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Virginia Woolf y la creación literaria
Cuaderno De Notas | Cultura | Este País | Gregorio Ortega Molina | 01.01.2015 | 0 Comentarios

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En apariencia todo se ha escrito sobre el origen del genio o la Gracia que antecede e ilumina la creación artística, pero la lectura de Un cuarto propio, de Virginia Woolf, renueva mi inquietud por intentar saber o conocer qué determina la vocación, qué define el aliento creativo convertido en luz instantánea, en atisbo de eternidad.

Dada mi instrucción familiar y formación académica, desde la adolescencia —durante mi paso por el internado de los jesuitas— me esfuerzo por determinar si es válido dar por cierto que el origen de la luz creadora está en la Gracia, que es don de la divinidad y, por lo mismo, imposible de compartir a conveniencia: se obsequia cuando la obra, el destello de inmortalidad, se hace pública.

Pero existen elecciones previas que definen el carácter y determinan la vocación —no es espacio ni momento para lucubraciones teológicas y opciones entre determinismo y libre arbitrio—, al menos en mi caso. No encuentro explicación alguna a la decisión de mi padre (Gregorio Ortega Hernández) para que, de entre siete hermanos, yo fuese el único enviado por él a una institución educativa en la que la jornada diaria inicia en la capilla, con un llamado a la introspección que precede al oficio de la misa. Mucho tiempo después, al final de sus veinticuatro años de viudez, mi madre me dijo que yo era motivo de desilusión para su esposo muerto.

Coincidentemente también fue en 2003 cuando me dio por leer y releer un párrafo de la carta de Pablo de Tarso a los corintios: “Hay diferentes dones, pero el Espíritu es el mismo. Hay diferentes servicios, pero el Señor es el mismo. Hay diferentes actividades, pero Dios, que hace todo en todos, es el mismo. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común”.

Aquí asoma un determinismo que dejo de lado, porque lo que interesa —para después entrar a las ideas y propuestas de Virginia Woolf— es la alteridad y la manera en que esta colabora o incide para que el genio creativo despierte e ilumine, por encima de las represiones religiosas y políticas, por sobre las vocaciones ciertas o simuladas, al margen de las decisiones que los padres y las instituciones toman para la educación de los vástagos de una familia, de los hijos de la patria.

Sándor Márai narra con maestría, en Confesiones de un burgués, cómo encontró su vocación de periodista, primero, para después transformarse en el escritor que hoy deslumbra. Paul Cézanne hubo de pasar por la pobreza para convertirse en lo que todavía es, como Honorato de Balzac debió huir de los acreedores para escribir La comedia humana.

Pero, ¿qué convirtió a Virginia Woolf en ella misma, para que, entre la incertidumbre y el genio, supiera, como lo apuntó, que “la literatura debe atenerse a los hechos, y cuanto más reales los hechos mejor la literatura”? ¿Qué le permitió sortear los impedimentos reales y sociales de su época, impuestos a la alteridad entre mujeres y hombres? ¿Estaba madura la sociedad de su tiempo para escucharla o ella tuvo el valor, la inteligencia, la luz, el genio de adelantarse y colocarla contra la pared, para que atendieran su reclamo?

Y qué efectos ejerce la pobreza sobre la mente; y cuáles la riqueza; y recordé los caballeros rarísimos que vi aquella mañana con estolas de piel sobre los hombros; y recordé que si alguien silbaba uno de ellos salía al galope […] y pensando en la seguridad y prosperidad de un sexo y en la pobreza e incertidumbre del otro y en el efecto de la tradición en la mente del escritor, acabé por pensar que ya era tiempo de arrojar la cáscara arrugada del día…

¿Se ha modificado lo que a ella le inquieta? Los bedeles, como muchos políticos, continúan galopando a la orden de los silbidos, y las políticas de equidad de género nada determinan en asuntos de pobreza y riqueza, mucho menos en temas como el de la chispa que ilumina el genio de la creación literaria, la capacidad de escribir una o muchas novelas, de componer una o muchas sinfonías, de recrear en el lienzo lo que los ojos y la razón vieron.

Hay más preguntas que respuestas y, a pesar de que la Woolf las formuló el siglo pasado, en muchos o en todos los aspectos nada ha variado: “¿Por qué los hombres bebían vino y las mujeres agua? ¿Por qué un sexo era tan adinerado, y tan pobre el otro? ¿Qué influencia ejerce la pobreza sobre la literatura? ¿Qué condiciones requiere la creación de obras de arte?”.

