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Luis Goytisolo, explorador literario
Cultura | Este País | Horacio Martos | 01.04.2014 | 0 Comentarios

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El pasado 2013 Luis Goytisolo recibió el Premio Nacional de las Letras de España. Martos devela la innegable importancia de este autor en la literatura de habla hispana y se acerca a su obra, que constituye un parteaguas de la tradición literaria tanto de España como del mundo.

México.- “Las detonaciones, retornadas por los ecos del valle, formaban un largo trueno, y sobre las colinas, entre aquel humo que parecía emanar de los bosques, se divisaba el relampagueo de los cañonazos. Dos motos y unos cuantos camiones pardos avanzaban despacio por la carretera y, en el cruce, un grupo de soldados maniobraba con una pieza de artillería. También había un oficial montado en un caballo blanco galopando arriba y abajo con el sable desenvainado, caracoleando; un oficial montado en un caballo blanco”.1 Así comienza una de las obras más sobresalientes de la literatura española del siglo pasado, Antagonía (1973-1981), un trabajo monumental desarrollado a lo largo de mil ciento doce páginas por Luis Goytisolo (Barcelona, 1935). Tercero de una saga destacadísima de escritores catalanes: José Agustín, Juan y Luis, este último es también el más reciente Premio Nacional de la Letras. No se le cayeron los anillos al menor de los Goytisolo el pasado 14 de noviembre al saber que el jurado decía que Antagonía “supone un hito en la reciente historia de la novela española al aunar historia, narración y reflexión literaria”. Además, el jurado —presidido por la directora general de Política e Industrias Culturales y del Libro del ministerio español, María Teresa Lizaranzu, e integrado entre otros por Carme Riera y Francisco Rodríguez Adrados, el anterior galardonado— dijo de Goytisolo que tenía en su haber una obra narrativa “siempre comprometida con la búsqueda de otros territorios literarios”.

Luis Goytisolo fue un voraz lector y a los once años comenzó a escribir. Como si del ingenioso hidalgo Alonso Quijano se tratara, a los veinte se le cruzó la literatura con los estudios de leyes y empezó a dedicarse de lleno a las letras. Escribió Las afueras (1958) en lo que el propio autor define como “una época de aprendizaje”, en la que buscaba “un tono de realismo objetivo”. El libro le granjearía unos tempranos elogios y la primera edición del Premio Biblioteca Breve de la editorial Seix Barral. El galardón acababa de ser creado por un editor colosal, Carlos Barral, quien buscaba estimular a jóvenes escritores con ánimo renovador. Ahí apareció Luis Goytisolo, con un retrato de la sociedad de su tiempo impregnado de lo que los críticos llamaron “realismo social”.

 

Escritor sin fronteras ni moldes

“Yo escribo para mí mismo y para la gente a la que le gusta lo que yo escribo”, ha llegado a decir Luis Goytisolo, a quien jamás le han hecho demasiada gracia ciertas etiquetas como “autor experimental” o “vanguardista”. Tiende a sacudírselas con una seguridad pasmosa: “Yo no sé si soy vanguardista, nunca he pretendido serlo. Escribo como escribo”, declaraba el pasado año tras anunciarse que se le había otorgado el Premio Nacional de las Letras 2013.

El galardón corona una trayectoria que contiene más de dieciséis novelas, muchas de ellas escritas con cierta regularidad —cada tres años— y notables ensayos, el último de ellos: Naturaleza de la novela (2013), por el cual este admirador de Ernest Hemingway y Cesare Pavese recibió el prestigioso Premio Anagrama de Ensayo. Cada obra presenta su singularidad pero Antagonía está considerada como aquella que culmina y atesora toda la ambición literaria del escritor. El propio Luis Goytisolo comparó en alguna ocasión su construcción con la “compleja y lenta” de una catedral. Por su parte, el crítico Ignacio Echevarría, en el prólogo a la edición conmemorativa de los quinientos títulos de la colección Narrativas Hispánicas de Anagrama —que reúne la tetralogía (Recuento, Los verdes de mayo hasta el mar, La cólera de Aquiles y Teoría del conocimiento)—, lo resumía del siguiente modo:

