Mircoles, 26 Junio 2019
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De visita en la Academia Mexicana de la Lengua
Cultura | Este País | Fernando Fernández | 01.12.2014 | 0 Comentarios

CARLOS PELLICER, Arquitectura-popular,-2003

El siguiente texto es parte de uno de los ensayos que conforman Ni sombra de disturbio, libro dedicado a algunos aspectos de la vida y la obra de Ramón López Velarde que acaba de aparecer bajo el sello de AUIEO / Conaculta. En este fragmento su autor cuenta la visita que hizo a la biblioteca de la Academia Mexicana de la Lengua para estudiar en persona el único manuscrito de uno de los poemas más hermosos y enigmáticos de todo el corpus velardiano, “El sueño de los guantes negros”. Su objetivo, intentar resolver algunos de sus muchos misterios.

“Lentes poderosos, reactivos… todos los recursos para avivar la escritura fueron inútiles. ‘El sueño de los guantes negros’ figurará, trunco, en el libro póstumo del poeta”. Estas son las palabras con las que Enrique Fernández Ledesma contó en 1924 lo primero que se hizo con el manuscrito del poema, una vez que fue puesto en sus manos por uno de los hermanos de López Velarde. Casi noventa años más tarde, el estado del documento parece desmentir que aquella haya sido la única vez que se intentó forzarlo a que develara lo que quedó oculto.

Estoy en la biblioteca de la Academia Mexicana de la Lengua, donde se me ha permitido echar un vistazo al manuscrito original de “El sueño de los guantes negros”. Según documentación de la propia Academia, fue donado a la institución el martes 4 de mayo de 1971 por el presidente Luis Echeverría, junto con un importante grupo de manuscritos velardianos. La donación ocurrió unas semanas antes de que se conmemorara el cincuentenario de la muerte del poeta, en una sesión extraordinaria presidida por Echeverría y el director de la Academia, Francisco Monterde. Entre otros académicos estuvieron presentes Martín Luis Guzmán, Torres Bodet, Novo, Gómez Robledo y Alí Chumacero. En un papel que se coló entre las actas hay un fragmento que parece ser la reproducción de las primeras palabras que pronunció Echeverría en aquella ocasión, y en las que relata que el gobernador de Zacatecas, acompañado de dos hermanos de López Velarde, había acudido la mañana de aquel día a entregarle los papeles para que decidiera él mismo qué institución debería encargarse de su custodia.

Don Liborio Villagómez, bibliotecario y archivero de la Academia, abre para mí la caja donde se conservan los manuscritos del jerezano. Para mí, quiero decir, y para Marie Vander Meerer, la restauradora del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), a la que he pedido ayuda para hacer un diagnóstico del estado actual del documento. Con la satisfacción del caso, le expongo a ella las razones por las que son importantes los papeles que van apareciendo frente a nosotros: primero, el cuaderno con la primera versión manuscrita de La sangre devota, fechada en 1910; después, una transcripción de la versión completa y final de “La suave Patria”. En estos y el resto de los papeles se ve la letra perfectamente legible de Ramón, revestida de su pulcritud característica, hasta que don Liborio nos extiende el fólder número 14, en el que está el documento que hemos venido a ver.

Marcado discretamente en el anverso hasta en dos ocasiones, arriba y abajo, con un pequeño número 13, el manuscrito de “El sueño de los guantes negros” contradice lo que hemos visto hasta ahora. Nada tiene que ver con la limpieza y la claridad de los papeles con los que comparte caja. Aunque lo había visto en infinidad de ocasiones, fotografiado por ambos lados en la edición de Archivos, la experiencia de hacerlo en persona matiza la idea que tenía de él. Objeto emborronado y de frágil apariencia, el papel en que López Velarde escribió el extraordinario poema me parece más endeble y poca cosa que nunca.

