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Católico no es más que una palabra
Creer En México | Este País | Luis Fernando Falcó Pliego | 01.01.2015 | 0 Comentarios

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Este texto propone una lectura de la Encuesta Creer en México con una mirada definida: entender mejor cómo se configura el catolicismo hoy en nuestro país a partir de una selección de los datos que arroja dicho estudio. Explica, en primer lugar, por qué interesa ensayar esta lectura. LFFP

Creer en México es una encuesta de alcance nacional sobre las formas como se configura hoy en México la fe religiosa, pero con una particular orientación a comprender la conformación de la creencia, la adscripción y las prácticas católicas. Hacer la lectura de los datos focalizando lo católico estaría respetando, por así decirlo, la vocación de la encuesta. Permite considerar la diversidad religiosa con una lente en lo católico, porque parece que así se lo planteó el instrumento.

Los estudiosos de la religión afirman que el paisaje religioso en México se transforma de manera creciente y vertiginosa en el sentido de la pluralización y diversificación de las creencias, prácticas y adscripciones.1 El catolicismo sigue perdiendo su antigua hegemonía al tiempo que aparecen y ganan adeptos otras iglesias, congregaciones, asambleas y grupos religiosos, con la más diversa tradición o sin ella. Sin embargo, afirmarlo sin corroborarlo empíricamente es solo un lugar común. Lo importante es evidenciar este gran aserto de la modernización religiosa en sus determinaciones específicas y empíricas. Para ello sirven instrumentos como Creer en México.

Con escasa frecuencia se reflexiona y se aporta evidencia de cómo esa pluralización y esa diversificación también ocurren respecto a la adscripción católica. El dato más relevante y el aporte sustantivo de esta encuesta radican en que muestra que las formas de ser católico se diversifican y pluralizan a un ritmo tan acelerado como ocurre más allá de sus límites, en el éxodo hacia otras adscripciones. De manera que ser católico apunta a significar no más que una vaga adscripción cultural. Parafraseando a Bourdieu en su célebre tesis sobre la juventud,2 católico no es más que una palabra.

Suele considerarse a la Iglesia católica como un conjunto religioso; como si, en efecto, pudiera pensarse en una comunidad de creencia con características propias que la distinguieran de otros grupos. Nada parece más alejado de la realidad. Recogiendo la impronta que Creer en México esboza, parece difícil reconocer a los católicos como una unidad claramente reconocible; solo puede hacerse en términos muy vagos. Decir que alguien se confiesa católico o se identifica como católico es decir bien poco. Cabría desear que sus representantes hicieran una lectura más compleja y diferenciada de las características de la comunidad de creencia que realmente existe, y no de la que existe en su mente o en los documentos. Con esos intereses, este texto busca resaltar algunos indicios con base empírica que permitan reconocer lo anterior, proponer nexos entre datos y destacar algunas conjeturas para investigar.

Confianza en la Iglesia católica

como institución; distancia

de sus representantes y estructuras

¿A qué refiere la “confianza” que se sigue otorgando a la Iglesia católica entre las instituciones sociales en México? Primero, conviene considerar los niveles de confianza institucional que arroja Creer en México en comparación con los datos de otras dos investigaciones (Encuesta Nacional sobre Cultura Política y Prácticas Ciudadanas, ENCUP, 2012, e Informe país sobre la calidad de la democracia, 2014) (ver la Tabla 1).

TABLA 1 FALCO

El dato arrojado por Creer en México respecto a la confianza en las instituciones es congruente, básicamente, con otras mediciones comparables. Interesa su significado. Para dimensionar el dato hay que apuntar que la confianza en las instituciones es uno de los ingredientes principales del capital social. Este se entiende como la probabilidad de que los individuos se asocien, confiando en que su acción puede tener efectos positivos en la sociedad y que en general esa colaboración resultará beneficiosa para ellos y la colectividad. El capital social se produce y reproduce a través de instituciones, aquellas cuya presencia se extiende como un tejido que incentiva y da certeza a la asociación y colaboración entre individuos.3

Sin detenerse en las diferencias entre las tres encuestas, llama la atención que las iglesias —la católica señaladamente— sean una de las poquísimas instituciones cuyo índice de confianza supera la mitad de la población. El dato apunta a que la Iglesia católica es todavía una institución productora de capital social en México. ¿Buen augurio?

