Lunes, 10 Agosto 2020
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Y yo soy Mario
Cultura | Este País | Marshiari Medina | 03.07.2012 | 0 Comentarios

Mario, con la caspa bronceada y rubia, siente en la garganta una espuma ácida, atascada, que le impide continuar su clase. Los alumnos lo miran, extrañados de que su sonrisa etérea se torne en mueca turbia. Sus ojos se enrojecen por las lágrimas. Va a llorar, y los estudiantes se abrazan el pecho tratando de desviar la mirada… Que no llore, que no llore. Pero Mario se reacomoda el fleco amarillento y se carcajea. La presión de su inminente lloriqueo lo embrutece. Se sienta, sonriente, en su butaca y continúa relatando, con la mirada vacía y una voz fuerte y alegre que rebota en el aula.

Sus pensamientos le bailan en el cerebro, mientras su boca describe la forma de pronunciar las vocales en francés. El rostro de su madre se le aparece en las paredes. Esa mujer, de espalda ancha y vestido moteado, se ríe balanceando un cinturón en la mano. Mario continúa recitando en francés: “J’ai failli mourir un clair jour d’été”. Los alumnos repiten el enunciado sin saber que realmente Mario cayó muerto un día de verano.

Entonces Mario llora y se acuerda.

Mario está sentado, jugando con canicas a un lado de la banqueta. Tiene tres o cuatro años y escucha los gritos de su madre que chilla como si un dolor le desgarrara la piel. Los gritos lo asustan de tal manera que prefiere ignorarlos y seguir jugando, aunque su corazón le palpite velozmente. Su hermana mayor, alta y ancha, cubierta de un vestido de terciopelo rojo, lo mira con detenimiento y observa que Mario tiene el cabello largo, rubio y lleno de orzuela.

Los alaridos de la madre ensombrecen el cielo. Mario quiere seguir jugando, pero su hermana lo toma entre sus brazos fuertes y lo lleva, cargando, para entrar a la casa. Mario sabe que está por descubrir por qué su madre llora tan triste y se abraza de miedo al cuello de su hermana que es suave y fresco como una almohada para dormir. Dentro de la casa, las paredes, despintadas de rosa, brotan sal de la humedad. El aire es pesado y huele a piel de pollo refrigerado.

“Mamá, Mario tiene el cabello maltratado”. Y la madre, escondida en un cuarto, gimotea y sigue desgarrándose. La hermana mayor entra al cuarto. Entre las sombras ve a la madre con la mirada ansiosa. Las cobijas están manchadas con coágulos de sangre y un olor fétido de carne salada la golpea. La mujer se acaricia la cara, llora. “Era una niña”.

Mario sigue los pasos de su hermana y entra en el horror. Jamás había visto la piel oculta de su madre, ni tampoco había visto sangre tirada en el piso, ni a aquel muñeco, carnoso y pálido, envuelto en toallas. Su hermana lo abraza rápidamente y le cubre los ojos con sus manos tibias. “Mario, era una niña… Mario, era una niña”, susurra la voz pesada de su madre, y Mario llora porque no entiende lo que ve ni lo que oye y tiene miedo.

Su hermana le explica que mamá iba a tener un bebé, pero que lavar la ropa con cloro le hizo mal y el bebé nació antes de tiempo, muerto, y mamá ahora está triste y quiere descansar todos los días hasta que se sienta bien. Y que el pelo con orzuela provoca liendres y las liendres se vuelven piojos, y lo mejor es hacerle trenzas para que el cabello se componga y sea suave y liso como antes.

Mario entiende que la mamá tenía dentro un bebé, que le hizo mal el cloro y el bebé salió muerto porque la madre estaba triste y quería descansar todos los días, porque su cabello tenía orzuela y piojos y liendres, y que él era una niña y debía llevar trenzas para que se compusiera (no sabe si la madre o él o el cabello) y todo fuera como antes aunque no sabe aún qué es antes y qué es después.

