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Cuentos
Cuento | Cultura | Este País | Ériq Sáñez | 03.11.2014 | 1 Comentario

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En este volumen de ficciones, el autor explora las posibilidades del cuento breve: un número reducido de palabras que, elegidas y entretejidas con gran esmero, logran contener personajes y anécdotas trazadas con un fresco, aunque ácido, sentido del humor.

* Estos cuentos pertenecen al libro La novela zombi: Ficciones (FETA, 2014), ganador del Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri 2014.

Respirar era llorar

No importa si hace frío, dijo la madre de Rogelio. El pequeño corrió hacia los demás, que ya se iban. Dentro de los vestidores los niños eran como hermanos. Ninguno de esos niños era su hermano ni sabía Rogelio lo que era tener uno pero, viéndolos desde el rincón, sí parecían todos hermanos.

Cuando se estaba cambiando pensó que el traje de baño no era ropa. El entrenador lo apresuró. Sus pasos eran ruidosos, dolían cuando las chanclas se le adelantaban. Rogelio escuchó un silbato y la voz enojada a lo lejos. Llegó a la alberca.

Se imaginó que estaba llena de agua aunque solo veía un hoyo sin fin. En las gradas había muchas personas. La gente le gritaba a los hermanos y con los gritos eran más. Rogelio iba sin ropa. Toda esa era una familia y el entrenador era su padre.

El niño se quitó las chanclas y se asomó al hoyo frío. Escuchó al entrenador gritarle en la espalda con su mano. Oyó el agua del abismo como un portazo en las orejas. Pudo mirar su voz sin luz vuelta burbujas de hondos gritos. Después un brazo lo sacó. El niño respiró como gritando pura nada. Respirar era llorar. Un dolor de hielo se le escurría de afuera al fondo de su vida.

De entre la familia surgió su madre. Mientras, el entrenador le preguntó si era niña. Los hermanos rieron, la familia rió. Rogelio no era niña, pero pensó que eso el entrenador ya lo sabía. A Rogelio le dio vergüenza respirar como niña.

Haz caso a lo que te dicen –dijo ella–. Ni te pasó nada… O qué, ¿sí eres niña?

Rogelio no lloró por no tener hermanos. Rogelio no lloró por no tener un padre. Rogelio no lloró porque lo único que tenía era ella. Rogelio quería llorar porque ella era una niña y toda la gente se daba cuenta y se burlaba de los dos. La madre sabía también que se burlaban de los dos. El niño podía sentir que su nariz lloraba sal, pero Rogelio no lloró.

Apuntes sobre la inmovilidad en los parques

A simple vista uno podría decir, con la mayoría de la gente de provecho (aun siendo conscientes de la ambigüedad de esta expresión), que es una pérdida de tiempo que un escritor no cuente una historia.

Imaginemos a una mujer en el parque, sentada en la banca enfrente a la de uno. Sería bueno apuntalar dicha imagen como el escenario idóneo para arrancar un relato (cosa que en algún momento podría ayudarnos a poner un título cualquiera; facilón, incluso).

Pero si uno se detuviera (así como el ojo de un espectador curioso haría), si uno se percatara del abordaje de su mirada, de su selectivo enfoque, sin duda notaría que es una mujer delgada, vigorosa y (en efecto) de pecho abundante; quizá exagerado por la curvatura de su chamarra. Para propósitos secuenciales habría que decidirse por un vestuario desde antes pero, siendo obvio para el que mira, esa prenda sería parte del conjunto de unos pantalones (unos pants que hacen justicia a las caderas de la joven) y unos tenis que a nadie le importa cómo son.

Pues hemos ya determinado que su edad es, a tientas, bastante rica en bendiciones. Veinte años, diría alguno desde sus veintitantos, aunque, ya inclinándose por opiniones más rudimentarias (por no decir más a la mano), se nos antoja de unos catorce años.

Visión de conjunto. Una muchacha menor de veinte años en pants (muy) ajustados y un rostro… No, unos ojos que miran con escrupulosa altivez. Definitivamente el escritor interrumpiría su aproximación contemplativa de la faz debido al hecho de creerse descubierto.

