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A cien años del nacimiento de Edmundo Valadés
Cultura | Este País | Beatriz Espejo | 01.05.2015 | 0 Comentarios

El pasado 22 de febrero se cumplieron cien años del natalicio de Edmundo Valadés, sin duda, el promotor más importante de la cuentística mexicana. La autora de este breve ensayo recorre los puntos clave de la misión de este visionario de las letras de nuestro país.

Aunque detesto empezar como ficha cronológica, diré lo consabido: Edmundo Valadés nació en Guaymas, Sonora, el año de 1915 y murió en la Ciudad de México en 1994. Se dedicó al periodismo desde 1936 hasta su muerte. El número de publicaciones donde se mantuvo presente es muy amplio, primero fue Hoy, a la que siguieron América, Vida Literaria, El Nacional, Excélsior, El Día, unomásuno. Sus colaboraciones resultan imposibles de traer a estos apuntes. Fue director y fundador de algunas revistas; entre las que le dieron fama se cuenta Cultura Norte. Sacó cinco números y la suspendió por la escasez de papel provocada por la Segunda Guerra Mundial, pero ya se interesaba por el cuento y manifestaba el interés que le causaba este género; sobre todo los textos de factura breve y concisa; posteriormente construyó desde 1964 hasta 1994, es decir durante seis lustros, una especie de taller que con gran generosidad daba acogida a numerosos escritores tanto mexicanos como hispanoamericanos. Así, El Cuento cobró importancia porque tenía como única condición la calidad de los textos. No es que se dedicara solo a buscar nuevos nombres, sino que junto con los muchachos incipientes y talentosos unía grandes autores que prestaban relevancia a tales páginas. Valadés pasó media vida buscando una personalidad peculiar a su revista coleccionada por muchos, objeto de admiración e incluso de culto.

Desde 1948 comenzó a mostrar su propia producción, también en publicaciones periódicas, hasta 1955, cuando reunió catorce textos para Letras Mexicanas del Fondo de Cultura Económica, bajo el título de La muerte tiene permiso. Las respuestas fueron más de veinte ediciones que se sucedieron desde el principio para convertirlo en el cásico que preservará sus esfuerzos. Luego se le conocen otros dos libros del mismo tenor, aunque con menos suerte: Las dualidades funestas (1966) y Solo lo sueños y los deseos son inmortales, Palomita (1980). Igual que algunos, contados y relevantes escritores, dejaba pasar décadas entre un libro y otro. En cambio, aparecía en diferentes antologías, lo mismo que elaboraba colecciones antológicas de escritores seleccionados por él. Son muchos los prólogos que hizo. Destacaría entre ellos “La revolución de las letras”, en colaboración con Luis Leal y “Los cuentos del Cuento”, en el cual revela sus preferencias. De sus antologías cabe mencionar el Libro de las imaginaciones, Los grandes cuentos del siglo XX, Cuentos de la Revolución mexicana, Con los tiernos infantes terribles, La picardía amorosa e Ingenios y humorismos.

Siempre estuvo metido en asuntos de concursos y jurados literarios. Su interés por otras formas de expresión lo llevó a trabajar una pequeña obra de teatro: El torero mentiroso, dividida en seis cuadros. Y, en sus mocedades, un par de poemas, de poca importancia: “Cuando hay que hablar de derrota” y “Pasan y pasan los pasos de los hombres”, allá por 1949. Su medio de expresión era la prosa y con ella se manifestó sin descanso. Presidió Pecime, la Asociación Mexicana de Radio y Televisión, la Asociación de Escritores de México. Recibió varios homenajes y la Medalla Nezahualcóyotl de la Sociedad General de Escritores de México, en 1978. También presidió talleres de narrativa breve y se distinguió como excelente crítico, todo lo cual le valió el Premio Nacional 1981 en la rama de Divulgación Cultural.