Diré de entrada que Antagonía es una de las grandes novelas del último siglo; comparable en sus logros, y no solo en su ambición, con Retrato del artista adolescente, de James Joyce; En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, o El hombre sin atributos, de Robert Musil. No son ejemplos tomados al azar, sino escogidos —entre otros posibles— en razón de los paralelismos que cabe establecer entre ellos y determinados aspectos de Antagonía.2

El libro recapituló los últimos años del franquismo y sirvió como parteaguas de un cambio social, una especie de espejo con bisagra en el que convergieron estampas de la España inmovilista y de la que pugnaría en pocos años por una profunda transformación, actualmente cuestionada en su profundidad.

Ideada en mayo de 1960 y castigada al purgatorio de la censura por un juzgado de Orden Público al ser publicada el primero de sus cuatro libros (Recuento), vería definitivamente la luz en 1975, y propuso, según Echevarría, “un implacable ‘recuento’ de la deprimente realidad que empezaba a quedar atrás” y apelaba “a un amplio sector de lectores que habían pasado por experiencias semejantes a las de su protagonista o que podían sacar buen provecho de asomarse a ellas”. Daba así el pistoletazo de salida a lo que más adelante se conocería como la “nueva narrativa española”.

El propio libro encierra una crítica a la estética realista presentando y relatando la vida y ansias de un aspirante a escritor, Raúl Ferrer Gaminde, un personaje que a menudo recuerda a quien fue su creador. El trabajo le valió elogios de Mario Vargas Llosa, quien escribió en su columna en 2012:

Para mí, las mejores páginas, las más logradas y conmovedoras del libro, son aquellas que describen la atmósfera claustral, castrada, asfixiante y enajenada de la dictadura, vivida desde la perspectiva de la clase media catalana, en la que crecen y van formándose Raúl Ferrer, sus amantes y sus amigos, sus actividades clandestinas en el Partido Comunista, su infecunda militancia, sus mítines universitarios, su paso por la cárcel, sus desencantos políticos, su lenta inmersión en el cinismo, el alcohol y el nihilismo, ese fracaso generacional que va volviéndolos a casi todos ellos mediocridades y caricaturas de lo que parecía que serían, de lo que hubieran querido ser. La manera como está representado este mundo en Antagonía es despiadada, y el desprecio del narrador incendia el lenguaje hasta impregnarlo por momentos de una ferocidad irresistible.3

 

En 2009, en el marco del Hay Festival de Segovia y a propósito de su novela Cosas que pasan, autobiográfica, Luis Goytisolo dejaría clara una de sus convicciones más profundas, la de “hasta qué punto es difícil saber lo que ha pasado en el pasado”: “En general, cuando se trata de saber qué es lo que ha pasado en el pasado, termina triunfando siempre la versión falsa. Es decir, el pasado normalmente, que nosotros conocemos, no fue así. Fue en general de otra manera”, explicó en aquella ocasión.

 

Un maestro de la estructura

El hermano de Luis, Juan Goytisolo, comparó en alguna ocasión Antagonía con En busca del tiempo perdido, de Proust, “en la medida en que ambos incluyen al autor en la obra y junto a él el tiempo que le lleva su gestación material de la novela”. Echevarría lo cuenta en ese prólogo que desentraña algunas claves de la obra maestra de Luis Goytisolo.

Quizás una de las pretensiones de Juan con aquella afirmación fuera alinear a su hermano con los clásicos, un mensaje de respeto y admiración hacia su obra. Sin embargo, hace pocos meses Luis daba su propia interpretación sobre ese carácter universal de su obra: “El clasicismo está formado fundamentalmente por excepciones. Es lo que conforma el clasicismo. En este caso tal vez yo lo sea también, en la medida en que es una obra personal, como la de los autores clásicos”, apuntaba.

