Domingo, 25 Agosto 2019
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Aniversaurios
Cultura | Espacios Y Caracteres | Este País | Flavio González Mello | 01.05.2014 | 0 Comentarios

Lourdes Domínguez

Hace unos años, a propósito del centenario de Neruda, Jorge Edwards recordaba que, cuando la madre de Jorge Luis Borges murió a los noventa y nueve años, uno de los asistentes al velorio le dijo al escritor argentino: “¡Qué lástima!, si hubiera vivido un año más, habría llegado a los cien”. A lo que Borges respondió: “¡Qué admiración tan curiosa tiene usted, señor, por el sistema métrico decimal!”.1

No sería improbable que el señor en cuestión hubiera sido un funcionario cultural, o incluso otro escritor, oficios en los que abunda dicha admiración por el sistema métrico decimal. En la primera junta del año de toda redacción de revista o suplemento cultural (si es que aún queda alguno), los asistentes suelen llegar con una lista de los autores que cumplirán cincuenta, cien o doscientos años de haber muerto, o nacido: da igual, el caso es que esta coyuntura permita llenar las páginas de la publicación con artículos por encargo —no pocas veces reciclados de algún homenaje anterior— sobre el escritor centenario. Por su parte, los funcionarios culturales sienten alivio al destinarle recursos a un muerto, lo cual les acarreará menos críticas que la beca o el premio otorgado a un creador vivo y activo. Así que pongámonos a organizar actos políticos sobre José Revueltas, a escribir interminables ensayos sobre los poemínimos de Huerta, a proyectar ciclos con las películas de María Félix, a reunir a los amigos de Octavio Paz para que rememoren en qué término le gustaba el filete, y a inscribir en letras de oro los nombres de todos los anteriores.

Cuando el aniversario no es de un escritor ni de una actriz, ni siquiera de un prócer, sino de la Patria misma, no es de extrañar que el mundo de la cultura se paralice durante meses o años. Eso fue lo que ocurrió durante 2009 y 2010, cuando todas nuestras instituciones se volcaron a inventar maneras de honrar, no una, sino dos cifras redondas: los doscientos de la Independencia y los cien de la Revolución (al parecer, el cura Hidalgo y don Pancho Madero también compartían el amor por el sistema decimal). El programa de actividades, anunciado un par de años antes, era una curiosa lista de todo tipo de obras, desde publicaciones y películas, hasta presas, carreteras y drenajes de aguas negras. Se trataba, pues, del guión para un ambicioso maratón de listones que, en la mejor tradición porfirista, el presidente Calderón y varios gobernantes locales cortarían a partir del 15 de septiembre de 2010; y para el cual, la producción de las obras a inaugurar, ya fueran artísticas o de ingeniería, no eran más que un mero —y engorroso— trámite.

En algunos casos, incluso se encontró la manera de eludir dicho trámite, utilizando el truco de rebautizar viejas avenidas, como el Circuito Interior, con el nombre “Bicentenario”. Me pregunto si esto de inaugurar dos veces la misma obra ocurrirá en otros países. De cualquier modo, eso no habría estado mal que ocurriera en el caso del monumento estelar del festejo. Por desgracia, en vez de cambiar el nombre de la Columna de la Independencia por el de “Estela del Bicentenario”, y problema resuelto, el gobierno federal optó, aquí sí, por erigir un monumento totalmente nuevo, justo enfrente del rascacielos más alto de la Ciudad de México. Ante semejante vecino, el monumento nació enano, en una involuntaria pero precisa metáfora sobre nuestra maltrecha independencia. La gente, de cualquier modo, se encargó de enmendarle la plana a las autoridades, y desde el primer día rebautizó esta obra con nombres como Estafa de Luz, la Suavicrema y otros igualmente apropiados.

Pero —y “por amor a la precisión intelectual”, como diría uno de nuestros poetas centenarios— tampoco es que las dos grandes gestas de nuestra patria se hayan ceñido a las fechas acordadas. La independencia estaba programada para unas semanas más adelante, pero una indiscreción obligó a adelantar los planes y, como resultado, el movimiento estalló de manera prematura y un tanto caótica. Pero, si hemos de creerle a Pedro García, no por ello nuestros próceres actuaron a las carreras. Este testigo de los hechos narra que, cuando Allende llegó a la casa de Hidalgo en Dolores, con el fin de comunicarle que la conspiración había sido descubierta, los criados le dijeron que el cura se había ido a un baile en casa de un español:

Allende se dirigió luego a buscarlo […]. Pasaron ínterin los cumplimientos; pasó un rato en que Allende pudo significarle lo crítico de la situación; con todo, se manejaron ambos con la mayor circunspección. Cuando ya les pareció oportuno, se salieron ambos para la casa […]. Cuando lo verificaron, no dejó de escapársele a Allende alguna demostración de zozobra, que Hidalgo moderaba con una risa un tanto burlesca. Llegaron a la casa. Hidalgo, lleno de una calma imperturbable, dijo a Allende que le iban a servir el chocolate. “No, señor, no estoy bien dispuesto para ello”. “Esas son boberías —dijo Hidalgo—. Toma el chocolate y después hablaremos”.2

 

La Independencia, pues, estalló prematuramente pero con calma; y se consumó de manera harto tardía, cuando la mayoría de las colonias españolas en América ya habían conquistado su soberanía. Ni aun los insurgentes de la tierra de Borges le profesaron tanto amor al sistema métrico decimal como los nuestros, que lograron materializar la independencia de México exactamente trescientos años después de la caída de Tenochtitlan. La postergación —que, como vamos viendo, no es característica exclusiva de los personajes de la literatura rusa— volvió a jugar un papel importante en la consumación, ya que el realista Iturbide demoró cuanto pudo el combate contra los insurgentes en lo que negociaba en secreto con Guerrero el pacto que daría pie a su golpe de Estado. De nuevo se demoró en entrar victorioso a la capital mexicana, quizá para que esto ocurriera el 27 de septiembre, que era la fecha de su cumpleaños.

Así que, en esos primeros tiempos de nuestro país, la independencia se festejaba los días 27 de septiembre; la fecha del grito de Dolores se adoptó solo un poco más tarde, cuando Iturbide ya había caído en desgracia. Años más tarde, Porfirio Díaz adelantaría la celebración de la Independencia unas cuantas horas (pero suficientes para adelantarla al día anterior), con el fin de que esta coincidiera con… su propio cumpleaños. Desde entonces, los mexicanos festejamos la máxima fiesta de nuestro calendario cívico el 15 de septiembre por la noche, sin saber que así le rendimos honor al dictador oaxaqueño.

Tampoco el movimiento revolucionario que derrocó a Díaz fue muy puntual que digamos. Con un prurito por la exactitud cronométrica más propio de un pueblo como el inglés, Francisco Madero convocó, en su Plan de San Luis Potosí, a que todos los ciudadanos de la República se levantaran en armas el 20 de noviembre de 1910 “de las seis de la tarde en adelante”. Quizá dándose cuenta de que la impuntualidad nacional podría malograr la simultaneidad de los alzamientos, agregaba que “los pueblos que estén retirados de las vías de comunicación lo harán desde la víspera”.3 Sin embargo, aunque la insurrección popular tardaría en carburar algunas semanas más, en menos de seis meses había alcanzado una dimensión suficiente como para conseguir su objetivo inmediato, que era la renuncia del dictador. Pero eso, más que un final, fue apenas el comienzo de la serie de cuartelazos y guerras civiles que dividirían al país durante casi dos décadas, provocando, entre otros resultados, más de un millón de muertos (incluyendo a casi todos sus caudillos, tanto perdedores como ganadores), una nueva constitución, una efervescencia nacionalista que se reflejaría en murales, películas y sinfonías… y un partido político que de la Revolución solo conservó la letra inicial, y que, si nos descuidamos tantito, podrá organizar los festejos de su propio centenario dentro de escasos quince años. ~

 

1 Jorge Edwards, El sistema métrico decimal, en Letras Libres, marzo de 2005.

2 Pedro García, Con el cura Hidalgo en la guerra de independencia, SEP/Fondo de Cultura Económica, México, 1982, pp. 36-37.

3 Óscar Castañeda Batres, Documentos para la historia del México independiente: Revolución mexicana y Constitución de 1917 (1876-1938), Miguel Ángel Porrúa, México, 1988, p. 184.

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Dramaturgo, guionista y director de cine y de teatro, FLAVIO GONZÁLEZ MELLO (Ciudad de México, 1967) estudió en el CUEC de la UNAM y en el CCC del CNA. Algunas de sus obras teatrales son 1822, el año que fuimos imperio; Lascuráin o la brevedad del poder y El padre pródigo. En 2001 publicó el libro de cuentos El teatro de Carpa y otros documentos extraviados. En 1996 ganó el Premio Ariel por su película Domingo siete.

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