Podría clasificársele como narrador, promotor y crítico literario que se preocupaba por la agilidad de lo contado, sin dejar de ahondar en los diferentes temas tratados y en la factura de cada escrito. Hay, eso sí, una especie de violencia contenida deliberadamente y un deseo de poner el dedo en la llaga de los problemas sociales, con lo cual logra una serie de atmósferas por lo regular impactantes. Autor de voz propia, puede decirse que solo hablaba de aquello que lo tocaba grandemente. Fue reflexivo, melancólico, acusador, nostálgico, de vez en cuando lúdico; sin embargo, el sustrato del ser humano de carne y hueso aparece en cada uno de sus relatos. A menudo escritos de manera muy ortodoxa, siguiendo los tres requerimientos básicos y los finales generalmente punzantes como un chispazo o abiertos para que los lectores completen aquello que no termina de decirse. Mantiene la tensión hasta desembocar en el clímax y nunca se permite caer en el lugar común, aunque los asuntos tratados no sean precisamente novedosos. Son más bien conocidos. Su interés está en que se exponen con valentía y realismo, quizá la mayor muestra de ello sea precisamente “La muerte tiene permiso”, que maneja dos planos distintos, dos idiomas distintos, conforme a la clase social de sus personajes, y situaciones redondeadas sorpresivamente: un grupo de campesinos que durante décadas ha sufrido abusos y arbitrariedades del presidente municipal del pueblo, raptos de mujeres, control del agua para regar siembras y otras tropelías por el estilo, pide presentarse a una junta de gobierno para matar al abusivo individuo. Han manifestado sus quejas ante diferentes instancias sin ser escuchados. Cuando por fin logran que les den una audiencia, los políticos a los que se enfrentan quedan de una pieza al ver la fortaleza que encierra aquel grupo de hombres, los dedos terrosos por el trabajo y caras arrugadas bajo el sol, exponiendo sin titubeos cuanto horror han tenido que aguantar sin haber sido escuchados. Y luego de desmenuzar la cruenta situación piden permiso para tomar el castigo en sus manos. Hay desde luego un desconcierto en los que representan al gobierno, discuten la afrenta que ello sería, de consecuencias nefastas para la autoridad si otros municipios asumieran una actitud semejante. Podría traer para la República entera brotes de desorden en varias regiones; pero algo les dice que es imposible enfrentarse a una determinación tan sólida temiendo quizá revueltas que no podrían parar. Sin meditarlo mucho, conceden lo que les piden y, ante su sorpresa, escuchan las contundentes frases finales: “Pos muchas gracias por el permiso, porque como nadie nos hacía caso, desde ayer el presidente municipal de San Juan de las Manzanas está difunto”.

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No puede dejar de pensarse en Fuente Ovejuna, el antecedente literario más conocido en nuestra lengua y que lleva implícito el mensaje del viejo refrán: “La unión hace la fuerza”. Sí, aquí como entonces ningún homicida es señalado ni importa verificarlo o establecer aclaraciones. El culpable recibe su merecido y el pueblo entero se acusa sin citar nombres ni señalar la mano o las manos que empuñaron la pistola o el cuchillo o apretaron la soga, lo importante es que se hizo justicia. Se trata, pues, de un cuento que, como los mejores, en su aparente pequeñez de siete cuartillas y media dice muchas cosas todavía vigentes, aunque hayan pasado sesenta años desde que encabezó un libro. ¿Cuánto tiempo aguantará la brecha, la enorme brecha entre ricos y pobres? ¿Las fechorías, los abusos, los robos inacabables y cada vez mayores según las cifras de las que se habla, en cada caso más estrepitosas acusando a gobernadores que quedaron sin castigo de ninguna especie esquilmando al pueblo? Al grado de que en vísperas de elecciones los ciudadanos no saben en su mayoría por qué partido votar, puesto que todos los han desilusionado y vendido las riquezas no renovables al mejor postor, hasta que México quede de rodillas ante potencias extranjeras. El número de marzo de 2015 de la revista Este País se dedicó a señalar la enorme desigualdad fundamental en México. Pedro Gerson expone un dato que vale la pena señalar, no obstante el tiempo transcurrido, entre el relato y la estadística. Dice: “Hay muchas realidades de nuestro país que impiden el acceso a la justicia. En materia penal, por ejemplo, la marginación económica impide una defensoría de calidad. Si bien el Estado provee servicios de defensa, las cifras muestran que en promedio un defensor atiende 205 casos al año. Con tal carga de trabajo, es difícil creer que la gente en condición de pobreza pueda contar con una defensa de calidad, condición necesaria para el debido proceso…”. El cuento de Valadés sigue siendo tan válido —sin necesidad de estadísticas— como en la segunda mitad del siglo pasado, cuando se escribió.

A pesar de que había encontrado una temática que señalaba la profunda desproporción reinante, y de haber sido miembro de la Unión de Estudiantes Obreros y Campesinos, que le permitió organizar escuelas nocturnas y dirigir una de ellas; además de haber sido secretario de redacción de Novedades, fue también subjefe de la Oficina de Prensa de la Presidencia (1958-1964). Este encargo parece no ir de acuerdo con lo que predicaba en su literatura y fue criticado; luego se dedicó a dirigir la sección cultural de Excélsior y durante un año a ser profesor del Centro Mexicano de Escritores.

