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Tanto penar para morirse uno
Almanaque | Cultura | Este País | Cecilia Kühne | 01.10.2013 | 0 Comentarios

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Ni una sola vez lo oyeron lamentarse. Ni en llanto ni en voz alta. Lo vieron ensombrecerse, eso sí, de pronto, con una mirada tan llena de hartazgo y furia que era muy difícil saber, si no estabas frente a él y a plena luz del día, de qué color tenía los ojos. Pero muchos, los que cuentan, supieron de lo importante: sus convicciones, su dolor y su palabra escrita.

Poesía nada más. Era lo suyo. Nunca escribió narraciones fantásticas que aliviaran la sombría realidad de los adultos. Hubo obras de teatro, cartas y prosa intencionada y fuerte. Hizo también algunos cuentos para niños, con animales que aprendían de las durezas de la vida. (La gatita Mancha y el ovillo rojo termina con una moraleja en rima: “Porque el gato más valiente / si sale escaldado un día / huye del agua caliente/ pero también de la fría”.)

Sin embargo, fueron sus versos, con intención o sin ella, los que podían desgarrar el alma más templada. Provocar un llanto que, de tan profundo, no necesitaba lágrima alguna. Ocurre todavía. A más de setenta años de su muerte.

Me llamo barro aunque Miguel me llame.

Barro es mi profesión y mi destino

que mancha con su lengua cuanto lame.

“El rayo que no cesa”.

Se llamaba Miguel Hernández Gilabert. Nació en el pueblo de Orihuela, en Alicante, España, el 30 de octubre de 1910 y murió, enfermo y preso, a los treinta y un años. Innegable su especial relevancia en la literatura española del siglo XX, sin importar que no exista maestro que afirme a ciencia cierta si pertenecía al grupo de literatos del 36 o del 37, aunque Dámaso Alonso —autoridad de autoridades— lo califique de “genial epígono de la generación del 27”; a pesar de sus poemas transformados en canciones de Joan Manuel Serrat, su nombre nos sabe a yerba. Nos huele a pólvora y metralla, nos pinta de sangre la memoria y nos provoca recuerdos entrañables, que no sabemos si son propios o ajenos.

El menor de cuatro hermanos, obligado a los catorce años a retirarse del colegio de jesuitas donde estaba inscrito como alumno pobre, hubo de cumplir con la disciplina paterna que le obligó a dedicarse a las labores de cuidar rebaños de cabras y repartir leche. Pero Miguel era un joven de talento excepcional, altamente sensible y curioso, cuya hambre de saber no se llenaría “cultivando el romero y la pobreza”. Su otra actividad admitida, la de monaguillo, le había permitido memorizar poesía religiosa y hacerse amigo del canónigo Luis Almarcha. Él fue quien le explicó a Miguel las diferencias entre las letras de San Juan de la Cruz y Paul Verlaine. También lo incitaría a probar suerte en la escena, a salir, a conseguir amigos para conversar y libros para leer aunque estuvieran encerrados y no pudiera llevárselos a casa. Emocionado, en sus horas en la biblioteca pública, leyó a Virgilio y a Gabriel Miró, memorizó ritmos y rimas, todas las formas métricas, y encontró la vocación. No pudo remediarlo, casi niño todavía escribió sus primeros versos.

Se empalman la mañana y los palomos

en aludes de luz y de blancura,

sobre copas de bronces policromos,

más duraderos que el de cepa pura.

Poemas de adolescencia.

Pronto empezó a formar un improvisado grupo literario junto a otros jóvenes de Orihuela, entre los que estaban Carlos y Efrén Fenoll —dueños de una panadería maravillosa—, Manuel Molina y José Marín Gutiérrez —futuro abogado y ensayista que posteriormente adoptaría el seudónimo de Ramón Sijé y a quien Miguel dedicaría su célebre Elegía. Lectura y libros lo convirtieron en autodidacta. Así dejó de lamentarse por la falta de educación formal pues, al fin y al cabo, Miguel de Cervantes, Lope de Vega, Pedro Calderón de la Barca, Garcilaso de la Vega y, sobre todo, Luis de Góngora habían sido sus maestros.

El 25 de marzo de 1931, con tan solo veinte años, obtuvo el primer y único premio literario de su vida concedido por la Sociedad Artística del Orfeón ilicitano con un poema de ciento treinta y ocho versos llamado “Canto a Valencia” bajo el lema “Luz… pájaros… sol…”. El tema principal del poema era el paisaje y el litoral levantino destacando el mar Mediterráneo, el río Segura y las ciudades de Valencia, Alicante, Murcia y, en mayor medida, el muy poético y pintoresco pueblo de Elche. Cuenta la leyenda que, cuando Miguel recibió la notificación de que había ganado el premio, se apresuró a viajar a la ciudad ilicitana, creyendo que recibiría un premio económico. Sin embargo, tan solo recibió una escribanía de plata —es decir, una pluma—, un tintero y un secante. Con su premio en mano pensó que, por suerte, llevaba un año publicando poemas en el semanario El Pueblo de Orihuela y en el diario El Día de Alicante, y quizá con tan plateada parafernalia escribiría versos más brillantes. Mucha razón tenía.

Puesta en la mejor práctica estás, luna.

Ay, sí. No hay que agregarle ya por pena

a tu suma de luz cifra ninguna,

mixta en todo de blanca y de morena.

Mas cuando la siguiente se reúna

a seis albas más dos te restan plena,

primero en cueros desde medio arriba

y negra; luego, ya definitiva.