Así que la hermana le trenza el cabello. Mario le pregunta si las niñas llevan trenzado el cabello todo el día, la hermana le responde que sí. Mario se observa en el espejo. Ve su piel blanca como la piel del bebé muerto, su cabello rubio como el de su madre. Nota en el reflejo sus trenzas largas como las de su hermana mayor. Tienen los mismos ojos alargados y negros, la misma boca rosada, los mismos cachetes chapeados repletos de granitos. Mario aún no entiende la diferencia entre niño y niña pero supone que cuando crezca lo sabrá, y acepta su nuevo género tan tranquilo, como si nada diferente sucediera, y sale a la calle a jugar.

Mientras, la madre sigue acostada. La hermana recoge las sábanas sucias y limpia el cuarto. Al bebé lo postran en una caja de zapatos y lo envuelven en una cobija vieja. Los piecitos no entran en la caja. La madre se tira de rodillas, llorando por la bebita. Sus ojos vidriosos miran hacia la ventana. Entre las lágrimas ve los rulos trenzados y rubios de Mario, quien patea una pelota levantando tierra al aire. La madre se da cuenta de que Mario tiene el cuerpo delgadito y flaco, como una muñeca. También ve los ojos del pequeño que chispean alegremente y le sonríen desde la calle. Entonces, ¡sucede la iluminación! La madre sabe que el espíritu de la bebita muerta ha descansado en Mario y que ahora el alma del niño alberga el alma de la hermanita.

Los días siguientes la madre se ve muy recuperada, feliz y animosa, haciendo compras. Se surte de vestiditos y zapatitos de charol, de listones azules y rojos, de muñecas y vajillas miniatura de té. La hermana la acompaña todos los días. Entre las dos susurran, voltean a mirar a Mario, se ríen, se abrazan, cuchichean. Mario sospecha de sus risas, pero no puede evitar sentir curiosidad por todas las cosas nuevas que su madre ha comprado y se asoma a las bolsas, abre las cajas, ansioso de encontrar algún trompo o un perro de plástico chillón. Su madre no le dice nada y hasta lo ve con cariño mientras él curiosea. Cosa rara, porque antes solía decirle: “Chamaco, deja ahí, no te asomes o te pica el diablo”, pero ahora es diferente. Toca, saca, desenvuelve y la madre, complaciente, le sonríe.

Un día de esos, la madre y su hermana lo bañan con agua tibia, oliendo a susurro de romero. Le ponen un vestido blanco, con encajes dorados y botones de satín plateado. Le trenzan el cabello con listones, blancos también, y le cubren los piecitos chonchos con unas calcetas de holanes apretadas hasta el tobillo. Lo llevan a la iglesia con el cura, le hacen una misa de bautizo, celebran una pequeña fiesta. No hay nadie en el patio del convite más que su madre, su hermana y algunos vecinos.

Los vecinos se miran de reojo, malhumorados, nerviosos, comiendo y comiendo el mole, tomando el ponche y saboreando el pastel. Mario pasea con su vestido blanco, cómodo entre las piernas, jugando con sus canicas y con una muñeca de plástico duro que su mamá le regaló para celebrar su bautizo. Su hermana lo abraza y le dice al oído que no se preocupe, aún es un niño y siempre será varoncito; su madre se siente bien fantaseando con que él es su hermanita muerta, pero después de unos días a su mamá se le pasará. A Mario no le importa mucho mientras lo dejen jugar todo el rato. Le da igual jugar con las muñecas o las canicas y también le da igual usar el pantalón o el vestido. De todas formas, ha visto a hombres caminar por la calle con faldas cortas y apretadas, meneando sus rostros pintados de colores raros. La gente no los molesta ni los miran, los dejan pararse en la calle, hablar con los señores grandes y ¡hasta los pasean en sus coches! Además, Mario quiere jugar y le gusta ver a su madre cariñosa con él, abrazándolo por las noches, cantando: “Una tarde antes de almorzar, una niña iba a jugar pero no podía jugar porque tenía que lavar. Así lavaba, así, así. Así lavaba, así, así. Así lavaba, así, así. Así lavaba que yo la vi”.

