Lunes, 10 Agosto 2020
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La construcción de una esperanza
Este País | Naturaleza Posible: Seis Testimonios | Exequiel Ezcurra | 01.12.2014 | 14 Comentarios

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Vivimos tiempos difíciles y angustiantes. Mientras la violencia se enseñorea en México, muchos nos preguntamos qué caso tiene preocuparse por el futuro del ambiente cuando el horror inmediato se asoma cotidianamente a la puerta de nuestra casa. Por qué esforzarse por labrar un porvenir en armonía con el mundo natural cuando el presente se ve tan desoladoramente carente de esperanza. Por qué preocuparse por plantas o animales amenazados de extinción cuando decenas de miles de jóvenes mueren cada año en una espiral de violencia que parece cada vez más demencial. Por qué preocuparse por la conservación de especies silvestres cuando muchas personas son asesinadas por el solo hecho de ser mujeres, migrantes o estudiantes.

Los mexicanos estamos angustiados. Sentimos que es necesario hacer algo ya, pronto, porque en esta desesperanza se nos va el país.

Quiero arrojar dos ideas, dos hipótesis. La primera es que estamos confrontando un conflicto civilizatorio mayor, una disyunción profunda entre una visión de ganancias privadas a corto plazo como motor central del desarrollo, sin importar el impacto sobre el patrimonio social en el largo plazo, y una visión de beneficios públicos en el largo plazo, que no sacrifique la viabilidad futura de toda la sociedad a cambio de beneficios privados inmediatos. La segunda hipótesis es que la sustentabilidad ambiental y la crisis social son facetas de un mismo conflicto.

Pensemos primero en el pasado. El territorio de lo que es actualmente México ha transitado por ciclos repetidos de civilización y colapso. Teotihuacán se derrumbó en menos de un siglo (entre los años 600 y 700 d. C.) a consecuencia del mal uso de sus recursos naturales. Donde, según el clima, debía haber encinos y pinos, los españoles a su llegada encontraron un territorio baldío y degradado. Sabemos, por los arqueólogos, que el abandono no fue pasivo: guerras por la apropiación de recursos foráneos y el violento avasallamiento de pueblos vecinos precedieron el colapso. Procesos similares acompañaron el derrumbe de las grandes metrópolis mayas y la multitud de civilizaciones del Clásico mesoamericano. Fue el tributo guerrero, expresión última de la insustentabilidad de los aztecas, lo que permitió la alianza de Cortés con los tlaxcaltecas y la caída trágica de Tenochtitlan.

La historia de depredación ambiental y violencia social siguió durante la Colonia y la Independencia. Primero, con la esclavización de los pueblos indígenas para la explotación minera y los trabajos forzados: la construcción del Tajo de Nochistongo, una obra demencial creada por el virreinato para destruir la naturaleza lacustre de la cuenca de México y tratar de convertirla en un mal remedo de la meseta Castellana, costó —solo ella— 30,000 vidas. Después, el sistema de grandes concesiones de tierras, que llevó a sangrientos conflictos territoriales, como la guerra de Castas contra los mayas independientes o la guerra contra los yaquis, y finalizó con la revolución Mexicana, un gran alzamiento contra la inmensa injusticia de las haciendas porfiristas.

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La llegada del siglo XX no acabó con esa larga historia de depredación social y destrucción de nuestros recursos naturales. A pesar de algunos atisbos esperanzadores, de algunas llamaradas de sensatez, de algunos líderes sensibles, el trasfondo a lo largo de los últimos 100 años ha sido la aceptación de los privilegios de unos pocos por sobre los derechos de las mayorías. La tragedia de la tala de las selvas durante las décadas de 1960 y 1970 es un ejemplo claro de cómo los intereses de la industria agroalimentaria podían impulsar la destrucción del trópico mexicano a favor de una supuesta modernidad en la que no tenían cabida las comunidades campesinas que habían sabido cuidar de sus bosques por siglos. Para darle legalidad al despojo, fue creada una Comisión Nacional de Desmontes, cuyo rol era promover la destrucción de la naturaleza como meta estratégica de la nación.

