Martes, 23 Julio 2019
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Entender lo extraño
Este País | Horst Kurnitzky | 01.12.2014 | 0 Comentarios

©iStockphoto.com/©Dmitry375

Desconocemos nuestras propias tradiciones culturales —el origen de un símbolo tan común como el árbol de navidad, por ejemplo— pero, lo que es más grave, somos incapaces de entender otras culturas. Las miramos a través de la lente de nuestra cosmovisión, trastocándolas hasta la caricatura. Este ensayo es el prólogo de Entender lo extraño, el libro más reciente de Kurnitzky, de próxima aparición.

¿Entendemos culturas extrañas o pretendemos entenderlas al hacerlas familiares a la nuestra? Cuando no las entendemos, las satanizamos, las convertimos en adversarias o bien las denominamos “bárbaras” (del griego bárbaro: extranjero, persona de una cultura extraña cuya lengua no se entiende; gente inculta que habla ininteligiblemente). ¿O a esos personajes raros los llamamos simplemente “salvajes”, procedentes de una cultura incivilizada llegada directamente de la selva a nuestra civilización, como los changos de la selva amazónica cuando se internan en una ciudad? No son miembros de nuestra civilĭtas, de nuestra casa, de nuestra familia. “Entonces ¿qué hacen aquí?”, preguntan los xenófobos miedosos de cualquier extranjero, miedosos de las culturas que no practican los usos y costumbres que los distinguen a ellos de otras culturas. No es algo sorprendente. La tribu se constituye por exclusión. Por eso en muchas lenguas tribales el propio nombre de la tribu significa algo como “seres humanos”, pues los de cualquier otra tribu no lo son: son enemigos, inferiores, o simplemente una naturaleza que hay que combatir y controlar. Por eso los imperios cuidaron la universalización de sus respectivas lenguas en los territorios que dominaban: latín en la Roma imperial, al igual que en el imperio de su autonombrada sucesora, la Iglesia católica; español en el imperio donde por primera vez en la historia occidental nunca se puso el sol; francés en el imperio de la Grande Nation; inglés en el imperio de la Gran Bretaña y más adelante en el imperio de los Estados Unidos de Norteamérica, el cual, hasta hoy, con la globalización de las relaciones capitalistas, es la lengua franca en todo el mundo —aunque en realidad existan varias lenguas inglesas con vocabularios y pronunciaciones diferentes, y a menudo se practiquen formas que un angloparlante no siempre puede entender. Al respecto, cabe recordar que todas las lenguas del mundo procedieron originalmente de la empleada en los cultos religiosos, cuyo centro constitutivo fue el culto al sacrificio cohesionador de la tribu, mediante el cual se comunicaron todos los asuntos y problemas. Por ello, la filología occidental hunde sus raíces en la teología, en la lectura correcta y verdadera de los textos sagrados, pues su comprensión real responde, en el fondo, a una inspiración divina.

Los imperios también cuidaron la difusión de su propia cultura, de sus símbolos, representaciones, usos y costumbres. Es el caso del five o’clock tea, establecido en todos los continentes por el imperio de la corona británica, o de la Coca Cola and the american way of life, adoptados en la esfera de influencia del imperio norteamericano y difundidos actualmente inclusive ahí donde este poder político y militar no ha alcanzado a llegar, como es el caso de la China popular. Pero de mayor longevidad —los últimos 2,000 años— es la designación dada por la Iglesia cristiana a los no cristianos, esto es, paganos, del latín tardío pagānus: literalmente, gente campesina, ignorante, no militante del mismo ejército de salvación, entonces no integrada como soldados de Cristo. Para librarse de la extraña condición de paganos, los cristianos les ofrecieron una solución inequívoca: la conversión, es decir, la adaptación radical de su cultura a la cultura cristiana o su desaparición. Así, se nota la tendencia hegemónica que procura desaparecer toda cultura ajena, y cuando los otros no se dejan persuadir o no se someten dócilmente, son objeto de la violencia imperial. ¡Un dios, una lengua, una cultura!

El mito cristiano de la torre de Babel expresa muy bien el pensamiento hegemónico de las religiones monoteístas y el papel de la lengua. El Génesis de la Biblia afirma que en el comienzo el mundo habló un solo idioma, pero cuando la humanidad emigró desde oriente y empezó a conocer el fuego y a fabricar ladrillos, se convirtió en personas capaces de organizar sus propias vidas y construir una ciudad con una torre para llegar hasta el cielo: la famosa torre de Babel.1 Por este acto de arrogancia, Yahveh bajó a la Tierra y confundió la lengua de las personas con la finalidad de que no se entendieran entre sí2 y de que su comunidad se destruyera. Pero —según el dogma de fe— donde hay condenación, la salvación no está lejos. En los Hechos de los Apóstoles, en la historia de Pentecostés del Nuevo Testamento,3 se narra cómo el Espíritu Santo consiguió, a través de Jesucristo y su relación con Dios, una nueva lengua y una nueva forma de entendimiento por encima de todas las fronteras de las lenguas: la lengua universal del imperio cristiano. Los cristianos no tenían un país o el instrumento común que normalmente distingue a un grupo, una etnia o un pueblo de otros. Por eso se trató de un nuevo pueblo que se definió por su fe en un mismo mito preservado en un libro sagrado.4 Eso fue lo nuevo.