“Plenilunio”, octava XXXI, en Perito en lunas.

El sueño más acariciado, su primer libro, Perito en lunas, fue publicado en 1933. Al tiempo fue calificado como “una poética del hermetismo”, una nueva línea del neogongorismo (¿quizá por estar compuesto de cuarenta y dos octavas reales, la estrofa empleada por Góngora en su Polifemo?) y una demostración asombrosa de destreza técnica. Todo ello era cierto pero, en aquel entonces, a Miguel el reconocimiento de la metáfora perfecta y la técnica impecable no le importaban demasiado. Era feliz y había disfrutado con sus versos dedicados al toro, al torero, la palmera, el sexo en ciernes y lo abominable. Ante los críticos y habladores, que juraban sabían harto de poesía, les salió con una declaración definitiva: “El poema no puede presentársenos venus o desnudo. Los poemas desnudos son la anatomía de los poemas y, ¿habrá algo más horrible que un esqueleto? Guardad, poetas, el secreto del poema: esfinge. Que sepan arrancárselo como una coraza”.

Fue a Madrid y regresó a Orihuela. Había conocido a García Lorca y a Neruda y, también, se había encontrado a Josefina Manresa para enamorarse de ella. El amor se desgajó en sonetos y una nueva lírica de contrastes y opuestos —mucho dolor, amor inconcebible—, de un corazón herido pero de pasión valiente y palpitante logró lo fantástico. Toda su escritura se convirtió en relámpago.

Una querencia tengo por tu acento

una apetencia por tu compañía

y una dolencia de melancolía

por la ausencia del aire de tu viento.

Paciencia necesita mi tormento,

urgencia de tu garza galanía,

tu clemencia solar mi helado día,

tu asistencia la herida en que lo cuento.

“El rayo que no cesa”.

Pero el mundo se movía y el terror de beligerantes enfrentamientos se acercaba. Por falta de dinero, que no de inspiración, su carrera literaria, igual que la República Española, agonizaba. El estallido de la Guerra Civil en julio de 1936 lo obligó a tomar una decisión. Miguel Hernández abrazó, con entusiasmo y entereza, el bando republicano. Su lírica se trocó en instrumento de denuncia, apareció la prosa como testimonio y toda palabra fue herramienta de la lucha, a veces a punta de gritos de entusiasmo y otras tan callada y silenciosa como la desesperación.

Fue llamado al 5º Regimiento. Hizo fortificaciones en Cubas, cerca de Madrid; luego se trasladó a la 1ª Compañía del Cuartel General de Caballería como Comisario de Cultura del Batallón de El Campesino. Pasó por diversos frentes: Boadilla del Monte, Pozuelo, Alcalá. En plena guerra pudo casarse con Josefina, pero a los pocos días tuvo que volver al frente. Sangre, lumbre, continuos viajes y una amarga y rasposa actividad literaria lo mantenían en vilo, tenso como alambre de trinchera. A pesar de haber dicho: “Asistí al combate desde los primeros momentos aunque sin lápiz ni papel, que no me gusta y no puedo explotar el momento en que vivo y prefiero volver a vivirlo recordándolo”, dos libros de poemas quedaron como testimonio de su paso: Viento del pueblo y El hombre acecha.

Hasta el último momento, quiso el almanaque regalarle solo aciagos días. Saber de la miseria de la muerte y la pobreza de sus hijos (“En la cuna del hambre / mi niño estaba / con sangre de cebolla / se amamantaba”), no poder sino añorar un tiempo que nunca llegaría. La guerra terminó y Miguel estaba preso. En sus cartas decía que “hacía turismo” por prisiones de Madrid, Ocaña y Alicante.

Lo mató la falta de aire, lenta tuberculosis que atacó sus dos pulmones. Entre dolores acerbos, hemorragias agudas y fuertes golpes de tos, Miguel Hernández se consumió inexorablemente. El mundo estaba en plena primavera cuando ese 28 de marzo de 1942, a los treinta y un años, el poeta dejó la vida para siempre.

Temprano levantó la muerte el vuelo,

temprano madrugó la madrugada,

temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,

no perdono a la vida desatenta,

no perdono a la tierra ni a la nada.

“Elegía”.

Poemas de lectura obsesionada, sus versos convertidos en canciones, la misma historia de su vida y muerte. El mes de octubre de su nacimiento, el homenaje de su centenario, apenas alcanzaron para el festejo. No estuvimos ahí pero parece. Y a otros les debemos la memoria:

El recuerdo de Miguel Hernández no puede escapárseme de las raíces del corazón. Cortado por la luz, arrugado como una sementera, con algo rotundo de pan y de tierra. Sus ojos quemantes, ardiendo dentro de esa superficie quemada y endurecida al viento, eran dos rayos de fuerza y de ternura. Los elementos mismos de la poesía los vi salir de sus palabras, pero alterados ahora por una nueva magnitud, por un resplandor salvaje, por el milagro de la sangre vieja transformada.

Confieso que he vivido, Pablo Neruda.   ~

_________

CECILIA KÜHNE (Ciudad de México, 1965) es escritora, locutora, editora y periodista. Cursó la carrera de Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM y estudios de maestría en Historia de México. Editó la sección cultural de El Economista por más de seis años y aún sigue colaborando. Fue directora del Museo del Recinto a Don Benito Juárez y becaria del Fonca. Es coautora del libro De vuelta a Verne en 13 viajes ilustrados (Editorial Universitaria de la Universidad de Guadalajara, México, 2008). Se desempeña como jefa de contenidos en el IMER desde hace siete años.

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