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Cultura | Este País | Fernando Serrano Migallón | 01.01.2014 | 0 Comentarios

Perla Krauze12

Si hubo un hombre adecuado para ocupar un sitial en la Academia de la Lengua fue José Moreno de Alba. Lo ocupó en México, porque fue su país natal y su patria vocacional. Pero en realidad lo habría ocupado en cierta manera en cualquier lengua y geografía, pues su gran interés por el idioma se sustentaba en el gusto de hablarlo, de comprenderlo, de verlo en perpetuo cambio y garantizando en ese cambio su continuidad y su preservación: sabía que una lengua que se detiene, que ya no varía ni se modifica con el uso, está condenada a desaparecer.

Por eso su pluma encarnó al historiador del español en América, a ese instrumento de comunicación y cultura que nos dio occidente cuando Europa descubrió América —o se la “encontró”, como se dijo en 1994. En sus investigaciones supo narrar con el rigor del filólogo y con la emoción del novelista el devenir de un idioma que dejó de ser de Castilla o de España para ser hoy el que utilizan más de cuatrocientos millones de personas, de las cuales casi el 80% viven en el nuevo continente, en esa América que es nuestra patria grande.

Moreno de Alba nació en 1940 en Encarnación de Díaz, ciudad que, aunque pertenece al estado de Jalisco, está más cerca de Aguascalientes que de Guadalajara, y fue en aquella ciudad donde realizaría sus estudios básicos. Si bien el carácter de la región del Bajío es distinto del que encontramos hacia el este de Guadalajara conformado por ciudades como Zapotlán el grande —donde nació Juan José Arreola— o Autlán —donde nació Antonio Alatorre—; Moreno de Alba viene a ser un benjamín de la espléndida generación surgida en la zona, en la que se cuentan insignes historiadores, como Luis González y González —aparte de los ya mencionados—, Emmanuel Carballo, crítico, y el escritor sin par: Juan Rulfo.

La impronta de esa cultura local está presente desde su nombre, en la doble vertiente mexicana y castiza del José, que parece marcarlo ya desde el bautismo con una afición por el idioma español y por su desarrollo en este continente. La vocación filológica y su formación como lingüista se basó primero en un interés por la capacidad creativa de la lengua.

En 1968 obtuvo la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas, en la que sería su casa permanente como profesor y funcionario: la Universidad Nacional Autónoma de México.

El placer de leer nunca lo abandonó, y aunque sus estudios de posgrado en años subsecuentes en fonología y fonética, en semántica y dialectología, y en especializaciones tan precisas como la tagmémica —disciplina de la que tuve noticia gracias a él y que busca describir regularidades lingüísticas en el contexto sociocultural—, le dieron el perfil de un “científico de la lengua”, nunca tuvo una relación fría con el idioma español.

En la UNAM dio clases en la Facultad de Filosofía y Letras y alcanzó el grado de investigador emérito del Instituto de Investigaciones Filológicas. En nuestro país dio también cursos en la Universidad Iberoamericana y en El Colegio de México —donde había cursado entonación hispánica y dialectología general—, y en las más importantes universidades de Gran Bretaña, Francia, Canadá, Estados Unidos y los Países Bajos.

En 1978 ingresó en la Academia Mexicana de la Lengua, cuya dirección asumió en 2003, cargo en el que permaneció hasta 2011. Dentro de la UNAM dirigió el Centro de Enseñanza para Extranjeros y la Biblioteca Nacional de México. En el plano hispánico fue miembro de la Asociación Internacional de Hispanistas y secretario de la Asociación de Lingüística y Filología de América Latina. En todos estos cargos realizó una enorme labor de estudio, investigación y difusión de la lengua española.

Su talento como escritor e historiador de la lengua lo hizo acreedor a los principales premios en el área en México: la Cátedra Gilberto Owen (El Colegio de Sinaloa, 1988), el Premio Universidad Nacional en Investigación y Humanidades (2003), el Premio Nacional de Ciencias y Artes en el área de Lingüística y Literatura, otorgado por el Gobierno Federal en 2008. También recibió la Gran Cruz de Alfonso X el Sabio otorgada por España en 1999.

Todos estos premios y reconocimientos le dibujaban una sonrisa en sus labios, más muestra de felicidad que de escepticismo, pues le gustaba que en su persona se reconociera una profesión y una disciplina que muchos veían como un terreno árido.

