Jueves, 17 Octubre 2019
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Casa de palabras
Cultura | Este País | Galaxia Gutenberg | Luis Paniagua | 01.02.2015 | 0 Comentarios

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Moisés Vaca,
Arder la casa,
Fondo Editorial Tierra Adentro,
México, 2014.

Me gustaría comenzar con una pregunta: ¿qué se necesita para hacer Arder la casa? La respuesta parecería obvia: una casa y una chispa con suficiente contundencia. Como es claro, lo anterior lo sabe Moisés Vaca, que construye su casa de palabras, a la manera de Octavio Paz, cuando dice “[…] Yo andaba por el mundo / Mi casa fueron mis palabras, mi tumba el aire”; pero, a diferencia del Nobel, nuestro autor hace a las suyas consumirse por las llamas.

Imaginemos que aquellos que se aventuran en las letras son como exploradores adentrándose en ciertos parajes agrestes, ignotos. Imaginemos las obras precedentes como árboles frondosos y magníficos que arrojan sobre el explorador sombra benéfica y cobijo, a la par que sus ramajes dejan marcas que laceran la piel del que anda entre ellos. Se comienza a andar esos parajes, ora verduras, ora breñales, con fascinación y asombro, respeto o descaro ante los inamovibles personajes arbóreos y se pone de manifiesto que el ecosistema no es fácil de penetrar ni mucho menos de habitar… pero, con el tiempo, el explorador se va sintiendo adecuado al paisaje, va poniéndose cómodo a la sombra de ciertos árboles protectores y, por último, una vez medianamente recorrido el bosque (un bosque, para nuestra fortuna, inagotable) decide construirse con la madera de esas grandes plantas (las obras, habíamos dicho) una casa. Todos los lectores, en muchos sentidos, nos abandonamos al cobijo (válgase el oxímoron) de esas leñas cortadas y ordenadas como mejor nos ha convenido. Tenemos una casa. En el caso del autor que hoy comentamos, diríamos que tiene una casa para hacerla arder.

La analogía del paisaje boscoso, que en principio podría parecer ingenua, quizá no lo sea tanto una vez que abrimos el libro que ahora comentamos: “El abismo, / que arde como un bosque: / un bosque que al arder se regenera.” Estos versos del poeta argentino Roberto Juarroz, que nuestro autor coloca como primera referencia en el camino (y piedra fundacional, o leño fundacional, para continuar con la imagen combustible), resultan reveladores en más de un sentido: hay ya la figura de las llamas consumiendo un objeto que al arder resurge de sus propios escombros, se renueva, como el lenguaje mismo; el lenguaje dentro de un discurso, claro está.

Además, un epígrafe siempre es una declaración de principios. Volviendo a la analogía del bosque, un epígrafe es siempre la sombra, el resguardo desde el cual construimos nuestro discurso. Arder la casa tiene matices, giros del lenguaje muy similares a los usados por el poeta del cono sur; no en balde Moisés Vaca tiene formación filosófica: se siente a gusto entre conceptos contundentes (que a los de a pie a veces nos resultan arriesgados, pues no siempre podemos usarlos de manera efectiva).

Este libro comienza en unos términos parecidos a los de Crónica de una muerte anunciada; es decir, desde las primeras líneas se nos revela, de cierta forma, el desenlace: una suerte de destino del libro en su conjunto; desde el primer poema se nos anuncia que la casa será consumida por las llamas: “Eres la primera persona / con la que no temo quemar la casa, […] en toda interacción humana, / tarde o temprano, / hay un incendio.” Dicho de otro modo: la interacción humana es, en realidad, la interacción amorosa (en este caso, por lo menos). Y en toda relación amorosa existe la posibilidad de la ignición; toda relación amorosa es en sí misma un incendio. Esto me lleva a pensar en dos referentes más en esta obra.

En el cuento “Casa tomada”, Julio Cortázar nos dibuja una mansión habitada por un hombre y una mujer. Todo, al parecer, ocurre de manera normal hasta que, en un momento, una cierta presencia (digo presencia porque nunca sabemos bien a bien qué es en realidad lo que va creciendo) se va apoderando de la casa hasta despojar de ella a los genuinos habitantes. De manera paralela (similar, que no idéntica), en Arder la casa existe un cierto giro del discurso que algo tiene de desconcertante y misterioso: se establece una tensión entre el texto y el lector. Algo ocurre desde un principio y no se sabe, a cabalidad, qué, o más bien, por qué o cómo, ocurre (aunque, como dijimos, estamos ciertos desde los primeros versos de que la casa arderá).

El poemario, que consta de sesenta piezas, construye un discurso en el que la voz poética entabla monólogos, diálogos con un que sabemos es la mujer amada, y arenga a un ustedes que pudiera parecer desconcertante y fuera de sitio pero que es lo que le da esa carga de misterio, de fuerza extraña que va invadiendo la casa.

Hay algo en la morada que hace que, como diría Octavio Paz, “el muro respire como un pecho”: ese misterio, lo sabremos (lo sabíamos, pero lo sabremos: ese es el encanto de este libro) es el amor que, en sí mismo, construye su propio discurso: como diría el propio Roland Barthes: “Dis-cursus es, originariamente, la acción de correr aquí y allá; son las idas y venidas, andanzas, intrigas. En su cabeza, el enamorado no cesa en efecto de correr, de emprender nuevas andanzas y de intrigar contra sí mismo”. O, dicho de otra forma, es el tópico de la literatura cortés: la dulce condena, la dulce enemiga. O en palabras de otro de los referentes de nuestro autor, es ese Tigre encerrado en la casa que “endulza el muñón al desprender el brazo”.

Nosotros lo sabemos: en toda interacción humana hay siempre un incendio. ¿Por qué arde con tal rapidez? Porque dicha interacción está construida mediante las palabras, que son volátiles, por eso resulta revelador el poema en donde nuestro autor habla de quitarle la colchoneta al futón: más que destruir el objeto, lo despoja de sentido (que es, bien mirado, destruirlo): deja de ser significación dentro del discurso de la casa (el discurso amoroso) para convertirse en esqueleto: hilera de tablitas que arderán: imagen de la muerte: así de frágiles son los objetos (y las palabras) que construyen la casa (la relación amorosa).

Pese a lo ya dicho, y al aparente pesimismo que domina —de principio a fin—, el poemario nos arroja un desenlace esperanzador: sabíamos que la casa ardería, pero no es para tanto. Al menos por un momento podemos tener el sosiego de la vuelta al principio, de la regeneración de la palabra: “Pon la colchoneta en su lugar, / siéntate en el futón / y habla con alguien: / hay mucho más / que esquirlas de polvo / en movimiento eterno, / al menos por un momento”.

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LUIS PANIAGUA (San Pablo Pejo, Guanajuato, 1979) estudió Literatura en la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha publicado los libros de poemas Los pasos del visitante y Maverick 71. Es coautor de los libros colectivos Espacio en disidencia, Al frío de los cuatro vientos y Una raya más: Ensayos sobre Eduardo Lizalde. Fue becario del Programa Jóvenes Creadores, del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, en la categoría de Poesía, y actualmente es beneficiario del Programa de Estímulos a la Creación y Desarrollo Artístico del Estado de México. Ha obtenido los premios de poesía de la revista Punto de partida (2005) y Literal Latin American Voices 2013.

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