Pero ¿entendemos nuestra propia cultura, sus funciones, su historia y el significado de sus expresiones lingüísticas? ¿Cómo se pueden entender culturas extrañas cuando la gente no entiende la propia, esto es, si sigue ritos y tradiciones cuya procedencia y sentido desconoce? Por ejemplo, el árbol de navidad. Actualmente, este es el símbolo de una fiesta de consumo en todo el mundo, pero en términos históricos es un vestigio del teatro religioso que se puso al servicio de la evangelización cristiana de los pueblos teutones y eslavos, llamados bárbaros, y se representó en las iglesias en la Europa medieval. Por las dificultades de comunicación con los pueblos paganos, cuyas lenguas y culturas en realidad no entendieron o, mejor dicho, entendieron solo a través de los lentes de su mundo cristiano medieval, los clérigos usaron la imagen y el teatro para transmitir su buena nueva a los neófitos. Para enseñar a los paganos el significado del pecado original y la subsiguiente salvación ofrecida por el fundador de su religión —la salvación no tendría sentido sin el pecado previo—, en la noche del 24 de diciembre los eclesiásticos escenificaban en las iglesias la pieza teatral del árbol del bien y del mal, el mito cristiano según el cual los primeros humanos, Adán y Eva, fueron expulsados del Paraíso terrenal por cometer el pecado de comerse la manzana prohibida de la sabiduría. Al día siguiente, el 25 de diciembre, se celebraba el auto de la navidad, la dramatización del nacimiento de su Salvador. Con sus mismas experiencias medievales, los evangelizadores orientaron el teatro a la conversión de los indígenas americanos en los siglos XVI y XVII. Lo que no queda claro es por qué el árbol de navidad es un abeto y no un manzano o mejor un granado, el árbol de la fruta mítica de la reproducción humana.5 La Iglesia ofrece como explicación el mito de san Bonifacio, evangelizador de los pueblos teutones que, al regresar de una visita al papa Gregorio II en Roma, descubrió que los conversos habían retornado a su idolatría pagana adorando de nuevo el roble sagrado de Odín. Encendido por la ira santa, Bonifacio cortó el roble con un hacha y lo sustituyó por un abeto o pino como árbol del bien y del mal. Haya ocurrido de una u otra forma, el hecho es que los evangelizadores sustituyeron un culto por otro, como siempre hicieron los seguidores de las doctrinas religiosas. Por eso erigieron sus templos encima de los lugares sagrados de los pueblos paganos y sustituyeron el culto al roble de los teutones por el culto al árbol de navidad. El que haya sido un abeto o un pino puede ser casual o puede explicarse, ya que en estas regiones de Europa son los únicos árboles que se mantienen siempre verdes, y el árbol del paraíso responde a la vida eterna. Como otras veces, la Iglesia cristiana interpretó ex post y confirió sus símbolos y significados a los objetos que adoptó de otras culturas. Así pretendió, por ejemplo, que la silueta triangular del árbol de Navidad simbolizara la trinidad del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Una interpretación que responde a la necesidad evangelizadora de sustituir los dioses paganos por las figuras sagradas cristianas.6

