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Poder económico, energía y nacionalismos
Energía: El Nacionalismo Atizado | Este País | Sergio Mota | 01.08.2014 | 0 Comentarios

Cuando el nacionalismo, a los ojos de algunos, parecía rebasado, políticas de reintegración o intervencionistas como las del presidente de Rusia, Vladimir Putin, vienen a atizarlo. Los intereses materiales y, en particular, los energéticos, tienen mucho que ver. Se desempolvan viejas disputas territoriales, se ratifican alianzas y resurgen los grandes conflictos geopolíticos.

La globalización ha provocado la convergencia de modelos de crecimiento económico, de tecnologías, de inversiones, de mercados. Pero lejos de la uniformidad, han surgido diferencias entre los países —por su posición económica y política o por sus potencialidades— que conducen a la reafirmación cultural, la redefinición de zonas de influencia y la reorganización militar. Esto cohesiona a las sociedades nacionales y establece resistencias a la normatividad ambigua de las instituciones supranacionales.

En Ucrania son muchos los intereses en juego que motivaron el conflicto; destacan los gasoductos y los enormes ingresos que suponen. Sin embargo, estos intereses son inseparables de la recuperación nacional liderada por el Kremlin. El fomento del nacionalismo ruso ha sido el eje de la pugna.

Las heridas de la memoria

Mijaíl Gorbachov, expresidente de la extinta Unión Soviética, fue el héroe moral de la renuncia y de la retirada. Tuvo el valor y la audacia de realizar el desmontaje de la organización política y económica de su país. Lo hizo sin emplear la fuerza, sin miedo y sin guerra. Desarmó al Leviatán para pasar del infierno a una relativa normalidad. Como todo héroe, conoció la soledad que conduce a decidir y decidirse.

Ante este desmantelamiento, no hubo reconocimiento por parte de Occidente. Es más, este se atribuyó una victoria y permitió que Reagan y Thatcher se colgaran las medallas por una jugada que no hicieron. Con base en ello crearon los mitos de la revolución conservadora y su cortejo de negros augurios.

En una entrevista con Nathan Gardels, agudo analista internacional, Gorbachov dijo: “Los estadounidenses no nos han otorgado el debido respeto. Rusia es un socio serio. Somos un país con una gran historia, con experiencia diplomática, con formación, que ha hecho grandes contribuciones científicas […]. La Unión Soviética no era solo un adversario, sino un socio de Occidente. El sistema tenía cierto equilibrio”.

Y en tono de decepción agregó: “Estábamos dispuestos a construir una nueva estructura de seguridad. Pero tras la descomposición de la Unión Soviética y del Pacto de Varsovia, la OTAN olvidó sus promesas. Se volvió un organismo más político que militar. Siempre dispuesto a intervenir en cualquier lugar por ‘motivos humanitarios’. Ya los hemos visto intervenir no solo en Yugoslavia sino también en Irak, sin ningún mandato ni autorización de las Naciones Unidas”.

Estos antecedentes explican el golpe geopolítico del presidente Vladimir Putin en Ucrania para sellar la anexión de Crimea como provincia de la Federación Rusa. Putin advirtió a Occidente que debe “respetar los intereses nacionales rusos”. El hecho ilumina el pasado de la Guerra Fría y ofrece pautas para el presente. En 20 días Crimea pasó de ser territorio ucraniano a ser territorio ruso.

Una vez realizado el operativo, en la sala de San Jorge del Kremlin, Putin, junto con las autoridades de Crimea, reconoció que “Crimea es tierra santa rusa, parte inalienable de Rusia”, y ofreció su opinión de que Estados Unidos y sus aliados occidentales se pasaron de la raya en Ucrania. “Todo tiene un límite y Washington lo rebasó”, dijo, acusándolos de estar acostumbrados a actuar según la ley del más fuerte. Para Rusia, de lo que se trató fue de una reunificación con Crimea.

En el calor de los acontecimientos, Mijaíl Gorbachov salió en defensa de la política de Putin y de la consulta popular que apoyaba la anexión. Dijo: “Si en los tiempos soviéticos se entregó Crimea a Ucrania sin preguntar, ahora es el pueblo el que ha decidido corregir ese error. Esto es algo que habrá que aplaudir y no imponer sanciones por ello”.

