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En busca de El Dorado (relato)
Cultura | Este País | Identidades Subterráneas | Bruno Bartra | 03.11.2014 | 0 Comentarios

Lo que más impresionó a Sebastián de aquel hombre que pasó apresuradamente junto a él y le lanzó una mirada penetrante, casi felina, fue su porte y la cantidad de joyas que colgaban de su cuello tostado por el sol. Después estaban las cicatrices y tatuajes que parecían testimonio de los años de vida errante propia de los gitanos que vivían más allá del muro de lava, y que navegaban sin ataduras por los ríos de asfalto que cruzaban la Urbe del Norte.

–Le dicen El Dorado —dijo el padre de Sebastián Revillagigedo—, se dedica a viajar, a leer y a estudiar la condición humana.

Ese día, poco antes de cumplir los seis años de edad, fue la primera vez que Sebastián lo vio, y en ese momento sintió que su misión en la vida sería perseguirlo hasta hallarlo un día y poder aprender a gozar de esa soltura al caminar y observar al mundo que mostraban al gitano como un hombre relajado, en paz y, ante todo, libre.

Pero el tiempo pasó y la imagen del ideal de vida se fue borrando por la hosca cotidianidad, con el trabajo en la oficina de Recursos Humanos donde el otrora niño idealista y ahora contador se encargaba de romper las ilusiones de toda persona que bajaba a su oficina para recibir el cheque de su liquidación tras haber sido despedido. Ante el desfile de rostros tristes que pasaban por su oficina cada semana, el sueño de libertad de la niñez de Sebastián se desvaneció rápidamente.

El gitano volvió a rasgar la mente y curiosidad del contador unos años después, cuando en la segunda cita con su futura esposa, Camila, él le reveló sus más profundas ilusiones y fantasías de la infancia. Entonces resurgió la anécdota de El Dorado y de cómo deseaba conocer algún día a ese hombre errabundo que le había dejado ver a través de un resquicio la libertad.

*

Era una tarde fresca de otoño cuando se desató la tormenta emocional que hizo caer un relámpago sobre el corazón del ya adulto Revillagigedo, que apenas se había repuesto de esa descarga. Una pequeña discusión sobre cómo doblar la ropa en el clóset había iniciado la avalancha que transformaría a la bola de nieve en una furia de insultos y acusaciones sobre los estilos de vida que tenían respectivamente Sebastián y Camila. Después del llanto, de las puertas azotadas y de las llamadas telefónicas de conciliación, finalmente disfrutaban la calma posterior a la tempestad en un pequeño café cerca del centro de la ciudad.

La mano de Sebastián ya temblaba antes de tomar el primer trago de la taza, pero se sacudió un poco más después de ver que de una puerta de madera en la esquina salía un hombre canoso, a paso apresurado, con una vestimenta colorida que le llamaba la atención. El hombre recorrió rápidamente la banqueta frente a la mesa en la que estaba la pareja en proceso de reconciliación, y por un instante su mirada se chocó con la de Sebastián. Pasaron unos segundos para que este cayera en cuenta: ¡era El Dorado! Ese semblante felino era casi inconfundible, y el cuello… ¡el cuello tostado! Solo le faltaban las alhajas colgando, pero seguía despidiendo ese aire de libertad por todos sus poros. Sebastián volteó de inmediato, pero El Dorado ya no estaba ahí; cuando corrió a la esquina, tampoco había rastro del viejo gitano en ningún sitio. Después de sentir un vacío en la panza, Sebastián miró hacia la esquina, a la puerta de la cual había salido el hombre libre: sobre ella un rótulo decía “Abarrotes don Abelardo”. Pero tenía que haber algo más que abarrotes para que El Dorado saliera intempestivamente de ahí.

*

Al lunes siguiente regresaría a la tienda de abarrotes, pues aquel día de la discusión con Camila y del café que marcó la paz entre la pareja, Sebastián había ingresado al local, donde lo había atendido un viejo reticente al que no le logró sacar información alguna sobre el gitano. Sin embargo, la insistencia y el enorme interés de Sebastián tuvieron su recompensa.

–Ven el próximo lunes al medio día —gruñó don Abelardo.

Cuando ingresó al lugar el día de la cita, el encargado del sitio lo recibió con la misma aspereza, ordenándole que pasara a una habitación contigua a través de una puerta que se hallaba detrás del mostrador. Al otro lado había una estancia iluminada de manera tenue por una lámpara colocada sobre una mesa rectangular de madera. Ahí estaban sentados cinco hombres vestidos de trajes marrones, excepto el que se hallaba en la cabecera, que llevaba una toga beige. La experiencia de dichos personajes brotaba de sus canas. Le ordenaron que se sentara en la otra cabecera del tablón e inició el interrogatorio.

–¿Así que quieres perseguir a El Dorado? —cuestionó el hombre de toga—. De ser elegido, Sebastián tendría que abandonar su vida de oficinista y la estabilidad económica que esta conllevaba, le decían. Habría que ir tras los pasos de El Dorado al menos por cinco años, hasta que el gitano finalmente accediera a sentarse un rato con Sebastián y decidiera si le compartía algo de esa llama de conocimiento y magia gitana que le ayudarían a pavimentar su propio camino de libertad. El interrogatorio se prolongó durante casi tres horas, tras las cuales Sebastián supo que, de ser seleccionado, le llegaría en el transcurso de dos meses una carta a su hogar con las instrucciones a seguir.

