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Creer en México
Creer En México | Este País | María Luisa Aspe Armella y Diego Suárez Rojas | 01.05.2015 | 0 Comentarios

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No es posible entendernos como sociedad sin estudiar a fondo el papel de la religión y la relevancia de la práctica de la fe en México. Eso es lo que busca la Encuesta “Creer en México”.

Desde principios del siglo XIX, la palabra México ha pretendido enmarcar y unificar, a lo largo de una vasta extensión territorial rica en diferencias y escasa en tipificaciones, lo múltiple, lo caótico. Sin embargo, tales esfuerzos, bajo la bandera nacionalista —valiéndose de la producción cultural y las representaciones religiosas como capital político—, han resultado fallidos, pues es innegable que hablar de identidad en una nación tan repleta de contradicciones es un sueño que de poco sirve. Fragmentado el fantasma de ese mexicano ideal, lo que permanece son voces que poseen un rumbo propio e incierto. Los periódicos no abandonan los encabezados rojos que anuncian la violencia y la catástrofe. Las expectativas se reducen y los refugios son ya escasos —pues a su vez se tambalean. Uno de los pilares que podrían cambiar las corrientes a favor es la ética, abandonada e incluso ridiculizada. Michel Foucault nos recuerda no obstante la importancia para un individuo de conducirse siguiendo un ethos, ya que ello posee probabilidades de reflejarse positivamente en la comunidad: “Un modo de relación con y frente a la actualidad; una escogencia voluntaria que algunos hacen; en suma, una manera de pensar y de sentir, una manera también de actuar y conducirse que marca una relación de pertenencia y, simultáneamente, se presenta a sí misma como una tarea”.1 La religión ha brindado algo muy similar a sus fieles, pues a la par de crear estrechos vínculos con un grupo, se impone como un deber de bondad hacia los semejantes. Hoy en día en México, ¿dicha aseveración puede ser considerada cierta?

La Encuesta “Creer en México” fue hecha para responder esta y muchas otras preguntas. Surgió de una conversación con don Lorenzo Servitje en la que compartimos nuestra sorpresa frente a la magnitud y rapidez de los cambios operados en la cultura en los últimos años, así como a su impacto en el campo eclesial mexicano. Los diagnósticos y “datos duros” de hace una década poco correspondían a la realidad actual y, sin embargo, se recurría a ellos como punto de partida. Resultaba evidente que en la Iglesia seguíamos actuando por aproximación: dando las mismas respuestas —las de hace 10 años— a problemas radicalmente nuevos y distintos.

Si consideramos que las primeras dos décadas del siglo xxi están marcadas por el denominado “bono demográfico” —en el que los jóvenes de entre 15 y 29 años de edad constituyen la parte más amplia de la sociedad—, la encuesta es oportuna para reconocer varios aspectos de la población en general; pero, de manera específica, lo es para saber lo que este grupo de jóvenes piensa sobre la democracia, la pluralidad, el respeto a los derechos humanos, la tolerancia, la transparencia o la corrupción y el impacto que la religión tiene en su actuar y pensar.

Desde el principio, durante la confección de la encuesta, se contempló la necesidad de contar con un enfoque interdisciplinario. De enero a junio de 2013 se reunió el grupo de trabajo que habría de definir las líneas temáticas y las preguntas a aplicar, y que discutiría las aristas sobre el fenómeno religioso en México. En él participaron consejeros y miembros de las áreas de Investigación, Docencia y Comunicación del Imdosoc, profesores, investigadores y estudiantes. Con el aporte de cada quien desde las áreas de la sociología, la estadística y la historia, se logró tener un panorama más amplio; además, al ser los integrantes de distintas generaciones, el diálogo se vio enriquecido.

Los objetivos generales son dos. El primero es incitar a una reflexión sobre la relevancia de la práctica de la fe en México. Ante las situaciones adversas de nuestro país, recuperar la dimensión de sentido que posee el vivir apegado a la fe, bajo el supuesto de que la práctica de la religión, viviéndola encarnada, impulsa la inclusión y el compromiso social, yendo más allá de la práctica actual: enfatizando los bonos de los nuevos signos que retan al “siempre se ha hecho así”. El segundo es posicionar al Imdosoc en el escenario público como un agente de diálogo, reflexión y trabajo profesional y comprometido desde la doctrina social cristiana. Abandonar de una vez por todas, sin marcha atrás, el ámbito autorreferencial y convertirse en un interlocutor valioso en el debate público; no un agente doctrinal más, con aires de academia, sino una institución capaz de generar pensamiento crítico, valiente, en búsqueda del compromiso social auténtico.

