Thursday, 20 June 2019
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Visión de José Revueltas
Becarios De La Fundación Para Las Letras Mexicanas | Cultura | Este País | Nayeli García Sánchez | 03.11.2014 | 0 Comentarios

Ante la falsa disyuntiva entre el pensamiento y la acción, José Revueltas propone con su obra literaria una conciliación práctica en la cual escribir y leer implica interrogar las estructuras que sostienen al mundo, donde el trabajo intelectual es un movimiento encarnado. Si entendemos la escritura como un hacer en soledad que deviene en acción comunitaria, esto es, si damos por buena la capacidad transformadora de la palabra, la obra literaria será parte de los esfuerzos revolucionarios. Una renuncia a la distinción entre labores intelectuales y prácticas amplía el campo de batalla del activismo. En el entendido de que el libro es un objeto público, en cuanto comienza a circular en un ciclo provocado por el placer o el azar, es posible considerarlo también un quehacer político, acción que ocurre en la polis y la modifica.

Como pocos autores, Revueltas construye un sistema de pensamiento coherente que crece y se desarrolla a lo largo de sus libros. Si bien varios lectores han percibido un parteaguas en su narrativa a partir de la publicación de Los días terrenales (1949), su pluma sigue un camino con estancias definidas en sus obras. Ello no implica que sea un autor falto de contradicciones. Una de ellas, quizá la que más lo marcó, fue retirar de circulación su novela del 49 ante las opiniones crueles de sus excamaradas del Partido Comunista Mexicano, decisión que revocaría años más tarde.

Tras el tardío reconocimiento que él mismo hizo de Los días terrenales, Revueltas propuso nombrar toda su obra narrativa con ese título, hecho que consolidaría sus ideas acerca del compromiso político de la literatura posrevolucionaria con la sociedad mexicana. En una lectura general de su obra, es posible perseguir una línea de pensamiento sobre la responsabilidad del escritor, del hombre en última instancia, frente al mundo. En pocas palabras: es visible que Revueltas halló la manera de seguir un programa ético de acción que no se contradijera con su poética narrativa, logró que su modo de vivir y de pensar no traicionara su manera de escribir. Para Revueltas decir es hacer.

Esta visión de la palabra actante, casi mítica, tiene todo que ver con la forma en que el autor comprendía la labor de los intelectuales y de los artistas, y comenzó a configurarse desde muy temprano. En 1941, año en que apareció su primera novela, Los muros de agua, el panorama cultural de México crecía bajo las sombras del moribundo Ateneo de la Juventud y bajo los alcances de varios grupos: por un lado, estaban los Contemporáneos; por otro, los cada vez menos visibles estridentistas y, un poco más allá, los escritores de literatura proletaria, sin un foco definido. Una de las disputas estéticas que regía este campo cultural era, como podría esperarse, la dicotomía entre el arte con aspiraciones cosmopolitas o el arte nacionalista que “reflejara la realidad” del mexicano.

Revueltas se enfrentó a este conflicto desde las barricadas del arte con un trabajo de escritura que no titubeó en mostrar la represión brutal ejercida en su país contra los presos políticos y mucho menos las condiciones de vida en el campo. Existe un pequeño texto, “Visión del Parcutín”1, que camina entre la crónica y el cuento, donde esta conjunción del político, que conoce el funcionamiento del Estado en la urbe, y el viajero, que ha podido convivir con la gente pobre de las montañas y llanuras, se mezcla con un tercer elemento: el artista.

El breve ensayo narra un viaje al lugar donde nació el Paricutín en 1943. A partir del relato de las consecuencias nefastas que tuvo la aparición del volcán para los campesinos de la zona, Revueltas habla del problema agrario, bastión ignorado de las revoluciones sociales en México. Por medio de un recorrido por las injusticias cometidas contra los indios desde los tiempos de la Conquista, el lector puede darse cuenta de la deuda histórica que el vanagloriado progreso tiene con la población rural del país. A pesar de que la denuncia social es eje del texto, el tratamiento verbal del relato está realizado con exactitud lírica. El cuidado literario está al servicio del mensaje, las palabras alcanzan una fuerza poderosa que mueve a la empatía al lector. La retórica vuelve a la política.

