actualmente se transmite en las televisoras mundiales y se titula Downton Abbey. Sin duda, es la mejor lograda. Su título lo toma de una magnífica propiedad en el sudeste inglés. Como sucede en Upstairs, Downstairs, retrata la vida de los que la habitan, propietarios y servidores, en un marco de suntuosidad centenaria que no es sino el canto del cisne del Imperio Británico. Con todos los ingredientes para una trama exitosa, la serie cuenta con las extraordinarias actuaciones de Maggie Smith y Hugh Bonneville, entre otros. Los diálogos son inolvidables, la mise-en-scène y ambientación es de un refinamiento no logrado en ninguna otra serie.

Muchos puristas podrán desdeñar el carácter estético, literario e histórico de esta nueva forma de disfrutar una ficción pero es una realidad. Porque ya no son solo programas televisivos sino, en muchos casos, un despliegue de talento cinematográfico y manejo escénico que no tiene nada que pedir a las grandes tradiciones teatrales. Las actuaciones formidables se suman a los avances tecnológicos en la calidad de la imagen y del sonido. Si dejamos a un lado prejuicios podemos encontrar aspectos muy positivos: para muchos puede ser el primer acercamiento a temas, obras y momentos históricos que no están al alcance de los grandes públicos y que ahora se dispone de ellos con la facilidad de gozarlo en la intimidad.

Además, por ejemplo, cuando menos podrá motivar, en estos ejemplos, la lectura de los textos originales de estas obras: Brideshead, de Waugh puede llevar a Decadencia y caída o Un puñado de polvo, novelas de la mejor ironía y humor inglés del mismo autor. El Yo Claudio de Graves a su segunda parte, Claudio el Dios y su esposa Mesalina o a sus recreaciones del mundo mitológico como Los Argonautas, La hija de Homero o Belisario que si bien no alcanza los niveles de calidad de Claudio… logra colocar a la novela histórica en un mayor nivel que innumerables novelas seudohistóricas que han aparecido en los últimos años. O bien leer a Dickens, más allá de ver Oliver Twist o Grandes esperanzas en pantalla, y conocer la vida cotidiana de la Revolución Industrial con todos sus logros y miserias cuando estas historias llegaban a públicos amplísimos que esperaban ansiosamente las entregas de sus novelas que publicaba periódicamente la prensa, como ahora ocurre con los capítulos de telenovelas que sigue la gente pegada a la pantalla. No olvidemos a Jane Austen. Todas sus obras son de una enorme vigencia como lo prueba el interés que suscitan en la pantalla para la que cada cierto tiempo surge una nueva versión de Orgullo y prejuicio, Persuasión o Emma.

Las nuevas posibilidades de acercarse a la lectura de estos clásicos es acercarse a lo universal y siempre presente, aunque, para quienes desdeñan estas nuevas formas escénicas, no sea el modo más puro de ganar nuevos lectores de la gran literatura o para despertar la curiosidad por conocer mejor la condición humana o la multiplicidad de contextos históricos en que transita la vida de seres de carne y hueso. También así se puede incursionar en la fantasía, abrir la imaginación hacia horizontes insospechados, que además millones de personas, ahora en una experiencia íntima y personal, podrán disfrutar. ~

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RAFAEL TOVAR Y DE TERESA (Ciudad de México, 1956) estudió Derecho en la UAM y obtuvo la maestría en Historia de América Latina en la Universidad de la Sorbona. Fue presidente del conaculta de 1992 a 2002 y embajador de México en Italia. Es autor del libro Modernización y política cultural.

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