Para tener una visión más profunda del problema, se llevaron a cabo 17 entrevistas a personas versadas sobre la materia o insertas en el ámbito religioso de una manera más directa: obispos, religiosos y religiosas, sociólogos e historiadores. Tal procedimiento evidenció la multiplicidad de posiciones dentro del mismo ámbito o de uno similar, y señaló las preocupaciones esenciales. Fortaleció también ciertas tesis y desechó otras. Un ejemplo fue la temática de moral sexual: durante las reuniones del grupo de trabajo, dicho tema ocupó gran parte de la reflexión y se formularon varias preguntas al respecto. Pero conforme se fueron sucediendo las entrevistas, se descubrió que los miembros de la jerarquía y los laicos comprometidos no parecían mostrar demasiado interés en el tema como clave interpretativa de la realidad actual de los católicos mexicanos. Fue por ello que a partir de esta negativa mayoritaria se determinó el criterio de relevancia para la situación de la fe y el contexto histórico: moral social y moral económica fueron los temas donde se mostró más interés y entusiasmo para la indagación.

Considero relevante detenerme en la información aportada por los 17 entrevistados: dos sacerdotes diocesanos, cuatro religiosos presbíteros, un hermano religioso, tres laicas, dos laicos, un obispo emérito y dos obispos. Se intentó que la muestra de entrevistados abarcara la pluralidad eclesiológica, pastoral e ideológica de la Iglesia en México. A todos se les pidió enunciar las principales fortalezas, debilidades y retos de nuestra Iglesia y, a partir de ahí, sugerir las principales líneas de indagatoria para comprender mejor la realidad actual y potenciar un trabajo pastoral acorde a los nuevos signos de los tiempos.

Los distintos enfoques y diagnósticos de los diocesanos sobre una misma Iglesia resultan sintomáticos: mientras que para uno la más notable debilidad de nuestra Iglesia es el clericalismo y la mentalidad de cristiandad, para el otro es la dispersión y la secularización. Así, el primero marcó como reto fundamental “encontrar las semillas del Verbo en una cultura distinta a la nuestra y con una moral distinta a la que profeso”; en cambio, el segundo vislumbra como desafío principal “la recuperación de la identidad como Iglesia”.

Religiosos y religiosas coincidieron en lo fundamental en su diagnóstico socio-eclesial: no se están atendiendo las necesidades y los problemas de la gente. Falta ser más solidarios y ofrecer respuestas creativas y generosas ante los enormes problemas de desigualdad que se viven en el país: “no es posible que en un país tan católico existan tanta hambre y desigualdades”.

Entre las debilidades del entorno socioeclesial, los entrevistados destacaron: la pérdida de credibilidad que ha sufrido la Iglesia a causa de los escándalos de pederastia y, como antídoto, un mayor compromiso y un mejor testimonio evangélico; la deficiente formación de los miembros de la Iglesia, particularmente de laicos y seminaristas; la falta de acompañamiento que tiene el pueblo de parte de la jerarquía y la manera en que esta desaprovecha a menudo la colaboración de religiosos y religiosas.

Entre las luces o fortalezas que religiosos y religiosas encuentran en la Iglesia, resaltaron: una minoría con una fe arraigada y que bien pudiera ser motor de cambio; el papel destacado que la Iglesia tiene en la sociedad —a veces de suplencia— y que ayuda a mitigar los efectos de las enormes desigualdades sociales; una religiosidad popular que persiste y que puede tomarse como punto de partida de un proceso evangelizador. En el caso de las religiosas, se plantearon matices y énfasis importantes: la estima de la que ellas gozan entre el pueblo —algo que la encuesta corroboraría— y la valoración de un laicado, no numeroso ni suficientemente formado, pero bien dispuesto a colaborar con su Iglesia.

Las laicas, por su parte, coincidieron en destacar como fortalezas de la Iglesia en México la vivencia comunitaria que persiste, aunque marginalmente, y el fervor religioso que aún caracteriza al pueblo. En cuanto a las debilidades, ellas señalan —al igual que otros de los entrevistados— el clericalismo y la falta de compromiso característico de los miembros de la Iglesia, así como el papel subordinado que la institución confiere a la mujer. Un reto fundamental señalado por laicas y laicos consiste en crear una relación fraterna y de colaboración entre el laicado y la jerarquía en el espíritu del Vaticano ii. El reto de la formación humana y religiosa fue mencionado como prioritario por laicas y laicos entrevistados, tanto como el pronunciamiento y compromiso de la Iglesia sobre los graves problemas sociales.

Los obispos, desde su posición de pastores, fincados en la doctrina y con sesgos de personalismo, coincidieron en plantear que a la Iglesia le hace falta retomar el espíritu conciliador y despojarse de formas históricas rebasadas que no le son propias, como el clericalismo. También coincidieron en señalar como reto la promoción de una formación sólida y profesional de un laicado a la altura de la vocación que le es propia: aquella de las estructuras temporales. Fue de llamar la atención el manifiesto interés de uno de los obispos en que la encuesta preguntara a los fieles su opinión sobre la jerarquía y la manera en que esta realiza su trabajo.

