Lunes, 18 Noviembre 2019
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Cuba: en defensa de la tolerancia
Este País | Lázaro de Jesús González Álvarez | 06.05.2015 | 0 Comentarios


No solo Colombia necesita diálogos de paz. Toda Cuba requiere democratizarse: en cuanto a las reglas de ordenamiento social, y más aún en el complejo ámbito de la cultura, propenso a las inercias y usualmente resistente al cambio.

 

Tristeza. Angustia, desencanto, desesperanza; pero, sobre todo… tristeza. Los violentos sucesos protagonizados recientemente por cubanos en las calles de Panamá me avergüenzan. Hieren mi orgullo patrio. Aunque conozco de trifulcas y golpizas similares puertas adentro en la isla antillana, no dejo de lamentar la exportación de semejantes alardes de incivilidad hacia el espacio público internacional.

En efecto: deberíamos llamarle “sociedad incivil”. Los representantes cubanos al Foro de la Sociedad Civil, realizado en el contexto de la VII Cumbre de las Américas, solo dieron muestra de la precariedad del apellido que pretenden sostener. ¿Qué tiene de civil una sociedad que resuelve sus divergencias ideológicas a puñetazos y patadas? Más bien parecen hombres y mujeres sumidos en el más genuino “estado de naturaleza”, tal y como lo entendieron los liberales Thomas Hobbes (1982) y John Locke (1990). La violencia y la inseguridad campeando por su respeto. ¡Oh, bendito contrato social! Te odio pero te quiero.

Puedo, incluso, comprender que ambos bandos (oficialistas y opositores) rehúsen sentarse juntos a una mesa de diálogo; lo cual también es condenable porque conduce a un callejón sin salida, donde, como es lógico, la disidencia tiene las de perder. No obstante, resultaría una actitud menos bárbara. Ahora, eso de agarrarse a trompadas, gritos y empujones… es denigrante. Aunque Silvio Rodríguez comente en su blog: “[…] ante personajes que se abrazan con terroristas que vuelan aviones civiles, o ante uno de los asesinos confesos de un ser humano como Ernesto Guevara, reconozco que se pudieran alterar los ánimos”, yo digo que quien no pueda controlar sus impulsos groseros y agresivos que se abstenga de concurrir a foros sobre “sociedad civil”.

Por cierto, en la representación de la “sociedad civil oficial” cubana incluyeron varios diputados al parlamento nacional (actores políticos del máximo nivel), a la segunda secretaria de la Unión de Jóvenes Comunistas y hasta un exministro, actual asesor del presidente. ¿Había que reforzar a los comisionados civiles? ¿No es suficiente la ya intensa politización de las organizaciones civiles oficialistas, altamente subordinadas a los intereses partidistas y estatales?

Los actos de indisciplina tuvieron patéticos ecos en los foros previos al encuentro de jefes de Estado: al menos dos mesas de debate, “Gobernabilidad y democracia” y “Participación Ciudadana”, fueron arbitrariamente boicoteadas por hordas enardecidas de delegados cubanos, en la mayoría de los casos luctuosamente apoyados por prestigiosos intelectuales criollos. Ante la incontenible vociferación de consignas ofensivas, los delegados de otros países se vieron forzados a retirarse de los salones o trasladarse a otras áreas del Hotel Panamá (como el sótano) para poder trabajar con tranquilidad. Incluso se escucharon groseras e insólitas consignas de “¡Abajo la OEA!”

Las más elementales normas de educación dictan que cuando uno acepta la invitación de un vecino a su casa, debemos respetar sus normas de convivencia. No existen excusas válidas para revolcar el patio ajeno con ataques de intolerancia. Si el invitado no es capaz de confrontar sus ideas con las del rival en términos pacíficos, al menos que tenga la decencia de retirarse sin causar disturbios, hasta que aprenda el arte de disputar en condiciones de respeto mutuo. Lo curioso es que la delegación cubana oficialista sabía con meses de antelación que encontraría a miembros de la oposición en dichas mesas de debate. Y yo me pregunto: ¿si no estaban dispuestos a debatir a qué fueron? Al parecer, a dar fe internacional de su incultura deliberativa, criticada incluso por otros miembros de la delegación oficialista cubana.

No solo Colombia necesita diálogos de paz. Y a la luz de estos hechos, se me antoja paradójico que justo sea Cuba el escenario de las negociaciones pacíficas entre acérrimos enemigos, hasta hace muy poco enfrentados armas mediante. ¿Son más irreconciliables los conflictos entre cubanos? Sinceramente, no lo creo.

