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Del presidente planeta al presidente sol
Este País | Leonardo Curzio | 01.04.2013 | 0 Comentarios

Durante los gobiernos del PAN se habló de la necesidad de un nuevo régimen que reflejara la pluralidad política del país. Ahora, con el regreso del PRI y su predominio en la mayoría  de las entidades, la presidencia luce fortalecida, con los beneficios y riesgos que ello supone.

La segunda alternancia ha tenido un efecto reconfigurador de las instituciones y de la forma en que los distintos actores políticos se relacionan con ellas. Por un elemental contraste, puede deducirse que durante los 12 años de gobiernos panistas, todos los actores políticos, incluido el PAN, no se sentían totalmente cómodos con el papel que el soberano les había asignado y las funciones que de este mandato se derivaban. Empecemos por el PRI.

Como partido de oposición, el PRI resultó ser un desastre. Durante los dos sexenios panistas no hubo un actor que unificara discursiva y políticamente a su representación parlamentaria y a todos los gobiernos que tenía en la estructura territorial. Ni Fox ni Calderón tuvieron en el PRI un partido confiable con el cual pactar las reformas que hoy transitan en vertiginosa sucesión. El PRI se tomó, por decirlo con suavidad, 12 años de vacaciones en lo que a responsabilidades de Estado se refiere. Cumplió con los requisitos mínimos de aprobar presupuestos y sus organizaciones (y de paso llevarse una buena tajada) y garantizar quórum para las ceremonias republicanas. El permitir que la atropellada toma de posesión de Felipe Calderón se llevara a cabo, el 1 de diciembre del 2006, lo intentaron equiparar al mismísimo abrazo de Acatempan. Es verdad que muchas reformas constitucionales contaron con el apoyo del tricolor, pero en las grandes reformas estructurales jugó siempre un papel entre jabonoso y amenazante. En la última legislatura usó su mayoría para bloquear la reforma laboral de manera absolutamente partidista.

©iStockphoto.com/nicoolay

 Casualmente, una vez que ganaron las elecciones encontraron todo tipo de incentivos para cooperar con la última iniciativa preferente de Calderón. Ha sido asombroso ver cómo el partido que esgrimía el IVA en alimentos y medicinas como hacha de guerra contra los gobiernos anteriores, haya decidido jubilar su belicosa retórica en favor de una muy loable amplitud de miras para permitir a su Gobierno tener el margen necesario para pactar los términos de una reforma fiscal sin condicionamientos previos. No es que no se entienda la lógica de poder, pero la acrobacia discursiva es digna de un trapecista renombrado. El PRI decidió, en su reciente Asamblea, dar un espacio amplio al Gobierno de Peña Nieto para que pacte con la oposición lo que resulte más conveniente; no hay, en consecuencia, ninguna duda sobre su pragmatismo y su vocación de poder.

En el caso del PAN es interesante constatar que, a pesar de sus proclamas, parece sentirse mejor como oposición que como Gobierno. Los panistas sufrieron primero por la distancia política y simbólica que les impuso Vicente Fox y después por la promiscua cercanía a la que Felipe Calderón los sometió. Hoy vemos al PAN con algunas discrepancias con su dirigencia (por aquello del Pacto y su melosa cercanía con el Gobierno) pero se le nota mucho más natural en funciones de oposición. El poder les quedaba dos tallas grande y nunca desplegaron la disciplina política y la vocación práctica que parece preceptiva para ejercer el poder en México. El PAN parece solazarse ahora (como lo hizo en 1991) con tener victorias morales más que grandes y definitivos triunfos políticos. Resulta más funcional para los blanquiazules adoptar la posición de decirle al PRI: “Mira qué calidad opositora tienes conmigo, mientras tú te opusiste bellacamente a permitirme gobernar”. En resumen, no puede negarse a este partido su sentido de responsabilidad, como tampoco puede negarse a sus gobiernos el legado de libertades y estabilidad macroeconómica, pero su principal habilidad parece encontrarse en la función opositora. Deberá venir una nueva generación de panistas que demuestre en los ámbitos locales y municipales que puede marcar la diferencia en honestidad y eficiencia y no dejar un legado semejante al de Aguascalientes, Tlaxcala y más recientemente Jalisco.