A pesar de haberse incorporado el discurso ambiental a la gestión pública con la creación de una Secretaría de Medio Ambiente, el progreso ha sido lento. La explosión en 1984 de la planta de gas de San Juan Ixhuatepec en la Ciudad de México dejó un saldo de 600 muertos y 2,000 heridos. Nunca se había considerado el riesgo de tener una instalación industrial de alta peligrosidad en medio de una zona socialmente marginada y densamente poblada. Sobre declaraciones y promesas de que algo así jamás volvería a ocurrir, siete años más tarde, en 1991, un incendio en la formuladora de plaguicidas Anaversa en Córdoba, Veracruz, generó uno de los accidentes industriales más graves de México, con escurrimiento de pesticidas a los principales ríos de la región y más de 1,500 muertes posteriores a causa de la contaminación resultante.

Los eventos climáticos extremos impactan siempre a los sectores más desprotegidos y vulnerables. En 1995 el huracán Paulina arrasó con las precarias edificaciones en laderas y barrancas de Acapulco, dejando un saldo de 400 personas muertas y 300,000 personas sin hogar. La Comisión Nacional del Agua desarrolló en ese entonces un estudio donde anunció que una tragedia de esa magnitud no se volvería a repetir en 1,000 años. Sin embargo, volvió a ocurrir 18 años después: el 14 de septiembre de 2013 el Huracán Manuel azotó a Acapulco con consecuencias trágicamente similares. Dos semanas después, el 30 de septiembre de 2013, el secretario de Medio Ambiente escribió que “la frecuencia e intensidad de los desastres naturales […] exigen de todas las naciones y la sociedad en su conjunto un cambio de actuación que incremente nuestra seguridad y capacidad de adaptación a las nuevas condiciones del planeta”.1

La amarga verdad, sin embargo, es que las consideraciones de riesgo ambiental para la sociedad civil no han pesado tanto sobre las decisiones de gobierno como lo han hecho los intereses económicos: en septiembre de 2014, un grave incidente de derrame de residuos mineros de cobre sobre el río Bacanuchi, afluente del río Sonora, puso nuevamente en evidencia la fragilidad de muchos de nuestros desarrollos urbano-industriales y la vulnerabilidad de los más pobres. Se produjo una tragedia ambiental cuyas consecuencias apenas empezamos a vislumbrar, ocasionada por la ausencia de un proceso de manejo riguroso de residuos mineros en condiciones de elevado riesgo ambiental, y exacerbada por las intensas lluvias que trajo el huracán Odile al noroeste de México. La cuenca entera del río Sonora, fuente de vida para el norte del estado, se encuentra ahora irreversiblemente dañada, y el daño pone en peligro el futuro de la población en una región donde los conflictos por el agua están ya causando inmensos antagonismos sociales.

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A pesar de esta desgarradora evidencia, el Gobierno federal decidió de todas maneras autorizar el proyecto minero de Los Cardones, en Baja California Sur, que planea extraer oro, en la cabecera de la cuenca que abastece a la ciudad de La Paz, tratando la roca con cianuro: toneladas de cianuro, suficientes para matar a toda la población de México. Los habitantes de la Paz miran ahora con angustia hacia la sierra, su fuente de agua y vida, y se preguntan qué pasará en el futuro cuando entre nuevamente un huracán de gran intensidad en la península y descargue su fuerza sobre las presas llenas de cianuro. Las autoridades ambientales nos dicen a los ciudadanos, una vez más, que el riesgo en estas nuevas autorizaciones está analizado y calculado, y que una tragedia como la de Buenavista del Cobre en Sonora jamás volverá a ocurrir en México. Lo cierto, sin embargo, es que el análisis de impacto y riesgo en nuestra legislación ambiental es terriblemente deficiente y permite que se autoricen proyectos sin las condiciones mínimas de control que el peligro inherente a algunas actividades demanda. Comunidades, pueblos y ciudades viven bajo la aterradora espada de Damocles de la discrecionalidad de la autoridad ambiental y de un sistema de toma de decisiones opaco y soberbio que no sabe rendir cuentas a la sociedad.