 

En pro de “enemistades amistosas”

Quisiera saber qué piensa Chantal Mouffe de estos derroches de incivilidad desatados en el istmo panameño. Me encanta su noción de “pluralismo agonístico”; sin embargo, ¡qué difícil llevarla a la práctica! Indomables pasiones humanas sabotean su concreción. En vistas de la imposibilidad de suprimir los conflictos inherentes a la política, Mouffe aboga por una ideal cultura de la tolerancia, que trascienda el mero discurso (expresada como tal en prácticas sociales) y asuma al “otro” como un “adversario legítimo” y no como un enemigo a destruir. En su original concepción, el adversario es “alguien cuyas ideas combatimos pero cuyo derecho a defender dichas ideas no ponemos en duda”, porque compartimos con él la “adhesión a los principios ético-políticos de la democracia liberal: la libertad y la igualdad” (Mouffe, 2012: 114-115). Ideas estas convergentes con la conocida frase erróneamente atribuida a Voltaire (y que en Cuba suena a herejía de las peores): “Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a decirlo”[1].

Mouffe contrasta dos tipos de antagonismo: 1) el antagonismo que tiene lugar entre enemigos (personas que no comparten una esfera simbólica común); y 2) el agonismo: manifestación civilizada del antagonismo, distinguida por establecer una relación entre adversarios. Los adversarios devienen “enemigos amistosos”, porque comparten el mismo espacio simbólico, el cual, empero, quieren organizar de modos diferentes.

El problema de Cuba es que no hay cabida para los adversarios de ningún tipo. Y no la hay porque tenemos serios déficits democráticos. En su monólogo “comunista”[2], el gobierno considera a todos los opositores como enemigos, mercenarios, contrarrevolucionarios, apátridas, ilegítimos y un largo etcétera. Existen pruebas de que algunos son mercenarios; pero definitivamente no todos lo son. Además, a muchos no les queda otra vía de subsistencia más que el apoyo financiero desde el exterior. No hay de otra, puesto que en Cuba el sector privado es muy incipiente. Prácticamente todo es estatal. Y si el Estado mete a la totalidad de los “divergentes” en el mismo saco, ¿entonces quién puede ejercer sus libertades de manera legal? ¡Solo los “comunistas”!

En mi país ningún grupo con otra ideología puede crear una organización civil o política e inscribirla en un registro legal. Existen unas pocas, pero todas permanecen a la sombra de la ilegitimidad obligatoria. Pueden reunirse en pequeños espacios privados, pero casi siempre bajo el acecho y la presión vigilante de los órganos de inteligencia. No exagero. Va una anécdota: durante mis trámites de titulación de la Licenciatura en Periodismo, yo mismo experimenté sobre mi pellejo el injustificado acoso subrepticio de la Seguridad del Estado cubana. Los agentes llegaron a pedirles a las autoridades de la Facultad de Comunicación que mi ejercicio de defensa fuera a puertas cerradas. Por fortuna no lo consiguieron. Tanta alharaca por una inofensiva tesis sobre participación política estudiantil en la Universidad de La Habana, cuyos resultados y recomendaciones, como de costumbre, fueron tirados al abandono.

Cierto es: generalmente no vas a la cárcel por decir lo que piensas, pero la etiqueta de disidente suele acarrearte innumerables problemas, nada desdeñables. Y, en última instancia, muchos piensan que no vale la pena exponerse si no puedes amplificar tus pensamientos a toda la comunidad, pues el Estado mantiene el monopolio absoluto de los medios de comunicación y un rígido control de los contenidos a través del Departamento Ideológico del Partido Comunista de Cuba (lo sufrí en carne propia durante los cinco años que ejercí el periodismo en tres medios impresos de tirada nacional). Similar control del partido único anula de modo muy eficaz la posible elección de disidentes para cargos públicos.

Así las cosas: no hay libertades de organización, reunión, expresión ni de prensa; tampoco de manifestación, elegibilidad e investigación…, amparadas por leyes constitucionales o penales. Libertades todas reconocidas por la Organización de las Naciones Unidas desde 1948 en su Declaración Universal de los Derechos Humanos[3] y por la Carta Democrática Interamericana de la Organización de Estados Americanos. Semejantes privaciones pueden englobarse bajo un nombre: autoritarismo con pespuntes totalitarios, si se quiere ser indulgente.

