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Manual para zurdos. Octubre 2013
Cultura | Este País | Manual Para Zurdos | Claudio Isaac | 01.08.2013 | 2 Comentarios

El día nacional de la pescaAnte la insurrección

En sus memorias tituladas Testimonio, el compositor Dmitri Shostakóvich refiere una anécdota de cuando su maestro Alexander Glazunov fue a dirigir un concierto a Londres. Los músicos británicos se habían mostrado prejuiciosos y consideraron al extranjero un bárbaro ignorante y comenzaron a obstaculizar su labor. En algún momento álgido, el ensayo se detuvo porque el individuo que tocaba el corno aseguraba que la nota que se le pedía era imposible de alcanzar. Pausadamente, Glazunov dejó su batuta en el podio y se dirigió al atril del músico, de quien tomó el instrumento para ejecutar el pasaje en cuestión con toda solvencia, alcanzando la nota indicada. Al concluir, la orquesta no pudo sino ovacionarlo con vehemencia y la insurrección se disolvió del todo y para siempre. Quizá la historia contada por Shostakóvich arroja una lección de cómo ejercer la autoridad sin recurrir al uso de la fuerza. ¿Suena a moraleja para nuestros funcionarios y líderes locales? Lo que se evidencia es que hay que saber tocar varios instrumentos más allá de manejar la batuta y, por supuesto, que hay que saberse bien la partitura.

Músico pagado toca mal son

¿Es forzosamente así? Los amantes del refrán sostienen que en ese arsenal descansa la riqueza de una tradición y el caldo concentrado de la sabiduría popular. Solo respondería que en nombre de las tradiciones se perpetúan algunas de las costumbres más atroces y aberrantes, aquí y en China, literalmente, y que el fenómeno de la sabiduría popular ha sido desmembrado y hecho trizas en un siglo por los medios de comunicación masiva, de tal suerte que, de sobrevivir, esta sabiduría se encuentra aislada en alguna ranchería a las afueras de Comala. Por más graciosos y atinados que nos parezcan, los refranes condicionan, predisponen porque lucen como verdades universales y se aplican así, postulan las cosas de un modo tal que la realidad se sesga y se resiste a evolucionar. Respecto a la posible verdad que encierran, me acojo a lo dicho por el poeta exquisito de alma J.M. Caballero Bonald: “Emigra la verdad como las aves”.

Dudosos guardianes

Se supone que somos muy apegados a nuestras tradiciones patrias, pero hay una inconsistencia fundamental en el celo con el que veneramos y guardamos, de lo contrario no se entendería el beneplácito con que recibimos a un cantante como Luis Miguel que bastardiza a Gonzalo Curiel, María Grever o Agustín Lara y lo que representa su legado. Sacrilegio —si los hay—, el arreglista no respeta las cadencias que le dan sentido a las piezas, mientras que el intérprete vocaliza las letras como si estuviesen escritas en un idioma que le es ignoto y, al no entenderlas, lo que transmite es algo despojado de su clave sentimental, de su misma razón de ser. Un fenómeno que me explico aún menos en el seno de nuestro país es la aceptación entusiasta de la marca Distroller (sic), que vende calcomanías, camisetas, estatuillas, carteles y otros diversos productos con estampas de la Virgen del Tepeyac y con leyendas en la jerga moderna de la gente bien: “Virgencita, cuídame de todo mal, plis” (por please). No veo cómo —a falta de un defensor de la lengua— por lo menos algún cura enardecido no ha mandado a sus fieles a lapidar a los empresarios creadores de una versión light de la tan mexicana pasión religiosa.

Más guardianes

Hasta hace una década, desfilaba por las pantallas televisivas Sebastián Verti, un pobre hombre afectado y relamido que se autoproclamaba “guardián de las costumbres y tradiciones”. El personaje se presentaba con sombrero de copa, jaqué y condecoraciones al cuello, cubierto por una pesada capa de terciopelo para ser entrevistado en algún programa matutino. ¿Qué añeja costumbre prescribe acudir al interior de un foro de grabación que asemeja una sala de estar y no retirarse jamás la capa? Su código de la etiqueta anciana estaba tan resquebrajado y vetusto y era de tan cuestionable vigencia como el del Manual de Carreño.

Carreño, mon amour

“El ronquido, ese desapacible ruido nocturno, no obedece a una anomalía fisiológica fuera de control sino que denota necesariamente una mala cuna”. Trato de citar de memoria un ejemplo típico de la estulticia y pretensión ridícula que caracterizan el celebrado Manual de urbanidad y buenas costumbres del venezolano Manuel Carreño (1812-1874), músico amateur y pedagogo de pacotilla, que sin embargo ha trascendido las generaciones y sigue siendo invocado por los cronistas de la alta sociedad y algunos consejeros extraviados, pero que también —cosa que preocupa harto más— por voces anónimas de la sociedad cuando se quiere aludir al decoro. “Levantarse a media noche de la cama para satisfacer necesidades corporales es una falta que solo revela una baja cuna”. Seguir apoyando argumentos en el código de un cretino anacrónico y clasista, obsesionado con la sangre azul y la buena cuna, es cosa alarmante que solo se explica por la ignorancia supina de quienes recurren a él como fuente sin conocer de qué trata el prestigiado volumen de consejos.

