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Alemania ya no es la locomotora europea
Correo De Europa | Este País | Antonio Papell | 03.11.2014 | 0 Comentarios

©iStockphoto.com/© debela

¿Puede Alemania mantener el liderazgo europeo cuando las políticas económicas que dicta enfrentan cada vez más resistencia? Ante el fantasma de la deflación, existe el riesgo de que países como Francia e Italia ignoren los dictados del Banco Central Europeo.

La Eurozona —el conjunto de 18 países que han adoptado el euro como divisa común— ha salido de la gran crisis pero ha entrado en el estancamiento: la obstinada insistencia en las políticas ortodoxas de rígido equilibrio presupuestario puede abocarla a la deflación y, en todo caso, está frustrando la recuperación, con lo que ello significa para los países que han tenido que realizar grandes sacrificios para escapar de la doble recesión.

En el segundo trimestre del año, el crecimiento de la zona euro ha sido nulo. Alemania decreció levemente, Francia continuó estancada, Italia se mantuvo en leve recesión. España, en cambio, creció 0.6% con respecto al trimestre anterior, pero ya se han observado síntomas de desaceleración. El último boletín del Banco de España informaba de “un comportamiento menos expansivo de la demanda privada”, que es la que sostiene el crecimiento español después del desmoronamiento de la demanda externa precisamente a causa de la mala coyuntura europea (en Europa están los principales clientes de los productos españoles).

Todos estos síntomas declinantes de la zona euro, que se producen con una inflación cercana a cero —negativa en algunos países—, podrían presagiar una peligrosa deflación a la japonesa, como temen algunos expertos. Tal posibilidad es sin embargo negada por el establishment europeo. El mismo que negó la gran crisis financiera, que fracasó con estrépito al abordarla y que no está atinando a la hora de solucionarla por completo.

En este marco, el presidente del Banco Central Europeo, el italiano Mario Draghi, ha impulsado medidas fuertemente expansivas que, unidas a una nueva bajada simbólica de los tipos de interés, que están prácticamente en cero, constituyen una política monetaria audaz, semejante a la que ha practicado desde la recesión la Reserva Federal americana, que debería contribuir teóricamente a la reactivación.

Sin embargo, cuando crece la preocupación europea por el empeoramiento de la situación, el Gobierno alemán ha anunciado con alharacas que, por primera vez en muchos años, los presupuestos federales de 2015 serán equilibrados, por lo que el país no emitirá deuda en ese ejercicio. No hace falta ser un experto economista para entender que el “déficit cero” de la primera potencia europea, auténtica locomotora del Viejo Continente, es una bofetada a los socios europeos de Alemania, algunos de los cuales —como España— están empezando a tomar aliento después de cinco años de angustiosos sacrificios encaminados a dominar el déficit generado por la crisis. En estas circunstancias, el propio Draghi ha manifestado con paladina claridad —aunque en términos diplomáticos— que la política monetaria no lo puede todo, y que la política económica de la gran potencia puede arruinar las esperanzas europeas. La respuesta ha consistido en duras críticas del ministro de finanzas alemán, Schäuble, y del Bundesbank contra Draghi.

El fundamentalismo alemán, tolerado en silencio por el ineficiente Partido Socialdemócrata (PSD), que cogobierna en coalición con Merkel, tiene críticos acerbos también dentro de Alemania. Así, el presidente del Instituto Alemán de Investigación Económica (DIW), Marcel Fratzscher, acaba de publicar el libro La ilusión alemana, en el que reclama un giro radical a favor de la inversión para compensar los 15 años acumulados de bajo crecimiento, que no desarrolla las potencialidades reales del país. Diversos medios —como el semanario Der Spiegel— acogen con calor estas teorías que, piensan, darían un impulso al euro. En la misma línea, analistas solventes ponderan el gran impacto global que tendría un cambio de política en Alemania no solo en la economía sino también en “el sentimiento general sobre Europa”, que hoy refleja una franca decepción y un creciente desinterés.

Es loable que Alemania cumpla a rajatabla el Pacto de Estabilidad y Crecimiento de la Unión Europea, que limita el déficit público a 3% del PIB —algo que no hizo, por cierto, en los primeros años de 2000, sin que fuese siquiera amonestada por ello por las instituciones comunitarias de control—, pero es cuasicriminal que lleve la estabilidad al paroxismo, vulnerando el sentido del referido pacto, que permite ciertos márgenes a las políticas expansivas keynesianas. Con una particularidad: el fanatismo de Merkel, en complicidad con lo más oscuro de su sistema financiero, no solo frustra el crecimiento europeo: desacredita la integración continental y vuelve a situar a Alemania en el punto de mira de todos los recelos históricos.

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ANTONIO PAPELL, periodista y analista político español, es autor de El futuro de la socialdemocracia (Akal, Madrid, 2012).

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