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Tres retratos de nuestro tiempo
Este País | Raúl González Sendoya | 01.05.2014 | 0 Comentarios

©iStockphoto.com/©nihatdursun

¿Qué es el tiempo? Como humanidad hemos desarrollado la costumbre de pensarlo a través de los números, a tal punto que la vida se nos imposibilitaría si no tuviésemos siempre un reloj a la vista. La siguiente trilogía es una aproximación a las paradojas de algunos elementos del imaginario de nuestra época. 

Eso que llamas el espíritu

de otros tiempos no es más que

el espíritu de aquellas personas

en las que los tiempos se reflejan.

Goethe

 

Nuestra cognición frente a lo invisible

 

En su Fenomenología del espíritu, Hegel propone no mirar las cosas bajo la idea del nacimiento y la muerte porque eso es no mirarlas o mirarlas mal. Hay que observarlas bajo la idea de un cambio continuo de formas sin principio y sin final reales. El tiempo no se detiene un solo instante, pensado no como la razón 60 tic tacs por minuto, sino como el incesante cambio de forma de las cosas, incluidos nosotros: el movimiento en sí mismo. Algo de suyo indefinible. Hegel lo llamó la “dialéctica del espíritu”.

La manera en la que percibimos el mundo actualmente se remonta a menos de 500 años. Como humanidad, en pleno siglo XXI, seguimos siendo herederos de la Ilustración. Desde entonces no hemos hecho otra ruptura con el pasado que merezca ese nombre. Las revoluciones tecnológicas y sociales son otra cosa. Me refiero a una ruptura con la manera de ver el mundo que nos rodea; es decir, una revolución cognitiva cuyo ejemplo más cercano sería la Ilustración misma a partir del reconocimiento y la adopción de los descubrimientos de Galileo y Newton como referentes del conocimiento.

Si por cognición entendemos el proceso mediante el cual percibimos e interpretamos la vida cotidiana —experiencia, memoria y lenguaje incluidos—, diríamos que una transformación de nuestra cognición como humanidad implicaría cambiar los significados que le asignamos a todo lo que nos rodea para arribar a una nueva cognición: la vida vista con otros ojos.

Sin embargo, la historia muestra que esto ha ocurrido a raíz de grandes acontecimientos, y no por la aplicación de sistemas de ideas, llámense ideologías. El ejemplo más concreto, como decía, fue el surgimiento de la teoría heliocéntrica y las leyes del movimiento, las cuales marcaron el paso de los referentes mentales de la Edad Media a los de la Era Moderna: es la Tierra la que gira alrededor del Sol y no este en torno de aquella. Poco a poco, el Sol dejó de ser lo que era para convertirse en otra cosa, y con él, la Tierra y el hombre.

Más recientemente, la hipótesis atómica de la materia de principios del siglo XX ha ido cediendo terreno ante el descubrimiento de partículas subatómicas y, finalmente, del bosón de Higgs y de la materia y la energía oscuras, cosa que a muchos ha asombrado pero que a nadie le ha cambiado la vida. Hasta ahora no nos representan mucho porque no son más que nombres asignados a partir de la sintaxis de nuestra propia cognición, y como no podemos darles nombre, porque solo podemos nombrar —y en consecuencia, significar— lo visible, llamémoslas “materia” y “energía” y digamos que son “oscuras”. Estamos igual que antes.

En realidad, lo único que sabemos es que no sabemos frente a qué estamos porque ahora resulta que el vacío no es tal, que el universo está lleno de energías ante las cuales nuestros ojos sucumben aun ayudados por los aparatos más sofisticados. ¿No fue acaso la duda sobre la existencia de energías invisibles lo que llevó a la hoguera a miles de personas en la Edad Media que decían no solo conocerlas bien sino poder influir sobre ellas?

Pero no hay que desesperar si nos vemos incapacitados para entender lo invisible. Pongámonos en los zapatos de quienes no daban crédito a que la Tierra estuviera girando en torno al Sol y no al revés, porque era algo que no se podía constatar a simple vista y luego aceptar tan fácilmente: “¡Que no!”, gritaba la gente; “¡Que sí!”, respondía Galileo golpeando el suelo con el tacón. Tuvieron que pasar generaciones para que se entendiera.

El acontecimiento que cambiará nuestra cognición podría venir de otro gran descubrimiento, cosa que quizá ya hemos hecho, pero no nos enteramos porque esta vez los significados de nuestra cognición se agotaron y, entonces, como decía Hegel, esto demuestra que necesitamos otro tipo de saber.

 

El triunfo de la cultura de la productividad

 

Hace 15 años, en plena paranoia de la globalización, circulaba en los pasillos y en las aulas de la universidad el rumor de que el mercado, ese espantoso ente que todo lo estaba devorando, también estaba tratando de imponer un nuevo modelo para estudiar ciertas áreas comúnmente asignadas a las ciencias sociales y las humanidades, como la economía y el periodismo.

Menos teoría y más práctica; es decir, sacar, por ejemplo, a la economía de las humanidades y meterla en las ciencias propiamente dichas. Más modelos de análisis cuantitativo: encuestas, estadísticas, estudios de mercado, matrices insumo-producto, teoría de juegos, marketing, etcétera. Tendencia que llamábamos tecnocratización.

Por fuerza, esta ola traía consigo un nuevo perfil de profesionista y de funcionario público. Hombres bien peinados, impecablemente vestidos, con maestrías y doctorados, emprendedores entusiastas educados en el liderazgo, la competitividad y la productividad, pero con una cultura muy pobre.

