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Literatura, enfermedad y muerte
Cuaderno De Notas | Cultura | Este País | Gregorio Ortega Molina | 03.11.2014 | 0 Comentarios

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Intuí que mi padre moriría pronto cuando leí los títulos de los libros que tenía sobre el buró: Ensayos sobre la historia de la muerte en Occidente, de la Edad Media a nuestros días, de Philippe Ariés; El hombre ante la muerte, en dos tomos y del mismo autor, y La leyenda de la muerte, de Anatole le Braz. Este último, el más inquietante y sugerente.

Muchos años después, quizá veinticinco, Aldo Falabella me obsequió Los anillos de la memoria, donde Georges Simenon narra el pormenorizado dolor del paciente de una crisis cardiaca, terriblemente afectado porque dirige el más importante diario francés y no está en su puesto; lucubra entonces sobre las posibilidades de que lo hagan a un lado, sobre las noticias que desconoce y, obvio, es incapaz de difundir, y, si recuerdo bien, decide huir del tratamiento médico porque necesita estar donde la acción se desarrolla, donde el poder de informar puede matarlo de otro infarto.

Unos meses después me reuní con Javier Moctezuma Barragán. Como era nuestro hábito, hablamos de nuestras lecturas recientes, le recomendé con entusiasmo el texto de Simenon, a lo que respondió obsequiándome, al día siguiente, Elegía, donde Philip Roth narra las evocaciones y amarguras de un hombre de la tercera edad que se recupera, también, de un infarto y la colocación de un bypass; el peso de la breve novela transcurre mientras el protagonista recuerda y reflexiona sobre su pasado, presente y futuro, durante los tratamientos de rehabilitación cardiaca.

Allí, ante lo inminente, el paciente abre los ojos frente a la imagen de su padre muerto, que le decía: “No se puede rehacer la realidad. Tómala como viene. No cedas terreno y tómala como viene”.

Al concluir la lectura del texto de Roth me devoró, durante semanas, la idea de que la enfermedad aproxima, acerca, pone al alcance de la mano la línea de horizonte de nuestro propio destino y, de una manera solapada, pero persistente, los seres humanos podrían empezar a sentir, en términos bíblicos, que el tiempo llama a su puerta y los días se hacen más rápidos en vivencias, y más breves en tiempo.

Después encontré, en los bajos del cine Pecime, en una librería que alguna de las crisis económicas se llevó, llamada Eureka, el libro de Hans Küng y Walter Jens, titulado Morir con dignidad, un alegato a favor de la responsabilidad, que previene en contra de la necedad de mantener a los seres queridos aparentemente vivos, porque están sujetos a una vida artificial.

Lo resumen en un desafío:

¿Cuánto debería hacerse —sin duda mucho— para evitar, o al menos reducir tales muertes indignas de personas, en lo que sean culpa de los hombres? ¿Cuánto debería hacerse —sin duda mucho— para posibilitar al menos una supervivencia elemental, una vida mejor y más digna de seres humanos a esas personas cuya vida a menudo es peor que una vida de perros? ¡Sin una vida digna de personas no es posible una muerte digna de personas! O lo que es lo mismo, dicho al contrario, una muerte digna de seres humanos no es algo obvio, ni siquiera en las condiciones de una sociedad de la sobreabundancia. Morir con dignidad es una oportunidad inmerecida, un gran regalo: el gran don. Y al mismo tiempo una gran tarea para la humanidad.

La eutanasia es una solución, incluso bíblica, pues Job, en la desesperación, pero nunca en la desesperanza, pide a Dios que lo libere, que le permita fallecer para terminar con ese dolor físico que amenaza con corroerle el alma, con afectarle la razón. Coincide Simone Weil, en alguno de sus textos dice que es preferible morir antes que, en la sinrazón de la desesperanza, pecar. Piden, ambos, la eutanasia, para salvar el espíritu. Es ayudar a bienmorir.

Pero el texto que —dadas las condiciones que la realidad impone hoy en el mundo— hace aparecer con mayor nitidez la línea del horizonte de la vida, lo debemos a Sándor Márai, quien consignó en sus diarios escritos durante un lustro de dolor (1984-1989) los pormenores del proceso agónico de su mujer, del desprendimiento de la esencia de humanidad que se puede tener para vivir, pero que queda convertida en un nudo de sufrimiento físico y espiritual.

Aparece mi gran interrogante: ¿en qué momento el dolor físico puede devenir uno espiritual? ¿En qué momento la indignidad puede transformarse en apostasía?

Anota Márai: “La literatura ha muerto: ¡viva la industria del libro!”, pienso, entonces, que muere él con su mujer, que fallecen porque el dolor de ver al mundo convertido en algo ajeno al humanismo les impide vivir bajo la luz de la razón y, por qué no, del respeto y del amor.