Las decisiones de gobierno en materia ambiental están enmarcadas en la creencia ciega, jamás demostrada, de que las ganancias privadas a corto plazo son un impulsor vital de la riqueza de la nación y que algo debe sacrificarse del capital natural y de la viabilidad futura del país en aras de un supuesto desarrollo económico. Sobre la base de una ley ambiental débil y confusa, los permisos se otorgan en nombre del progreso, ignorando las preocupaciones y los reclamos de la sociedad civil, y la impunidad reina cuando las catástrofes ambientales ocurren. Los que pagan al final las consecuencias son siempre los sectores sociales más vulnerables y los recursos naturales más frágiles y más accesibles a la depredación. Así hemos perdido el 90% de nuestras selvas originales y los grandes lagos del altiplano, junto con buena parte de los manglares que protegen nuestras costas y la mayor parte de nuestros acuíferos. No tenemos conciencia de ello, pero nuestros migrantes a Estados Unidos son impulsados, en buena medida, por el deterioro ambiental. Con una población empobrecida, sin bosques y sin agua, vemos la violencia y la depredación crecer y nos preguntamos qué hacer.

Como sociedad, como país, necesitamos razones para construir una esperanza. Necesitamos experiencias que nos abran las puertas de un futuro viable. La crisis ambiental se creó lentamente; en algunos casos, tiene siglos de crecer poco a poco entre nosotros. Por muchos años la hemos ignorado, sin darnos cuenta de que es otra faceta de la desigualdad social y de la impunidad frente a la depredación. Revertir esta crisis nos llevará también muchos años. Debemos regenerar nuestro tejido social, repensar el sistema educativo, dar oportunidades a los que no las tienen, y esperanza a todos los que sienten la misma angustia por el futuro.

México está lleno de experiencias conmovedoras, lleno de comunidades que han decidido apropiarse de su destino y buscar un futuro mejor, tanto en lo social como en lo ambiental. Los pescadores de Cabo Pulmo, por ejemplo, que supieron reinventarse como una comunidad conservacionista y oponerse al desarrollo depredador de su costa y sus arrecifes. O los ejidatarios de San Juan Nuevo, en Michoacán, que han sabido crecer económicamente mientras sus bosques crecen con ellos. O los habitantes de Saltillo, Coahuila, que voluntariamente pagan en su recibo de agua el costo de la conservación de la Sierra de Zapalinamé y sus manantiales. O las cooperativas pesqueras del Pacífico norte, defensoras acérrimas de sus recursos marinos y de su autonomía en el único sector desde Alaska hasta El Cabo donde se sigue pescando sustentablemente langosta y abulón. O los coras y los huicholes que defienden la cuenca del río San Pedro, el único río del Pacífico que todavía desciende libre hasta el mar y alimenta los manglares de Marismas Nacionales, el humedal más importante y más productivo del Pacífico mexicano.

Podría seguir llenando páginas con experiencias similares, todas igualmente hondas y estremecedoras. ¿Qué lleva a un pescador de almejas a acariciar una ballena y a partir de allí cambiar el destino de su comunidad? ¿Qué fuerza impulsa al habitante de un río a decidirse a protegerlo de la minería tóxica o de las industrias contaminantes? ¿Qué conciencia profunda lleva a los habitantes de una ciudad, como tantas otras, a proteger sus sierras, sus bosques, sus manantiales?

Creo que tiene que ver con el “sentido de lugar”, esa sensación de pertenencia a una comarca, un grupo social, un paisaje, incluso una añoranza. Es la capacidad que tienen algunas personas de pensar en el bien público y en el futuro de su comunidad, de su sociedad, como elementos centrales de decisión y de vida. Es la capacidad de sacrificar beneficios individuales inmediatos a favor de una visión de beneficios públicos en el largo plazo.