Para la izquierda perredista, la reconfiguración del poder ha dejado ver también algunas actitudes novedosas. Ha quedado claro que muchos de sus integrantes nunca se consolaron por que la alternancia haya arrancado por la derecha, ni menos por haber perdido las elecciones del 2006. Para ellos la historia nunca debió haber sido como fue pero, finalmente, Calderón ganó y gobernó del primero al último día y la izquierda hizo todo lo que pudo para desprestigiar y bloquear la acción del Gobierno. No fue ni oposición leal, ni oposición constructiva. Durante años se debatió entre ser movimiento social o concurrir como partido a las elecciones, aunque todo estaba supeditado al personalísimo cálculo de Andrés Manuel López Obrador, para quien el único tema importante en los últimos años ha sido su candidatura presidencial. Una parte de la izquierda ha logrado separase de ese proyecto político y ha regresado a la negociación política con el Gobierno con un entusiasmo y una intensidad inimaginable en la primera alternancia.

©iStockphoto.com/nicoolay

Es asombroso constatar cómo este realineamiento de las constelaciones políticas genera nuevos comportamientos en otros actores como el sector privado, que encuentra nuevamente en el Estado un referente con el que debe negociar, y no dialogar en el mismo nivel, como ocurría en los dos gobiernos de la primera alternancia. Es impresionante ver la forma en que, a pesar del profundo disgusto mostrado con algunos contenidos de la Ley de Amparo, se haya finalmente alineado sin demasiados aspavientos. Más impresionante aún ha sido el constatar cómo los sujetos regulados en el sector de telecomunicaciones han acogido con entusiasmo la reforma constitucional, que en principio conculcaba sus intereses más directos. De manera llamativa, los sindicatos han guardado un prudente silencio y una muy apreciable actitud cooperativa con la decisión gubernamental de proceder en contra de Elba Esther Gordillo, de la misma manera que los medios de comunicación afines a Doña Perpetua en sus tiempos de gloria ahora manifestaban prudentes llamados a respetar el debido proceso y poquito más.

No cabe duda de que el país ha vivido una reconfiguración de los papeles que a cada uno de los actores le toca jugar en la puesta en escena de la vida política del país. Al parecer, a este país le va mejor un presidente que ocupe el centro del sistema (un presidente sol), que un presidente que sea una parte más de un sistema de cuerpos celestes, es decir, un presidente planeta. Ahora bien, espero que este equilibrio en el que parecen todos sentirse mejor no se altere demasiado y el sol crezca hasta el punto de opacar o incluso achicharrar alguno de los otros actores. Me parece oportuno recordar que en el sexenio salinista se operó una reconfiguración del poder que tiene algunos paralelos con lo que hoy vivimos y que permitió avanzar en reformas muy positivas para el país, como la apertura comercial y una relativa modernización de la infraestructura nacional, pero al final el poder del presidente se desorbitó y se concentró de tal manera que llevó al país a la crisis económica, política y moral de 1994. De esta manera, celebro que el sistema se reconfigure para dar a la presidencia las capacidades de gestionar y liberar, pero no olvidemos que concentrar demasiado poder, sin contrapesos ni equilibrios, es la vía más segura para regresar a las tinieblas.

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LEONARDO CURZIO es licenciado en Sociología, maestro en Sociología Política por la Universidad de Provenza y doctor en Historia por la Universidad de Valencia. Ha sido catedrático de la UNAM y la Universidad Iberoamericana y es profesor visitante de la Universidad de Valencia. Autor de 5 libros y coautor de otros 28, ha publicado más de 60 artículos en revistas especializadas. Conduce la primera emisión del programa radiofónico Enfoque y es columnista de El Universal.

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