Jueves, 06 Agosto 2020
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Roma (primera de dos partes)
Apuntes De Sobremesa | Cultura | Este País | Rafael Tovar y de Teresa | 01.08.2012 | 0 Comentarios

Hablar de Roma es hacerlo sobre la historia del mundo o, para no caer en un exagerado eurocentrismo, de una muy buena parte de ella. Su proceso ha sido documentado desde el inicio, lo que ha favorecido su difusión y exaltado la fantasía. El interés que ha despertado, y sobre todo su exuberancia y diversidad, está presente en todas las artes. Hasta el cansancio hemos escuchado que “todos los caminos llevan a Roma”. En el mismo sentido, todos los caminos del arte, de la fantasía, la fe y la tragedia nos conducen a ella, a Roma, la ciudad, el imperio, la culminación de la cultura clásica y el sitio de las pasiones humanas que han inspirado la política, el arte y la diversidad y profundidad de la condición humana.

Es arbitrario referirse a unas cuantas creaciones culturales surgidas de esta ciudad cuna y dejar tantas más fuera. Si solo nos refiriéramos a la obra histórica y literaria que se ha producido en torno a Roma, llenaríamos este espacio con una interminable lista de autores.

Haré un esfuerzo por mencionar únicamente algunas que conozco, de las que recuerdo una imagen, una atmósfera, un sonido y, por supuesto, que tienen mi más ferviente admiración.
Repito, si nos concentráramos tan solo en la literatura, la música y el cine, estaríamos hablando también de una parte considerable de las obras universales.

Disponemos del más amplio abanico de testimonios de sus orígenes: Tito Livio que en su Historia de Roma (varios tomos los publica Gredos), escrito en 142 libros —de los cuales se conservan alrededor de 35—, registra desde su fundación hasta la época de Augusto, como un modo de justificar a sus contemporáneos el destino glorioso de Roma a través de leyendas de tiempos inmemoriales que sustentaron siglos después la expansión imperial de Julio César y de Augusto. Es una obra que se ha estudiado durante dos mil años, desde Maquiavelo en Los discursos sobre Tito Livio (Losada, Madrid, 2005), hasta la última película de Woody Allen (To Rome with love, 2012), que revela la ciudad en todo el decadente esplendor que ha envuelto su historia milenaria, y que aparece como fondo de cuatro anécdotas que transcurren en la actualidad. La reciente publicación de Roma: una historia cultural (Crítica, Madrid, 2011), representa el último libro que habla de Roma en su totalidad: arte, política, historia desde sus orígenes etruscos hasta Berlusconi.

Su historia ha sido narrada por autores latinos como el mencionado Tito Livio; por Tácito, que se refiere en Los anales y Las historias a los principales sucesos del primer siglo de la era cristiana; Suetonio con su célebre Vidas de doce Césares, que cubre de Julio César a Domiciano; la Historia Augusta, seguramente escrita por varias plumas, es una exhaustiva narración de la vida política de Roma a través de un recorrido por los reinados imperiales entre Adriano y Diocleciano; y muchas otras que nos han llegado fragmentadas, pero no por eso dejan de ser fundamentales para el conocimiento de los distintos momentos de la historia romana. De todos estos libros se dispone actualmente de ediciones accesibles, principalmente publicadas por las editoriales Akal, Cátedra, Gredos y Alianza Editorial. Son de lectura agradable por su magnífica prosa y por su sobriedad. No faltan los de apasionada defensa o censura a sus biografiados, lo que dificulta extraer un juicio sereno, más allá del que esperaba el gobernante que actuaba como mecenas en cada caso, pero que nos sumerge en la apasionante existencia de Roma; nos muestran paralelismos innegables con la vida de estos años.

Este material inigualable para el conocimiento de un periodo histórico tan largo y rico no se encuentra tan fácilmente para conocer otras culturas milenarias, sean orientales o mesoamericanas. Estas miles de historias donde desfilan pasiones, odios, violencia y desenfreno, han servido para dar vida a extraordinarias obras en los últimos siglos. En primer lugar en la historiografía romana está La decadencia y grandeza del Imperio romano de Gibbon, el modelo más perfecto de narración histórica por su brillantez, agudeza y profundidad, que acaba de ser nuevamente traducido y publicado (Atalanta, 2012, en dos volúmenes). Fue escrito a finales del siglo XVIII, y cubre desde los orígenes hasta la caída del Imperio romano de oriente en 1453, pero no ha perdido un ápice de su frescura y agilidad. Se dispone también de la anterior traducción de 1842 en cuatro volúmenes (Turner, Madrid, 2006). Para quienes no estén dispuestos a leer la versión completa, que indiscutiblemente es una de las grandes experiencias intelectuales y estéticas de la vida, hay una edición abreviada en un tomo (Alba Editorial, Madrid, 2001). Está la también monumental Historia de Roma de Momsen, el historiador alemán, ganador del Premio Nobel en 1902 precisamente por esta obra extraordinaria, que cubre desde sus inicios hasta la transición de la República al Imperio, es decir, Julio César y Augusto (Turner, Madrid, 2003).

Me viene a la cabeza una muy conocida Historia de Roma de Indro Montanelli, legendario periodista del Corriere della Sera, que es una estupenda introducción al tema por la ligereza de su pluma, seriedad histórica y capacidad para condensar en pocas páginas la evolución de esta ciudad milenaria (Editorial Planeta, 2008).