En “No como al soñar” se impuso otro juego de dualidades que le inquietaban. Enfrenta la inocente conducta de un muchachito enamorado por primera vez de una niña, a quien declara su amor en una nota ingenua que ella recibe tras los barrotes de la reja en que estaba… ¿interna? Y ese desafiante gesto de hombría infantil convertido en una especie de sueño ilusionado se desvanece ante las injurias e improperios que se lanzan dos energúmenos saliendo de la tienda del chino Lee, trastabillantes, enardecidos, dispuestos a matar o a que los mataran. Estallan dos relámpagos y uno de ellos cae muerto con los ojos abiertos a la eternidad, ante la mirada absorta del jovencito que pretendía hacerse hombre. Entonces siente miedo de que pudiera caer allí del mismo modo y se marcha sin enterarse aún de la respuesta que esperaba anhelosamente.

“Al jalar el gatillo” afronta la historia de  un cacique encaprichado con una joven de senos duros que se le marcan al inclinarse sobre el pozo, y a quien pretende por la buena un galán de su misma edad, Gabriel, cantante entonado para llevar serenatas, a quien el jefazo ve como rival, cobra un rencor imposible de vencer y lo manda matar encargándoselo a El Cacarizo, pistolero profesional pueblerino bajo cuya camisa asoma una medalla guadalupana, que ha cumplido otros trabajitos por el estilo. Es notable el retrato que Valadés consigue de tan nefasto personaje: “Aparece como siempre, esas raras veces en que se deja ver. Encasquetado el sombrero, saboreando un palillo entre los dientes picados. Enjuto, corroído por las fiebres, la mirada penetrante y un aire de quien anda vigilando a una persona invisible. Entre la piel y el cinturón, la pistola, aditamento de su propio cuerpo. Y una cierta solemnidad en sus maneras. Quién sabe por qué, pero infunde respeto. Tal vez porque no es dado a la confianza. O algo tendrá que ver su fama de buen tirador”. El compromiso se cierra por la cantidad de cien pesos adelantados a base de palabras escuetas, sobreentendidas. Todo queda arreglado y, sin embargo, el cuento da una voltereta porque los matones de estirpe tienen su propia ética. Gabriel solo quedó mal herido, El Cacarizo devuelve cincuenta pesos pues es un macho de palabra, y esta debe cumplirse. Y lo demuestra diciendo: “Ahora que afine la puntería, cerramos el trato y me da usted el completo”.

¿Cabe decir que “La grosería” envuelve un mensaje feminista entre las varias lecturas que se entresacan de él? Es una bárbara historia, como otras que han ocurrido y siguen ocurriendo en nuestro territorio sin castigo de ninguna especie, la eterna afrenta del fuerte contra el débil, una violación con muchas implicaciones expuestas en cuatro cuartillas. Su análisis detallado resulta complejo y nuevamente se acerca a ese problema que afrontamos de maternidades precoces con una frecuencia inaudita, hasta que lleguemos a una generación de niñas cuidando bebés no deseados ni previstos, en medio de promiscuidad y pobreza. “La grosería” es la forma decente en que se alude al acto sexual.

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Un mocetón de quince años que acaba de entrar a la secundaria y apenas le cambia la voz penetra a una chamaquita sin siquiera quitarle los calzones, chamaquita a la que todavía no le viene la regla. Y, la madre del gañán, en el fondo, se enorgullece porque a lo mejor cuida sus gallinas y deja suelto a su gallo, que se fuma su primer cigarro orgulloso ante sus cuates, mientras en la tienda más próxima la pobre niña “se ha hecho pequeña, tan pequeña como cuando todavía no sabía andar”.

“Asunto de dedos” desmenuza la historia de un pobre cajero de banco que se roba cien pesos (la cifra se repite varias veces) para comprarse una pipa seductora, una Dunhill magnífica, suavecita, a la medida de la mano que ha de fumarla. Durante el tiempo que tiene el dinero en su poder se le presentan todas las personas que lo rodean, con necesidades inmediatas y urgentes que nada tienen que ver con algo suntuario y, sin embargo, el presunto ladrón duda. Tiene la necesidad de acariciar su deseo, de sentirlo próximo, de expulsar el humo abarcándolo en su boca, de ponerlo entre sus labios hasta que por una causa inexplicable, quizás el miedo a las consecuencias o la costumbre, devuelve el dinero y las cuentas de su caja quedan resueltas e incólumes.

