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Prohibido asomarse
Cultura | Este País | Prohibido Asomarse | Bruce Swansey | 01.04.2014 | 0 Comentarios

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Agua y arena

El agua desea la sombra. La arena lo sabe. Así negocia la transparencia de la luz. Por eso se traban revolcándose en la orilla, el agua sedienta de sombra, la arena deseosa de luz.

 

Industrioso

De joven se preguntaba acerca del origen y el fin de sus días. Con el tiempo aprendió que los dos se fundían en el momento en el que los evocaba. Era el punto en una línea, separado del comienzo y remoto del final. Inicio y fin son un instante y sus días la ilusión de ser causa y agente del tiempo donde solo hay accidentes. Desde entonces emplea su tiempo en tareas más útiles como recolectar nueces para el invierno.

 

El camaleón y las moscas

Se pone los anteojos oscuros. Así cree ocultar las circunvoluciones de sus ojos ávidos que giran en órbitas opuestas desnudando los rincones. Las moscas zumban rabiosas. Pero el tedio las precipita hacia el relámpago de su lengua mortífera.

 

Encomio del olvido

“El secreto de la felicidad es la mala memoria”, piensa el elefante cuando se mira las arrugas en el estanque que ya violenta con la trompa, sediento de borrar su imagen.

 

Las ovejas y los lobos

Para protegerse, las ovejas se disfrazan de lobos y se fingen hambrientas. Por eso los lobos van de ovejas simulando ayunar.

 

El fantasma de la libertad

De cada cinco uno aspira a ser libre. Sueña que embiste la cerca que lo rodea, siente cómo hunde los pitones en el muslo y el vientre del torero arrojándolo por el aire como muñeco de trapo. Tal deseo de libertad dignifica su imaginación pero renueva su tortura uncido como se encuentra al arado. Un buey no es un toro de lidia.

 

El ermitaño

“Ya se metió. Seguro que ya se metió. Puedo sentir su presencia. Me pudre que se atreva a meterse. Yo no lo invité. Digo, a mí jamás se me ocurriría entrar así a ningún lado. Bueno, ni siquiera si me invitara a pasar. Sé que esto puede resultar ridículo para quienes atemoriza el gusto de la soledad pero para mí es natural y no tolero que nadie viole mi reclusión. Allí está. Allí viene el imbécil. ¡No puedo creerlo!”

Todo esto dijo mientras escapaba furioso avanzando de lado, el caparazón confundiéndose con el fondo del mar, el cangrejo ermitaño.

 

Mosca

Cuenta Homero que los aqueos descendieron de sus botes como ejército de moscas. Plinio respeta la mosca doméstica porque le atribuye en su Historia naturalis el poder de la resurrección y Luciano la encomia irónicamente por confianzuda y egoísta.

A ello debe el apeñuscamiento de los ojos que le cubren la cabeza imposibilitándole pensar. Y de semejante manera se explican los seis pares de patas con los que ávidamente le arrebata la mierda a sus contrincantes y transmite toda clase de infecciones. La mosca es incapaz de discernir.

Pero lo que no suele conocerse es que, según Melquíades, la más fiel compañera del hombre entre cuanta “animalía” existe carece de sentido del humor. Y lo atribuye al castigo que Juno le impuso, molesta a causa de quien rascaba la lira en los convites para divertir en forma chusca a las deidades con el zumbido de sus chascarrillos.

No queda allí la cosa.

Desde entonces la mosca interpreta los movimientos amenazantes de las manos como muestras de amor y las bromas afectuosas como agresiones. La mosca lo mira todo, zumba y no entiende nada.

 

La equilibrista

Desde pequeña demostró habilidades innatas para participar exitosamente en el negocio que había ocupado a la familia durante generaciones y les había dado fama legendaria. Su primer vuelo fue realizado como si hubiera nacido en el aire, aunque su capacidad para escalar muros totalmente verticales sin soga causó auténtica veneración entre el público. Cada día los entrenamientos calibraban con mayor precisión su agilidad, su fuerza y la destreza admirable con que ejecutaba las rutinas. Incluso sus accidentes probaron que se trataba de una auténtica artista del equilibrio acrobático de altura. Lentejuela alada, azabache fugaz, la mosca azulea un instante la ventana para desaparecer al siguiente.

 

Lección

“La humanidad, un interludio biológico” —dijo ufana la cucaracha vencedora del tiempo.