No son gratuitas estas palabras en un escritor que fue capaz de pasarse veinte años trabajando en una tetralogía novelesca como Antagonía. Parece haber en ello algo de obsesión, como también en todo lo que tiene que ver con este género literario, protagonista de su último ensayo. En él repasa fases de una evolución pausada y momentos que cambiaron o reconfiguraron ese género. Me detengo en El Quijote, “piedra angular” y “punto de partida” del nuevo género, para Goytisolo:

Es en sus páginas donde el relato en prosa deja definitivamente de ser una mera sucesión de actos, hechos y palabras. Cuanto aquí se dice y hace parece cobrar vida propia, arropado por un paisaje circundante y un transcurso temporal acorde con el desarrollo de los acontecimientos. El entorno cobra relieve y la situación descrita o evocada es percibida por el lector como si se estuviera produciendo en su presencia.4

La novela se consolida en el siglo XIX y en el XX alcanza su punto culminante y comienza su declive. El escritor traza un paralelismo con la época en que se construyen los rascacielos. Estos edificios, por un lado, representan un enorme desafío espacial, a la ley de la gravedad, exigen una destreza técnica en el arquitecto y los ingenieros. En el caso de la novela, el temor del escritor estriba en que “toda nueva obra no sea sino un título adscrito a una de tantas fórmulas bestseller”,5 desprovista de unas buenas dosis de corazón. Así, la sucesión de acontecimientos cede importancia a favor de la estructura “previamente ideada por el autor”, que es la que “organiza la distribución de esos acontecimientos”.6

“Thomas Mann es sin duda el más clásico de los grandes novelistas del siglo XX”, señala Luis Goytisolo. Su fuerte: la capacidad de ofrecer una profundidad de análisis —no conceptual sino integrado en el argumento— del cual hace gala al mostrar a los personajes sumidos en el esfuerzo de explicarse a sí mismos en relación con el mundo circundante”.7 Como resultado, “un esfuerzo, un conflicto de ideas, que se transmite al lector y le obliga a tomar partido”.

Hoy, Luis Goytisolo se refiere a la novela, un medio excepcional para entender la vida, como un “fruto residual de la evolución de una serie de géneros hoy desaparecidos: epopeyas, cantares de gesta, leyendas, libros de caballerías, etc. Es decir, un género de contornos desdibujados”, a diferencia de lo que sucede con la poesía y el teatro, incuestionables. También se ha convertido en un espacio de experimentación, como sucedió con La paradoja del ave migratoria (1987), una narración en la que el autor “subvierte los planteamientos narrativos de la novela policial tradicional e invita al lector a desempeñar una labor de detective/crítico activo al tener que desentrañar los complejos enigmas textuales”.8

En su ensayo sobre la novela, Luis Goytisolo considera que la misma ha entrado “en fase de extinción”,9 que hay otras formas de entretenimiento que se están imponiendo, propiciado por un medio poderoso como la televisión, aunque es un convencido de que la gran literatura sobrevivirá. Vaticina en el epílogo de su ensayo que en este mundo huérfano de saber, conocimiento y memoria, por haberse entregado a la espectacularidad del mundo de la imagen, “el libro impreso se convertirá en un objeto de coleccionismo, algo así como un vino de reserva para sibaritas”. Además, el escritor cree que el verdadero peligro para la cultura es “que la lectura se convierta en una actividad especializada”, “que la gran mayoría sencillamente deje de leer obras de cualquier tipo de creación literaria”, y que esa actividad pase a ser “algo prescindible, accesorio”.10 Ese es el signo de los tiempos, el gran riesgo de un saber novelesco que, a diferencia de la verdad científica o filosófica, esclava del progreso, el escritor la considera “más certera” e “irrebatible”.

 

Escritor de minorías

Luis Goytisolo y sus hermanos Juan y José Agustín (1928-1999), fueron hijos de una familia burguesa de Cataluña, una de las regiones más prósperas de España. Sus padres fueron Julia Gay y José María Goytisolo Taltavull. La primera muere en la Guerra Civil (1936-1939) y su ausencia marcaría a los tres escritores, cada uno con su particular estilo y peculiaridades.

