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Bicentenario de Justo Sierra O’Reilly
Cultura | Este País | Galaxia Gutenberg | Ocios Y Letras | Miguel Ángel Castro | 03.11.2014 | 0 Comentarios

Estudo-de-Historiador 7

En el pueblo de Tixcacaltuyú, Yucatán, en septiembre de 1814, llegó al mundo el hijo natural de María Sierra O’Reilly y el cura José María Domínguez, quien fue bautizado con el nombre de Justo y recibió los apellidos de su madre. El joven Justo pronto se trasladó a Mérida donde comenzó sus estudios y se abrió paso con dedicación y trabajo en un ambiente predominantemente religioso. Con la preparación adquirida estableció relaciones con el gobernador de Yucatán, Santiago Méndez Ibarra, lo cual lo involucró en actividades políticas y familiares pues, además de ocupar cargos públicos, se casó con su hija, Concepción Méndez, con la que procreó cinco hijos. Protagonista de la cultura y las ideas de la década de los años cuarenta en la península, murió en Mérida en 1861.

La crítica literaria lo ha reconocido como precursor de la novela histórica en este país por El filibustero, Los bandos de Valladolid, Doña Felipa de Zanabria, El secreto del ajusticiado, Un año en el hospital de san Lázaro y La hija del judío. La lectura de las obras de Eugenio Sue, Alejandro Dumas, Walter Scott y Víctor Hugo, entre otros, debió haber influido en el escritor yucateco de tal suerte que se convirtió en hábil folletinista. Justo Sierra O’Reilly encontró en la prensa el camino que encausó sus afanes intelectuales, fundó El Museo yucateco (1841-1842), El Registro yucateco (1845-1849) y El Fénix (1848-1851) y participó activamente en otros periódicos.

No sobra recordar que Justo Sierra O’Reilly tuvo una intensa participación política en los aciagos años de la Guerra de Castas en la península y del conflicto entre México y Estados Unidos, de tal suerte que sus Impresiones de un viaje a los Estados Unidos de América y a Canadá (1851), escritas mientras cumplía con la temeraria misión que le fue encomendada, son un testimonio muy interesante de la visión histórica de un ilustre novelista mexicano nacido hace doscientos años que heredó su nombre y algo o mucho de su talento literario al más famoso de sus distinguidos hijos.

Dedicamos un comentario a La hija del judío, una de las mejores novelas de suspenso mexicanas, que apareció como folletín en El Fénix, del 1 de noviembre de 1848 al 25 de diciembre de 1849, firmada con el anagrama del nombre del autor: José Turrisa. Es evidente que los intereses políticos de Sierra O’Reilly influyen en la estructura de la novela, y es interesante observar tanto la forma en la cual el narrador organiza su discurso engarzando testimonios, recuerdos y secretos de los personajes que reafirman la veracidad de la historia que cuenta, como el modo en que conduce al lector desde vestigios y ruinas que parecen dar fe de lo narrado, un lector que además algo ha oído o sabe de la leyenda del Conde de Peñalva, azote y calamidad de la provincia de Yucatán. Sierra O’Reilly va a la Historia convencido al menos de tres cosas: de los males que el gobierno español, virreinal y centralista le ha acarreado a Yucatán; de la buena labor de la Compañía de Jesús, víctima de intrigas, y de los actos y sentimientos incipientemente patrióticos de los criollos:

…. María elevó con majestad los ojos al cielo y dirigió al Excelso una plegaria sublime. Postrernóse en seguida, besó con unción las blancas arenas de las plácidas playas de Yucatán, exclamando:

–¡Oh, patria mía, la patria de mis padres y abuelos! ¡Mi mayor felicidad habría sido morir en tu seno! ¡Dios lo ha dispuesto de otra manera!

Se trata, pues, de convencer al lector contemporáneo de la separación de Yucatán de quien lo ha explotado y no ha sabido gobernarlo, de quien ha expulsado a los jesuitas y además ha permitido la desmembración del territorio, entre otras iniquidades sintetizadas en una representación de los procesos del Tribunal de la Inquisición. Por eso, para alejarse del pasado opresor y del anárquico presente, los protagonistas Juan, marqués de Torres-Vedras, hijo de Luis de Zubiaur, y María Alvarez de Zubiaur, “la hija del judío”, marchan a Portugal donde Juan es nombrado virrey de Goa, posesión portuguesa en la India. Lo más lejos posible de la anarquía, de la barbarie americana.