Agregado

Una vez invocada, me percato de que la imagen de Sebastián Verti, con su parafernalia de satín y organdí, está más lejos del México esencial de Sigüenza y Góngora o de Artemio del Valle Arizpe que del mundo fantasioso del showman Liberace. No me ensaño con Verti, en tal caso, más bien me enternece: veo en él a todos aquellos lectores del Hola, buscadores secretos de la alcurnia perdida, aquellos que se mandan hacer un árbol genealógico con escudo familiar, aficionados a la heráldica propia y ajena, quienes cuando creen en vidas pasadas es siempre para especular que pertenecieron a una corte, ya sea la de Cleopatra o la de Luis XV. Curiosamente, los sueños de realeza en nuestras latitudes están más próximos a la imaginería de Disneylandia y sus princesas que a dinastía existente alguna, ya que, como sabemos, el único rey de por aquí ha sido el de José Alfredo Jiménez, que por cierto no tiene trono ni reina ni nadie que lo comprenda.

Y una más

En su estudio sobre Moisés, Freud deja entender que la historia de nacimiento y crianza del profeta encierra la semilla de las tramas de Thalía en las telenovelas, descubriéndose hija del millonario y no del chofer con la mucama. Afortunadamente, la pretensión de que si indagamos mucho en nuestro pasado encontraremos a un patriarca rubio y de ojos azules quedó invalidada cuando se descubrió la cuna de la humanidad en el África: todos venimos de allí.

¿Aquí quién manda?

(Con un guiño al apreciado arquitecto Carlos Mijares Bracho.)

Los rangos despistan. Sé de coroneles que regañaban a generales, pero, más allá de la milicia, esto sigue siendo cierto, que los motes y categorías nos confunden. Aunque en las películas abundan enfermeras diabólicas, la realidad práctica demuestra que el mayor grado de malignidad y perversión se encuentra entre los doctores. Y, ¿qué decir del estatus invertido entre arquitectos y albañiles? Algo muy ilustrativo de quién es quién en ese oficio se infiere del hecho de que no exista guiso alguno que se llame “medallones al arquitecto” mientras que existen “huevos al albañil”, “puntas de filete al albañil”, así como otras salsas y confecciones “al albañil”. Considerando la materia específica, si el maestro de obras no es confiable, sea quien sea el arquitecto se puede suponer que el edificio es susceptible de colapsarse. No sucede al revés. Tal vez por razones parecidas es que Augusto Monterroso confesaba que sinceramente preferiría ser considerado corrector de estilo que escritor.

Frase del mes 

“Una excusa es peor y más terrible que una mentira”.

Alexander Pope

Cruel revelación

En los desgarradores testimonios visuales de los noticieros al cubrir desastres naturales es común encontrarse con un elemento aleccionador: el estoicismo verídico puesto a la práctica entre quienes lo han perdido todo. La capacidad de encarar y asimilar la desgracia del que declara: “Aquí estaba mi casa, allá estaba mi corral, más allá mi milpa. No quedó nada en pie”. Hasta hace muy poco era también frecuente encontrarse con una variante muy perturbadora: las víctimas sonrientes. El fenómeno causaba escalofrío, sobre todo cuando nos percatábamos de que el estado anímico del entrevistado cuyos familiares y pertenencias enteras se habían perdido en el lodo no obedecía a que el aquejado hubiera trascendido en absoluto el vínculo afectivo o material, sino que estaba dominado súbitamente por la excitación causada por la presencia poderosa de las cámaras: le había ocurrido una catástrofe pero sonreía por estar ante los medios, acaso el cumplimiento de un sueño imposible. Este patrón de conducta, que entrañaba una cruel revelación, parece haber desaparecido tras la devastación conjunta provocada por la tormenta Manuel y el huracán simultáneo Ingrid. No sabría qué interpretar del hecho de que no queden sonrisas ni para la cámara.

Dicen que de lo bueno, poco

Aunque apuntan a una circunstancia hipotética, las cantadas “listas de la isla desierta”, esos inventarios que han de resumir nuestras preferencias, están basadas en una premisa equivocada que contraviene los consejos de la sabiduría milenaria, desde Lao Tse hasta Epicteto, de Séneca a Bernardo Soares o de Confucio a Krishnamurti. La mesura y la templanza que caracterizan una dieta viable quedan destrozados por la ocurrencia de llevarse al aislamiento los diez discos favoritos o los diez libros más queridos, los cuales nos empacharán muy pronto, indefectiblemente. Es lo mismo que escoger para comer a diario los diez platillos favoritos en lugar de un humilde caldo de verduras. Acaso fuera del sexo, lo predilecto no resista repetición cotidiana. Como náufrago preferiría el sonido del viento y el mar y en cuanto a libros seguiría por una vez el consejo materno, llevando conmigo un diccionario clásico, de cuyas entradas podrían inventarse historias para cada día del año durante infinitos años.  ~

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Escritor, artista plástico y cineasta, CLAUDIO ISAAC (1957) es autor de Alma húmeda; Otro enero; Luis Buñuel: a mediodía; Cenizas de mi padre, y Regreso al sueño. Su novela más reciente se titula El tercer deseo (Juan Pablos Editor, 2012).

2 Respuestas para “Manual para zurdos. Octubre 2013
  1. sin duda dice:

    Tengo siglos. Acariciame, descansa en mi, ola, inundame y después sutilmente retirate. Que nunca más haya una última vez en la memoria.

  2. sin nombre dice:

    Soy tu playa.

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