Dionisio Pulido, la única persona en el mundo que puede jactarse de ser propietario de un volcán, no es dueño de nada. Tiene, para vivir, sus pies duros, sarmentosos, negros y descalzos, con los cuales caminará en busca de la tierra; tiene sus manos, totalmente sucias, pobres hoy, para labrar, ahí donde encuentre abrigo. Solo eso tiene: su cuerpo desmedrado, su alma llena de polvo, cubierta de negra ceniza. (p. 201.)

He allí el inicio de la crónica: un hombre es dueño de un pedazo de tierra, símbolo de su desposesión. La descripción puebla de significado histórico el cuerpo de Pulido, cubierto de ese color oscuro cuando, líneas más adelante, trenza esta primera historia con la lectura de una biografía de Francisco Pizarro, conquistador del Perú y explica: “Todo eso humillado que tenemos, proviene de cómo fue hecha la conquista, de quiénes vinieron para hacerla y del modo como les fue otorgada a los conquistadores la merced de conquistar” (p. 208). Revueltas, por medio de su narrador, dispone el texto de manera que lo que parecería un mero accidente geográfico hable de la historia de América: la gente del campo michoacano tiene los ojos rojos:

Un terrible, siniestro y tristísimo color rojo. Parecen como ojos de gente perseguida, o como de gente que veló durante noches interminables a un cadáver grande, espeso, material y lleno de extensión. O como de gente que ha llorado tanto. Rojos, llenos de una rabia humilde, de una furia sin esperanza y sin enemigo. Dicen que es por la arena, el impalpable y adverso elemento que penetra por entre los párpados, irritando la conjuntiva. Quién sabe. Creo que nadie lo puede saber. (p. 203.)

Las interpretaciones del origen de esas miradas bermejas abren campos semánticos que sugieren una interpretación política de la tristeza y el dolor: “ojos como de gente perseguida”, “gente que veló”, “llenos de una rabia humilde”. A través de la concatenación de símiles (ojos que son como ojos…) Revueltas devela la relación que existe entre el cuerpo y la historia. Parece que los hombres llevan en su carne las huellas de los caminos recorridos. Es imposible negar la presencia de elementos poéticos en estas conexiones de sentido. El escritor toma una postura frente a la historia de nuestros pueblos desde el bastión de la literatura y con ello muestra que no hace falta el proselitismo burdo para sostener una idea contraria a la del discurso hegemónico.

Así como el cuerpo de los hombres, la tierra también guarda su propia historia y la lleva consigo, la erupción del volcán provocó la diáspora de ese pasado escondido: “Un polvo negro, que no pica en la nariz, un polvo singular, muy viejo, de unos diez mil años. Con ese polvo tal vez se hizo el mundo; tal vez las nebulosas estén hechas de él. Y los peces también, quizá, aquéllos de los primeros grandes mares”. (p. 212.)

La crónica sobre el volcán termina de configurar el discurso subterráneo, el que aparece aludido, el que habla de algo más que el nacimiento del volcán, con una comparación entre las luces de la ciudad que se observan desde la entrada por la carretera y las ascuas de lava: “Ahora hay que preguntarnos: esa pedrería, esa arena luminosa de los palacios de nuestros viejos y nuevos ricos, ¿no extinguirá, como aquella otra, los campos y la tierra, agostando las flores, cubriendo de ceniza improrrogable la tremenda patria?”. (p. 224.)

“Visión del Paricutín”, texto menor en el conjunto de la obra de Revueltas, contiene su poética concentrada. El cuidado verbal, la elección del tono y la creación de imágenes están al servicio del sentido y el argumento de los textos, las variaciones de intensidad y el ritmo de la prosa buscan filtrarse en el lector y crear surcos que permitan el nacimiento de conciencias renovadas.

1 José Revueltas, “Visión del Paricutín”, En el filo, prólogo de Juan Cristóbal Cruz Revueltas, compilación de Andrea Revueltas, UNAM / Era, México, 2000, pp. 201-224.

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NAYELI GARCÍA SÁNCHEZ (Ciudad de México, 1989) estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. Actualmente es becaria en la Fundación para las Letras Mexicanas, participa en la elaboración de la Enciclopedia de la Literatura en México.

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