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Quisiera cerrar con la hipótesis con la que inicié: lo ambiental y lo social son caras de un mismo dilema. No habrá futuro viable sin un ambiente saludable, pero tampoco lo habrá sin un respeto por los derechos de las personas que cuidan esas aguas, esas tierras, esos bosques, y viven de ellos. La modernidad no es un asunto de consumo exacerbado y ganancias de corto plazo; es una pregunta profunda de quiénes somos, cómo convivimos, a quién nos debemos y cómo imaginamos nuestro propio futuro.

Nuestro desafío generacional es construir un porvenir de justicia y compasión, de respeto hacia la otredad y la diversidad cultural. Pero también es construir un futuro en el que tenga cabida la inmensa riqueza del mundo natural, el heterogéneo, riquísimo caudal de vida del cual provenimos. Proteger nuestros bosques, nuestros mares, nuestras costas, nuestros ríos, es también parte de la construcción de una esperanza.

1 Juan José Guerra Abud, “Cambio climático”, en Reforma, 30 de septiembre de 2013, visto en <http://gruporeforma.reforma.com/aplicacionescom/OpinionElecciones/nota/default.aspx?Folio=1509565&Idcol=1066&plazaconsulta=reforma&impresion=0>, página consultada en noviembre de 2014.

________

EXEQUIEL EZCURRA es director del Instituto para México y los Estados Unidos de la Universidad de California, y profesor de ecología en la misma universidad. Ha recibido importantes distinciones internacionales por su trabajo como investigador, divulgador y documentalista científico.

14 Respuestas para “La construcción de una esperanza
  1. Mariel Verónica Massé Magaña dice:

    Hola Dr., me ha agradado indudablemente su publicación, creo de igual forma en la hipótesis que plantea y esto es precisamente lo que hoy en día es crucial no sólo de discutir sino de poner en práctica cada uno de nosotros. Sobre todo como lo comenta empezar, si se puede a tener «sentido del lugar». Ya no importa, creo yo, si pertenecemos al lugar donde vivimos o nos desenvolvemos, finalmente toda la naturaleza es nuestro hogar y nuestra fuente de vida, y que cómo nos permite la vida, es nuestro deber protegerla, conservarla y preservarla no sólo para nuestro bien social sino para el futuro. Considero que lo social y ambiental van sin duda de la mano y tienen que ver estrictamente con la calidad de vida que tengamos. Es verdad todo lo que comenta y plantea. Unos pocos se aprovechan de los lugares con vulnerabilidad ecológica y sus comunidades son quienes más lo resienten y viven con los impactos negativos que genera el aprovechamiento ilimitado de los recursos naturales, donde unos pocos son quienes obtienen beneficios para sus bolsillos, pero los estragos que ocasionan, en muchas ocasiones son irreparables.

    Saludos cordiales!

  2. Gerardo López Reyes dice:

    A Exequiel Ezcurra le pido permiso para imprimir su texto y regalarlo a tantas personas como pueda yo. Como puede ser que su autorización no llegue pronto le ofrezco una disculpa porque inicio a distribuirlo desde mañana. ¡Esto urge!

  3. Eduardo Liendro Zingoni dice:

    Muy interesante síntesis y recordatorio de no olvidar que nuestra gran crisis social también es ambiental. Sólo que no leí en su artículo el por qué las autoridades incumplen sus promesas de que las tragedias no volverán a pasar o por qué reprimen la protesta social y encarcelan, desaparecen y asesinan a los defensores ambientales. No son sólo la creencia del progreso o de ganancias a corto plazo. Es un aspecto fundamenta que usted no ha mencionado: la CORRUPCIÓN de autoridades locales, federales y legisladores, que se enriquecen a costa de las mordidas que cada minera e industria tiene que pagar para instalarse con toda impunidad para depredar y contaminar. Tal vez no es fácil decir esto para un académico tan prestigiado en una universidad extranjera, pero en México ya nos cansamos de un sistema político que depreda y reprime, ya no se puede aceptar y callar; hay que decirlo y organizarnos si queremos construir esperanza.

  4. Angel Neftali dice:

    Hola buenos dias..

