Martes, 20 Agosto 2019
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Flaubert en un viaje feliz
Cultura | Este País | Travesías | Andrés de Luna | 01.01.2014 | 0 Comentarios

Flaubert pasó del romanticismo al realismo ante la mirada de los grandes monumentos egipcios. Tiempo atrás había realizado un viaje a la región de Bretaña, lo hizo caminando y en compañía de su amigo Maxime Du Camp. De ese trayecto por su país, el autor de Madame Bovary expresó, según su acompañante en Recuerdos literarios:

Caminábamos con presteza a lo largo de los paseos, acomodando el saco de viaje con un golpecito de espalda, golpeando los adoquines con nuestro bastón, alegres, como dijo Flaubert: “¡Solos, independientes, juntos!”. Éramos felices.

 Perla Krauze

El viaje se realizó cuando Flaubert comenzaba a sufrir crisis nerviosas, un mal que lo acompañó a lo largo de su existencia. Estas crisis datan de 1846, cuando su padre —un médico y cirujano eminente— muere y empiezan los trastornos que lo colocaban en situaciones difíciles, a veces con esperanzas limitadas de sobrevivir a los combates del tiempo. Aun así, el hombre se acostumbró a este problema y lo asimiló como parte de su vida sin más. Durante el viaje solo una vez se vio atacado por el nerviosismo en Tours. Con veinticinco años, ese 12 de diciembre cumpliría uno más, iba en busca de aquello que estaba al margen de Rouan, su ciudad natal y su residencia. De este modo nacerá el volumen Viaje por Bretaña (Abraxas, 2000), el libro que compartió con Maxime Du Camp y que es un excelente relato viajero. En él están los pormenores de un par de jóvenes intelectuales que se enfrentan al periplo con todas las ganas del mundo por conocer otros sitios y hacer de ellos parte de una experiencia vital. Ya se sabe que, aún ahora, Bretaña es una suerte de otro país, un lugar con un esquema rural que se encamina por esos rumbos, hasta sus casas tienen otras arquitecturas y todo parece de otra nación. Los dos escritores —aunque tiempo después Du Camp se volvió fotógrafo gracias a las clases que le brindara Gustave Le Gray— estaban listos para registrar con la pluma lo que fuera necesario. Lo que se cuenta en ese texto ejemplar es una travesía del siglo XIX. Du Camp nos cuenta:

[Los treinta libros] sobre los hombros nos parecían pesados, sobre todo hacia el final de las etapas. Poco a poco nos acostumbramos a ello tan bien que estuvimos ablandados cuando la mochila no pesaba a nuestra espalda y ya no nos mantenía en equilibrio. ¿Dónde nos acostamos? En la prisión central de Fontevrault, en el convento de la Trapa de la Meilleraye, en los buenos hoteles de Nantes, de la Rennes, de Saint Malo, en posadas de cerreros, en tabernas como en Penmarch, en una cuadra como en Plougoff, en un puesto de aduaneros como en Plouvan. Todo estaba bien, todo era excelente, y ni una vez nos quejamos de esta buena miseria de viajeros que no es, en suma, más que uno de los incidentes del trayecto.

 

De Gustave Flaubert puede leerse al inicio del Viaje por Bretaña el siguiente párrafo:

No se tenía otra ambición que la de encontrar algún rincón de cielo puro, con enrolladas nubes algodonosas o descubrir, en una roca blanca, escondida bajo los robles, una de esas pobres aldehuelas como las que aún suelen encontrarse, con casa de madera, con la parra que trepa por los muros, la ropa blanca puesta a secar en el seto y vacas en el abrevadero. En otro tiempo, muchos más tarde, los grandes viajes, a través del mundo, montando en camellos en sillas turcas, o bajo la toldilla de los elefantes; en otro tiempo, si esto llegare a suceder, el cascabel de las mulas andaluzas, las peregrinaciones ensoñadoras en la Marenne, y las melancolías de la historia, surgiendo, con los vapores del crepúsculo, del fondo de estos horizontes donde ocurrieron las cosas que uno sueña en los viejos libros.

