Mircoles, 08 Julio 2020
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Alfonso García Robles: algunas reflexiones sobre el heroísmo de la paz
Este País | Alfonso Sánchez Mugica | 01.09.2013 | 0 Comentarios

En el contexto de la Guerra Fría, la diplomacia mexicana destacó por sus iniciativas de pacificación. Una de ellas fue el Tratado para la Proscripción de Armas Nucleares en América Latina y el Caribe, conocido también como Tratado de Tlatelolco. A casi medio siglo de su firma, se rinde homenaje a uno de sus principales promotores.

©iStockphoto.com/JenAppel

Homenaje a Alfonso García Robles:
Premio Nobel de la Paz 1982
,
Alberto Enríquez Perea (coord.),
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, UNAM, México, 2013.

No hubiéramos podido encontrar una ocasión más propicia para presentar esta obra que el día en que se celebra el libro, y no hubiéramos podido celebrar mejor el día del libro que presentando un ejemplar tan bueno como este. Aunque debamos advertir que estos comentarios se dan en el contexto de un mal pronóstico, o diagnóstico quizás: el de la muerte del libro. Como otras muertes, esta ha sido anunciada desde antaño y desde la aparición del radio, el cinematógrafo, la televisión e internet. La novedad de los augurios contemporáneos es que en la era digital el libro parece morir, pero no así la lectura. Esta actividad se multiplica en formatos breves de 140 caracteres, en mensajes efímeros, en textos instantáneos y en una infinidad de modalidades que están cambiando la forma de leer y de saber. El soporte de la escritura —que ya no es ni el papel ni el libro— es la forma de la lectura y su forma cambia el mundo. Empero, Umberto Eco y Jean-Claude Carrière han escrito al alimón una obra cuyo título abre lugar a la esperanza: Nadie acabará con los libros.

Y en efecto, un volumen como el dedicado a García Robles nos permite confiar en el sentido que los libros, ese invento maravilloso, dan al saber, al conocer y a la vida contemporánea. La primera palabra del título, homenaje, abre la puerta a la pertinencia de los aniversarios y las celebraciones, necesarias para no olvidar —primera y quizás única función de la escritura, que refrenda la vigencia del libro. No debemos olvidar a Alfonso García Robles ni, al menos, tres fechas clave de su vida, que confluyen en el proyecto del libro: 1911, año de su nacimiento; 1991, año de su fallecimiento, y 1982, año en que obtuvo el Premio Nobel de la Paz. Debido a las circunstancias peculiares y azarosas, accidentadas, por las que pasan los proyectos del saber en nuestro país, este libro alcanzó su feliz publicación meses después de una celebración anterior; habría aportado una reflexión atenta y cuidada a un homenaje que lamentamos que no se realizara con el debido cuidado.

Aparentemente ha triunfado el olvido y, quizás, el olvido oficial de los héroes mexicanos del siglo xx. Y esta no es una hipérbole. La historia de bronce mexicana ha tenido su galería de próceres decimonónicos y de la Revolución mexicana, pero prescinde de las figuras que forjaron un destino para México en al menos una parte del siglo pasado; sus momentos cívicos no están en el almanaque de la memoria nacional. Así, este libro constituye una contribución indispensable ante la ausencia de sentido que es recurrente en los Gobiernos actuales. La pertinencia del personaje para mediados y fines del siglo xx es contundente, pero también lo es para esta segunda década del siglo xxi, donde al parecer ciertos demonios dormidos empiezan a cobrar vida. Quizá, más que de un personaje, deberíamos hablar de un tema. Alfonso García Robles, más que un hombre o un nombre, es un tema: el tema de la Paz, del desarme, de la Guerra Fría, de América Latina, de la desnuclearización y la supervivencia colectiva, de la política exterior de México.

Y este personaje, como estos temas, tiene múltiples aristas: una riqueza laboral, intelectual, política y diplomática tal que difícilmente hubiera podido ser revisada con la suficiente entereza por un solo autor. Bien lo sabía entonces Alberto Enríquez Perea, quien convocó a autores de diferentes mundos para poder ir cubriendo algunas de las facetas —que no todas— de este mexicano ejemplar. Siendo el alma de esta obra, Enríquez Perea puso sus mejores cualidades intelectuales, pero también sus virtudes estoicas de constancia, paciencia, tolerancia e insistencia, para cumplir este cometido, batallando también con las labores editoriales de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México, a la cual debemos mencionar y felicitar también por haber hecho un trabajo tipográfico impecable que, además, presenta excelentes fotografías magníficamente impresas, todo lo cual satisface a los bibliófilos que exigen una congruencia formal con la excelencia de fondo.