Se trata de una hoja de tamaño media carta que lleva el membrete y los datos del diario Excélsior. El poeta la utilizó al contario del uso para el que fue diseñada: si es horizontal, por serlo originalmente o porque es la mitad de una hoja carta, López Velarde hizo uso de ella de forma vertical, empezando por el reverso —como una manera de manifestar que lo que iba a escribir no tenía nada que ver con el periódico ni con sus colaboraciones en él.

La maestra Vander Meeren estudia el documento a lo largo de una hora y media. Además del dictamen que tengo delante, y que realizó en representación de la Coordinación Nacional de Conservación del Patrimonio Cultural del INAH, conservo la grabación en audio de nuestra visita así que puedo reproducir sus comentarios con bastante fidelidad. Para empezar, la especialista me hace ver que el documento que me interesa y algunos otros de los papeles velardianos fueron intervenidos para su conservación; según sus cálculos, que se basan en el género de trabajo que les fue practicado, tuvo que ser en las últimas dos décadas, es decir desde que están bajo la custodia de la Academia. Sin embargo, don Liborio Villagómez nos asegura que en la institución no se tiene memoria de que haya sido así y por lo tanto se carece de cualquier registro al respecto.

Según las explicaciones de Vander Meeren, el manuscrito presenta injertos y refuerzos en varios lugares. En los bordes del documento, en los dos huecos que tiene a diversas alturas y en su extremo inferior, se aprecia un papel blanco que llama “japonés” y que contrasta con el resto del oscuro documento. Los escasos 21.3 por 13.7 centímetros que mide son los de su estado actual, una vez hecho el trabajo de conservación. Marie Vander Meeren me hace ver que es posible saber cómo estaba antes de ser intervenido: con lupa y buena luz señala para mí algunos detalles que confirman que fue doblado y desdoblado, primero a la mitad y luego nuevamente a la mitad, en incontables ocasiones. Es bastante claro que tuvo algunas pérdidas de materia en diversos sitios y hasta estuvo a punto de romperse por el primer doblez, lo que sin duda provocó que alguien decidiera su restauración.

CARLOS PELLICER, Compas-de-cuatro-tiempos,-2005

Lo más interesante del experimento es para mí la posibilidad de confirmar si el poema estaba acabado o no, y si las palabras de veras se borraron o nunca estuvieron donde siempre se ha dicho. Para empezar, en el anverso del manuscrito (que es, como hemos explicado, el reverso del papel original) aparecen tachadas las palabras “Al sujetarme con”, del que unas líneas más abajo será el verso “Al sujetarme con tus guantes negros”. También puede apreciarse como tachada la línea “¡Oh prisionera del Valle de Méjico!”, que reaparece en su localización definitiva al reverso, un poco más tarde en el poema. Si la continuidad aparentemente resuelta de las asonancias podría hacernos aventurar que la ocasión registrada en el documento no fue la primera vez que se escribió el poema, esos versos tachados y reacomodados más adelante nos permiten decir que esta puesta en limpio —si es que lo es— tampoco iba a ser la definitiva, y que el comentario de Carlos Mérida, que lamentó que no pudo quedarse con el papel porque su autor iba a hacerle algunas correcciones, es verídico.