Moreno de Alba era tan risueño como riguroso. Cuando veía un diccionario los ojos le bailaban de alegría como ante la promesa de placeres inmensos, cuando veía un libro de historia de la lengua o de filología aplicada experimentaba la sensación que un lector de novelas policiacas siente al encontrar una obra durante largos años buscada de su detective favorito.

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Su oído era un sutil instrumento para detectar sorpresas, usos inesperados de una palabra, construcciones extrañas pero con poder expresivo, acentos e inflexiones regionales que de pronto reaparecen en zonas que no parecen ser las suyas. Esa capacidad de escucha fue también durante su vida una capacidad de prestar atención a las otras personas, de darles identidad como individuos. Por eso fue un gran lingüista, por eso también supo practicar el arte de la amistad.

Cuando leí Minucias del lenguaje, su obra más famosa, si no la mejor, pues es difícil escoger entre sus varios libros, pensaba en el paralelo que entre dos disciplinas, a la vez diferentes y muy afines, se puede establecer: la historia y la filología. En la primera los grandes frescos que toman el tiempo y el espacio —la geografía— en un sentido cósmico dialogan con aquellos hechos que en su puntualidad son la sangre de esa historia con mayúscula.

Luis González y González, el creador de la microhistoria, nos enseñó cómo los hechos locales, incluso particulares, construyen ese tiempo de los grandes periodos: un cuadro costumbrista del siglo XVIII puede contener en sí mismo toda la historia del Virreinato. Tal vez Moreno de Alba pensó lo mismo al sugerirnos que una minucia verbal puede contener la historia de la lengua.

Minucias del lenguaje es uno de esos libros que se pueden y tal vez se deben leer al azar, gozando desde ese mismo principio —el azar— el párrafo explicativo, el detalle curioso, la explicación inesperada.

Quien vivió como él la fascinación por la lengua española vivió también la seducción inmediata de lo que llamamos tierra, patria o terruño. Al oír hablar a la gente en una plaza, al leer las expresiones de un personaje en una novela —por ejemplo Pedro Páramo: nadie ha hablado así y, sin embargo, así hablan los campesinos del campo jalisciense—, Moreno de Alba escuchaba también las voces que venían del pasado, de esos momentos en que una expresión latina se adaptaba a un acento árabe y se mezclaba con los tonos de un judío, y de allí nacían el provenzal o el gallego, el español y el catalán, y cómo el español a su vez se encontraba con la extrañeza de un nuevo mundo y unas nuevas lenguas.

Oír el tiempo remoto en el tiempo presente era una de las grandes virtudes de Moreno de Alba. Y sabía —supo siempre— que ese manantial del tiempo y de la lengua era como un manantial de agua, un río con sus mismas orillas y su siempre renovado caudal. Había advertido esa condición líquida en la lengua que Zygmunt Bauman ha señalado como característica de la cultura del siglo XXI.

Esa dialéctica del pasado y del presente lo volvía un hombre de futuro: sus estudios les podían parecer a algunos un arcaísmo, una preocupación innecesaria en un mundo acelerado y, sin embargo, ¡qué fértil y productiva resultó para México y para la lengua española su curiosidad intelectual!

Si recordamos al profesor de griego del relato Lighea de Giuseppe Tomasi de Lampedusa, quien después de muchos años escucha cantar a las sirenas en griego antiguo atraídas por alguien que, en ese mar milenario, habla el idioma como en aquel entonces, tenemos una imagen de Moreno de Alba.

Solo que estas sirenas cantan en español. Y cantan, cantaron para él, siempre vivas, como las flores que parecen americanas pero que son árabes aunque —o porque— las hemos hecho nuestras.

Moreno de Alba llevó con su obra de investigación a la filología mexicana a lugares sobresalientes en el mundo contemporáneo, nos mostró que si los mexicanos pensamos y sentimos en el idioma español, también lo vivimos por dentro, le hemos dado unas características específicas que dialogan con las de otras regiones del continente americano. Y que sabemos pensarlo con claridad y concisión científica.

Fue su prestigio como lingüista lo que lo llevó a ocupar la dirección de la Academia Mexicana de la Lengua, y fue el reconocimiento entre sus pares lo que le permitió hacer por ella grandes logros que muchas otras academias después quisieron para ellas. No solo investigó él sino que impulsó la investigación tanto desde la UNAM como desde la academia, en un sentido muy amplio y en cualquiera de las perspectivas disciplinarias.

