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(miscelánea) noviembre 2014
Cultura | Este País | Manual Para Zurdos | Claudio Isaac | 03.11.2014 | 0 Comentarios

Mitología

Por su narración en episodios vertiginosos y nutridos de datos fascinantes y chuscos o por su trama basada en malentendidos y caracteres plausibles, la película de los hermanos Coen, El gran Lebowski, es uno de esos entretenimientos que se prestan a ser vistos repetidas veces, por docenas, algunas solo fragmentariamente, y podemos recitar los diálogos al unísono con los actores en pantalla y anticipar las acciones en continuo desvarío. Es por ello que la cinta rebasa el fenómeno de la cinefilia y se convierte en otra cosa, una especie de rito global pero de ejercicio usualmente doméstico en el que se tributan el absurdo y la tontería humana; trascendiendo lo meramente fílmico llega a la mitología moderna.

De lo privado a lo público

Es tan propagada la afición por los diálogos y peripecias de la citada película que existen un Lebowski Fest en Estados Unidos y su equivalente en Inglaterra, llamado The dude abides (“el tío aguanta”), título que proviene de un diálogo en que el protagonista alude su propio apodo en una frase en la mayestática tercera persona de Jeffrey Lebowski, quien prefiere ser llamado simplemente “The dude”. Si bien en su incrementado uso coloquial el término equivale a viejo, compa, bato, pana,‘ñero o incluso el nefasto y ubicuo güey tan socorrido en el periodo actual, todas formas que denotan aprobación, siglos atrás tenía otro significado. Para Wikipedia existe como antecedente la despectiva voz irlandesa “dud” que indica a alguien de pocas luces, un lerdo; sin embargo me inclinaría por lo que señala el Diccionario Webster, que incluso fecha el origen de la palabra en 1883, la cataloga como “término inventado” y la define así: hombre demasiado pendiente de sus maneras y apariencia, dandy, y con una segunda acepción local en el Oeste norteamericano: turista, fuereño, del Este, de ahí que existan los “Dude-Ranches” que son, más que verdaderos ranchos, campamentos para turistas que desean montar a caballo y realizar actividades “campiranas”. Dada la mala leche de los Coen, la primera acepción de Webster se antoja la indicada, pues Jeffrey Lebowski (interpretado por Jeffrey “Jeff” Bridges) no puede estar más lejos de ser un dandy.

A nuestra medida

¿Y qué sería de una mitología sin héroes? Así, la película impar de los Coen inmortaliza al personaje que no deja sus chancletas de plástico, su pantalón de pijama o sus shorts a cuadros y su suéter de Chiconcuac, que se mantiene a base de ruso blanco y mariguana y que tuvo su dudoso momento de gloria como uno de los Siete de Seattle (un grupo que protestó contra la guerra de Vietnam) y como coautor firmante del Manifiesto de Puerto Hurón, la versión original, no la segunda redacción “plagada de concesiones”. En su auto destartalado y escuchando sus preciadas cintas de Creedence Clearwater Revival, el Dude es un antihéroe a la medida de nuestra era. Me invade la certeza de que la figura de este gran fracasado seguirá —dulce paradoja, justicia poética— agigantándose.

Más trasfondo

Para engrosar un estudio de la concepción de Ethan y Joel Coen para su antihéroe deleitante no sobra remitirse a una pieza con vocación de himno que es “All the young dudes”, escrita por David Bowie a principios de los años setenta y estrenada por el cantante Ian Hunter con su grupo Mott the Hoople:

…mi hermano está encerrado en casa

con sus Beatles y sus Stones,

y nosotros nunca arrancamos

con el asunto de la revolución:

qué friega…

Las almas se duelen

Los animistas siempre supieron que todos los seres y las cosas, hasta los objetos mínimos, poseen su propio espíritu. José Alfredo lo sabía de las piedras del monte. Los evangelizadores en América comenzaron a cuestionárselo respecto a los nativos del continente y a nosotros se nos verá, en el inevitable juicio histórico, con las mismas taras de aquellos por cuestionarnos si un elefante o un tigre de circo tienen alma o no. Por eso conviene desechar toda nostalgia infantil o invocación del peso de las tradiciones y hacerse a la idea de que el espectáculo taurino ha de acabar y, por lo pronto, dejarán de existir animales en los circos. Quizá sea una oportunidad de quitarle lo dolido al arte circense, tanto los payasos como las fieras son, finalmente, tristes. No cabe duda de que la ruta a seguir tiene más que ver con el brillo del Cirque du Soleil que con nuestro acostumbrado Cirque Desolé.