Interesante resulta también la historia y transformación posterior de este símbolo de la evangelización cristiana en el símbolo de la gran fiesta del consumo mundial. Al parecer, con el cisma cristiano entre protestantes y católicos en los siglos XVI y XVII, la tradición del árbol de navidad se mantuvo mayoritariamente entre los protestantes, mientras que la representación del nacimiento de Cristo quedó entre los católicos. Del mismo modo, los protestantes se referían más al Antiguo Testamento; los católicos, al Nuevo. En su libro Das Narren Schyff (El barco de los locos, 1494), Sebastian Brant mencionó la costumbre de colocar ramos de abeto en la casa en tiempos navideños. En los siglos XVI y XVII se registran varias noticias acerca del culto público al árbol de navidad en el centro de Europa. Está probado que en el comienzo del siglo XVII, en Estrasburgo, se adornó un árbol de navidad con velas que Goethe vio más tarde, en 1770, en la misma ciudad, como afirma en su libro Die Leiden des jungen Werther (Los sufrimientos del joven Werther, 1774). Los árboles navideños aparecieron primero en casas de protestantes como contrasímbolos confesionales de los nacimientos usados por los católicos, hasta que estos también los incorporaron en el siglo XIX como símbolo mágico —en el fondo pagano. En los siglos XVIII y XIX la costumbre se extendió desde Alemania a toda Europa y de ahí hacia América del Norte, adonde arribó con los emigrantes alemanes. Decimos que el árbol de navidad es hoy el símbolo de una gran fiesta de consumo del mercado mundial porque, independientemente de la religión que se practique y de la historia cultural de quienes participan en ella, es visible hasta Abu Dabi donde, en 2010, en el hotel Emirates Palace se instaló un árbol navideño decorado con diamantes y joyas con un valor de once millones de dólares.7 Claro que los musulmanes, al igual que los chinos o los japoneses, ignoran dónde se produjo este símbolo del consumo ni qué significó originalmente. Pero la mayoría de los cristianos tampoco tienen idea. Se ha convertido en el símbolo de una fiesta de consumo y, en sus formas artificiales, se ha sobrecargado e iluminado con luces brillantes y con la propaganda o jerga comercial de la calle; a veces, difícilmente se identifica con un árbol. De este modo, el símbolo ha trastocado el significado del pecado original y la promesa de salvación en el paraíso, concedida a cambio de la represión de los deseos inmediatos, para convertirse en el símbolo del paraíso ya alcanzado de la realización de todos los deseos. Así metamorfoseado, ya nadie puede adivinar que ese árbol de navidad, erigido en una plaza comercial o en un hotel de Abu Dabi, originalmente fue el árbol usado en la dramatización de la esperanza del paraíso en una iglesia romana a lado del Rin hace más de mil años.

Entonces, la comprensión de una cultura extraña impone la investigación y el estudio de su lógica completa, en todos sus momentos y dimensiones: lógica entendida como su estructura y organización; los vínculos sociales, relaciones entre los sexos, formas de parentesco, formas de reproducción material en la vida cotidiana; sus usos, costumbres, cultos de sacrificio y, junto con todo ello, estrechamente unidas, la lengua, la mitología, la cosmogonía y la religión. Pero lo más importante para comprender una cultura extraña, aparte de echar mano de las ciencias y los instrumentos a nuestro alcance, es liberarnos de nuestros prejuicios, emociones, sentimentalismos e intereses religiosos y nacionalistas; averiguar y poner en tela de juicio nuestra propia cultura y adoptar una posición crítica frente a las fuentes, inclusive las producidas por nuestros cronistas e historiadores, y movilizar nuestra fantasía científica para imaginar lo más posible cómo esas culturas extrañas se concibieron a sí mismas. Conocida es la alegoría de Platón sobre prisioneros que viven encadenados de tal manera en una caverna que no pueden mover la cabeza para ver detrás de sí una flama que proyecta sombras de objetos a una pared frente de ellos —como una linterna mágica.8 Solo ven las sombras en la pared y no la realidad, los objetos mismos. O, como dice Hans Blumenberg: al estar solo dentro de una caverna no se puede saber qué es una caverna.9 Hay que salir de la caverna y regresar con nuevas experiencias y conocimientos para comprender la realidad de nuestro mundo cerrado. Eso se llama ilustración.

Por cierto, comprendemos mejor lenguas y culturas por las distintas relaciones que guardan con la nuestra que culturas absolutamente extrañas, sin ninguna relación material, social o histórica con la de nosotros. También las comprendemos por medio del comercio, o incluso por invasiones. Cuando una cultura no intenta exterminar a la otra totalmente, se abren posibilidades de entendimiento simplemente por la necesidad de intercambiar bienes e ideas y convivir, como acaeció a veces en la antigüedad en Asia, al igual que en el Lejano, Medio o Cercano Oriente; también en Europa y África. Tanto las relaciones comerciales como las bélicas construyeron puentes de entendimiento entre estos tres continentes. Estos puentes pueden ser relaciones de cultos religiosos que comparten diferentes culturas o que adopta una de la otra, como los griegos con Persia y las grandes culturas del Cercano Oriente; o cuando Alejandro Magno llevó parte de su cultura hasta Babilonia, Afganistán y la India en sus guerras de expansión; o como los romanos, cuando adoptaron algunas creencias y cultos de los griegos, incluso sus dioses y cosmovisiones, o el culto de Mitras del Cercano Oriente. Ni hablar de la adopción de grandes partes de la cultura del imperio romano por parte del cristianismo, inclusive el término pontifex.