Ipsos Bimsa fue la casa encuestadora encargada de realizar el diseño de la encuesta, junto con Imdosoc, además de ser responsable del levantamiento de un total de 4 mil 313 cuestionarios a hombres y mujeres mayores de 18 años. La finalidad de tan cuantioso número fue elaborar tipificaciones en resonancia con la sociología de Max Weber, dividiendo al país en cinco regiones con los criterios de nivel de urbanización (urbana y rural/mixta) y el porcentaje de población católica de los estados. Bajo este parámetro se crearon las regiones Norte (Baja California, Baja California Sur, Chihuahua, Durango, Coahuila, Nuevo León, Nayarit, Sinaloa y Sonora); Oriente (Hidalgo, Puebla, Tlaxcala, San Luis Potosí, Tamaulipas y Veracruz); Centro (Distrito Federal y el Estado de México); Sureste (Morelos, Guerrero, Campeche, Chiapas, Oaxaca, Quintana Roo, Tabasco y Yucatán), y Bajío (Aguascalientes, Colima, Jalisco, Guanajuato, Michoacán, Querétaro y Zacatecas). Si bien de tal división podrían surgir complicaciones debido a la dinámica particular de los estados, se buscó establecer directrices generales para obtener así conclusiones que permitieran una reflexión lo más amplia posible.

Una de las preguntas importantes dentro de la encuesta fue aquella sobre el conocimiento que tienen los creyentes de sus diócesis y obispos. Para tratar con más exactitud esta materia, fue necesario realizar una cartografía eclesiástica mexicana que no se encontraba contemplada dentro del horizonte inicial. Se generaron listados y mapas de los municipios por diócesis de todo el país. Ya con tan vasta información se hizo posible, mediante la aplicación de una rigurosa metodología, obtener el perfil sociodemográfico, económico y político de cada una. Imdosoc cuenta con los elementos necesarios para que, a su debido tiempo, se capacite a las diócesis en el uso de esta metodología; al conocer con mayor profundidad la realidad local, además de auxiliarse y capacitarse en temas de sociología, estadística e historia, los párrocos podrán llevar a cabo una labor más comprometida y eficiente.

Los resultados generales de la encuesta fueron presentados ante los obispos mexicanos en su Asamblea Plenaria en noviembre de 2013; se dio a conocer también la cartografía eclesiástica mexicana con su introducción histórica y conceptual. La presentación oficial fue el 2 de diciembre de 2013 ante medios de comunicación y, separadamente, a miembros del consejo, maestros, colaboradores y agentes de pastoral, con la contribución de la mirada experta y crítica —ad extra— de Ricardo Pozas Horcasitas y Federico Reyes Heroles.

La recepción de los medios no fue tan buena como se esperaba. Si bien se hizo mención de la encuesta en medios de alto impacto —Reforma, La Jornada, Milenio y El Universal—, casi no se le dio seguimiento. En cuanto a lo mencionado en los diarios, se pondera la labor del Imdosoc, aunque parece haber cierta confusión e ignorancia en torno a lo que se ha realizado. También hubo connotaciones negativas hacia el catolicismo, además de acentuarse la desbandada de jóvenes de la religión católica. Entre las causas mediáticas de tan escaso tratamiento y mención están los eventos que ocuparon mayormente la esfera de la discusión pública: las reformas estructurales del presidente Enrique Peña Nieto. Entre otros factores están: el equívoco de los medios al creer que solo se trataba de una encuesta religiosa; la casi nula relación histórica de los medios de comunicación con el Instituto; la percepción de que la credibilidad de la Iglesia estaba en entredicho debido a los escándalos de pederastia, y el escaso interés mediático y social sobre temas religiosos.

Estos datos, al ser interpretados, han permitido a investigadores hallar puntos de unión y contraste para comprender el sinfín de identidades cambiantes dentro del territorio. En la sección dedicada a ella en la revista Este País, los lectores han podido apreciar diferentes perspectivas y exégesis de la misma. En tales voces están expuestos los problemas principales que nos conciernen como nación. La religión dista de ser un fenómeno únicamente perteneciente al ámbito sagrado, ya que se interrelaciona con el poder, la aspiración y el conflicto. El hecho de que el 92% del total de los encuestados se declaró católico no implica la simplificación del problema. El catolicismo, por su circunstancia, es indefinidamente polisémico. Los tiempos, y con ello las actitudes, tanto cambian como permanecen. Con las herramientas en mano, un reto claramente se perfila. El papa Francisco lo caracterizó de la siguiente manera: “La cultura de hoy exige una formación seria, bien organizada, y yo me pregunto si tenemos la autocrítica suficiente como para evaluar los resultados”.