Nosotros, si no actualizábamos nuestro obsoleto plan de estudios que todavía incluía a Mariano Otero y a Marx, tendríamos menos oportunidades para integrarnos al mercado laboral, porque ¿quién era Mariano Otero y quién leía todavía a Marx? Sí, a Carlos Marx. Todavía estudiábamos economía política, y había maestros que nos hacían leer El Capital, pero no como ideología, sino como metodología y material de análisis.

Pero también leíamos artículos sociológicos internacionales. Según estos análisis, se trataba de una tendencia natural del neoliberalismo: el triunfo de lo económico sobre lo social, el progreso material por encima del desarrollo humano, que incluye el cultivo de la ciencia, las artes y la filosofía.

En cuanto a los medios de comunicación —un campo tan importante para los ciudadanos como los ojos para el cuerpo, pues es a través de ellos que nos representamos la realidad—, la productividad, la rapidez, la eficiencia y la calidad se impusieron porque se traducen en más dinero para los dueños de periódicos y televisoras.

Información de calidad vista como notas a destajo, excelente redacción, infografías, imágenes de alta resolución y, recientemente, con el surgimiento de la información en tiempo real y las redes sociales, velocidad. Las redacciones: ejércitos de reporteros y editores mal pagados trabajando bajo niveles de estrés inhumanos para ganarle el rating al de enfrente, separados de directivos, gerentes comerciales, publicistas y supuestos líderes de opinión.

Antes de publicar determinada nota se reúne una suerte de consejo editorial para analizar si se favorece o perjudica a una empresa o a algún político o funcionario “amigo del grupo”. Si la nota no es muy importante, pero “le hace ruido” al reportero o editor, “se toca base” con los jefes para valorar si se omite o se le da “otro ángulo”, es decir, si se aborda desde otro punto de vista que no comprometa a nadie. Así, ningún medio de comunicación está exento de hacer política en su versión de relaciones públicas.

Se cumplió. La nuestra no era paranoia. Sin embargo, ellos no tienen la culpa, sino quien los educó, un ente al que no se le puede reclamar porque es una abstracción que está en la cabeza de muchos de ellos pero no lo saben, porque quizá les hizo falta leer a Mariano Otero y a Carlos Marx.

 

Cómo sería un viaje en el tiempo

 

Según el paradigma científico hasta ahora aceptado, las leyes físicas de la naturaleza conocidas indican que los viajes en el tiempo son descabellados pero no imposibles. No hay duda, algún día seremos capaces de viajar en el tiempo de ordinario (aunque vivir es ya viajar en el tiempo, pues hasta al cruzar una calle atravesamos cierta cantidad de metros en cierta cantidad de segundos) tal y como hoy viajamos en aviones, algo que escaparía a la imaginación de una mente común de la Edad Media.

Las ecuaciones matemáticas y los pequeñísimos experimentos actuales (aceleración de partículas en enormes aparatos llamados colisionadores) apuntan a que, si tú lector, por ejemplo, ahora mismo pudieras hacer un viaje redondo en una nave espacial que se moviera a una rapidez cercana a la que lo hace la luz de la lámpara del centro a las paredes de tu habitación cuando activas un botón, tu reloj físico y tu reloj biológico caminarían a otro ritmo: las manecillas de tu reloj colgado en la pared de tu nave y tu corazón marcarían segundos más largos —como en cámara lenta— respecto a los de quienes dejaras en la Tierra en proporción a la rapidez alcanzada y la duración de tu viaje. Así, por ejemplo, si viajaras al 99.5% de la rapidez de la luz durante un año espacial, a tu regreso habrían pasado diez años en la Tierra.

Si pudieras ir un poco más rápido, pero siempre sin cruzar el límite de la rapidez de la luz —digamos al 99.9%, pero nunca al 100, porque hasta ahora sabemos que no hay cuerpo que resista un viaje a dicha rapidez, pues se contraería hasta desaparecer, quizá para volverse luz misma—, podrías saltar en tu nave de un siglo a otro.

Tal viaje no necesariamente sería a otro planeta ubicado en otra galaxia. Bastaría con que fuera redondo, tal vez poniendo tu nave espacial a girar en torno a la Tierra, pero a una velocidad enorme, la cual hasta ahora la energía que impulsa a los transbordadores espaciales no puede proporcionar.

Cabe aclarar, sin embargo, que dicho viaje sería posible solo hacia el futuro, no al pasado, porque según la teoría relativista de la dilatación del tiempo, en la vida, pensada como devenir, tenemos solo la posibilidad de hacer, no de “deshacer”, pues estamos siempre viviendo de cara al futuro. Un ejemplo muy simple de esta paradoja es que podemos disolver leche en una taza de café pero no podemos “desdisolverla”, podemos romper un huevo pero jamás devolverlo a su estado original, podemos terminar una relación amorosa pero jamás recomenzarla de cero. El pasado es pasado, y lo hecho hecho está. El futuro, en cambio, permanece abierto, indeterminado.

Con todo, no hay que emocionarse demasiado, pues la rapidez hasta ahora alcanzada por una nave espacial respecto a la rapidez de la luz es la misma que hay entre el paso de una tortuga respecto a la rapidez de un avión. Además de que la pregunta fundamental para qué ni siquiera figura en la discusión.

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RAÚL GONZÁLEZ SENDOYA es redactor de Este País <[email protected]>.

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