Pasan los días, Mario crece acurrucándose entre sábanas floreadas y princesas de peluche. Una mañana de verano su madre lo viste con un vestido rosa sedoso, calcetas afelpadas, abriguito verde pistache y zapatos de goma. Su cabello lo trenza cuidadosamente con listones de lana, cuidando las rayas pulcras, lustrando los cabellos rubios del niño. Salen de casa, toman un autobús, amplio, lleno de gente revuelta, que suda y estornuda, le molesta rozar los brazos de otro. Mario es apretado entre nalgas y axilas que huelen a cebolla rancia. Se duerme entre el estómago gordo de su madre y la espalda de su hermana. Un pellizco suave lo despierta. Cuando baja del camión, ve el risueño colorido de un parque de diversiones.

La puerta verde, una fortaleza de hule gigante, es custodiada por un señor y una señora, grises y de ojos saltones, que revisan el brazo de cada niño y le ponen un brazalete rojo. Mario se impresiona. Había visto niños, en la televisión, que gritan de espanto mientras se deslizan en carritos que resbalan sobre una montaña de tubos, gigante y metálica. También había visto mujeres cubiertas de trapos fosforescentes, cargando bolas mágicas de cristal y leyendo el futuro. Si los niños son valientes y se dejan tomar de la mano, las mujeres les dan juguetes de plástico y dulces transparentes de colores. Todo lo había visto en la televisión y pensaba que era un sueño, pero ahora la imagen se levanta con vida enfrente de sus ojos.

La madre de Mario lo sostiene de los hombros, le seca el sudor del cuello, le peina el nacimiento de los cabellos de la frente y le rocía perfume con olor a gardenia. “Si te pierdes tienes que venir con los señores de la puerta verde y decirles que buscas a tu mamá y a tu hermana. Diles tu nombre y no te muevas”. Su hermana, sonriente, lo toma de la mano y corren hacia un payaso, con peluca morada y zapatos amarillos, para comprarle un frasco de agua jabonosa para hacer burbujas. Entre las burbujas la hermana grita y baila. Mario se siente feliz, con ganas de correr por todo el parque empujando gente, desgreñarse los cabellos y quitarse el vestido, pero sabe que no puede pues el ojo de su madre lo vigila y tiene que conformarse con reír y bailar con su hermana, mientras ella lo toma de la mano y recorren el parque.

Mario se emociona con los carros eléctricos que chocan, con la rueda de metal que gira y marea, marea. Siente vértigo en los troncos flotantes, llora en la casa de los espantos, vomita y grita en el carrusel. Su hermana ríe y ríe, saltando de puntas entre las filas de gente, temblando de alegría, vociferando risas histéricas. Su madre lo limpia, lo abraza y lo regaña para que no se ensucie las manos, la cara, el vestido. Se escuchan carcajadas por todos lados, música de cajas escondidas en las bocinas, trompetillas de lengua, burbujas de refrescos, mastiques de caramelos, lloriqueos y voces ambulantes que anuncian un juego, un baile del animador o un premio.

De pronto todo se calla y se funde en una acuarela que le da vueltas y vueltas en su cabeza. Mario no distingue los rostros, ni escucha las voces, solo siente su cuerpo entumido a punto de derrumbarse entre la gente. Un niño lo empuja y le alza el vestido con la intención de pellizcarle la nalga. Mario frunce las cejas del dolor y ve el movimiento alegre y constante de las personas que van y vienen de los juegos. Su madre y su hermana no están dentro de ese vértigo. Los codos y las piernas lo golpean de un lado a otro y Mario llama a su madre, llama a su hermana, les grita, absorto en llanto, pero nada. Una mano fría lo coge de la mano y lo arrastra rápidamente entre la multitud. Mario sigue sin ver nada, sin escuchar y sus piernas corren desesperadas tras los pasos agigantados de una señora que lo jala. Mario se ve de frente con la señora de la puerta principal. “¿Cómo te llamas, niña?”. “Me llamo Mario…”.