    Muy buena e interesante su nota.

    Saludos

  5. Laura Saldívar Tanaka dice:

    Muy buena reflexión, gracias. Coincido con usted en que hay que ligar nuestra crisis ambiental a la social, sobre todo a que nuestro modelo de vida y aspiraciones de la mayoría de las sociedades del «norte» ha sido posible a cuesta del ambiente mundial.
    Quizás si no lo conoce aún, le interese la propuesta de la organización «Alianza Pachamama» (Pachamama Alliance) http://www.pachamama.org/
    Saludos de otra bióloga de la UNAM.
    PD. Veo que se nos fue a los Unites, es una lástima, pero entiendo que allá tendrá mejores oportunidades y recursos para hacer algo por el ambiente.

  6. Rolando Ríos dice:

    Hemos llorado últimamente la partida de grandes pensadores mexicanos, que mucho nos hacen falta en estos momentos de incertidumbre.
    Afortunadamente, seguimos contando con la claridad de pensamiento y trascendencia en la propuesta, de personas como el Dr. Exequiel Ezcurra.

  7. Hola, colaboro para la Asociación Civil Sendas y la Fundación San Ignacio de Loyola, (Jesuitas) Y apoyo en proyectos en todos los temas que tiene que ver con la promoción de la Justicia Social y eso incluye, Medio Ambiente, Salud, Eduación empresas Sociales, Derechos Humanos etc. Sólo quise escribir para expresar que me gustó mucho la manera de sintetizar parte de la gran aproblemática que vivimos en México y en el mundo. Y como bien lo dice, resulta muy esperanzador, saber que mucha gente se está organizando por el bien común. Reciba un fuerte abrazo y todos mis respetos. Atte: Ing. Liliana Ramos

  8. Gilberto dice:

    Este artículo es lo que pienso, es resultado de un análisis muy equilibrado y a la vez conciso, veraz y oportuno. ¿Por qué? Pues estimado autor me encuentro viajando a uxpanapa para tratar de formar un grupo comunitario de monitoreo de primates y contribuir a su conservación. Pero mis colegas y un servidor sentimos un gran vacío y preocupación. Vamos a lo que queda de selva por nuestra pasión mientras estudiantes desaparecen, policías y granaderos reprimen a los que no se callan, incluso en los retenes nos detienen por parecer estudiantes! Créanos, nos dan ganas de dar la vuelta! Lo felicito por su artículo.

  9. RICARDO ZARZOSA GIBERT dice:

    ¡Qué interesante! Nuestro desafío generacional es construir un porvenir de justicia y compasión. Gracias, Exequiel Ezcurra, por tu desafío. Felicidades.

  10. María Cristina Chávez Sánchez dice:

    Estoy totalmente de acuerdo con el Dr. Ezcurra, el mundo que hoy conocemos y del cual vivimos se está colapsando, tal vez la naturaleza se pueda reponer en miles de años de otra manera, pero nosotros si ella no podremos vivir a menos que cambiemos a maneras más amables con la naturales. La pregunta es ¿estamos aún a tiempo si en este momento empezamos a hacer esos cambios ??

  11. sol carrasco dice:

    Hay mucho por hacer, pero nadie lo quiere hacer… Nos preocupamos mas por una TV que por un árbol… Las autoridades destruyen y no contribuyen… Están muy ocupados en sus escenarios

  12. GuillermoVigueras dice:

    Muy buen artículo.

  13. Yven Echeverria dice:

    Gracias Exequiel. Este análisis y reflexión es inspirador y siempre lo tendré como referencia de las necesidades de cambio en nuestra forma de actuar y de trabajar en la conservación de medio ambiente, siempre deberá de haber integración de los intereses primordiales de la mayoría de personas y comunidades donde trabajamos.

    Nuevamente, gracias.

  14. Excelente este artículo porque demuestra que somos una especie en peligro de extinción, sino es que en vías de extinción. Ya no se vale rapar un monte porque deje ganancias, la Tierra no aguanta más este sistema absurdo del dinero por el dinero mismo.

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