Se diría que el único cuento que esgrime sensaciones felices es el titulado “Adriana”. Celebra el nacimiento de una hija —la del propio Valadés—, y en dos páginas confiesa la plenitud de sentimientos que lo embargan; pero las otras narraciones escritas en un lenguaje correcto, aunque un tanto cansino como el mismo autor hablaba —carente de logros estilísticos deslumbrantes, pensando que debe correr el idioma sin tropiezos para contar lo que se tiene que contar—, representan un desfile de desdichados pobres diablos sumidos en regiones de la sociedad parecidas a un pozo oscuro. En trece de los catorce cuentos, los protagonistas agonizan por obra de la carestía pecuniaria o de esa atroz carga que es la soledad a la que estamos condenados los humanos, que acabamos conformándonos con cualquier cosa como a la fuerza, porque no hay más remedio, porque la vida es así, porque en realidad estamos solos aunque en algunos efímeros momentos de la vida nos hayamos permitido estar acompañarnos, porque cuando esto no sucede a veces, solo a veces, preferiríamos morirnos con las puertas y las ventanas tapiadas, lo prueban “El gato en el hombre” y “Todos se han ido a otro planeta”.

“Girar absurdo” es un buen cuento narrado con precisión de relojero sobre un jugador adicto a la ruleta que ve a sus hijos dormidos y comprende que el sueño es el único pan de los pobres y, aún así, apenas consigue una racha de buena suerte, deja a la mujer casi tendida de consunción y regresa al casino (los hechos ocurren en Cuba antes del 59). Lo apuesta todo hasta caer muerto sobre el tapete verde de la mesa. Su vicio acaba con él y con los suyos.

“Qué pasa, Mendoza” expone la vida de un locutor de hechos internacionales que transmite a cada instante. El interés del relato que plantea radica en su estructura novedosa, bien pensada, ya que tiene una forma deliberadamente lineal. Las noticias que debe dar a conocer son cada vez más aterradoras: en Australia se planta la posibilidad de una tercera guerra mundial, en Hong Kong una fuente izquierdista acusa la muerte de trescientas personas por un ataque aéreo nacionalista, Lake Success afirma que el efecto de las armas bacteriológicas son las más radicales que se conocen hasta la fecha, Washington aprobará e intensificará la producción de bombas atómicas, y además Estados Unidos se prepara a contestar un ataque ruso, se organiza un asalto en el Pacífico destinado a reconquistar las islas de Hawai, en Guatemala un temporal ha segado la existencia de tres mil personas. Sin embargo, el informante de esas desgracias y peligros mundiales los da a conocer sin la menor emoción pensando solo en que su mujer ha dejado de quererlo, consumido por los celos y metido en su propio drama personal sin involucrarse en ninguna desgracia ajena.

A mi juicio, además del que da nombre al volumen, los mejores cuentos son los que tocan temas autobiográficos, “La infancia prohibida”, dedicado a José revueltas y a Raúl Ortiz Ávila, y “Se solicita un hada”, encantador por la inocencia incólume que describe.

Pero sin importar tales muestras, Edmundo Valadés logró abrirse camino entre el cúmulo de escritores mexicanos por su labor constante en los periódicos. Debe su fama a esa gran pasión que sintió por la miniprosa y a la que prohijó en su revista El Cuento. Sabía, igual que lo supieron y siguen sabiéndolo todos los grandes hacedores de prosas breves, que si no da en el blanco puede caer en un chascarrillo o una vulgaridad. Si acierta es un poema. El chiste es lo apretado de las frases, la malicia que encierran y el remate deslumbrante como un aguijón que traspasa el alma y nos deja pensando, pensando.

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BEATRIZ ESPEJO (Veracruz, 1939) es escritora y profesora con una amplia trayectoria en la creación literaria y la enseñanza universitaria. Maestra y doctora en Letras por la UNAM, donde actualmente es investigadora. Entre sus obras destacan la novela Todo lo hacemos en familia (Aldus, 2001) y su antología personal de cuentos: El ángel de mármol (Universidad Veracruzana, 2008). En 2009 recibió la Medalla de Oro de Bellas Artes, como reconocimiento a sus más de cincuenta años de trabajo literario.

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