Domingo, 18 Agosto 2019
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De tintas, pliegos y azares
Este País | Federico Reyes Heroles | 01.01.2013 | 0 Comentarios

Al crear instrumentos, ¿adaptamos el mundo a nuestras necesidades o nos adaptamos a él? Ambas cosas. Con el desarrollo tecnológico, alteramos la realidad pero también moldeamos a las personas, reconfiguramos el cerebro humano. La lectura y el conocimiento no son ajenos a este proceso.

©istockphoto.com/MHJ

Para Carmen Iglesias,
esa amable erudición, por la feliz coincidencia
de habernos encontrado en la vida.

“Creo que si los libros tienen un destino propio, ese destino está hoy, más que nunca, a punto de cumplirse: el libro impreso va a desaparecer.” La sentencia me deja frío, más aún cuando proviene de un hombre de letras, de un novelista, periodista, fundador de cuatro revistas sobre arte y pensamiento y, además, creador de una sociedad de bibliófilos, es decir de alguien que dedicó toda su vida a esa pasión de poner en negro sobre blanco ideas y pensamientos.

De hecho, la sentencia está en el título de la obra más conocida del autor: El fin de los libros. Lo único que me reconforta es que ese libro, escrito por Octave Uzanne, tiene más de un siglo de circular. Y sin embargo aquí estamos, reunidos alrededor del libro. Paradojas de la vida, como dice su traductora Elisabeth Falomir, anunciar la muerte del libro ¡en un libro!

El libro, al igual que la novela, ha tenido muchos funerales. Las marchas fúnebres están escritas desde hace décadas, pero siguen allí, empolvadas y sin estrenar. Una de las personas más ricas del Reino Unido de hoy no forjó su fortuna ni en el acero, ni en los astilleros, ni en ningún producto industrial; tampoco creó un nuevo mundo de comunicación y entretenimiento como Steve Jobs. La señora Rowling comenzó su vida literaria siendo pobre y desconocida, escribiendo notitas en una cafetería, por cierto sobre papel en plena era de la computadora personal. Harry Potter ha vendido más de 450 millones de ejemplares traducidos a más de 70 idiomas. La magia de la escuela de Hogwarts ha atrapado la mente de más niños que ningún otro texto desde que Gutenberg tuvo a bien inventar la imprenta. Creo que el impresor estaría feliz de saber que su invento es capaz de seguir compitiendo con la aeronáutica, o con el cine, que para muchos fue uno de los heraldos del fin del libro y de la novela. Cómo competir con el cine, con su velocidad, con su colorido, con la comodidad de una espléndida butaca. “Imposible”, decían.

Y, sin embargo, lo común es que el cine nazca de la novela, y la novela sigue buscando la forma del libro. No recuerdo, quizás existan casos inversos. El aprendiz de brujo, Potter, llevado a la pantalla vendió, en su primer fin de semana de exhibición, más de 476 millones de boletos. Qué decir del siempre renovado 007 imaginado por Ian Fleming. Porque en el fondo estamos frente a un falso dilema. Los libros electrónicos venden cada vez más, es cierto. Los periódicos y revistas se encuentran en una situación complicada. El papel recibe cierta condena. Las oficinas se vanaglorian de ser paperless. (Perdón por el anglicismo, pero soy de los que creen que los idiomas están allí para servirse unos a otros. Ni Weltanschauung, ni aggiornamento tienen traducción al español, del mismo modo que señero no tiene equivalente en inglés y llevar a cualquiera de los conceptistas españoles a ese idioma, Gracián por ejemplo, sigue siendo un reto. Cuatrapear, uno de los miles de mexicanismos que existen, se marca en rojo en la pantalla y, por supuesto, no está en el Diccionario de la Lengua Española. No creo que la fortaleza de la identidad se alimente del puritanismo lingüístico. Por el contrario, siguiendo la escuela de Alfonso Reyes y Carlos Fuentes, creo que la cultura o es universal o no es cultura, creo que los encuentros culturales siempre enriquecen, que todos somos producto de esos afortunados encuentros. Por mala que sea una traducción de Gracián, siempre será mejor leerla que no haber leído a ese gran autor. Los libros son la forma clásica del encuentro cultural que no tiene fronteras.)