Los jasid, grupo místico del judaísmo, dicen que a Dios se llega por la alegría, por la pasión, que hasta las desgracias más acres lo son menos si se baila y se canta, que nadie debe sentir tanto pesar por sus pecados que no pueda experimentar el gozo del perdón. Hace unos años, al reflexionar sobre la felicidad, Fernando Savater señalaba que aspirar a la felicidad es una cosa que se nos escapa y que la alternativa del hombre es buscar la alegría.

Si la dimensión de una persona se mide por las pasiones y el disfrute a que se entrega, es decir, por su capacidad de estar alegre y compartir esa alegría con los otros, habremos perdido con la muerte de José Moreno de Alba a un hombre de talla singular. El filólogo, el profesor, el académico fue una persona jovial y fraterna, en quien la inteligencia no estaba reñida con la bondad.

Su capacidad para comprometerse y disfrutar —vivir, en suma— nuestro idioma le otorga a esa grandeza un aspecto singular. Dedicado, cuidó nuestra lengua como se cuida a quien que se ama, con entrega y con gratitud, con lucidez. Incluso en momentos de gran seriedad la sonrisa le franqueaba la admiración de sus alumnos y lectores.

Alfonso Reyes, otro mexicano con capacidad de escuchar el idioma, habló de nuestro país en un breve y magnífico texto y lo llamó “México en una nuez”. El mismo autor de El deslinde nos definió en una frase: “con la x en la frente”. Esa x de México ha sido una insignia y una reivindicación.

Wittgenstein, ese extraño y elusivo filósofo del lenguaje, decía que “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. Moreno de Alba amplió nuestro mundo al ampliar nuestra comprensión y sentimiento del idioma. Trazó una historia al cosechar sus minucias del idioma, minucias que muchas veces aparecieron en esta revista en su primera versión, haciendo la delicia de sus lectores que antes de revisar el índice iban —íbamos— directamente a ellas. Y antes de Wittgenstein, Nietzsche ya había formulado su inquietante aforismo: “Dios es gramática”. ¿No lo habría corregido Moreno de Alba diciéndole al oído: “Dios es léxico”?

Hay que agradecerle a nuestro filólogo quien, incluso cuando se metía en problemas muy técnicos, hizo del lenguaje un instrumento de comunicación y de la claridad su objetivo. Nunca se volvió difícil con afán de sorprender o intimidar —apantallar se dice cotidianamente en México— a su lector: le tenía un enorme respeto a su idioma —por eso lo usaba claramente— y a sus lectores —a quienes consideraba preparados e inteligentes.

Cuando decidió ocuparse de eso que llamó “minucias del lenguaje” era muy consciente de la paradoja que se proponía. Por un lado asumía el contenido de esa condición mínima —cosa de poco valor, nadería, detalle o rasgo irrelevante— para sugerir al ojo atento que en esas minucias está el verdadero sentido de la evolución y la riqueza de un idioma. Y era también consciente del orgullo y la sorpresa que provoca en el lector ver reflejada y explicada con conocimiento e ingenio la capacidad expresiva de la lengua.

Él contribuyó no solo a renovar los estudios lingüísticos y filológicos en español en el mundo sino también a que los profanos en esas ciencias se interesaran en sus problemas. Y su obra escrita y de investigación se prolongó también en su espléndida gestión al frente de la Biblioteca Nacional y de la Academia Mexicana de la Lengua.

En la academia, su figura —su presencia sin estar presente— fue y ha sido siempre un ejemplo. Y un orgullo ser su amigo. Su memoria se asocia siempre con el buen humor, el rigor y la gracia, la capacidad de vivir y aceptar la vida como es. Su mirada despierta y juguetona, su sonrisa y su inteligencia le dan el rostro del amigo y gran hombre que fue.

Escribir este texto para la revista Este País, en la que publicó los que probablemente fueran sus últimos textos, me llena de orgullo y me permite seguir conversando con él y con sus lectores. Adiós, don José Moreno de Alba, su presencia seguirá entre nosotros gracias a su obra. ~

_________

FERNANDO SERRANO MIGALLÓN es profesor de Derecho Constitucional y Ciencia Política en la UNAM, institución de la cual fue Abogado General. Además, fue director de la Facultad de Derecho de esa misma universidad y ha sido profesor de Administración Pública y Relaciones Internacionales en El Colegio de México. Actualmente ocupa la Subsecretaría de Educación Superior de la SEP.

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