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Otro fin del mundo
Cultura | Este País | Jorge Degetau | 01.08.2013 | 0 Comentarios

Preppers, NatGeo

 

Parece que la idea del holocausto está más presente que nunca. En las religiones, la literatura, el cine, las redes sociales y, sobre todo, en la vida cotidiana, muchos se preparan para el inminente fin.

El programa Preppers, de NatGeo, retrata familias gringas que, indirectamente, desaprueban por igual la lectura de los clásicos que la sintonización de novelas de Thalía. Mientras nosotros hacemos eso o tostamos quesadillas con guacamole, ellos se preparan para algo de veras trascendental: el apocalipsis. Así como se oye. Escucha uno esa palabra y no puede ya preocuparse sin culpa por el descenso de los Gallos Blancos.

El razonamiento de estas familias debe de ser más o menos el que sigue: 1) Herederos de milenaristas y fauna afín imaginan que el fin del mundo o de la civilización como la conocemos está cerca. La fuente de sus miedos puede ser: a) de corte religioso con tintes sectarios; b) de corte ecologista-paranoico educado superficialmente en el videíto que le valió el Nobel a Al Gore a cambio de la presidencia; c) la innata maldad de los iraníes o norcoreanos, o de cualquier pueblo subdesarrollado que ataque y en el fondo envidie el american way of life, o d) un collage bastante folclórico de los anteriores. 2) Luego de imaginar lo peor, los responsables de estas familias tienen una epifanía: el Gobierno ni hace ni hará nada. 3) Como han sido educados en el paradigma McDonalds/Home Depot, del self-service y el do it yourself, deciden poner manos a la obra. Esto se traduce, primero, en hacer lecturas esotérico-científicas para elegir la forma que tendrá el colapso.

Elegido el combo más conveniente a sus temores, cada cual se aboca a cultivar hijos paranoides y a domesticar cargamentos de akacuarentaisietes de acuerdo a la pesadilla de su preferencia. Los que imaginan la debacle nuclear destinan el esparcimiento de sus críos a construir refugios subterráneos, que atestan de cobijas y enlatados comprados al dos por uno en Walmart, y hacen simulacros con todo y los veintiún perros durante el fin de semana, mismo que la familia pasa diez metros debajo del jardín. Los que prevén el fin del petróleo, del sistema de comunicaciones o electrónico, o de cualquier elemento capaz de alterar el sistema económico al grado de que acabemos mordiéndonos los unos a los otros, llevan su arsenal y sus hijos al campo, donde se entrenan en los métodos más eficientes para anular a una persona con balas expansivas; ya de noche regresan todos a casa, muy contentos luego de dispararle a maniquíes hasta dejarlos como las planas de hostias que las monjas venden afuera de las iglesias y, para festejarlo, piden pizzas con extra queso. Los que imaginan la inundación continental renuncian a su trabajo en Miami, se mudan a tierras altas y guardan bajo llave y pudriéndose lo que antes era su fondo para el retiro y que ahora tiene una forma más concreta: la de tres lanchas con todo y motores, equipo de buceo y cosas del estilo.

En el programa, uno de los protagonistas nos presume su secreto: las mallas antirradiación caseras; otros ostentan unos focos capaces de nutrir las plantas que cultivarán treinta metros bajo tierra cuando no llegue atisbo de luz solar a la superficie del planeta y estén plácidos de haber sobrevivido y de pasar el resto de sus vidas en un búnker, enfundados en máscaras de gas; otros más se pavonean de haber desarrollado un sistema que recicla su orina y la hace casi salubre: lo único que los separará entonces de sobrevivir será reprimir el impulso del vómito.

Me parece que ha llegado el momento de admirar al mundo latino cuando ve uno a estos gringos vestirse con overol camuflado en cuanto regresan del trabajo. Hace miles de años, mientras el Vesubio hacía erupción, una pareja fornicó despreocupadamente hasta que la alcanzó la lava: ahora, emblema de nuestro espíritu, se pueden visitar sus cuerpos fosilizados y maravillarse con su perfecto trenzado. Imagino que si alguno de estos gringos le preguntara a los fornicadores pompeyos del siglo primero cómo se preparaban para el advenimiento del fin del mundo, estos le hubieran respondido que simplemente esperaban estar muertos para entonces. La conversación terminaría aquí, con un gesto de desaprobación protestante y el triunfo de nuestro temperamento existencialista.

Estos gringos, que en días hábiles tienen una fe sin fisuras en que su nómina llegará a su cuenta pero en las tardes y fines de semana se dedican a planear cómo esquivar a Dios y a su Santa Rabia, están tan volcados en la supervivencia que parece que nadie les ha dicho que morirán. A mí no me indigna verlos: me da ternura. Siento lo mismo que sentía cuando los maestros del SNTE argüían que era su derecho heredar las plazas al fruto de su calentura. A ambos los recorren trazas de niñería, y con cuatro sobrinos me he vuelto blando frente a este tipo de pensamiento.

Ya que ignoran que el destino no avisa, y dado que puede ocurrirles lo que a Esquilo mientras caminan al aire libre, quizá yendo a su refugio nuclear (Esquilo: asesinado por un águila que intentaba romper el caparazón de una tortuga contra una piedra, o algo parecido a una piedra, como la cabeza de Esquilo), yo les recetaría leer a los griegos. Si no es por ahí, si su sanación no ha de darse por el entendimiento de la Fortuna, bien valdría la pena que manejen por Periférico y constaten los milagros que acontecen allí cada día: a pesar de que el pavimento parece importado del Berlín de la posguerra, la gente continúa llegando a su oficina con las cuatro ruedas del auto indemnes. O por lo menos más gente de la que uno pensaría. Eso le adelgaza la sangre a cualquiera.  ~

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JORGE DEGETAU (Jurica, 1982) es ensayista y narrador. Su trabajo ha aparecido en estas páginas y en revistas como Letras Libres y Metapolítica. Su cuento “Nombres propios” ganó el XV Concurso de Cuento de Humor Negro dentro de los Premios Michoacán de Literatura 2009. Es colaborador regular de El Nuevo Mexicano.

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