Hegel y no Heidegger

Pareciera que se contraponen los términos filósofo y superestrella pero como tal se ha denominado al teórico esloveno Slavoj Zizek, consentido de los círculos pensantes y más allá de ellos. Zizek ha planteado una buena cantidad de ideas y señalamientos de gran calado pero de algún modo su tono provocador y protagónico lo hacen parecer un adolescente desesperado por obtener atención. La cuestión es que, acaso por razones fortuitas, ha logrado que el mundo se fije en él. Me temo que la atención es más por mecánica e inercia que por una razón esencial. Tome nota el lector de cómo lo describe el polemista John Milbank en la contraportada de un volumen: “Para Zizek la ultramodernidad es postmetafísica solo en la medida en que permanece como la consumación de la metafísica en un sentido hegeliano y no heideggeriano…”. ¿Es esto acaso un modo de venderle un perfil a millones de lectores? Repelo el argumento del elitismo pero, ¿acaso no es dificultoso —si no que francamente inaccesible— lo dicho por Milbank en una jerga de durabilidad cuestionable, pedante y vacua? Aun así, Zizek tiene multitudes de seguidores, ¿será que lo siguen ciegamente o realmente penetran el sentido último, “no heideggeriano” de lo que dice?

El argumento del elitismo

En efecto resulta irritante a estas alturas el hecho de que al cuestionarse productos artísticos y culturales se siga blandiendo el argumento del elitismo. Si nos atenemos al dictum de Terencio (“Soy un hombre y por tanto nada humano me es ajeno”) encontraremos al menos un primer argumento opcional para remplazar el concepto de elitismo: la falta de congruencia del discurso estético entendida como el defecto que determina que una obra le resulte impenetrable al espectador. Esto y no que el autor de la obra sea altivo y elitista.

Existe, claro, el caso generalizado en que al espectador le faltan herramientas para descifrar la obra. En esta instancia, invocamos el razonamiento humanista que utiliza el poeta catalán Joan Margarit: “Todo aquel capaz de leer el periódico puede leer un poema y disfrutarlo. El poema es como una partitura y el lector es el intérprete de la misma. Pero para poder interpretarla debe afinar su instrumento”. Lo anterior asegura que no hay imposibles ni inalcanzables pero que, por supuesto, algunas obras nos piden un esfuerzo previo para poder compensarnos después. Más que interpretarlo como un camino de ardua preparación, como lo plantea la insípida política cultural, convendría verlo como un proceso más espiritual en que el espectador se entona con la obra.

Según qué boca

Escribía Proust que: “La posesión marchita todas las cosas; es mejor soñar la vida que vivirla, aunque vivirla sea también soñarla… Las obras de Shakespeare son más bellas vistas en el cuarto de trabajo que en el teatro…”.

Aprecio esa visión clásica que se aparta del autor detrás de la obra tanto como reniego del moderno culto a la personalidad. Sin embargo, el tener en cuenta la circunstancia y perfil particular de un autor puede asistirnos en la evaluación de sus dichos. Así, al considerar lo recién citado de Proust viene al caso considerar el carácter neurótico del novelista, su condición enfermiza y su predilección por el encierro a cal y canto. La sonoridad de las palabras por sí misma posee un poder de encanto y persuasión que nos puede llevar a una irreflexiva adherencia a ciertas máximas cuestionables de autores queridos. Olvidamos qué tanto pueden haber estado condicionados por sus dolencias particulares; así, pasamos por alto que Borges era ciego y vivió casi toda la vida con su mamá, que Malcolm Lowry era prácticamente impotente o que Karl Kraus odiaba a las mujeres porque no le hacían caso.

Un saludable escepticismo dictaría que sopesemos las palabras según de qué boca provengan.

Frase del mes

“… Me importa mucho lo que son los demás hombres pues, por muy independiente que crea ser dada mi posición social, si ellos son ignorantes, miserables y esclavos, mi existencia se determina por su ignorancia, su miseria y su esclavitud. Si yo soy ilustrado e inteligente, su estupidez me limita y me hace ignorante; si soy valeroso e independiente, su esclavitud me esclaviza: si soy rico, su miseria me inspira temor; si soy privilegiado, tiemblo ante su justicia… Ningún hombre puede emanciparse sino emancipando a la vez a cuantos le rodean.”

Mijail Bakunin

Según qué cuna

Recuerdo una película polaca de los años ochenta (¿sería de Andrej Wajda?) en que un capataz le pide a un obrero recuerde lo que Marx aconsejaba sobre no tenerle saña al burgués como individuo, a lo que el obrero responde: “Pero Marx también era burgués…”.

En ideologías y activismo político también aplica lo que referí antes sobre los autores y su circunstancia. En ese sentido, guardo un aprecio especial por casos como el de Clement Attlee, líder del Partido Laborista Británico, quien venía de una familia adinerada y, habiendo nacido en el extremo privilegio, tomó conciencia de la inequidad social, se sintió ofendido por ella y fijó una postura vehemente a favor de la clase oprimida. No es que sea doblemente meritorio, porque la ética no se mide como las virtudes acumuladas del catolicismo, pero sí se trata de un ejemplo notable, como lo serían sin duda dos de los pilares del anarquismo ruso: Bakunin, hijo de un terrateniente que había llegado a oficial de la Guardia Imperial y Piotr Kropotkin, naturista, geólogo y, para más señas, un revolucionario, príncipe entre los eslavos. ~

_________

Escritor, artista plástico y cineasta, CLAUDIO ISAAC (1957) es autor de Alma húmeda; Otro enero; Luis Buñuel: a mediodía; Cenizas de mi padre, y Regreso al sueño. Su novela más reciente se titula El tercer deseo (Juan Pablos Editor, 2012).

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