*

Camila estaba emocionada al ver la alegría de su marido por recibir la noticia de que podría emprender la persecución de El Dorado, pero su corazón también daba algunos brincos de nervios. En unas semanas emprenderían el viaje hacia el otro lado del muro de lava, rumbo a la Urbe del Norte. En los días siguientes, la joven pareja fue desmantelando su realidad, tal como la habían vivido hasta entonces: vendieron gran parte de sus pertenencias y dejaron atrás una buena cantidad de objetos que encerraban memorias, pero más allá de eso resultaban inútiles y estorbosos. Así, una mañana de verano salieron con dos maletas llenas de ropa, y la cabeza llena de ilusiones, temores e incertidumbre.

Llegaron a la Urbe del Norte tras cruzar el muro de lava en tren y viajar por el llano a lo largo de cuatro horas. Cuando bajaron del carro, la emoción llenó sus corazones: había enormes torres de cristal que reflejaban el cielo de una forma que nunca habían visto; en las calles, miles de personas se movían de un lado a otro. En contraste con las aglomeraciones de pequeñas casas grises de concreto que abundaban en su tierra natal, la Urbe del Norte asemejaba un paraíso; su hogar, al interior de una de las torres de cristal, resultó ser muy acogedor. Desde ahí, Sebastián emprendería todos los días su persecución del gitano, reuniéndose con distintas personas que le dotarían de pistas y conocimiento para, eventualmente, poder llegar a él.

Mientras Sebastián emprendía esa enorme cruzada hacia la libertad, Camila lo apoyaba incondicionalmente, disfrutando de las maravillas que ofrecía la nueva ciudad y gozando de una vida de hedonismo artístico y cultural. Lejos estaba aquella disputa del día en que Sebastián había vuelto a ver a El Dorado, y la pareja pasó algunos de los años más felices de su relación mientras continuaba esa ansiada búsqueda por la libertad gitana.

*

Con lo que no contaban ni Camila ni Sebastián era que no solo el tiempo transforma a las personas, sino que el espacio también juega un papel importante para ello al empujar y sacudir sus intereses. Tal vez la persona no cambia en sí su forma de ser, pero sus intereses y objetivos sí pueden sufrir una metamorfosis profunda. Y aunque esos cambios a veces acercan a las personas, en muchas otras ocasiones las alejan.

La noche en que Camila se percató de ello, Sebastián estaba lleno de emoción pues había podido conocer, después de tres años, a El Dorado, e incluso tomar su mano, aunque no hubiera intercambiado palabra con él. Pero para ella eso ya no tenía significado alguno, pues ya no le interesaba en absoluto. Hablaron y acordaron que su relación debía llegar a su fin; se agradecieron mutuamente el tiempo y espacio compartido, pero para ese momento ya eran muy conscientes de que ahora vivían en mundos diferentes y a ninguno parecía interesarle el que el otro habitaba. Soltaron un llanto sordo mientras evocaban el pasado en que se habían amado, y que jamás habría de regresar; al fondo, la canción “Paloma negra” contribuía a ahogar sus corazones en tristeza.

Y aunque te amo con locura, ya no vuelvas. Paloma negra, eres la reja de un penar, quiero ser libre, vivir mi vida con quien yo quiera. Dios, dame fuerza, que me estoy muriendo por irlo a buscar.

Al día siguiente, ella partió. Antes de cruzar el muro de lava de regreso a casa, miró hacia atrás. Sabía que estaba haciendo las cosas bien, pero no pudo pensar que, carajo, cómo duele a veces tomar las decisiones correctas.

*

Sebastián azotó el vaso de whiskey en la mesa, pero no lo alcanzó siquiera a cuartear, pues todas sus fuerzas habían sido chupadas por la depresión y la incertidumbre de lo que podría suceder en su nueva etapa de soledad. Durante días no supo exactamente por qué había ocurrido lo que había ocurrido; por momentos incluso llegó a olvidar su búsqueda de El Dorado. El aire apenas le bastaba para llenar los pulmones, en medio de la ansiedad que lo acechaba.

Pero al cabo de unas semanas, cuando la tristeza lo embargaba, entendió profundamente a Camila; ambos habían cambiado y, en su caso, el amor pasional por Camila se había esfumado. Tal vez el cacho de corazón donde había germinado su amor se había marchitado a causa de aquel relámpago que lo había golpeado durante la tormentosa pelea de años atrás. O tal vez es que la pesquisa de El Dorado había llenado ese cacho de su corazón. De cualquier forma, al escuchar unos versos cantados por Andrés Calamaro, corrieron varias lágrimas por sus ojos.

Brindo por el momento en que tú y yo nos conocimos y por los corazones que se han roto en el camino. Brindo por el recuerdo y también por el olvido.

Levantó su copa y, sabiendo que el tiempo pasado jamás regresaría, brindó por los cerca de nueve años que vivió con Camila y agradeció todo lo compartido y lo aprendido. Al día siguiente reemprendería la persecución de El Dorado. ~

______

Escritor, sociólogo y DJ, BRUNO BARTRA ejerce desde 2000 el periodismo en medios como Reforma y Replicante. Actualmente cursa un doctorado en etnomusicología. Es miembro fundador del grupo musical La Internacional Sonora Balkanera. Twitter <@brunobartra>.

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