Olvidémonos de lo que efectivamente ha cambiado, hacer el catálogo de los nuevos espacios de alteridad entre mujeres y hombres no contribuye a aclarar el origen del genio creativo y la capacidad de escribir novelas; sin embargo, en el trayecto recorrido para responderse a ella misma, Virginia Woolf incursiona en el ámbito de la política y las debilidades mostradas por los hombres al ejercerla.

Para hacerlo, como lo anota en su premisa inicial, se sirve de la realidad y se pregunta: “Es absurdo, pensé, recorriendo el diario de la tarde, que esté enojado un hombre con tanto poder. ¿O es el enojo acaso, pensé, el familiar, el demonio subalterno del poder?”.

Ella, Virginia Woolf, formula una pregunta provocadora para dar pie a una reflexión hecha páginas atrás —la mujer es el animal más estudiado—, y así ofrecer una respuesta con palabras nuevas a una vieja certeza sobre lo necesarias que son las mujeres para el éxito de los hombres, en sus hazañas políticas y militares:

Hace siglos que las mujeres han servido de espejos dotados de la virtud mágica y deliciosa de reflejar la figura del hombre, dos veces agrandada. Sin ese poder el planeta sería todavía ciénaga y selva. Faltarían las glorias de todas nuestras guerras […]. Los espejos, aunque tienen otros empleos en las sociedades civilizadas, son esenciales a toda acción violenta y heroica […] si ellas no fueran inferiores, ellos no serían superiores.

Entonces, ¿cuál es el espejo en el cual pueden observarse las mujeres? Tengo la certidumbre de que la alteridad entre hombres y mujeres no es cabal. La maternidad ya no es suficiente, o quizá nunca lo fue, de allí que piense que reside en el genio y en la capacidad para crear obras de arte. Nuestra escritora lo reduce así:

Es notable, pensé, guardando el cambio en mi cartera, la transformación que una renta fija opera en el carácter de las personas […]. No solo cesan la labor y el esfuerzo, sino la amargura y el odio.

[…] Porque la novela, es decir el trabajo imaginativo, no se desprende como un guijarro, como puede suceder con la ciencia; la novela es como una telaraña ligada muy sutilmente, pero al fin ligada a la vida por los cuatro costados.

[…] ¿Cuál será el estado más propicio al acto de creación, pregunté? ¿Es posible alcanzar una justa noción del estado que permite y amplía esa actividad extraña? […]. Y uno deduce de esta enorme literatura moderna de confesión y autoanálisis que escribir una obra de genio es casi siempre una proeza de prodigiosa dificultad. Todo contradice la posibilidad de que nazca completa en la mente del escritor.

¿De dónde procede entonces la simiente del genio creativo? Tiene razón Virginia Woolf: la obra creativa está ligada a la vida por los cuatro costados, incluso la de ciencia ficción y la de terror.

Hoy, más que la narración de autoanálisis e introspección, lo que define la relación entre la vida diaria y la novela es el género negro, porque en esas obras literarias se cuenta lo que el género humano gusta hacerse a él mismo, tanto desde el punto de vista familiar, como sociocultural, económica y políticamente.

En esas narraciones destacan novelistas como Patricia Highsmith y personajes como Lisbeth Salander, para dejar asentado que en el campo del genio, en la estela de luz que conduce a la eternidad de la creación literaria, la mujer deja de ser el espejo del hombre y se convierte en reflejo de su propia imaginación, de su muy personal realidad; en protagonista de una alteridad diferente, nueva, que abre espacios a una reconsideración sobre la auténtica, la verdadera importancia de la mujer en esta historia de la humanidad que solo es ficción, porque es el género humano que se narra a él mismo, para satisfacer sus vanidades, grandes y pequeñas. ~

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Escritor y periodista, GREGORIO ORTEGA MOLINA (Ciudad de México, 1948) ha sabido conciliar las exigencias de su trabajo como comunicador en ámbitos públicos y privados —en 1996 recibió el Premio José Pagés Llergo en el área de reportaje— con un gusto decantado por las letras, en particular las francesas, que en su momento lo llevó a estudiarlas en la Universidad de París. Entre sus obras publicadas se cuentan las novelas Estado de gracia, Los círculos de poder, La maga y Crímenes de familia. También es autor de ensayos como ¿El fin de la Revolución mexicana? y Las muertas de Ciudad Juárez.

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