Para acotar y ensayar una explicación de lo anterior, procede resaltar otro dato proporcionado tanto por el Informe país como por la encup: el índice de confianza en las instituciones en México está a la baja; se ha reducido en los últimos años. Es decir, el paisaje social mexicano es el de una merma creciente de la confianza tanto institucional como interpersonal. El capital social de las instituciones se halla en descenso. Podría pensarse que, a pesar de ello, la Iglesia católica mantiene capacidad para suscitar credibilidad en sus iniciativas y acciones; y quizá también, que muestra relativa capacidad para movilizar y generar acción coordinada entre los ciudadanos. Los mexicanos parecen valorar que existan las iglesias y depositan credibilidad en ellas, como un tejido donde y desde el cual pueden actuar.

Sin embargo, lo que no se sabe es a qué nivel —entre quiénes y cómo— efectivamente concita confianza la existencia de las iglesias y de la Iglesia católica en particular, y tampoco se sabe qué capacidad efectiva tienen estas de generar acción ni en qué ámbitos. En otras palabras, cómo se traduce ese capital social. Cuando se afirma tener confianza en la institución eclesial conviene preguntarse en qué, quién o quiénes recae tal confianza, y hacia qué posibles rutas de acción apunta tal confianza. Da la impresión de que la materia o contenido de la confianza es más difícil de desagregar cuando se habla de la Iglesia católica que cuando se habla del Ejército, la Marina Armada, los médicos o la Suprema Corte. Se propone una veta de análisis.

Cuando, en otro apartado, Creer en México reporta indicadores sobre la percepción de las iglesias y sus actores, se advierte que los católicos conocen poco a los representantes de la Iglesia católica, asisten poco a las actividades de los templos y cuentan con una percepción muy diversificada y quizá lejana del quehacer de la Iglesia en la sociedad. Pónganse en relación los siguientes datos. Primero, que la asistencia al templo se reduce a entre 0 y 10 ocasiones al año para el 64% de los entrevistados. Tampoco se conoce el nombre del obispo y mucho menos existe una referencia clara y específica a la diócesis (circunscripción eclesiástica) en la que se habita (81%). Además, no hay claridad a la hora de atribuir características a los distintos actores eclesiales. De los rasgos a escoger, ninguno se asocia definidamente a algún representante de la Iglesia; ni los atributos que tienen que ver con los grandes valores humanos y sociales, ni tampoco las características negativas que típicamente se adjudican a quienes militan de las iglesias: ni “abuso de menores”, ni “autoritarismo”, pero tampoco “transparencia”, ni “solidaridad”, ni “éxito”, ni “respeto a los derechos humanos”. La impresión que deja la gráfica que se muestra a continuación, más allá de la comparación entre valores, es de distanciamiento de la población respecto a estos actores. No existe una característica que definidamente se adjudique claramente o de manera distintiva a obispos, curas o monjas, y mucho menos a los laicos católicos. La opinión desfavorable o el distanciamiento podría referir a un vasto desconocimiento (ver la Tabla 2).

TABLA 2 FALCO

Por otro lado, cuando se inquiere sobre los principales problemas que ayuda a resolver la Iglesia católica en México, lo que se halla en las respuestas es una notable dispersión. La Iglesia ayuda a la gente pobre (12%), mantiene la fe (7%), evita la desintegración familiar (5%), da apoyo moral (5%), trabaja contra la drogadicción (5%), pide la paz cuando hay guerra (4%), apoya contra la violencia y la inseguridad (4%), y ayuda a difundir la palabra de Dios (3%). Finalmente, el más alto y significativo: 28% afirma que la Iglesia no ayuda a resolver ningún problema.

¿Qué se puede sugerir al poner juntos estos datos proporcionados por Creer en México, tanto en percepciones como en prácticas? Resulta congruente o por lo menos plausible suponer que, si dos terceras partes de los católicos mexicanos  solo acuden ocasionalmente a centros de culto, la mayoría no puede tener un conocimiento ni una opinión bien definidos de los actores eclesiales (obispos, curas, monjas y laicos). La población puede estar reproduciendo ideas que se fundan en el sentido común, representaciones sociales sobre los actores eclesiales, pero en realidad no saben quiénes son ni les pueden asignar características definidas; de allí la dispersión tan homogénea de atributos. También es plausible que esos mexicanos, en buena parte católicos, tampoco conozcan por experiencia propia la acción de la Iglesia, y de allí esa atribución tan baja, dispersa y negativa de acciones o problemas que ayuda a resolver.

Si resulta válido relacionar así estos datos, entonces se cuenta con indicios de la manera en que los mexicanos confían en una entidad como la Iglesia católica. Es decir, ya que mayoritariamente no asisten con regularidad a los templos, ni tienen un conocimiento de sus actores, ni advierten claramente la acción de estos en favor de la sociedad, entonces podría ser que aprecien la Iglesia católica como aprecian otras instituciones de beneficio social o humanitario parecidas. Conviene que “esté”, es bueno contar con la presencia eclesial, sin que por ello exista disposición a establecer vinculación alguna con ella.