Como sea, la hoja tiene un aspecto de objeto manipulado en exceso, con torpeza, quizá con exasperación. En la parte superior, a la mitad y en el extremo inferior de ambos lados aparecen unas marcas como las que quedan en el papel cuando ha sido parcialmente quemado, ese borde de color café de los documentos que han sido sometidos al fuego —como hacen los niños cuando quieren darle a una hoja cualquiera un acabado de pergamino antiguo. En dos de los tres lugares en los que se aprecian esas marcas la hoja está traspasada y si no fuera por el papel blanco con el que fue intervenida sería posible ver a través de ella (es curioso pero hay pérdida total donde se encontraba el adjetivo “resucitada”). La parte más estropeada es el extremo inferior de la hoja, que ni siquiera conserva el corte horizontal de su primer estado: las marcas de la “quemadura” hacen que el documento acabe por debajo en una especie de fleco irregular medio chamuscado. Bien sabemos que lo que desde el principio se leía con mayores dificultades, cuando Fernández Ledesma lo vio en 1920 en Gobernación, era “la parte final del manuscrito, borrado por el roce del bolsillo”, que “apenas podía leerse”, así que podemos aventurar que el papel está tan dañado en su extremo inferior porque se hizo hasta lo imposible por rescatar las últimas líneas del poema. Lo que no puede explicarse es la localización de las roturas superiores porque ninguna de ellas está en los lugares en los que faltan palabras. ¿Será que López Velarde hizo uso de una goma de borrar y que por eso en esos dos lugares el papel estaba ya tan resentido que acabó rompiéndose? Finalmente, se trata de un borrador: por algo está escrito a lápiz y no con la tinta con la que están pasados en limpio casi todos los demás manuscritos custodiados por la Academia.

Pero eso no es todo: sobre los tres versos de la penúltima estrofa del poema se aprecian unas manchas que siguen el sentido de las líneas escritas y que hacen pensar que más que querer descubrir lo que dicen se hubiera intentado ocultarlo. O, si no, ¿para qué echar cualquier género de sustancia sobre los versos que siempre fueron legibles? Además, como me explica la experta del INAH, los “reactivos” a los que se refiere Fernández Ledesma suelen utilizarse cuando se ha usado tinta, nunca lápiz. La tinta penetra el papel, cosa que no hace el grafito, por lo que esas sustancias podrían funcionar para sacar a la luz lo que estaba físicamente oculto —cosa que no ocurre cuando se ha usado lápiz. Lo que es casi seguro, sigue diciendo, es que se hizo uso de algún género de líquido corrosivo que “carcomió” el papel. Otra opción, añade, es que hayan “embebido” el documento en alguna sustancia —y cuando lo dice, como es natural, recuerdo que Menéndez Pelayo asegura que a finales del siglo XV Fernando de Rojas embebió en diálogo unos versos de Persio con una trascendencia que, ya lo sabemos, alcanzó a López Velarde.

Por paradójico que parezca, lo más frágil y al mismo tiempo lo más contundente del manuscrito es la marca del lápiz, quiero decir la escritura misma del poeta, que se adivina en el lado anterior del documento detrás del gran borrón producido por el contacto consigo mismo y con otros papeles, y con las manos, con muchas manos. Como arena color plomo sobre la que ha soplado el viento, la plombagina de la que habla Fernández Ledesma aparece esparcida fuera de los límites que le impuso originalmente el poeta sobre la extensión de la hoja en blanco original, produciendo una suerte de confusión de apariencia indescifrable. (“Plombagina”, aclara Vander Meeren en su dictamen, “viene del francés plombagine, que significaba ‘tipo de plomo’, por su parecido al plomo, aunque ya desde el siglo XVI se utilizaba el grafito en lugar del plomo” en la fabricación de lápices). Lo más interesante del dictamen de la maestra Vander Meeren es que afirma que “con el avance tecnológico es posible actualmente realzar ciertas tintas u otros materiales con técnicas no invasivas a base de luces especiales y tomas fotográficas”; a pesar de que aclara que no es especialista en la materia, añade que “quizá sería oportuno realizar algunas pruebas de tomas fotográficas con ir (infrarrojo) u otro procedimiento para ver la posibilidad de realzar el texto borrado y así recuperarlo”. Aunque la idea me parece sugerente, me temo que es difícil que pueda hacerse nada y tenemos que conformarnos con el manuscrito tal y como aparece a nuestros ojos.