Cuando hay relaciones culturales o comerciales, también las lenguas pueden servir como puentes de entendimiento de sociedades extrañas, porque las lenguas, como productos de los cultos religiosos de los pueblos, siempre se remiten a los cultos de reproducción, al igual que las relaciones sociales e individuales de los grupos que las emplean. Existen estrechas relaciones entre lenguas y estructuras sociales en todas las culturas. En sociedades donde la edad juega un papel más importante que el sexo, sus integrantes a veces se distinguen por ese factor y no por el género. Sociedades que desconocen la propiedad personal o privada tampoco disponen normalmente de pronombres posesivos. Y sociedades con una organización y una experiencia cíclica del tiempo, que distinguen probablemente entre las estaciones de la naturaleza pero desconocen un final en la vida, sea terrenal o en otro mundo, no tienen en sus lenguas formas de expresión del pasado y del futuro, sino que explican todo en tiempo presente; tal era el caso de lenguas muy antiguas de Asia, como el hebreo antiguo; en Europa, antes de la conquista romana, y de algunas lenguas americanas antes de la llegada de los europeos. En comunidades de este tipo, incluso el concepto de individuo, como el yo en la lengua, es muchas veces desconocido. También las relaciones entre los géneros de cada sociedad se reflejan en la lengua. Por estas relaciones se pueden comprender las relaciones sociales e individuales, las de parentesco y todo lo que determina los usos y las costumbres de la vida cotidiana de una sociedad para la construcción de su lengua. Todos los elementos de la lógica de las formas de culto y reproducción y sus relaciones se reflejan en la lengua de una sociedad.

Pero cuando no se cumple ninguno de estos requisitos para la comprensión de otras culturas, ni hay lazos históricos, culturales o comerciales; cuando la cultura extraña fue hasta el primer encuentro absolutamente desconocida, el entendimiento se complica radicalmente. Así ocurrió en la Edad Moderna con el pretendido descubrimiento de América por los europeos. Con este continente no existían vínculos previos como los que había con las culturas asiáticas, africanas y europeas. Los primeros colonos paleolíticos o tal vez neolíticos llegados de Asia por tierra y mar al continente americano trasladaron sus cultos y técnicas, pero debido a su aislamiento por miles de años, a la ausencia de relaciones con sus culturas de origen y las entonces más avanzadas culturas asiáticas, se desarrollaron exclusivamente por su propia cuenta hasta alcanzar un alto nivel, como se puede admirar desde el Misisipi (Cahokia) en el norte, pasando por las aztecas y mayas en el centro, hasta los incas en los Andes de Sudamérica.10 El desconocimiento absoluto fue probado por los navegantes europeos llegados en los siglos XV y XVI a América. Cristóbal Colón creyó hasta su muerte, en 1506, que había estado en Japón o en la India. El genovés Giovanni Caboto, alias John Cabot, quien llegó en 1497 a Terranova, creyó que había estado en China. Igualmente, los vikingos pisaron Terranova antes, en 1006, a través de Groenlandia, y no se dieron cuenta de que se trataba de un nuevo continente. Incluso Amerigo Vespucci, a quien debemos el conocimiento del Nuevo Mundo, hasta entonces absolutamente desconocido por el resto del orbe, creyó que estaba en Asia cuando tocó tierra por primera vez en el norte de América del Sur. Hasta que Vespucci viajó por segunda vez en 1501-1502, por orden de la corona portuguesa, buscando como todos sus colegas italianos un nuevo camino a Asia,11 nadie se había dado cuenta —en el largo viaje náutico por la costa de América del Sur desde Venezuela (nombre dado por los pilotos, y que significa “pequeña Venecia”), pasando por Río de Janeiro (nombre que se debe al descubrimiento de este río el primero de enero de 1502) hasta la Patagonia— de que esas tierras de ninguna manera podían ser Asia sino otra parte que merecía ser llamada “Nuevo Mundo”.12 Así lo escribió Vespucci en una carta a Lorenzo de Médici en el año 1502. Esta carta en italiano se perdió pero fue traducida al latín y después a varias lenguas europeas, y distribuida en folletos por todo el viejo continente, lo cual hizo famosa la noticia.13 Por su ingenuidad y desconocimiento de la lógica de los pueblos que encontró en el Nuevo Mundo, Vespucci escribió a su confidente De Médici que los aborígenes encontrados no tenían leyes, ni fe, ni tampoco un concepto de alma inmortal, y vivían de acuerdo con la naturaleza.14 Señaló que desconocían la propiedad privada porque todo lo poseían en común. Tampoco tenían reyes ni imperios y no obedecían a nadie, aparte de sus consejos de ancianos. Por eso Vespucci no se pudo explicar por qué guerreaban entre ellos, toda vez que la guerra, según Vespucci, en el Viejo Mundo era un resultado de la propiedad privada, la herencia, la expansión y la ambición de poder. Independientemente de que el original de la carta se haya perdido y de la inseguridad que pueden generar las traducciones, se nota que Vespucci no entendió la lógica de la vida y, en consecuencia, de las lenguas de los pueblos del desconocido Nuevo Mundo, al igual que el resto de los europeos llegados en esta época a América. Ellos vieron e interpretaron el Nuevo Mundo con sus experiencias y mentes del Viejo Mundo.