Putin también recibió el apoyo de China y de la India. En el caso chino, Rusia tiene intereses económicos y energéticos. Ambos han celebrado un gigantesco contrato para el suministro a largo plazo de petróleo ruso, y se está estudiando la construcción de un gasoducto entre ambos países. En Nueva Delhi se recupera la vieja alianza con Rusia de la Guerra Fría.

El referéndum en Crimea arrojó 97% de votos a favor de la reunificación con Rusia, un resultado exagerado según algunos expertos internacionales, porque en una encuesta realizada un mes antes el resultado fue de 41% a favor de la anexión. Pero todo cambió por la radicalización política. Los ingredientes que capearon el guisado fueron el temor y el nacionalismo ruso.

Este es un ejemplo de que el nacionalismo está vigente en muchas partes del mundo, y parece que ello no cambiará en los decenios que vienen. En gran medida porque los gobiernos y los partidos políticos desentierran tradiciones para legitimarse. El “regreso a las raíces” es una tentación aun cuando tiene mucho de anacronismo. A los ojos de Isaiah Berlin, historiador de las ideas, el nacionalismo es un “vástago de la revuelta romántica que ha afectado decididamente a nuestro mundo”.

El nacionalismo siempre cojea porque empieza siendo lingüístico, con una retrospectiva esencialista, pero no siempre se convierte en ciudadano. Y para que haya representación política y un mínimo de justicia distributiva es necesaria la conciencia ciudadana.

La operación en Crimea significó modificar el orden europeo, que arranca en 1975 con los acuerdos de Helsinki sobre la inviolabilidad de las fronteras y prosigue en los acuerdos posteriores de 1990, que permitieron la reunificación alemana, y los de 1991 entre Rusia y las repúblicas exsoviéticas, entre ellas Ucrania, en los que Moscú se comprometía a respetar la integridad territorial de aquellas.

Hoy se advierte que la vigencia de estos principios es relativa y que el camino para crear nuevos Estados no está cerrado. Además de ser la de Crimea una anexión exprés, sin consultar a la ONU o al Consejo de Europa, abre dudas sobre el futuro del resto de Ucrania.

En la perspectiva de Putin, Crimea es el punto de partida para crear un gran pacto eurasiático, hoy centrado en la unión aduanera de Rusia, Bielorrusia y Kirguistán, que busca transformarse para 2015 en una unión política que se extienda a Armenia y Tayikistán. Pero como en una mesa de billar, cada acción tiene su reacción.

El tamaño de la economía rusa

El desafío de Rusia revela una audacia, una firmeza y una ambición que sorprenden por el tamaño de la economía y la población de aquel país. Parecería la acción de una potencia con discursos grandilocuentes en escenarios de montajes fastuosos. Pero además, es indiferente a las amenazas y represalias. Ello a pesar de sus fragilidades como país.

El PIB de Rusia representa 2.5% del PIB mundial y una octava parte del PIB de Estados Unidos. Rusia es el segundo productor mundial de petróleo y gas. También es el sexto productor de Uranio y cuenta con más de la mitad de la capacidad mundial; suministra 30% de las necesidades de la Unión Europea.

En estas circunstancias, lo realizado en Crimea se explica en gran medida por un personaje de corte nietzscheano: Vladimir Putin. Rusia tiene un importante arsenal nuclear, fuerzas armadas poderosas, capacidad de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU, abundantes reservas energéticas, un vasto territorio y lazos históricos y económicos con las antiguas exrepúblicas soviéticas. Su población es de 144 millones de personas y la esperanza de vida de los varones es de 64 años. La economía de Rusia depende básicamente de la producción energética, aunque tiene otras actividades potenciales como son la minería y la explotación de los recursos naturales, campos en los que todavía no se han aplicado tecnologías más productivas. La educación es mediocre, como lo evidencia el Informe pisa. Putin no tiene limitaciones internas. Ello le permite invertir casi 5% del PIB en gastos militares, mientras que el promedio europeo es de 2%. Actualmente Rusia canaliza los recursos suficientes para renovar 70% de su armamento.