Es en este contexto donde las principales reflexiones sobre la encuesta se tornan urgentes y necesarias. La confianza hacia las instituciones se ha perdido. Los humanos caminamos cada vez más solos. Inmersos en la angustia y la incertidumbre, es digno de mención que todavía exista una notable fe hacia la institución católica. Aun con la adopción de cultos distintos y el surgimiento de una infinidad de opciones para saciar la sed espiritual —el “sentido oceánico”, como lo caracterizaba Freud—, su importancia es todavía suficiente como para dictar ciertas posturas al caminar. El hecho de que ese mismo catolicismo posea diferentes maneras de practicarse y vivirse no soslaya el hecho de que el sentido que brinda la religión aún mantiene hondas raíces en las conciencias y acciones.

Otro de los diagnósticos es aquel que versa sobre la ruptura de la reproducción. Con esta última palabra nos referimos a la perpetuación de prácticas y saberes dentro de una sociedad determinada debido a su importancia simbólica, cultural y/o práctica. Dicha transmisión de conocimiento y experiencia se ha visto interrumpida, pues múltiples canales ofrecen esquemas que debilitan las doctrinas y su relevancia. La ignorancia y malos entendidos sobre los preceptos de la propia religión también minan tal proceso, porque lo distorsionan y difunden ideas que alejan a la doctrina de los creyentes. No por nada se afirma que en el mundo contemporáneo cada quien posee un culto “a la medida”, totalmente remendado. En tales derivaciones surgen maneras distintas de vivir, supuestamente, una misma religión. Hay quienes se dicen católicos pero no creen en la vida después de la muerte, notoria contradicción. En los mercados de México las imágenes de vírgenes y mártires conviven con rituales de magia y brujería sin cancelarse unos a otros. Fuera de esta esfera, la tecnología incide en la percepción de lo sagrado, conduciendo al descreimiento total o incluso a extrañas fusiones entre la ciencia y el profundo proceso que cuestiona en una persona su sentido, noción del ser y categorías de verdad.

La tradición del mexicano no puede explicarse solamente a través de su religión. Dicho concepto abstracto se compone de avatares y distintos elementos que van desde la lengua y las producciones materiales hasta el clima y la alimentación. Una certeza que se extrae de este punto es que el verdadero peso para comprender la práctica religiosa no está, paradójicamente, fincado en lo religioso. El problema es de índole más amplia y engloba los elementos constitutivos de un individuo en comunidad: la adscripción cultural. Antes que católico, el mexicano se entiende con sus circunstancias y valores arraigados. Ni se improvisa ni admite una guía total. La voz de una abuela curandera puede ser más relevante que un pasaje sagrado.

El contexto contemporáneo presenta una compenetración entre religión y política. Ciudadanía y creencia son dos conceptos vivos que debaten su existencia día con día, sumidos en la interrogante de su posible convivencia armónica. México es tan solo uno de los muchos países en el mundo donde los dos ámbitos chocan y producen movimiento. La influencia que ejercen uno sobre el otro da cuenta nuevamente de que la explicación homogénea tiende a caer: buscar los valores que constituyen al mexicano hace imposible hablar en singular.

La Encuesta “Creer en México” hace la apuesta de encarar el presente con una postura, colocándose en un sitial privilegiado para continuar abriendo caminos. Su ánimo está en consonancia con lo que Foucault, en sus reflexiones sobre Kant, caracteriza como el ethos de la modernidad: “Un tipo de interrogación filosófica que problematiza, de modo simultáneo, la relación con el presente, el modo de ser histórico y la constitución de sí mismo como sujeto autónomo, […] permanente reactivación de una actitud; es decir, de un ethos filosófico que se podría caracterizar como una crítica permanente de nuestro ser histórico”.2 Esta actitud condujo al Imdosoc en su ardua labor para problematizar una de las producciones culturales de la humanidad más compleja: la religión. Hemos querido hacer una interpelación válida, comprensible, esperanzadora y relevante para toda persona. Sin duda, en las páginas de la encuesta se perfila un sentido de pertenencia y deber sobre la labor investigativa y su función social ante una sociedad convulsionada, desigual, injusta, corrupta, pero donde las buenas acciones deben ser puestas como lámpara potente que ilumine.

1 Michel Foucault, ¿Qué es la Ilustración?, p. 81. Disponible en <http://www.ram-wan.net/restrepo /diferencia/que%20es%20la%20ilustracion–foucault.pdf>; consultado el 6 de abril de 2015.

2 Ib., p. 86.

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MARÍA LUISA ASPE ARMELLA estudió Historia. Es académica de tiempo completo en el Departamento de Historia de la Universidad Iberoamericana. DIEGO SUÁREZ ROJAS es historiador egresado de la misma universidad. Escritor, investigador, editor y asesor, ha sido aceptado para estudiar la maestría en The University of Chicago Divinity School.

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