 

He aquí el pensamiento de un hombre que comenzaba a despertar al sueño viajero que estaba en los libros y que sugería estas imágenes que con claridad coloca Flaubert en su texto. Él era un personaje asediado por su madre, quien lo sobreprotegía y que incluso quiso imponerse para excluirlo del periplo a Bretaña y luego al de Egipto con Maxime Du Camp. Flaubert supo deshacer esos lazos y supo imponerse de manera intuitiva para realizar sus exploraciones, que fueron un aprendizaje frontal ante personas y situaciones, con sus buenas dosis de alcohol y drogas, con sus muchas prostitutas y con toda clase de venturas y desventuras que deparaba un recorrido semejante.

Entre las cosas que pasaron en su exploración de Bretaña aparecen los siguientes acontecimientos: un hombre de la aduana hizo un interrogatorio minucioso, también abrió las mochilas para echarles una mirada. Todo acabó cuando el tipo culminó la inspección, al preguntarles sus nombres respectivos. Flaubert le dijo al oído: “Misión secreta”. En Doualas, las mujeres del lugar creyeron que el par quería burlarse de ellas, así que hicieron que abrieran las mochilas y con enojo vieron lo que traían Flaubert y Du Camp.

En Croson un gendarme los confundió con pintores. Mientras que en Tiffauges, a la vera del castillo, quisieron los paseantes que alguien les contara algún relato tenebroso acerca de Gilles de Rais, el pederasta que había asesinado a muchos infantes en sus correrías. En otros puntos es la historia la que se impone, así que en Quiberon, ellos quisieron escribir un relato sobre los acontecimientos que estaban ligados a la Revolución francesa, allí los hombres evocaron el sitio que hicieron los hombres que se oponían al rey. En Saint Malo se trataba de anotar las peripecias de los piratas. Hicieron tal cantidad de proyectos que todo terminó en el baúl del olvido. Llegaron hasta el Mont Saint-Michel, gloria de Francia, y ahí quisieron repasar la historia patria, con todo y sus villanos y héroes.

El castillo de Roche-Maurice era una verdadera morada de burgrave, un nido de buitre en la cima de un monte. Se sube por una pendiente casi a pico, a lo largo de la cual, de lugar a lugar, bloques de albañilería desprendidos sirven de escalones. Arriba de todo, por un paño de muro hecho de bloques planos puestos uno encima de otro, y donde hay todavía anchos arcos de ventanas, se ve la campiña: bosques, campos, el río que corre hacia el mar, la cinta blanca de la carretera que se alarga, las montañas dentellando sus crestas desiguales, y la gran pradera que las separa esparciéndose en medio.

Perla Krauze17

Así narraba Flaubert lo que aconteció cerca del faro de Brest, en donde muchos de estos lugares aristocráticos eran ruinas en espera de una destrucción total o de una remodelación que lo levantara de nueva cuenta.

¿Qué esperar de este trayecto que tuvo algo de tragicomedia? Era de esperarse que los dos jóvenes, tan impetuosos como carentes de experiencia, les importara poco lo que dijeran los demás o de sus motivaciones ante lo que otros ignoraban. Los caminos estaban cercados de peligro, la Revolución había sembrado otra población empobrecida y sin mayores recursos, así que el viaje por el interior de Francia era un riesgo, aunque era un peligro que podía dominarse. Flaubert y Maxime Du Camp, luego de los dos meses que duró el recorrido por Bretaña, regresaron al hogar para luego emprender un viaje de dos años por Oriente, que les trajo nuevos peligros y otras muchas experiencias. En ese par de trayectos está sellado el impulso flaubertiano por descubrir algo que se esconde o que se da a medias. Por todos los pesares que sufría el gran escritor anotó: “Tengo un aire a la vez fúnebre y cínico. No amo la vida ni temo a la muerte”. ~

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ANDRÉS DE LUNA (Tampico, 1955) es doctor en Ciencias Sociales por la UAM y profesor-investigador en la misma universidad. Entre sus libros están El bosque de la serpiente (1998); El rumor del fuego: Anotaciones sobre Eros (2004), y su última publicación: Fascinación y vértigo: la pintura de Arturo Rivera (2011).

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