Además, en la actual clase dirigente rusa hay un sentimiento revanchista, el conocimiento de que el país tiene una vocación histórica a no rendirse, a boxear con enemigos de diferente peso, a una vida heroica y trágica. Pero también está el asalto a la razón de sus gobiernos en la triste época de la ilusión comunista. Solo un dato para ilustrarlo: el régimen que instituyó Lenin dio un balance terrible: más de 100 millones de muertos. En la obra Vida y destino, Vasili Grossman —nacido en la ciudad ucraniana de Berdichev— recuerda los horrores y la crueldad del régimen soviético: eran idénticos en su inhumanidad a los del régimen nazi. El libro, calificado como La guerra y la paz del siglo XX, está escrito con la valentía que le dio una frase de Chéjov: “Ya es hora de que cada uno de nosotros se deshaga del esclavo que lleva adentro”.

La beligerancia rusa actual, que no cuadra con su peso económico, se explica por su potencial y por la dependencia de Europa de los energéticos rusos.

El mapa energético de Europa

La Unión Europea importa más de la mitad de la energía que consume, nivel que no ha dejado de crecer. Solo aporta 6% de la energía mundial, mientras consume más del doble: 14 por ciento.

Debido a ello ha decidido fomentar las energías renovables, diversificar las zonas de suministro y mejorar la interconexión intracomunitaria para que unos países puedan abastecer a otros. Pero hasta ahora estas propuestas solo son buenos deseos.

Mientras no se realicen, los países europeos serán dependientes de los energéticos que se producen en Rusia. Ninguna sanción a Moscú podría ser más dañina que una reducción significativa de las compras energéticas, pero ello no es posible por falta de alternativas que puedan justificarla.

Las importaciones de petróleo ruso por parte de Europa cubren la mitad de la demanda del conjunto de sus países, lo que significa 54% de los ingresos de exportación de Rusia. El total de las importaciones de gas ruso representa 30% del consumo europeo y 11% de los ingresos de exportación rusa. Del gas que llega a Europa, la mitad circula por Ucrania, que exporta 175 millones de metros cúbicos al día.

Es evidente que las relaciones de Rusia con Europa son muy estrechas. Para Rusia, Europa es el tercer socio comercial. También Europa es el origen de 80% de la inversión extranjera directa que llega a Rusia, lo que equivale a 4% de su PIB.

Los países europeos cuyo consumo depende en más de 25% de la importación de gas natural ruso son los siguientes: Finlandia, Suecia, Estonia, Letonia, Lituania, Polonia, Alemania, República Checa, Eslovaquia, Austria, Hungría, Croacia, Bulgaria, Grecia, Holanda y Bélgica.

El problema de la seguridad energética ha llevado a Europa a reducir sus objeciones hacia la extracción no convencional de combustibles fósiles mediante fracking, técnica que requiere de grandes volúmenes de agua para perforar las rocas y obtener el gas, además de sus efectos contaminantes severos. En vías de explorar esa alternativa están Alemania, el Reino Unido, Dinamarca, Polonia, Rumania y Suecia. Esta opción podría realizarse hasta 2016.

El otro camino europeo ha sido la producción de las fuentes renovables de energía, con el propósito de que aporten 20% de las necesidades en el año 2020, nivel nada relevante.

Ante estas encrucijadas, a principios de abril de este año el Gobierno alemán lanzó una propuesta de reforma energética sustentada en subvencionar las fuentes de energía renovables. Los cuchillos volaron en todas direcciones. Tuvo la oposición de los partidos de la coalición del Gobierno y de los barones regionales. El ministro Sigmar Gabriel, líder socialdemócrata y responsable de la reforma, aceptó las críticas reconociendo que no existe una alternativa “sensata” a la importación de gas ruso.

La perspectiva norteamericana

En contraste con la vulnerabilidad europea, Estados Unidos va camino a la autosuficiencia. Después de varios años de avance, ahora aporta 13% de la producción energética mundial y consume 17%. Este logro descansa en gran medida en la extracción de energía mediante fracking. Esta tecnología representa 30% de su producción de gas.