Otra visión del conjunto que vale la pena es La civilización romana del historiador francés Pierre Grimal, quien con un tono más académico trata diversos aspectos históricos, culturales, políticos y artísticos (Paidós Ibérica, 2007). El interés por el tema no ha decaído y continúan apareciendo obras de periodos acotados o con temas específicos, como La caída del Imperio romano (2009) de Adrian Goldsworthy (La Esfera de los Libros, Barcelona, 2009) y El triunfo romano de Mary Beard, que trata sobre el significado cultural y el sentido festivo y conmemorativo de las hazañas romanas (Crítica, Barcelona, 2012), así como decenas de libros más.

Algunos sucesos destacados del proceso histórico romano han llegado a la buena literatura y a otra no tan buena. De los buenos libros aparecidos en el siglo XIX y principios del XX, continúan editándose Los últimos días de Pompeya, de Bulwer Lytton y Quo Vadis? de Sienkiewicz. Las obras de Robert Graves son un ejemplo de la mejor literatura histórica, como Yo Claudio (Alianza Editorial, Madrid, 2012), publicada en dos volúmenes, y su continuación Claudio, el dios y su esposa Mesalina (Edhasa, Madrid, 2008). En años cercanos a los que fueron escritas estas obras, apareció Los Idus de marzo de Thornton Wilder, que en forma epistolar narra de un modo apasionante, aunque con algunos abusos históricos (como alterar algunas fechas), los preparativos para la conjura que llevaría a la muerte de Julio César. En adelante, aparecerían innumerables obras, la mayoría de ellas de escasa calidad literaria, plagadas de errores, falta de profundidad y muy coloreadas.

Un autor italiano, Valerio Manfredi, publicó con el mismo título de Los Idus de marzo, el mismo episodio, que vendió millones de ejemplares en decenas de traducciones, a la que siguieron otras novelas basadas en diferentes momentos de la historia romana y griega. Casi todas se encuentran en Editorial Planeta. Caso aparte es Max Gallo, periodista e historiador francés bastante serio, que noveliza el periodo desde Julio César hasta Constantino en varios libros editados por Alianza Editorial, y que son de agradable lectura.

Mención especial merece: Las memorias de Adriano de Margarite Yourcenar (Edhasa, Barcelona, 2009; aunque se puede encontrar un magnífica traducción hecha por Julio Cortázar para Editorial Sudamericana), ficción histórica ejemplar que destaca entre las grandes obras escritas en francés durante el siglo XX, de la que la autora produjo cerca de cuarenta versiones antes de su publicación. Con formato de diario o autobiografía, y desde la voz del emperador Adriano, el último helenista de los grandes gobernantes romanos, se nos revela su vida íntima y el ejercicio del poder durante el glorioso segundo siglo de la Roma imperial.

Entre la brillante narrativa italiana del siglo XX, destaca la pluma de Alberto Moravia, de quien cito dos obras, que para mí son las mejores de su producción, entre decenas más: La romana, que trata sobre la vida de una prostituta en la Roma de los años cincuenta, y su obra más importante: Los indiferentes, que se refiere al nacimiento del fascismo a través de la vida de una familia de la burguesía romana en los años veinte. Ambas publicadas por la editorial Debolsillo en 2010. De su esposa, la estupenda escritora Elsa Morante, recuerdo: La Historia (Gadir, Madrid, 2008), que narra la desgarradora lucha de una mujer por su sobrevivencia y la de su hijo, producto de la violación por un soldado alemán durante la Segunda Guerra Mundial. De los autores más recientes como Niccolò Ammaniti, el más importante autor romano actual, mencionaré la novela Que empiece la fiesta (Anagrama, Madrid, 2011), que ocurre durante una noche de fiesta en la que desfila, de modo hilarante, el mundo romano contemporáneo que el autor ve ya agotado e inexpresivo.

Entre autores extranjeros, la pasión por la ciudad no ha desaparecido. Al respecto mencionaré a Pascal Quignard, que en Terraza en Roma (Espasa-Calpe, Madrid, 2008) cuenta la vida de un grabador francés que pasa en Roma sus últimos años, después de cumplir un grave castigo. No olvidemos Paseos por Roma de Stendhal (Alianza Editorial, 2007) un diario fechado en 1828-29, donde entrelaza la historia, vida cotidiana y su impresión personal sobre la vida romana; además, describe magistralmente algunos de sus monumentos. Ferdinand Gregorovius es el autor de una historia medieval de la ciudad: Roma y Atenas en la Edad Media (Fondo de Cultura Económica, México, 1982). Gregorovius vivió a unas cuadras del Panteón, muy cerca de la casa donde Thomas Mann escribió Los Buddenbrook durante sus años romanos a finales del siglo XIX, y se cuenta que de ahí se dirigía a la Biblioteca Vaticana para surtirse de material. ~

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RAFAEL TOVAR Y DE TERESA (Ciudad de México, 1956) estudió Derecho en la UAM y obtuvo la maestría en Historia de América Latina en la Universidad de la Sorbonne. Fue embajador de México en Italia y presidente del Conaculta de 1992 a 2002. Es autor del libro Modernización y política cultural.

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