La hija del judío, sin embargo, presenta una escritura maliciosa, más interesada —a pesar de, o gracias a, la conciencia de su autor— en el buen desempeño de su ficción, de su factura de folletín, que en inscribirse en algún proyecto político y cultural como la de otros autores, que ensayarán el género de la novela histórica en la segunda mitad del siglo XIX.

En La hija del judío gana la ficción, la literatura y, por ello precisamente, la Historia, porque, aunque sea como escenario con referencias y anotaciones, adquiere justo movimiento para correr ligera en la película. La figura histórica del Conde es revestida de un aura de maldad que, a juicio de Antonio Castro Leal, se debe más a la inspiración romántica que a un odio por España. En realidad, el Conde don García Valdés y Osorio, conde de Marcel y Peñalva, quien fue gobernador y capitán general de Yucatán, “azote de la Provincia” y “monstruo abominable”, es el arquetipo que le permite a Sierra O’Reilly reconstruir los horrores de la vida colonial en su provincia y los abusos de poder de los gobiernos peninsulares para exponer de alguna manera sus inclinaciones políticas. No en balde afirma: “Casi nada de lo que he referido en la Hija del judío ha sido inventado por mí; la combinación, la fábula es lo único que me pertenece; y aunque este sea el mayor vicio de que adolezca, no he de pretender lavarme las manos para evitar la crítica. Quod scripsi, scripsi, y no puedo testarlo”.

De esa difícil reconstrucción es de donde sale airoso el folletinista que ha acudido a la historia, merced a su habilidad para lograr el efecto esperado, el suspenso que obliga a buscar la siguiente entrega, y el asombro del lector que conoce los hechos, y confía haberlos reafirmado en esa interpretación. Las líneas del rostro del Conde que dibuja Sierra O’Reilly conjugan las apenas alusiones que documentos y crónicas asientan con las del estereotipo negativo de folletín. El resto de los personajes actúan más o menos con cierta libertad, los hilos que los mueven son menos tirantes, son independientes de aquella historia, aunque no por eso menos arquetípicos. Por otra parte, la historia o leyenda del Conde de Peñalva le permite a Sierra O’Reilly recrear, de acuerdo con el código romántico, el sombrío pasado colonial y mostrar los horrores de la Inquisición, que era imperativo exorcizar; exaltar el trabajo y principios de los jesuitas, y las virtudes de doñas y caballeros nobles, antecesores de los futuros y rebeldes criollos. Las virtudes y bajas pasiones de los protagonistas los distribuyen en dos bandos, maniqueísmo propio del género que, no obstante, es matizado por un grupo de personajes secundarios con intereses y psicología propios: Juan Perdomo, el padre Noriega, Tadeo de Quiñones, el padre dominico, Juan de Herrada y don José Campero.

La historia literaria de altos vuelos no le concedió mayor importancia durante mucho tiempo, se consideraba a La hija del judío como una obra menor porque se trataba de una novela popular, un folletín de inspiración extranjera y prefería no ocuparse de ella. Sin embargo, más tarde, al mediar el siglo XX, aparecieron las revaloraciones, como la de Antonio Castro Leal que llegó a afirmar que “en La hija del judío se encuentra por primera vez en la novela mexicana un argumento armonioso en su conjunto con algunos subargumentos, logrando que se equilibren en bien combinado enlace”, y que “tiene derecho a figurar entre las mejores novelas de nuestra literatura”. ~

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MIGUEL ÁNGEL CASTRO estudió Lengua y Literaturas Hispánicas. Ha sido profesor de literatura en diversas instituciones y es profesor de español en el CEPE. Fue director de la Fundéu México y coordinador del servicio de consultas de Español Inmediato en la Academia Mexicana de la Lengua. Especialista en cultura escrita del siglo XIX, es parte del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM y ha publicado libros como Tipos y caracteres: La prensa mexicana de 1822 a 1855 y La Biblioteca Nacional de México: Testimonios y documentos para su historia. Castro investiga y rescata la obra de Ángel de Campo, recientemente sacó a la luz el libro Pueblo y canto: La ciudad de Ángel de Campo, Micrós y Tick-Tack.

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