Alguien que no entiende las relaciones internas de las culturas extrañas no tiene acceso a su comprensión. Esto se refiere igualmente a las relaciones sexuales, de género y de parentesco. Siempre que hablamos de una asociación humana en su forma más elemental, es necesario pensar que sus miembros no estuvieron organizados en familias —padre, madre, hijos—, como se conocen desde hace más que 2,500 años, sino como los mitos, los documentos y los testimonios lo insinúan: la mayoría de los seres humanos se organizó primeramente en grupos de linaje matrilineal, una cultura de filiación uterina en la cual todos los vínculos hereditarios descienden de la madre —la parentela de la madre junta—, unida mediante distintos rituales y cultos. Quizá con unas pocas excepciones, las comunidades prehistóricas, sobre todo las agrarias, estaban organizadas mediante relaciones matrilineales, lo cual no quiere decir que las mujeres fueran las autoridades: quiere decir que todos los varones descendientes por línea materna vivían la mayoría de las veces en una casa común. Este tipo de convivencia fue conocida en Europa, África, Asia y América porque la madre es la primera y única persona con la cual el ser humano tiene contacto antes y después de su nacimiento: mater semper certa est, decían los romanos. El padre no jugó un papel importante en la reproducción física, cuyo proceso biológico fue en partes desconocido, y vivió en la casa de su madre. Las madres tienen una relación muy estrecha con sus hijas e hijos porque ellas son su sostén. Así, la reproducción física de la especie humana se convirtió en modelo de toda la reproducción y fue proyectada a la naturaleza como base de la reproducción de los alimentos. De esta forma también nació el concepto de la madre tierra o madre nutricia y las diosas madre asociadas a la agricultura (al trigo, la cebada, el maíz, etcétera).15

Parece ser que la mayor ruptura en la organización social fue, aparte del paso del nomadismo al sedentarismo agrario, la transformación de las sociedades con sistema de parentesco matrilineal en sociedades con sistema de parentesco patrilineal. En varias culturas de descendencia matrilineal, el calendario lunar se encuentra vinculado con este sistema de parentesco. Por eso, a la madre como productora de la vida humana la identificaron con la tierra, y los mitos de muchos pueblos giran alrededor de esto. Sobre todo las culturas agrarias trabajan con estas imágenes. El calendario lunar se usó en la antigua Babilonia y en el antiguo Egipto. Los judíos y musulmanes también lo conocieron. En la antigua Roma lo emplearon hasta 450 a. C.; los chinos y coreanos lo siguen usando en algunas relaciones; los mismo algunas antiguas culturas teocráticas americanas, como la inca, la azteca y la maya. La astrología es inimaginable sin este instrumento. La ciencia descubrió las relaciones matrilineales hasta el siglo XIX, y es claro que los exploradores y conquistadores europeos de los siglos XVI y XVII no tuvieron idea de este tipo de relaciones de parentesco porque sus valores cristianos borraron de su memoria las formas previas de organización social. No las comprendieron porque todos ellos llegaron de sociedades patriarcales con otras formas de reproducción y convivencia. Por eso los testimonios sobre el mundo pagano en Asia y África, al igual que los retratos de los pueblos americanos que aparecen en las relaciones de los frailes y conquistadores españoles y portugueses, deben ponerse en duda. Estos frailes no fueron antropólogos o etnólogos, sino misioneros evangelizadores, y frente al Nuevo Mundo fueron ignorantes. Su obsesión y fin único fue la conversión de los bárbaros idolátricos a la fe cristiana para servir a Dios, a la Iglesia y al Imperio español.16 Sus elaboraciones confunden más de lo que pueden contribuir a la ilustración del asunto. Un ejemplo del desconocimiento de las reglas de convivencia de una sociedad matrilineal lo proporciona el teólogo y jurista Juan López de Palacios Rubios, en los primeros años del siglo XVI, con base en los primeros informes recibidos en España sobre los pobladores de América. Él dice que en los indios no existía el matrimonio, y que a causa del adulterio y “[…] del trato femenino con muchos hombres no era posible tener certeza de la paternidad de los hijos; por lo cual la sucesión se hacía por las mujeres, sobre todo tratándose de las de aquellos que tenían sobre los demás poder y jurisdicción”.17