Una voz resuena en las bocinas de todo el parque: “Una niña llamada María…”. Tras la voz se oye el reclamo de una vocecita frágil que grita “¡Mario!”. “Una niña llamada María…”. “¡Mario!”. Los ojos de la señora se clavan duramente en el niño, que siente que la cabeza está a punto de explotarle. Mario toma el micrófono. Un calor inmenso le hierve en los cachetes, las palmas de la mano le pican y con voz estruendosa y llorosa grita fuertemente.

La señora, confundida, se agacha para examinarlo. “¿Qué te pasa? ¿De verdad te llamas Mario, chamaca?”. “Sí…”, dice Mario con la voz débil, temblorosa por las lágrimas. La señora se rasca la cabeza e insiste en el micrófono que se ha perdido una niña llamada María. Mario se avienta al suelo para golpear y desgarrarse el vestido y grita vociferando “¡Soy yo, soy Mario! ¡Soy Mario… no soy una niña! ¡Soy Mario, no soy una niña!”. La gente que pasa por ahí se alarma, apesadumbrados de ver al niño (¿o niña?) tirado en el suelo, semidesnudo, arrancándose los cabellos. La señora y dos policías lo sujetan, lo pellizcan y le dicen: “Ya cállate, pinche chamaquita”.

La madre y la hermana llegan corriendo, agitadas, sacudiéndose de un lado a otro. La madre llora, “¡mijita, mijita!”. Y la hermana llora, “¡mamá, mamá!”. Entre los rostros curiosos, ven a Mario con las rodillas apretadas contra el cuello, asustado, sudoroso, gritando con voz ronca, “¡Mario, Mario, Mario!”. La señora y los policías se disculpan, desviando la mirada. La madre dice: “No se preocupe, gracias, ¡muchas gracias! Pensaba que ya no la encontraba… Mi chiquita, mi vida…”. La hermana trata de levantar a Mario del suelo, con susurros melosos y suaves. Pero Mario siente que se muere. Algo le está brincando en el pecho y no lo soporta. Tiene ganas de arrancarse la cabeza y desvanecerse. No soporta aquellos ojos vigilantes que lo atemorizan, ni soporta la mirada de su madre, vidriosa y vacía. Quiere que su padre regrese del río, que se lo lleve lejos y lo deje jugar a las canicas otra vez. Quiere correr tranquilo por todo el patio, dejar de jugar al té, tirarse en la tierra, revolcarse y gritar: ¡Yo soy Mario y las muñecas son duras y feas!

Y Mario llora y se acuerda.

Los alumnos sienten los ojos reventárseles de lágrimas. Mario se incorpora, embarrándose los mocos en las manos, secándose el sudor y peinándose las pestañas. Mira el salón entero y regala una sonrisa. El cielo se amontona en la lejanía. Una nube se difumina y Mario sonríe, sosteniendo la mirada a los lejos, buscando al niñito perdido que se quería morir un día claro de verano.

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MARSHIARI MEDINA (Ciudad de México, 1983) estudió ESL (Inglés como segunda lengua) en Fairfield, California. Ha trabajado como diseñadora, copywriter, traductora y maestra de inglés. Actualmente estudia un curso de enseñanza del Inglés con la Universidad de Oregon, gracias a una beca otorgada por la embajada de Estados Unidos; y cursa la carrera de Letras Inglesas en la UNAM. Ha tomado diversos talleres de creación literaria con Raúl Parra, Hernán Lavín Cerda y Beatriz Espejo, entre otros.

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