“No me preocupa el lugar del libro en el futuro —no es mi voz sino la de Antoine Gallimard, sentado en el escritorio de la editorial que fundara su abuelo—, estoy seguro de que seguirá siendo extremadamente importante”. El editor es optimista y no evade los retos: “El libro digital, lejos de suponer el fin del libro, es una nueva oportunidad para este. Un libro no es simplemente una alineación de caracteres, una maquetación, unos capítulos […]. El libro digital no hace más que añadir un cuerpo nuevo, un peso nuevo al libro tradicional […]. Es una oportunidad para enriquecer el catálogo y mantener los libros vivos”.

Un reportaje reciente en The Guardian, que por cierto saqué de internet, habla de un incremento en el Reino Unido de 366% en las ventas de libros electrónicos. Increíble. Sin embargo, el total de la venta electrónica solo representa 6% del consumo del libro tradicional. En todo caso la preocupación de Gallimard es otra, se trata del uso del tiempo: entre más tiempo absorba la pantalla —he tratado ese fenómeno en Alterados—, sobre todo internet, menos tiempo queda para la lectura. La amenaza no es el libro digital, la amenaza es el mal uso del tiempo. El reto para Gallimard es conquistar a los jóvenes, que la pantalla no los devore, que sepan apreciar el silencio y la tranquilidad de una página.

Nicholas Carr, en ese espléndido libro de titulo muy delatador, Superficiales: ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes?, lo ha radiografiado espléndidamente. No se trata de una actitud ludista frente a un invento genial, sin duda tan importante como la imprenta. En todo caso se trata de alertar sobre una consecuencia no evidente del fantástico instrumento que es la red. La tesis es muy sencilla: la herramienta modifica al cerebro. No estoy elucubrando, Carr pone los ejemplos: desde cierto tipo de monos que aprenden a usar una pala hasta los taxistas del Londres actual. El cerebro se adapta al instrumento, hay zonas del cerebro que crecen con los instrumentos. La cartografía, por ejemplo, supuso para el cerebro humano un gran desafío. Imaginar los espacios del orbe en dos planos, algo que hoy es cotidiano, demandó el desarrollo de ciertas zonas neuronales.

Lo decimos con frecuencia de manera graciosa, para salir al paso de algo evidente: la facilidad de las nuevas generaciones para usar computadoras y todo tipo de instrumentos, esa amenazante y graciosa comodidad con la que se maneja en teclados y pantallas la llamada iGeneration, por el iPod, iPhone, iPad y lo que siga. “Es que vienen con el chip integrado”, así disculpamos nuestras inhabilidades. Pero en el fondo es cierto. Los taxistas de Londres —para no dejarlos con la duda— desarrollan en meses un área del cerebro encargada de la ubicación espacial. Esa noticia es buena: nos adaptamos, nuestro cerebro no es monolítico, rígido. La mala noticia es que lo uno va en lugar de lo otro, es decir no hay suma. Carr demuestra que a mayor información horizontal —internet— menor capacidad para la profundidad —la lectura.

Es allí donde radica el dilema, y hay que hacerlo explícito y difundirlo. Usemos el internet —insisto, es una maravilla— pero recapacitemos sobre cuál ha sido la última lectura larga que hemos hecho, ficción o no. La exigencia debe tener en mente quedarse con lo mejor de los dos mundos. Sobre todo para los escritores: ¿cuántas horas hemos dedicado a la red en el último mes y cuántas a leer poesía? Si algo afina el oído del escritor es la lectura de poesía, sobre todo en voz alta, no en la pantalla. No es lo uno o lo otro, son ambas cosas a la vez. La lectura propicia una concentración imposible en internet. La red abre un abanico de información imposible en una biblioteca privada, por más extensa que ella sea. Es un reto de crecimiento intelectual que debemos de encarar. Pero hay más desafíos.

Si compramos un libro vía Amazon, lo cual resulta muy cómodo, de inmediato nos aparece una lista de libros vinculados al tema de nuestra lectura. La mercadotecnia es, en ese sentido, fantástica. Pero algo se pierde frente a las librerías y frente a actividades geniales como las ferias editoriales. Me refiero al azar en la vida. Lo mismo ocurre si compramos en internet música de Arvo Pärt o de Sibelius. Si seguimos la ruta de sugerencias de Amazon, habremos entrado a una pasillo de la librería, la segunda lista nos llevará a una zona del pasillo, pasaremos después a un anaquel y, finalmente, terminaremos en un entrepaño. Sabremos cada vez más de cada vez menos, como decía un viejo sabio, mi padre.