Si no fue posible leerlo completo cuando murió López Velarde, mucho menos lo es ahora, casi un siglo después. Pero lo que vemos ofrece algunos cuestionamientos problemáticos y hasta alguna sorpresa. Como ya dije, la parte inferior del documento no es más que un fleco chamuscado, con la consecuencia de que lo que está (o estaba) escrito en ese preciso lugar, tanto en el anverso como en el reverso, es lo más afectado. En la parte inferior del frente se alcanza a ver el arranque del verso “¿Conservabas tu carne en cada hueso?” pero la palabra “cada” ya no se lee bien y la palabra “hueso” ni siquiera existe, como si hubiera sido completamente roída. Si el poema fuera desconocido y el manuscrito acabara de aparecer como única fuente del texto, ya no podríamos reconstruir tampoco el verso clave de “El sueño de los guantes negros”. Pero lo más inquietante me lo hace ver la maestra Vander Meeren: para ella, en el lugar donde siempre se ha leído la palabra “carne”, quizá diga otra cosa

En el reverso, el caso más grave de pérdida está ubicado de nueva cuenta en el extremo de abajo, que materialmente también ha desaparecido casi por completo. No es que los últimos tres versos sean ilegibles, es que ya no existen. Si lo que está transcrito en las ediciones es:

libre como cometa, y en su vuelo

la ceniza y… del cementerio

gusté cual rosa…

Lo único que podemos descifrar actualmente es:

libre como un cometa y en…

la ceniza y…

gusté

En que el verbo está efectivamente tachado. Ni trazas de la palabra “cementerio”, que según la especialista del INAH ya ni siquiera estaba en el documento cuando fue restaurado.

Hay más detalles, nimios pero de indudable interés. Al menos en un caso aparece claramente una palabra que nunca fue considerada en las transcripciones. Puede parecer una tontería, y quizá lo sea, pero llama la atención que haya ocurrido así. ¿Cuántos ojos se posaron en el manuscrito hasta que en 1971 los hermanos López Berumen se lo entregaron al presidente Echeverría? ¿Y después? ¿No esperaría uno, ya que José Luis Martínez se tomó el cuidado de proponer las palabras que faltan y que por lo tanto lo estudió al milímetro, que alguien, empezando por él mismo, se hubiera dado cuenta?

El caso está en la problemática estrofa final: a la vista del manuscrito (o de lo que queda de él), el único verso que se lee completo en la última estrofa fue transcrito de manera errónea y en donde siempre hemos leído:

libre como cometa, y en su vuelo

Dice claramente:

libre como un cometa, y en su vuelo

Puede parecer una tontería, repito, mucho más cuando el género de palabra que no registraron los especialistas, un humilde artículo indeterminado, no tiene mayores consecuencias en el significado del poema (y ninguna en una estrofa llena de huecos). Pero el caso es que en uno de los poemas más comentados de nuestra literatura hay un pequeño detalle, relativamente evidente, que al parecer ha pasado desapercibido para todos.

Y algo más, por último: en el primer verso ilegible se ve claramente una raya que tacha lo que estaba escrito, una palabra tan tenuemente escrita que de verdad acabó por borrarse. Arriba de ella se lee algo que podría ser, en efecto, “carne”. Las únicas palabras que están libres de la tachadura son las últimas, es decir: “tu ser perfecto”. Esto es lo que se aprecia:

mi carne

de lo [palabra ilegible] tu ser perfecto

Si eso es así, habría que aceptar que el poema, al menos en su versión final, o mejor dicho en la última versión que tuvo en las manos López Velarde, estaba de verdad incompleto y que por eso nunca lo publicó. ~

________

FERNANDO FERNÁNDEZ (Ciudad de México, 1964) es autor de las colecciones de poemas El ciclismo y los clásicos, Ora la pluma y Palinodia del rojo. Tuvo la Beca Salvador Novo y fue becario del Centro Mexicano de Escritores. Fundó y dirigió las revistas Viceversa y Milenio y fue director del Programa Cultural Tierra Adentro y director general de Publicaciones del Conaculta.

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