 

Identidad

Sumido en sus cavilaciones porque la respuesta continúa eludiéndolo se empeña en conocerse a sí mismo. Por fin una madrugada le parece que está a punto de despejar la duda que lo ha perseguido toda su vida pero entonces los primeros rayos de luz atraviesan el follaje y, transformándose de nuevo, queda corteza jaspeada de musgo. Aferrado a la rama con la que se confunde, palo con escamas y ojos que giran en circunvoluciones opuestas no es más que una metamorfosis el atribulado camaleón.

 

Aspiración sublime

Casi desde que abandonara el huevo había aspirado a volar y contemplar desde la sublime altura solar el miserable mundo inferior. Soñaba con cruzar el cielo a la velocidad del rayo y precipitarse como centella sobre la presa azorada cuyo pálpito ardiente colmaba sus garras de acero y destrozar gozosamente la carne que cedía en girones hasta saciarse. Pero era inútil: debía contentarse con picar el polvo y tragar gusanos. Una gallina no es un halcón.

 

Camarón que se duerme

Las nubes avanzan cortando rebanadas de cielo. La luz alcanza la profundidad en espirales que alternan sus haces con ráfagas de sombra. Abajo, frágilmente contenido en su caparazón traslúcido, tan pequeño que sentado puede mover hacia delante y hacia atrás la cola, el camarón celebra el silencio en la biblioteca y pondera la eternidad antes de ser engullido con todo y libros por la ballena, Leviatán majestuoso e indiferente a todo lo que no sea su hambre colosal.

 

Lagartija

Solar, hace diligentemente sus ejercicios arrebatándole al cielo su ferocidad. Ni siquiera bajo su cola alienta la sombra, evaporada hasta la última gota. En la pared la lagartija se afana para hacer coincidir la existencia con la luz. Sus flexiones son el reloj de arena por el que se desgrana el tiempo.

 

Fortaleza del caracol

Eso que se llama experiencia es la armadura que el cretino secreta mediante la cual logra sobrevivir acontecimientos que de otra manera lo liquidarían y le permite incluso estar orgulloso de su resistencia. Como el caracol, a cuestas con su fortaleza, el inepto con ínfulas rumia mentiras que solo él se obstina en creer y las transforma en hogar y tumba.

 

Mantis Religiosa

Una vez fecundada, entre bocado y bocado, la Mantis Religiosa considera que solo la entrega al sacrificio y la plenitud del dolor nos encadenan a la existencia.

 

El sapo

En lo más profundo del bosque, el sapo secreta su veneno. Posado sobre un nenúfar lo revisa todo con sus ojos vidriosos. Cuenta orgullosamente los cadáveres cobrados que cimientan las inmundicias de su poder. Recuerda las rebeliones aplastadas y se promete continuar emponzoñándolo todo. Luego se infla jubiloso y tragándose una mosca arenga al sindicato.

 

Sabiduría del sapo

Un sapo debe engullir un hombre cada mañana si quiere evitar tragarse algo peor antes de que termine el día.

 

Batalla de los crustáceos y las aves

Al retirarse la marea surgen islas de arena y en esos promontorios los agujeros burbujeantes de los que salen los cangrejos saludando con sus pinzas en alto. Las ostras bostezan soñolientas. Las medusas estiran sus tentáculos con antojos de bocadillos de plancton. Los camarones perezosos se dejan acarrear corriente abajo. Pero los percebes prefieren seguir durmiendo porque adheridos a las rocas el mar los arrulla en la sombra.

Unos pasean lateralmente. Otros mueven los ojos en círculos. Algunos aflojan las conchas greñudas y se calientan bajo el sol pero siempre alertas a las sombras que cruzan el cielo. Así transcurren las horas hasta que la marea vuelve a subir y dos ríos dividen las islas.

En ellas se libra una batalla entre los cangrejos y las aves ostreras para decidir cuál es el tronco del río y cuál el afluente. No es una cuestión frívola. De ella depende la posesión de la verdad.

Luchan con picos y tenazas incapaces de llegar a ningún acuerdo y por eso se destrozan. El agua sigue su ascenso pero todavía puede verse en la cúspide de las islas, antes de desaparecer, los despojos de la guerra que hoy tampoco ha decidido quién tiene razón. ~

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BRUCE SWANSEY (Ciudad de México, 1955) cursó el doctorado en Letras en El Colegio de México y el Trinity College de Dublín, con una investigación sobre Valle-Inclán. Ha sido profesor en esta institución y en la Universidad de Dublín. Es autor de relatos y crítico de teatro.

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