Pero hay una dificultad más para entender culturas extrañas. Se encuentra en la cosmogonía, en lo significativo de los astros y en la función de la naturaleza exterior para los cultos reproductivos de los pueblos. Aunque todas las sociedades observan el camino del sol y de la luna, y se dan cuenta de las constelaciones, los solsticios, los equinoccios, etcétera, estos hechos representan cosas distintas en sus cosmogonías y calendarios ya que todos ellos nacieron de los rituales. Esto es, así como los calendarios reflejan una cosmogonía, los rituales reflejan la reproducción en la vida cotidiana. En el mundo occidental se conocen las diferencias entre los calendarios romanos y gregorianos, hechos por razones y relaciones de sus respectivas sociedades. El calendario de la Revolución francesa, con su forma decimal —un mes con 30 días en 3 semanas de 10 días—, chocó contra los usos y las costumbres de una población conservadora y fracasó. Lo mismo pasó con el calendario de la Revolución rusa y otros experimentos para organizar la vida cotidiana después de una revolución radical. Más problemas causaron las confrontaciones entre los calendarios lunares y solares en aquellas culturas que no podían sustituir a sus antecesores completamente. Vemos muchos restos de un sistema en el otro, inclusive en el caso de los aztecas donde, hasta la llegada de los españoles, existían los calendarios del sol y la luna simultáneamente, bajo los conceptos de tiempo cíclico y mundo circular que los forzó a volver al comienzo cada 52 años.

Claro que un pueblo que tiene un sistema de números decimales hasta el infinito posee una visión del mundo distinta de la de un pueblo que cuenta hasta tres y para el que todos los demás números se esconden en la noción muchos. Hay sistemas de numeración que van mucho más al centro de la autoconciencia y las relaciones de una sociedad o comunidad; sistemas diferentes que se vinculan con las relaciones de reproducción, las relaciones entre los sexos y las relaciones de la sociedad con la naturaleza. En la incomprensión de estas diferencias culturales se encuentran a veces las profundas fallas en el entendimiento de otras culturas, así como los graves errores de traducción de una lengua a otra. La incapacidad de ponerse en el lugar de otra cultura —como lo sugirió Wilhelm von Humboldt18—, de estudiar e imaginarse su lógica y la manera en que se mira a sí misma, provoca equivocaciones lo mismo en lingüistas que en antropólogos, etnólogos e historiadores.º

En el contexto de la incomprensión de la lógica de otras culturas está el caso del símbolo del cero maya. No es solo un signo universal, como lo es actualmente el cero usado en el cálculo mundial (la nada), sino que representa a la madre como principio y fin, y a la tierra y la luna como símbolos asociados a la madre; representa el origen del mundo y su desaparición, el comienzo y el fin como centro y madre de todas las cosas.19 Esta relación concreta tiene muchas consecuencias: empezar a contar con el cero, elaborar un calendario lunar y centrar todas las relaciones, los cultos y los rituales en la cíclica reproducción materna de la tribu y la proyección de la fertilidad femenina en la reproducción agraria y sus respectivos cultos de sacrificio. Existe un conjunto de elementos que hace suponer que la cultura maya fue matrilineal. Este cero no representa solamente un número concreto, sino todo el mundo de una comunidad matrilineal. Comprender los jeroglíficos y símbolos mayas es hacer inteligibles las relaciones sociales, la lógica y la cosmogonía de esta cultura con los mismos ojos de sus miembros y no con la lógica de una cultura ajena. En este sentido, la idea de la lógica de una cultura se refiere al conjunto de sus relaciones.

En sepulturas prehistóricas de todo el mundo se han hallado ajuares funerarios con conchas y caracoles que disipan cualquier duda con respecto a una organización matrilineal en las colectividades humanas. En sí mismos, estos hallazgos no son ninguna prueba de las relaciones sociales. Pero si se observa con detenimiento cómo se trata de cuidadosos entierros de muertos con señales de ceremonias sacrificiales, y si a ello se añade el papel universal de las conchas y los caracoles en el culto y cómo estos moluscos funcionaron como simbolizaciones de los órganos sexuales femeninos, se debe reconocer que desde tiempos prehistóricos los seres humanos establecieron con la naturaleza una relación basada en el sacrificio, el cual estructuró las relaciones sociales. Si añadimos además el material etnológico y arqueológico, el hecho se confirma. En todas las llamadas sociedades primitivas que conocemos, las conchas y los caracoles, en cualquiera de sus formas, constituyen parte importante de la cultura que expresa en forma ritual la relación reinante con la naturaleza. La importancia del sacrificio femenino —debida no solo al logro de la cohesión social sino también al establecimiento de reglas de la sexualidad y el parentesco— se pone de manifiesto en las conchas y los caracoles marinos que ornamentan las pirámides y los templos en México20 y que han sido encontrados como las llamadas “ofrendas” en tumbas de las culturas prehispánicas americanas. A las conchas y los caracoles marinos, símbolos de los genitales femeninos, las culturas prehispánicas les atribuyeron la fertilidad y la reproducción humanas y los consideraron un instrumento mágico útil para defenderse de las amenazas y los peligros de la naturaleza salvaje. Quizá por ello forman parte del basamento de pirámides como las de Teotihuacán o el Templo Mayor de Tenochtitlan. En otras palabras, no representan simples ofrendas a la fertilidad, sino toda la cultura social y espiritual de una colectividad cuyos fundamentos de reproducción económica y social son los órganos sexuales femeninos. A esto cabe añadir cómo la concha y el caracol fueron elevados al rango de símbolos económicos de intercambio, es decir, de promesas de reproducción y riqueza. Por eso algunas conchas y caracoles han funcionado como moneda en muchas sociedades antiguas y primitivas hasta siglos recientes.21

