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Los creyentes y su Iglesia: hacia nuevas formas de pertenencia
Creer En México | Este País | José de Jesús Legorreta | 03.11.2014 | 0 Comentarios

©iStockphoto.com/© Big_Ryan

En la era de la información, el modo en que las sociedades entienden las nociones de espacio e identidad se transforma. El sentido de pertenencia a un lugar y una comunidad, en el que la Iglesia basa su estructura, se diluye. A ello se refiere esta entrega de la serie que, junto con el Imdosoc, dedicamos a la revisión de los resultados de la Encuesta “Creer en México”.

I. A dónde pertenecen los creyentes

El carácter comunitario del cristianismo ha sido una de las constantes indiscutibles en la tradición bíblica, teológica y vivencial de la Iglesia católica. Sin embargo, también se puede afirmar que la problematización de ese hecho es bastante reciente. En la mayor parte de la historia de la humanidad, los individuos han vivido en formas de asociación dominadas por interacciones presenciales estrechamente vinculadas a una localidad. El pueblo de Israel y la Iglesia surgieron y se constituyeron en este tipo de contexto. La noción misma de Iglesia (asamblea) ha sido pensada en ese universo de significados, y su constitución territorial en diócesis y parroquias es un dato indiscutible de la fuerza del elemento territorial en la delimitación jurídica de lo que es una comunidad (Iglesia local). En este caso, la localidad es el referente primordial de la pertenencia de los creyentes, de modo que su adscripción a una diócesis y a una parroquia está dada por su domicilio.

Por primera vez en siglos, el advenimiento de la modernidad y, más recientemente, la posmodernidad1 han trastocado las formas tradicionales de socialidad y pertenencia. La Iglesia no ha permanecido ajena a esta revolución sociocultural; por el contrario, ha visto estupefacta cómo su organización territorial milenaria de diócesis y parroquias se desdibuja ante la intensa e imparable movilidad humana. También ha experimentado la relativización de su mensaje al coexistir, confrontarse y hasta mezclarse con una infinidad de perspectivas, símbolos y modos de vida. Ante esta vorágine, el énfasis de la Iglesia en el carácter comunitario de su ser y misión no ha menguado. Sin embargo, cada vez se torna más difícil identificar dónde está la comunidad (diocesana o parroquial), pese a que se apele reiteradamente a ella en comunicados oficiales y celebraciones litúrgicas.

Esta problemática que hemos enunciado de manera muy escueta se ha revelado en la Encuesta Nacional de Cultura y Práctica Religiosa “Creer en México”, promovida por el Imdosoc, levantada por Ipsos y publicada en octubre de 2013. En este sentido, hay dos datos de la encuesta que dan qué pensar. En primer término, resulta relevante hacer hincapié en que 92% del total de los individuos de la muestra que confiesan pertenecer a alguna religión se dicen católicos (ver la Gráfica 1).

GRAFICA LEGORRETA

Sin embargo, a la pregunta de si conocen cuál es su diócesis, el 81% respondió que no sabe, o no contestó, y el 6% de plano afirmó taxativamente que “no” (ver la Gráfica 2). La proporción es igual cuando se les pregunta si conocen el nombre de su obispo.

Si la gente no sabe a qué diócesis pertenece, estamos ante un tema que debiera preocupar a la jerarquía católica ya que, desde cierta perspectiva teológica, la diócesis es la Iglesia local, la cual está presidida por un obispo. Más allá de atribuir tal desconocimiento a la falta de información, lo que parece intuirse es un hecho de la vida cotidiana: gran parte de los creyentes no se identifica con su Iglesia en términos territoriales, quizá ni siquiera con la parroquia, que sería la unidad territorial básica de participación de los fieles en la Iglesia dentro de una diócesis.2 De hecho, no es raro escuchar, sobre todo en medios urbanos, que la poca gente que acude a la celebración dominical va a donde el “padre habla bien”, a donde le entiende o a donde le queda cerca un lugar de esparcimiento, etcétera.

Lo relevante de esta discusión es que no ha sido asunto de observadores externos o de los fieles no clérigos, sino que la problemática se ha venido planteando al interior de la misma Iglesia, por lo menos desde la década de los sesenta del siglo pasado. Por ejemplo, la cuarta ponencia presentada por el entonces obispo de San Cristóbal de las Casas en la Conferencia General del Episcopado Latinoamericano celebrada en Medellín, Colombia, en 1968, afirmaba que para evangelizar no se podía soslayar que:

En la sociedad anterior, la persona vivía casi únicamente la influencia de su ambiente territorial: su pueblo, que era a la par su lugar de trabajo, donde estaba su familia, su parroquia y sus diversiones; de suerte que influir en ese territorio era abarcar toda la persona. Hoy día […] es más fuerte el ambiente de oficina, del club, de los medios de comunicación, que el influjo de la familia o de la parroquia.3

Samuel Ruiz resumía su preocupación pastoral con una pregunta clave: “¿Cómo formar una comunidad cristiana donde no hay comunidad humana?”.4 En este mismo tenor se pronunció en ese momento Pablo Muñoz Vega, arzobispo de Quito, Ecuador, quien apelaba a una profunda revisión de la parroquia.5 Cuarenta años después, el documento final de la v Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe (Aparecida, Brasil, 2007) continúa haciendo eco de la necesidad de revisar y renovar la estructura parroquial.6 Por lo tanto, el dato de la encuesta sobre el desconocimiento de los fieles respecto a su diócesis y obispo no debiera sorprender a los mismos ministros de la Iglesia. Más bien, lo que causa extrañeza es lo poco que se ha avanzado al respecto en prácticamente 50 años.