Luis se dedicó a la narrativa pero también ha cultivado el periodismo. Hombre de izquierdas, antifranquista, en 1994 Luis Goytisolo ingresó a la Real Academia Española de la Lengua, en la que ocupa el sillón de la letra c.

En algunas de las entrevistas que ha concedido estos últimos años confesó que le asustan las nuevas tecnologías, que han minado la memoria, inteligencia y capacidad emocional del ser humano.11 Su verbo está en su literatura pero al mismo tiempo en un activismo insomne, crítico con la sociedad española de su tiempo. Sirva de ejemplo la respuesta que dio al periodista Javier Rodríguez Marcos a propósito de la búsqueda de fosas comunes en España:

Yo no abriría ninguna fosa porque quedan muchas por abrir de ambos bandos. En muchos casos son de soldados muertos en combate. Y si se habla de los fusilamientos, siempre hay gente que piensa en los fusilamientos del otro bando. Esto salpica a muchísima gente de muchas tendencias. Yo dejaría a los muertos descansar en paz.12

 

En el monumental ensayo Los Goytisolo (Anagrama, 1999), publicado por el crítico literario y periodista Miguel Dalmau, hay más detalles de la vida de Luis entrelazados con las de sus hermanos. Esta obra notable repasa la historia de España y la influencia que los Goytisolo tuvieron en los últimos años del franquismo. Dalmau singulariza la trayectoria de cada uno y es Luis, que finalmente radicaría en Madrid, quien fue la fuente de información más veraz de esa obra, según su autor.

Aquel libro permite a los lectores acercarse a un universo literario muy singular, único en España, con pocos paralelismos fuera de ella. Enrique Vila-Matas, en mayo de 1999, escribiría en El País un artículo a propósito de la inminente publicación del ensayo en el que consideraba que, de las tres vocaciones literarias, ha sido la de Luis “la más brillante”. El escritor ha sido “el menos conmocionado por las cadenas alteradas” y quien a la postre se revelaría “como niño prodigio” en un primer momento y una figura consagrada más adelante con “la espectacular Antagonía, que brilla con fuerza sobre la sombría y esforzada obra del trabajador Juan”.13

Vila-Matas celebra el testimonio de Dalmau en torno a una familia cuya memoria “se volvió ácida y triste, cargada de pérdidas, pero que es hoy también la estela de un fuego que se aleja, allí arriba, en lo alto de la montaña de Montjuic, más allá del oscuro panteón donde unos ojos oscuros descansan”. De esa vida se nutrió Luis Goytisolo, de esa España inconclusa, caminante, que hoy vive horas bajas pero que tiene en la obra de Luis Goytisolo un referente cercano de su pasado, de su historia y de sus contradicciones. ~

 

 

1 Luis Goytisolo, Antagonía, Anagrama, Barcelona, 2012, p. 29.

2 Ídem, p.7.

3 Mario Vargas Llosa, “Un fuego de artificio”, en Piedra de toque, El País, 15 de julio de 2012.

4 Luis Goytisolo, Naturaleza de la novela, Anagrama, Barcelona, 2013, p. 71. (Colección Argumentos)

5 Ídem, p.123.

6 Ibídem.

7 Ídem, p.133.

8 Antonio Sobejano-Morán, “La novela metafictiva antipoliciaca de Luis Goytisolo: La paradoja del ave migratoria”, en Bulletin Hispanique, Vol. 93, 1991, pp. 423-438.

9 Ídem, p. 169.

10 Ídem, p. 170.

11 Javier Rodríguez Marcos, “Yo dejaría descansar en paz a los muertos de la Guerra Civil”, entrevista en El País, 11 de febrero de 2006.

12 Ibídem.

13 “Los tres Goytisolo difíciles”, en El País, 1 de mayo de 1999.

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HORACIO MARTOS, periodista cultural afincado en México.

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