Pero, ¿qué ocurre cuando entramos a una librería a comprar un título específico? De entrada nos topamos con la mesa de novedades, y lo más probable es que nos llevemos algo. Después se nos indicará el rumbo en el que podemos encontrar nuestra pieza de caza. Si tenemos mucha suerte nos toparemos con un librero, no me refiero al mueble sino a ese maravilloso personaje que cumple con la misma misión que Amazon, sugerirnos lecturas, pero de una forma personal y mirándonos a los ojos. Sé que son una especie en extinción y creo que algo se podría hacer para rescatarlos y multiplicarlos. En mi juventud tuve la suerte de toparme en Gandhi, la gran librería, con Manuel (nunca supe su apellido), quien ante mi ignorancia reaccionaba con generosidad. Por supuesto me vendía más libros, esa también era su misión. Mauricio Achar, gran empresario cultural, abrió con Gandhi toda una nueva época de la venta de libros en México.

Visitar una librería es exponer el alma a lo inesperado: estar dispuesto a llevarse un libro sobre Angkor y la cultura khmer; o El declive del hombre público, de Richard Sennett; o Libertad de Jonathan Franzen, de casi 700 cuartillas; o El descubrimiento del cielo de Harry Mulisch; o una reedición de Walden, la vida en los bosques de Henry David Thoreau, libros que simplemente no estaban en nuestro radar. Esa exposición anímica supone un enriquecimiento producto de la suerte. Eso hablará de nuestra disposición al desconcierto, a alterar la ruta de viaje, seremos víctimas gozosas del inevitable azar. Nos sabremos vivos, que no es un asunto menor.

Y también está el objeto. Por supuesto que las llamadas tabletas son maravillosas, y poder cargar mil libros es el sueño de todo lector viajero. Hegel cargaba ediciones pequeñas de los libros que consideraba imprescindibles en su vida. En sus cartas a Hölderin, le hablaba del contenido de su baúl, de sus acompañantes, sobre todo en trayectos largos, como ir de Jena a Tubinga, unos cuantos cientos de kilómetros que en esos tiempos eran toda una travesía.

Pero el objeto, el libro tradicional, tiene encantos insuperables. Utilicé la palabra encanto porque hay fórmulas mágicas que nacen de la mente de los editores. Tienen que ver con el tipo de letra seleccionado, con la caja, con el peso, con colores y olores que viajan con el libro. Quién no recuerda la Serie del Volador de la editorial Joaquín Mortiz, dirigida entonces por ese gran editor que fue don Joaquín Díez-Canedo. Lo recuerdo en su escritorio, en la calle de Tabasco de la Ciudad de México, malhumorado por las ventas pero siempre ilusionado por una próxima edición, con su suéter de casimir, imaginando una próxima edición, observando libros y siendo observado por miles de ellos. Por esa serie pasaron Paz y Fuentes y Pacheco y mil más. Las portadas del gran Vicente Rojo y la textura, el olor del papel marcaron las letras mexicanas.

©istockphoto.com/liangpv

El libro como objeto, como creación, sobrevivirá mientras tengamos vista, tacto y olfato. Y también, por qué no decirlo, esa absurda pasión por poseer algo bello. No es lo mismo irse a buscar los brazos de Morfeo con un libro amigo que con una pantalla. No digo que sea mejor, simplemente es distinto y tener opciones —en las relaciones humanas, en la comida, en el vestido, en la pintura, en la escultura, en la música, en el cine, en la lectura, en lo que sea— es parte de una vida plena. El libro como creación también es una decisión estética y, como dijera el poeta español Luis Rius, “no se puede vivir como si la belleza no existiera”.

Darnos tiempo para vivir y leer, porque leer es otra forma de vida, ese es el reto. Y quizá, con suerte, en nuestro paseo por los pasillos de una librería o de una gran feria, aprendiendo nada más de ver títulos y ediciones, tomemos entre nuestras manos una y leamos palabras como las de Carlos Pellicer: “Vivo en doradas márgenes; ignoro el central gozo / de las cosas. Desdoblo siglos de oro en mi ser. / Y acelerando rachas —quilla o ala de oro—, / repongo el dulce tiempo que nunca he de tener”.

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FEDERICO REYES HEROLES es director fundador de la revista Este País y presidente del Consejo Rector de Transparencia Mexicana. Su más reciente libro es Alterados: Preguntas para el siglo XXI (Taurus, México, 2010). Es columnista del periódico Reforma.

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