Estados Unidos ha ofrecido la exportación de este gas en un plazo de tres años con el objeto de diversificar las fuentes de abastecimiento de la Unión Europea. Otras opciones para Europa son el petróleo y gas de Nigeria y Brasil, pero en ambos casos la distancia y los costos de transporte incrementarían los precios, lo que favorece a Rusia. Pero, además, en este mundo interconectado, si se tensa la cuerda aumentando las sanciones a Moscú, podrían surgir conflictos comerciales, con daños tanto para Europa como para Rusia. Por eso hay una actitud proclive a desaconsejar la estrategia de confrontación. La Comisión Europea alerta de caídas en el PIB europeo si se castiga más a Rusia.

Estados Unidos se convertirá en el primer productor de petróleo hacia 2020 y será exportador neto. Esta situación le da mayor libertad en su política sobre Irán, antes condicionada por la compra del crudo saudí.

La mayor producción de energéticos de Estados Unidos se une a la recuperación económica del país, resultado de privilegiar la política monetaria, que ha mostrado su eficacia. Este es un aviso a los países europeos, que no superan las condiciones de estancamiento.

Horizonte de expectativas

La crisis ucraniana representa un juego donde los actores son más de dos, como corresponde a un mundo multipolar. Aunque no pase a mayores, ha sido como un despertador.

Europa se durmió en su momento con las decisiones sobre Ucrania. Cuando se dio la posibilidad de que formara parte de la Unión, la Comisión Europea desbordó el vaso y, en tono despectivo, ofreció una opción binaria a los ucranianos: “O nosotros o ellos”. Putin tendió los tapetes del apoyo. Ahora que conocemos los hechos, la Comisión Europea se aprestó a firmar el tratado de asociación con Ucrania.

Esta experiencia recrea las posiciones de Churchill a propósito de la Europa de los años treinta del siglo pasado. Decía: “Decididos a ser indecisos, inflexibles en su deriva, sólidos en su fluidez y omnipotentes en su impotencia”. Síntesis demoledora. En aquellos años, Churchill ya veía también la falta de seguridad energética; decidió remplazar el abastecimiento incierto de Persia por otras fuentes, estableciendo un principio básico al señalar: “La seguridad y certidumbre en cuanto a petróleo dependen esencialmente de la variedad de sus fuentes”. Esta verdad fue olvidada, como también lo fue la propuesta de política energética y de comunicaciones que pretendía el desmantelamiento de industrias clave pero peligrosas.

Las mayores represalias que puede imponer la Comisión Europea a Rusia recuerdan que en 2006 y 2009 este país cerró la llave del gas, afectando a 18 países. No hay duda de que a Putin no le temblaría la mano si tuviera que hacerlo de nuevo.

El Gobierno norteamericano ha tomado distancia. Es evidente el desapego de su presidente ante un enfrentamiento abierto; Obama observa la debilidad y divisiones en la Unión Europea. En materia de política exterior no busca nuevos desafíos. Sus prioridades son el Extremo Oriente, la decisión de llegar a un acuerdo con Irán, su renuencia a involucrarse en zonas conflictivas del Medio Oriente. En el caso de Ucrania, plantea evitar otras incursiones.

En el balance general, con el golpe de Putin emergió un poder que se suponía enterrado y que, por sus alianzas eurasiáticas, tendrá consecuencias en todos los arreglos estratégicos globales.

Es de esperarse, por conveniencia, que se produzca en Ucrania una reforma política para desterrar la cleptocracia y la ineficiencia institucional que han impedido el desarrollo económico y social. Está comprobado que la calidad democrática, la fortaleza institucional y la justicia social influyen positivamente tanto en el crecimiento económico como en la distribución del ingreso. Pero ello requiere mucho tiempo de cultura política, además de que el FMI ya anuncia sus recetas de talla única para Ucrania, consistentes en duros recortes —conocidos también como reformas— a cambio de un rescate financiero.

A los 28 países de la Unión Europea les está urgiendo impulsar una política energética para asegurar el suministro. Seguridad es variedad. Pero tropiezan con grandes titubeos internos por los costos potenciales, a pesar de las ventajas evidentes. Esto también esconde la incapacidad de los gobiernos de ver a largo plazo.

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SERGIO MOTA fue presidente del INEGI y embajador. Es consejero de esta revista.

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