Muestra su desconcierto:

Vivimos en un mundo de secretos inexplicables pese al radiotelescopio, el espectroscopio, la bomba atómica y los tubos de ensayo. La ruta de los salmones, las aves migratorias… y ¿qué sabemos de nosotros mismos, del ser humano? La anamnesis no da respuestas… [pero] la proximidad de la muerte confiere a la conciencia más fuerza que desánimo.

De ahí la fuerza de la exigencia socrática: conócete a ti mismo. Nadie puede saber cuándo sus debilidades triunfarán sobre su templanza. Márai anotó con lucidez: “Qué difícil es la condición del ser humano… la mala intención de la gente parece más tranquilizadora que aterradora: es bueno saber esa verdad inconmovible de que el hombre es capaz de todo tipo de maldades. En eso no hay sorpresas”.

Y sí, allí está la muestra de esos políticos que confunden su posición ideológica con su compromiso religioso para, como si no importara, transgredir la ley porque es una norma hacerlo desde el poder.

Pero es lo que menos importa, eso se queda entre el polvo del camino que uno debe sacudirse antes de regresar a casa, lo que verdaderamente trasciende es la certeza de la proximidad del fin:

Nos va llegando la hora, a los dos. La vista de L. no ha mejorado, de hecho está peor; el médico recomienda otra intervención quirúrgica, pero L. tiene miedo de la anestesia, y yo también, por eso no me atrevo a aconsejarla en un sentido o en otro, la decisión es suya. Si la muerte nos llegara a la vez, juntos, sería el mayor regalo para los dos. Este año se han ido los últimos conocidos que me quedaban. No me opongo al hecho de irme, solo me inquieta el modo. No queda más que confiar en el destino…

Ese destino es la línea del horizonte que cada día está más cerca y obliga a un replanteamiento de las condiciones filosóficas y espirituales con las cuales se estructuró el proyecto de vida y su sentido, para confirmarlas o modificarlas.

En mi caso, ratifico mi fe, mi creencia, lo que aquí vivimos es una etapa que trasciende a algo mejor, sobre todo si se padeció, sufrió y vivió con amor. De allí que pueda leerse y releerse:

El hombre siempre es consciente de la muerte, considera que esta forma parte natural del argumento incomprensible y complejo de la existencia, pero solo de una forma intelectual. Después viene un periodo en el que uno asume que morirá. No es un sentimiento trágico, sino más bien un sosiego, como lo que se experimenta cuando se llega a comprender un misterio tras muchas cavilaciones.

Luego, el tiro de gracia, la amenaza de la miseria, del abandono, del ser visto como despojo: “Según la compañía de seguros Medicare, la vejez es un ‘estado’, y por tanto no asume parte de los gastos… La gran prueba de la vida no es la muerte, sino el morir. Sin embargo, hay algo obsceno en la enfermedad y la muerte. El reverso de lo corporal es lascivo y abominable”.

Como colofón, la sentencia:

Al final de la vida llega un momento en que todo, todo lo que uno ha experimentado durante tantos años, todo lo que esperaba, todo en lo que confiaba, de repente queda sin perspectiva ni sentido. Tal es la fase que me toca vivir ahora. Estar cada día junto a esta mujer maravillosa, amada y noble, que conocía mi vida desde la otra orilla, desde el lado personal, y presenciar su declive lento y silencioso: no esperar nada, no oponerse al dolor, aceptar la impotencia, conducir a la mujer más querida hacia la salida de la vida, tambaleándome en esta oscuridad permanente. Y no sé cómo será, pero ya no le doy más vueltas… Llega el tiempo en que uno ya no espera respuestas, no discute con el destino, lo abraza. Hay que aceptar el destino. No existe otro modo de aceptar la crueldad de la vida.

Esta aparece en la línea del horizonte, cuando el día abandona en favor de la noche y el sol cede su lugar a la luna, cuando la marea sube, el ruido del agua que golpea la arena arrulla y el recuerdo del primer beso de la mujer amada se confunde y funde con el último, justo al momento de partir. ~

________

Escritor y periodista, GREGORIO ORTEGA MOLINA (Ciudad de México, 1948) ha sabido conciliar las exigencias de su trabajo como comunicador en ámbitos públicos y privados —en 1996 recibió el Premio José Pagés Llergo en el área de reportaje— con un gusto decantado por las letras, en particular las francesas, que en su momento lo llevó a estudiarlas en la Universidad de París. Entre sus obras publicadas se cuentan las novelas Estado de gracia, Los círculos de poder, La maga y Crímenes de familia. También es autor de ensayos como ¿El fin de la Revolución Mexicana? y Las muertas de Ciudad Juárez.

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