Y hasta aquí no ha pasado nada, no tendríamos razón para seguir hablando (pues el interés sería hasta este punto nulo) sobre la reacción del narrador, que bien podría ser abalanzar la mirada sobre los senos en busca de los brotes de una mañana fría. O, en un cambio poco creíble, el descubrimiento de que esta chica, tras comprobar que no hay más gente (no se podría omitir la inclusión de un elemento como este, a menos, claro, que se diera por entendido que en este mundo solo existen los dos), bajaría la cremallera del chaquetón que nos estamos haciendo en la imaginación, de tal raudo y serpenteante modo que, en un retoque posterior, calificaríamos como semejante al vértigo en la montaña rusa.

Pero ninguna de esas cosas estaría pasando. En todo caso, sería necesario internarnos en esa mirada o, mejor, en el recuerdo de la mirada que ya se habría posado en otra cosa y, a manera de un sociólogo, de un exégeta de la gesticulación, nos romperíamos la cabeza tratando de saber si su abuela murió, si espera a alguien, si les va a pegar con un cable o les gritará a los hijos y si se pondrá fofa después de quince años desde nuestra boda (para fines prácticos, asumiríamos que uno se mantendrá en la misma excelsa condición de manera permanente).

El escritor, forzado a comenzar la anécdota, tendría que decir cuál fue su reacción una vez que se le hubiera descubierto. Qué abuso de recursos escribir aquí, cuáles opciones hay en ese caso. Más bien, en un ejercicio de escepticismo, conviene preguntarse si realmente ella lo estaba mirando (al sujeto narrado) o si esta idea surgió de una descripción cuyas precisiones y puntos de vista se considerarían reprobables. Vamos, sentirse culpable.

No cabe duda de que uno no se estaría tomando en serio todo esto si no se detuviese para reflexionar sobre las cualidades de la narración misma y, hasta cierto punto, de la no narración que tiene lugar (ya clandestinamente, ya comprobable mediante la hechura) dentro de la cabeza del escritor-personaje que hemos ideado. Así, dejando a un lado a la mujer y prescindiendo del sospechoso decorado del parque, uno sería, irremediablemente, presa del pavor. ¿Hay (en este punto geográfico de lo que se toma como real) una banca propia, un punto del que se pueda partir para decir que se puede tener la seguridad, la posición y la arrogancia necesaria que significaría ponerse tan campechanamente a decir qué cosa tiene uno delante? ¿Cómo habría punto de vista si nuestro ser se pusiera en entredicho?

Ya no sería tan verosímil la idea de una columna de carne debajo de nuestra cabeza, sosteniéndonos, y menos la de dos bulbos brotando y alargándose hasta astillar sus extremos de forma arbórea en lo que, ya viendo de cerca, sería un número adecuado de manos, conformando nuestro cuerpo sosteniéndose de dos puntales semiparalelos. Ya no habría sustento alguno para aseverar que uno se mueve o que se está donde se dice estar o que se tienen ojos. Habría que limitarse, en nombre de la acción narrativa, de la certeza y de una anécdota estimulante, a afirmar que ninguna mujer ha estado nunca en un parque, que los parques no existen y que ponerse a decir qué hay delante o detrás de la nada es un ejercicio insufriblemente inútil y, por demás, risible.

Pinche Dimensión desconocida

La última clase, 9:15 pm. Los camiones dejan de pasar. Como una lata de sardinas infernal pasa a tropeles un micro. Borrón de brazos y piernas voladoras de quienes se van colgando de la puerta. Para qué estiras tu brazo. Te lo mocha. La premonición: Ese era el último… Entonces ella me manda un mensaje. Ya sabes, porque ya es tu hora de salida y olvidaste decir que ya vas para la casa. Chingá, y el micro que no pasa. Ya ni taxis. Sabía que tenía que caminar a la avenida e ir por el otro camino. De aquí a que llego ya ni allá ni acá.