Aparte de estas difícilmente superables diferencias entre culturas, hay también elementos que todas ellas comparten. Todos los seres humanos nacen y mueren; entre los seres vivientes, son los únicos que se dan cuenta de este hecho y buscan asimilarlo. Estas experiencias se reflejan en mitos y rituales comparables donde a veces las cuevas representan el útero como el lugar del origen, o donde hay representantes de útero, como la tierra o las tumbas en las cuales sepultaron los pueblos a sus muertos. A la angustia mortal que a cualquier ser humano le causa el nacimiento cuando abandona el vientre de su madre y tiene que respirar y vivir por primera vez por su propia cuenta, todos los pueblos responden con sacrificios. Así nace el culto al sacrificio (que quiere decir ‘sacralizar’ o ‘hacer sacro’), que todos los pueblos conocidos comparten. Como la primitiva medicina que busca combatir la fiebre con calor, los seres humanos buscaron superar el miedo a la muerte con sacrificios mortales. Primero sacrificaron a los suyos, lo mejor de los suyos, y después los sustituyeron por animales y otros productos de su alimentación. Ahí encuentra sus fundamentos la riqueza cultural que se desarrolló a lo largo del tiempo. Hasta ahora no se conoce ninguna forma de asociación humana que haya podido renunciar a toda forma de culto de sacrificio, por más rudimentario que este fuera. De ahí se desprenden todas las formas de comunicación, la organización social y la reproducción material. Sabemos que el nacimiento es el hecho clave para el entendimiento de todas las culturas, la experiencia inicial y la fuente de creación de miles de diferentes mitos de origen. Desde ahí desarrollan los pueblos sus símbolos, proyecciones y mitologías fundamentales. El hecho de que en muchas culturas el cordón umbilical se haya traducido en serpientes, dragones y otras criaturas míticas ambivalentes tiene su origen, en primera instancia, en una proyección del mismo cordón umbilical, lo cual da una idea de la importancia del nacimiento en casi todas las culturas. La ambivalencia del cordón umbilical como sustento de la vida en el vientre materno por un lado y, una vez cortado, como culpable de la pérdida de un paraíso, por el otro, es la causa de toda la ambivalencia de sus míticas criaturas sucesoras. Con este hecho tendría que empezar cualquier búsqueda de entender lo extraño. 

1 Génesis 11:1-9, en la Biblia, Nueva Versión Internacional.

2 En hebreo, Babel significa algo así como parlotear, ‘bable’, tal vez la jerga de comunidades que no se entendieron entre sí.

3 Hechos de los Apóstoles, 2, 6. En las narraciones sobre Pentecostés (2:1-41), al Espíritu Santo se le adjudican características milagrosas: posibilita la comprensión y fortifica una comunidad universal.

4 Véase el capítulo dos de Guy G. Stroumsa, La fin du sacrifice: Les mutations religieuses de l’Antiquité tardive, Odile Jacob, París, 2005.

5 Parece que sí se refiere a un granado y la granada, fruta mítica de la reproducción, y no a una simple manzana.

6 En el Evangelio según San Juan, 7, 8, se habla solo de espíritu, agua y sangre, símbolos de una religión abstracta. Fue en el Concilio de Constantinopla (381 d. C.) cuando la trinidad fue finalmente dogmatizada, desde entonces como sacrosanta, a causa del proceso de cristianización.

7 Véase “The $11 Million Arab Christmas Tree”, en The Week, 17 de diciembre de 2010 <http://theweek.com/article/index/210489/the-11-million-arab-christmas-tree-by-the-numbers>.