En una sociedad como la mexicana, en la que buena parte de las instituciones sociales y políticas tienen índices bajos de confianza, es relevante que los mexicanos consideren a la Iglesia católica como una institución susceptible de garantizar ciertos valores o de recordar disposiciones éticas básicas como la ayuda a los pobres, el cultivo de la fe y el auxilio al prójimo; que sea vista como conveniente o aun necesaria para cumplir una misión de alto rendimiento solidario y ético, sin que esta valoración positiva traiga consigo mucho más respecto a la pertenencia individual o al sentimiento de adherencia vital a ella, sino de manera amplia, más de cuño cultural.

Esta reflexión puede completarse considerando los datos que Creer en México muestra sobre la participación de los mexicanos en organizaciones civiles o sociales no políticas. De nuevo, los datos de Creer en México son relativamente cercanos a los que presenta el Informe país en este renglón. En aquella, la respuesta de los entrevistados a si participan en alguna organización social es “no” en 94% de los casos y “sí” en 5%. De entre los que respondieron que sí, 34% señala que es en grupos de Iglesia donde participa. En concordancia, el Informe país reporta que la membresía activa en alguna forma de organización social en ningún caso rebasa el 11%, que corresponde a las organizaciones religiosas. Ambas encuestas revelan que, dada la bajísima proporción de mexicanos que participan actualmente en organizaciones civiles, la mayor parte lo hace en el ámbito de lo religioso.

Es posible entonces bosquejar mejor el carácter que esta Iglesia guarda para un sector de los mexicanos. Según el Informe país, 21% de los mexicanos alguna vez ha participado en organizaciones del tipo religioso. De modo que, de la escasa participación que los mexicanos suelen tener en el ámbito civil, al menos 2 de cada 10 lo han hecho dentro de lo religioso. Podría plantearse una conjetura para ser investigada. Es posible pensar no solo que la mitad de los mexicanos valora la presencia institucional de la Iglesia católica en los términos propuestos, sino también que al menos una parte de ellos ha participado alguna vez en sus organizaciones, posiblemente considerándola un espacio propicio para cultivar los vínculos comunitarios y sociales, como una especie de piso seguro desde el que es posible acceder a niveles distintos del familiar. Aunque esta suposición tendría que ser probada empíricamente, la conjunción de los datos permite proponer lo dicho respecto al lugar que los mexicanos otorgan a la Iglesia católica como espacio de vinculación y acción colectiva.

Creencias y prácticas

Son relevantes los datos que la encuesta presenta respecto a las formas de creer de los mexicanos. El interés radica tanto en el ámbito de las creencias mismas como en lo que se viene reflexionando en torno a la presencia social de la comunidad católica. Lo indicado hasta ahora no permite inferir que los mexicanos se sientan existencialmente adheridos a las representaciones y normativas típicas de esta iglesia. Conviene recoger los datos que tienen que ver directamente con la posibilidad de entender la pertenencia de los mexicanos a la Iglesia católica, con la que se identificaron 9 de cada de 10 del 86% que dijo pertenecer a alguna religión. Se trata de esbozar cómo se adscribe a la estructura de creencias típicamente católicas este grupo todavía mayoritario de mexicanos. Solo para mostrarlo, en una rápida vista, se recogen los siguientes indicadores.

Respecto a sostener algún tipo de creencia en formas de vida posterior a la actual, solo el 37% dijo que sí, mientras que el 56% respondió negativamente, cuando tal existencia ulterior tiene centralidad dentro del catolicismo. Por otro lado, esa creencia en Dios afirmada por el 90% de los entrevistados no se traduce en una clara identificación de quién sería ese ser superior, ni necesariamente coincide con los referentes de la arquitectura religiosa católica. Según Creer en México, solo el 27% lo identificaría con el “padre amoroso” central en esta tradición. El resto, un extenso 73%, se decanta por una amplia variedad de concepciones, la mayoría lejanas del catolicismo doctrinal. Da la impresión de que la educación religiosa infantil (llamada “catecismo” en la encuesta), a la que dijo haber asistido el 61% de los encuestados católicos, no sedimentó un sistema de creencias acorde al modelo típico de esta denominación cristiana.

El acercamiento se redondea destacando que dos terceras partes de los católicos mexicanos (62%) se sienten fundamentalmente felices con su religión y casi la misma proporción (66%) no considera la idea de abandonarla. Al parecer, esa distancia práctica e ideológica no se vive como una limitación a la pertenencia ni queda cuestionada, y quizá ni siquiera se tenga suficientemente reconocida. En conjunto, parece congruente lo que aseveran mayoritariamente los católicos encuestados: consideran a sus familias moderadamente (47%) o libremente (30%) comprometidos con la religión. Esa parecería una buena manera de describir el tipo de vínculo que los católicos mexicanos en su mayoría establecen con lo católico: se encuentran “moderada” o “libremente” adheridos a la Iglesia a la que dicen pertenecer.