Viene otro pesero. El letrero es muy oscuro. Me estiro para verlo. Me atropella, plas. Ni era el tuyo pero ya te atropelló. Y ya son 9:46. Ella cree que hago veinte minutos porque no se sube al micro. No. Una hora y media de ida y dos de regreso. Pero claro, no contaba con que el maestro se iba a tomar las horas. Te lo imaginas. ¡Puta…! Seguro: ¿Y dónde estuviste?, ¿a poco no te pudiste venir en taxi? O solo: Ah… (silencio), (doble silencio). Yo también voy a empezar a llegar tres horas más tarde… Y yo apenas contestándole el mensaje. En menos de un minuto se le acaba la batería. Ni para ver la hora.

Pasa. ¡Por fin! Me subo por la puerta de atrás y veo: llamada perdida, cargar batería. Muerto. Ya han de ser como las 10:30. Como sea. Me tiemblan las piernas por la posición. Pues ya qué, qué puedo hacer sin batería. Mira, lo tenía en vibrador y no sentí. No sé por qué no lo sentí. ¿No te ha pasado? Su sonrisilla así de: qué casualidad. Voy a hacer como que te creo porque piensas que soy estúpida. Estoy recontramuerto. Subo un escalón entre la gente que se atasca. Subo otro escalón. Bajo del micro para que una señora se salga. La pinche vieja ni me da las gracias. El camión casi se va sin mí…

¿Eres tan pendejo que te pierdes siendo adulto? Sí, eres tan pendejo que te pierdes siendo adulto. Te bajas porque el fulano del micro decidió que ya es muy tarde y que va a tomar un atajo. No sabes dónde carajos estás. Pinche Dimensión desconocida. Bajaste, por supuesto, no con otros para preguntarles cómo regresarte, no, bajaste solo cuando de plano te empezó a dar miedo no tener ni idea. Yo voy a Santa Nosequé, te dijo el chofer, ya en plan valeverga. Eso. En medio de la nada (lo que para ti es la nada). Las calles son más amplias y todo está apagado. Son puras unidades. Ni para bajarte en una avenida mayor. Ese tono anaranjado de la iluminación barata. Un descampado. El típico auto deshuesado. El frío que ya no sabes si te está agitando o si es la muerte que te cimbra.

Caminas hacia cualquier parte. Pasa un taxi. Presientes lo que te va a cobrar, casi disfrutas la certeza de que va a transarte. No te engañes. No puedes saberlo. Llegarás a casa. En la entrada estará ella, fumando, de brazos cruzados. De nuevo presientes que te habló mil veces. Presientes que te imaginó con una golfa, con la que te gusta y que no te has podido ligar (y no cuenta, porque estamos de acuerdo en que no has hecho nada malo, pero igual te aterra la confrontación). Lo presientes todo, presientes el puto regaño, presientes que no te va a creer. Te enojas tú, se emputa ella. Recriminación por toda la eternidad. Casi me dan ganas de decirle: No hice nada. Ojalá… Fin de todo, bye, te corre, la pinche friega de rogarle, recriminación por toda la eternidad. Pero ni siquiera porque, para colmo, estás muerto (el microbús… sangre embarrada… cese de las funciones vitales…); pero tú quién sabe cuánto tiempo llevas cagándote del miedo de enfrentar ese conflicto, el de verdad. El de “lo nuestro se ha acabado”. El taxi frena. Bajas. Estás en la otra esquina de la madrugada. Sientes nauseas. Te has sentado en la banqueta. Todo está en calma y lo presientes: no volverá a pasar un auto, no volverá a pasar el tiempo. No dejas de temblar. Ella quiere que le avises que todo salió bien y está esperándote.

Ahora sí (ahora sí, ya en serio), ¿cómo piensas regresar? ~

______

ÉRIQ SÁÑEZ (Ciudad de México, 1986), narrador y poeta. Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri 2014. Premio Nacional Punto de Partida 2010. Es egresado de la Escuela de escritores de la SOGEM y estudió la carrera de Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. Textos de su autoría han aparecido en diarios y revistas de circulación nacional, así como en publicaciones en la red. Parte de su trabajo poético fue recopilado en la muestra electrónica española “Poetas siglo XXI: Antología de poesía”. La novela zombi es su ópera prima.

Una respuesta para “Cuentos
  1. Muy buenos cuentos, felicidades!

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