8 Véase Platón, La República, CEPC, Madrid 1997.

9 Véase Hans Blumenberg, Höhlenausgänge, Suhrkamp, Frankfurt am Main, 1989: “Dass man in einer Höhle nicht darstellen kann, was eine Höhle ist”.

10 Recientemente (antes lo hizo el etnólogo y lingüista francés Paul Ribet), el historiador Thomas Davies argumentó que existió contacto de los pueblos polinesios con América antes de la llegada de los conquistadores europeos. Thomas Davies, “Forgotten Voyagers? An Analysis of the Evidence for Pre-Columbian Trans-Pacific Contact between Polynesian Peoples and Native Americans”, en The Historian, University of Exeter History Society, vol. 3, núm. 2, diciembre de 2013. Además, el investigador Dietrich Evers ha sospechado, por la existencia de pinturas rupestres, que las corrientes marinas del Atlántico permitieron a navegantes europeos y fenicios navegar a América mucho antes que los españoles. Véase Dietrich Evers, Die wahre Entdeckung Amerikas, Beier & Beran, Weißbach, 2000.

Sobre la posibilidad de la existencia de una masa de tierra entre los continentes de Asia (India) y Europa-África, el matemático Abu Raihan al-Biruni (973-1048) fue el primero en especular, cuando calculó la circunferencia de la Tierra. Según sus cálculos, las masas de tierra entonces conocidas cubrieron solo dos quintos de su superficie. Por razones físicas, un mar tan grande entre Asia y Europa-África no podía existir. Véase Richard Stone, “Was America Discovered in Medieval Central Asia?”, Science, vol. 344, núm. 6190, junio de 2014, pp. 1331-1332.

11 No es de extrañar que los navegantes que buscaron un nuevo camino a Asia —el camino tradicional del comercio europeo con Asia fue bloqueado por los turco-otomanos— fueran italianos (Colón, Cabote, Vespucci, Verrazano, etcétera), ya que en esta época la mayor parte del comercio europeo con Asia lo organizaron las republicas de Venecia y Génova.

12 Hay especulaciones de que el almirante Zheng He, un musulmán chino, enviado a explorar las costas alrededor de la China por el emperador Zhu Di a principios del siglo XV, tocó, en su largo viaje por el Océano Pacífico, la costa de América, pero no hay pruebas duras de su llegada a este continente.

13 La idea de que todo el continente posteriormente se llamara América fue también fortalecida por la especulación de que Vespucci había llegado desde su primer viaje, antes de 1500, al continente, y por tanto antes de Colón, quien puso su pie por primera vez en el Nuevo Mundo después.

14 Una ignorancia que permanece hasta nuestros días, cuando los protectores de los pueblos indígenas afirman que los indios viven de acuerdo con la naturaleza en lugar de reconocer que todas las formas de reproducción, incluso sus cosmovisiones y rituales, denotan un conflicto permanente con la naturaleza.

15 Véase Horst Kurnitzky, La estructura libidinal del dinero: Una contribución a la teoría de la femineidad, Siglo XXI, México, 1978  / 1992; eBook, Amazon (Kindle), 2012.

16 Véase Marialba Pastor, “Los pecados de la carne en el Nuevo Mundo”, en Historia y Grafía, Universidad Iberoamericana, núm. 42, 2013.

17 Juan López de Palacios Rubios y Matías de Paz, De las islas del mar Océano / Del dominio de los Reyes de España sobre las Indias, México-Buenos Aires, FCE, 1954, p. 10.

18 Véanse Wilhelm von Humboldt, Sämtlich Werke, ocho tomos, sobre todo el tomo IV, Schriften zur Sprachphilosophie I; el tomo V, Schriften zur Sprachphilosophie II. R M Buch u. Medien / Mundus, Gütersloh, Essen, 1999; las selecciones Escritos sobre el lenguaje, Península, Barcelona, 1991; Schriften zur Sprache, Frankfurt am Main, Editorial 2001, 2008.

19 Véase Laurencich-Minelli, “El curioso concepto de ‘cero concreto’ mesoamericano y andino y la lógica de los dioses. Números incas: una nota”, Espéculo: Revista de estudios literarios, núm. 27, 2004, Universidad Complutense de Madrid <http://www.ucm.es/info/especulo/numero27/cero.html>.

20 Varios enterramientos con conchas y caracoles se muestran en el Museo del Templo Mayor de la Ciudad de México.

21 Véase Kurnitzky, óp. cit., pp. 130-176.

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HORST KURNITZKY es doctor en Ciencias de las Religiones por la Universidad Libre de Berlín. Ha trabajado como arquitecto y ha enseñado en universidades de Alemania, Europa y el continente americano, entre ellas la UNAM y la UAM. Es autor de numerosos libros, ensayos y artículos sobre arte, cultura, política y sociedad, entre otros temas.

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