II. Tendencias de las nuevas formas de asociación

y pertenencia en el mundo actual

Hace algunos años, la antropóloga Gabriela Vargas planteaba en un breve artículo que, si bien se han erosionado las formas tradicionales de comunidad (territoriales, cara-a-cara, etcétera), puede ser que estemos ante fenómenos nuevos de socialidad para los cuales el imaginario que acompaña tradicionalmente al término comunidad sea insuficiente, por lo que se hace necesario replantear teórica y metodológicamente la posibilidad de nuevas formas de vinculación social, quizá más allá de la comunidad.7 La Iglesia, en cuanto realidad histórica que se comprende a sí misma como “comunidad de creyentes”, puede estar experimentando los cambios aludidos, pero no los alcanza a entender, ya que los enfrenta con el imaginario y las categorías propias de sociedades homogéneas, vinculadas a una localidad bien delimitada.

Por eso, para cerrar esta breve reflexión quisiera señalar algunas de las principales características que revelan las nuevas formas de socialidad en el mundo actual. En ellas, los creyentes tendrán que discernir la posibilidad o no de expresar y vivir su fe.8

a. Se trata de formas de interacción sin proximidad, desterritorializadas, cuyos vínculos ya no dependen de la copresencia de individuos en una misma localidad. Para el desarrollo de esta característica ha sido fundamental el desarrollo tecnológico de los medios de comunicación, de manera particular internet.

b. Mientras gran parte de las comunidades tradicionales eran de adscripción compulsiva u obligatoria, las nuevas formas suponen membrecía voluntaria y están asentadas en la contingencia, no en la permanencia; no implican pertenencia exclusiva sino que suponen por principio la multipertenencia.

c. Son inestables, híbridas y polimorfas. Suponen, por lo mismo, identidades múltiples, siempre cambiantes.

d. El parentesco, la familia, la religión y la tradición han perdido la centralidad y luminosidad como soportes principales de la interacción. Las nuevas formas de interacción logran establecerse a partir de amistades, afinidades emocionales, intereses compartidos, etcétera.

Estos rasgos han dado lugar a nuevas formas de pertenencia e interacción basadas en la diferencia, la distancia y la multipertenencia, para las cuales la categoría de comunidad se revela estrecha e inadecuada. En este sentido, el dato retomado de la Encuesta Nacional de Cultura y Práctica Religiosa, donde los creyentes dicen desconocer su diócesis y obispo, más que atribuirlo a la ignorancia de los fieles, quizá sea el momento de leerlo como la señal clara del agotamiento de la diócesis y la parroquia como estructuras capaces de soportar y fomentar nuevas formas de comunidad. 

1 Utilizamos posmodernidad para permitirnos un referente histórico común con el lector. No por eso se olvida la relevante discusión que se ha desarrollado respecto a la ambigüedad que llega a tener el concepto.

2 Uno de los trabajos pioneros sobre esta problemática fue el libro de André Aubry, Una Iglesia sin parroquias, Siglo XXI, México, 1974.

3 Samuel Ruiz, “La evangelización en América Latina”, en Celam, La Iglesia en la actual transformación de América Latina a la luz del Concilio: Ponencias I, Secretariado General del Celam, Bogotá, 1968, p. 156.

4 Ib., p. 169.

5 Pablo Muñoz, “Unidad visible de la Iglesia y coordinación pastoral”, en Celam, óp. cit., p. 246.

6 Aparecida, núm. 172-173, 179 y 372.

7 Gabriela Vargas, “La asociación efímera: Repensando el concepto de comunidad desde la literatura cyberpunk”, en Cuadernos de Bioética, núm. 11, 2004 <www.bioetica.org/cuadernos/doctrina38.htm>, consultado el 31 de agosto de 2011.

8 Sobre esta temática, la bibliografía es enorme. Entre otros títulos para profundizar, pueden consultarse: Pablo de Marinis, “Comunidad: Derivas de un concepto a través de la historia de la teoría sociológica”, Papeles del CEIC, núm. 1, 2010, pp. 1-13; Benedict Anderson, Comunidades imaginadas: Reflexiones sobre el origen y difusión del nacionalismo, FCE, México, 1993; Gerard Delanty, Community (Key Ideas), Routledge, Londres y Nueva York, 2009.

________

JOSÉ DE JESÚS LEGORRETA es catedrático de la Universidad Iberoamericana.

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