Con estos últimos datos se puede avanzar hacia algunas proposiciones conclusivas que se prestan para ser investigadas. Cuando Bourdieu sostiene que “juventud no es más que una palabra”, especifica que “la edad es un dato biológico socialmente manipulado y manipulable; muestra que el hecho de hablar de los jóvenes como una unidad social, de un grupo constituido, que posee intereses comunes, y de referir estos intereses a una edad definida biológicamente, constituye en sí una manipulación evidente […]”, y pugna por reconocer en términos empíricos las diferencias reales y efectivas, que se dan en el campo, porque “solo con un abuso tremendo del lenguaje se puede colocar bajo el mismo concepto universos sociales que no tienen casi nada en común”.4 Parece que las mismas advertencias sirven para el acercamiento a universos religiosos como el católico en México. Hacer abstracción de las diferencias profundas y estructurales que atraviesan este espacio social se presta a la manipulación y obstaculiza el conocimiento, por decir lo menos. Con la finalidad de proponer temas de investigación, se recogen algunos puntos de lo ya sugerido.

La Encuesta Creer en México y otras de semejante calado son instrumentos valiosos para que los actores sociales interesados en reconocer el campo de lo religioso en México se distancien de generalizaciones que propician equívocos y manipulaciones.

Para las partes interesadas, podría resultar incómodo asumirlo así, pero el conjunto de los datos arrojados por la Encuesta y en particular los que se han recogido en este texto sugieren que la autodenominación católico refiere mucho más a una adscripción cultural que a una adhesión religiosa explícita. Una adscripción cultural que debe arraigar en vetas de la historia y en una diversidad de códigos culturales familiares y microsociales. Quizá por eso es congruente que los encuestados afirmen que si han mantenido la que llaman su fe es en gran medida debido a familiares y amigos (63%). La adscripción no pasa por los circuitos de oficialidad —curas, monjas, catequistas— que se interesan en reproducir la pertenencia completa, alineada y sistemática, sino por círculos mucho más contingentes de la inmediatez afectiva y vincular de los individuos en contextos particularizados.

El hecho de que católico no sea más que una adscripción cultural invita a reconocer que, más allá de esa palabra, existe un panorama religioso altamente diversificado y en constante reconstrucción, en parte con jirones de esa tradición y en parte con un amplio repertorio de elementos tomados constantemente de un universo de significados “religiosos” en sentido amplio.

Sin embargo, en ello no estriba la novedad destacada aquí. Cuando los mexicanos encuestados muestran confianza en la institución católica sin conocerla por dentro, sin asistir a sus ofertas de culto y sin compartir sus códigos de creencia y de moral, se abre una veta a explorar. Es posible que no solo se esté evidenciando la desinstitucionalización de la creencia, como está tan demostrado, sino también una novedosa reinstitucionalización a partir de lo que los creyentes esperarían que fuera esta Iglesia, proceso que ni la priva de una función ni la confina al ámbito puramente privado, como se argumentaba clásicamente. Probablemente los católicos ya no esperan que “su” Iglesia les haga ofertas de vida eterna cada domingo ni los instruya en la moral sexual, pero sí que permanezca ahí —en medio de una sociedad erosionada de confianza institucional e interpersonal— a través tanto de un reservorio de acciones gratuitas no dominadas ni interesadas, como en la permanente preocupación por lo más pobres; con un llamado persistente a la ética y al servicio desinteresado y con una constante disponibilidad a la escucha. En fin, una presencia de calidad que por su ejemplaridad y transparencia pueda convertirse en incentivo para la acción colectiva a favor de las urgentes causas de este país. Se sugiere, finalmente, investigar empíricamente estas conjeturas.

1 Renée de la Torre y Cristina Gutiérrez Zúñiga, Atlas de la diversidad religiosa en México, CIESAS, México, 2007.

2 Pierre Bourdieu, La juventud no es más que una palabra, Conaculta / Grijalbo, México, 1984, p. 165.

3 Roberto Garvia, Conceptos fundamentales de sociología, Alianza Editorial, México, 1998, p. 26.

4 P. 166.

______

LUIS FERNANDO FALCÓ PLIEGO es misionero del Espíritu Santo, miembro del Proyecto Cruces de la misma congregación y doctorante de Ciencias Políticas y Sociales en la UNAM.

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