Todos los libros colectivos tienen una difícil arquitectura, aun aquellos que siguen un plan preciso o donde los autores han intercambiado opiniones sobre las versiones previas de sus artículos. Encontramos en este texto diferencias de estilo, extensión, ritmo, relevancia, temas. A veces eso puede ser parte de la riqueza del libro, pero siempre obliga al lector a hacer un esfuerzo mayor de síntesis, enfrentando ausencias y reiteraciones. De alguna manera, los autores han querido darle gusto al coordinador del libro siguiendo diferentes caminos. El hilo conductor es evasivo; quizá, bajo el método de análisis del discurso, podríamos hallar esa coherencia; encontraríamos también el significado evocativo y reiterado, por ejemplo, de la palabra Zamora, lugar del natalicio de García Robles. Pero quienes conocimos el plan amplio y ambicioso de Enríquez Perea entendemos también que este hilo puede encontrarse en una muy trabada madeja que intentaremos desatar a continuación, así sea a riesgo de utilizar el procedimiento de Alejandro Magno para desatar el nudo gordiano.

En primer lugar, destaca la pertinencia de contar con colaboradores académicos y diplomáticos, lo que permite un equilibrio entre el rigor y lo vivencial, próximo a las emociones de la vida. El libro se divide en seis secciones. Los embajadores Pablo Macedo y Sergio González Gálvez ofrecen visiones de sus propias experiencias laborales con Alfonso García Robles. Lo hacen con contenida emoción, pero también con una claridad crítica que habla de mecanismos y procedimientos de la diplomacia que han cambiado debido a las tecnologías de la comunicación, a la inmediatez del mundo y a procesos de orden democrático y de transparencia. Estos dos artículos abren la posibilidad de una amplia reseña biográfica que hace falta, pero con un sentido crítico y objetivo que supere la apología vacía y nos permita reconstruir los mecanismos de la negociación del desarme nuclear, a la vez que dé pie a nuevos mecanismos para el mundo actual.

En el segundo apartado, dedicado a las misiones diplomáticas, hay tres textos muy académicos. Rosa Isabel Gaitán escribe su artículo con el rigor de la investigación científica, partiendo de una hipótesis sobre el intervencionismo norteamericano y su debilitamiento paulatino. El punto intermedio de esta mutación es la renuncia de Estados Unidos a su pretendido derecho de intervenir unilateralmente, la cual coincide con la acción diplomática del homenajeado. Para explicarlo, la autora utiliza algunas de las muchas obras de García Robles. Cabe resaltar que esta es la primera incursión en una necesaria línea de investigación: el estudio del pensamiento internacionalista de García Robles. Pedro González Olvera analiza la misión bilateral que el Premio Nobel de la Paz realizó en Brasil, y Leticia Bobadilla atiende con gran cuidado académico las negociaciones diplomáticas que condujeron a la firma del Tratado de Tlatelolco. En el apartado sobre la guerra y la paz, Alberto Enríquez Perea también insiste en la deuda que tienen los internacionalistas mexicanos con el estudio de los textos de García Robles. José Fernández Santillán aborda las teorías del desarme que desembocan en lo que podríamos llamar la paradoja del poder, pugnando entre la paz y la seguridad sostenida por la fuerza. Sánchez Mugica cierra el apartado con el asunto de la relación entre los principios institucionales y la impronta personal de su ejercicio.

En el cuarto apartado, Martín López Ávalos se pregunta por el giro de la política exterior de México en los contextos de la globalización, y Olga Velázquez actualiza los temas de la desnuclearización y el uso de la energía atómica. El nombre de Fukushima abre el debate hacia derroteros que no terminan de plantearse hoy en día. Edmundo Hernández-Vela, por su parte, redacta un artículo cuya amplia extensión demuestra la gran cantidad de información y datos que implica la diplomacia del desarme, de una complejidad abrumadora. Finalmente, la embajadora Aída González Martínez completa el cuadro con una cronobibliografía de Alfonso García Robles que es ya una guía de investigación, pues sitúa los temas y las obras de nuestro homenajeado.

Lo anterior nos lleva a plantear una hipótesis relacionada con una preocupación que atraviesa todos los artículos: ¿qué ha pasado con la política exterior de México? La cuestión da un giro si nos preguntamos qué tanto de la obra de Alfonso García Robles es personal y qué tanto es nacional, qué tanto es mexicana. Y más aún, la lectura de este libro nos hace preguntarnos también qué tanto de su obra es internacional. Porque la primera conclusión a la que conducen su legado escrito y el homenaje que se le rinde en este libro es que la proyección del desarme es universal y tiene vigencia en el mundo actual. Esto parece un tema oculto, un tema olvidado. Olvidado tanto como hemos dicho que lo está Alfonso García Robles. Y de ahí viene la segunda gran conclusión de este homenaje: debemos evitar el olvido, recuperar la memoria, recobrar la memoria nacional, la atención a uno de los clásicos de la política exterior de México y del internacionalismo del siglo XX. Debemos aprestar los oídos a la voz y la acción de este gran mexicano que ha sido Alfonso García Robles. EstePaís

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ALFONSO SÁNCHEZ MUGICA es doctor en Ciencias Políticas y Sociales por la UNAM. Ha ocupado cargos en el Instituto Matías Romero, la Procuraduría Agraria, el Gobierno del Distrito Federal y la Universidad Autónoma Metropolitana, entre otras instituciones. Es profesor de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, donde se desempeña como coordinador de docencia del programa de posgrado.

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