En la notable y hasta ahora insuperable tipificación de Juan Linz y Alfred Stepan (1996) de los regímenes no democráticos, el régimen político cubano ni siquiera clasificaría como autoritarismo, debido fundamentalmente a la ausencia de un pluralismo político aunque sea formal, acotado o de semioposición. Aunque tampoco puede catalogarse de totalitarismo, como sí lo fueron el estalinismo y el fascismo, o parece ser la actual Corea del Norte. Según estos autores, en la Cuba de hoy estaríamos hablando de postotalitarismo, caracterizado por: incipiente pluralismo social y político; embrionaria apertura a formas económicas no estatales, pero aún bajo el férreo control estatal de sus condiciones de existencia; oposición interna casi inexistente, desarticulada y contenida, apenas hay margen para ciertos grupos tolerados (no hipercríticos); partido único debilitado, ideología monolítica desgastada, poca fe en la utopía, tránsito al consenso pragmático; movilizaciones reactivas y rutinarias; desgaste del liderazgo carismático; entre otros rasgos.

De tal modo, tenemos un “socialismo de Estado” postotalitario y benefactor. Grandes garantías (salud, educación y seguridad social[4]) —cuyos inobjetables méritos muchos opositores desconocen o tergiversan—, menoscabadas por serias carencias democráticas que partidarios del oficialismo, a su vez, ignoran, minimizan o justifican con disimiles sofismas, como el de “plaza sitiada”.

Por cierto, que aplaudo el acercamiento diplomático entre los gobiernos de Cuba y Estados Unidos; pero celebraría aún más un incremento equitativo en los intercambios entre los pueblos de ambos países. Mucho aprenderíamos unos de otros. La tensa relación entre ideales prístinos como libertad, igualdad y justicia reserva todavía valiosas enseñanzas prácticas.

 

Apuesta por la ciudadanía

Ahora bien, coincido con Silvio en que no es fácil dialogar con opositores (Guillermo Fariñas) que se retratan con sombríos personajes acusados de terrorismo (Luis Posada Carriles) o se codean con quien asegura haber ordenado el asesinato del Ché Guevara (Félix Rodríguez Mendigutía), en cumplimiento de órdenes del alto mando de las fuerzas armadas bolivianas. Sin embargo, ¿no es también difícil deliberar con defensores “miopes” e intransigentes de un régimen que coarta las más elementales y antiquísimas libertades humanas? Entonces, ¿qué hacemos?, ¿nos subimos al ring de boxeo y vence quien más moretones consiga en el rostro del enemigo? ¿O nos sentamos entre adversarios a negociar ciertas reglas de convivencia, respetuosas de la diferencia, incluyentes, justas para todos y que impliquen el reconocimiento del “otro” en vez de su anulación?

No entiendo que, debido a discrepancias ideológicas, ciudadanos cubanos se agredan físicamente con odio e insidia, en la misma ciudad en la que apenas unas horas después, Raúl Castro y Barack Obama se dan las manos, conversan de forma amigable y ordenan el restablecimiento de las relaciones bilaterales. Un suceso histórico, inimaginable hace unos meses. ¿Acaso son más solventes las diferencias de la sociedad política que las de la sociedad “civil”? ¿Se habrán preguntado los agresores por qué Raúl no abofeteó al presidente del país que protege a Posada Carriles y a Félix Rodríguez? O viceversa: ¿por qué Obama no pateó a la máxima autoridad del régimen caribeño que manda a sus policías (a veces vestidos de civil) a reprimir a grupos opositores durante sus manifestaciones pacíficas? Y eso lo sé pues, durante mis años de universitario, era habitual que los profesores suspendieran las clases y nos llevaran a realizar “espontáneos” actos de repudio de las ocasionales y escuálidas manifestaciones públicas “mercenarias”. Costumbre que persiste todavía. En aquel entonces muchos reconocíamos la truculenta práctica de infiltrar policías (sobre todo mujeres) vestidas de civil, quienes, a veces, empujaban y golpeaban a los manifestantes pacíficos.

Desde la filosofía silvina de los “ánimos alterados”, a ambos mandatarios les sobran los motivos. Pero prefirieron un comportamiento civilizado. Ojalá las culturas pudieran transformarse “de un plumazo diplomático”. Me temo que medio siglo de intolerancia, aislamiento, monolitos ideológicos y soliloquios políticos han hecho mucho daño a mis familiares, vecinos, amigos, conocidos y paisanos, en general. Sin embargo, quiero creer que es un daño reversible y que el sombrero “encontrará cabeza” cuando llegue. Me constan los asombrosos cambios de mentalidades que produce la emigración (vivir para creer) o el simple contacto cotidiano con internet (informarse para juzgar), aun dentro de la Isla. Pero, por experiencia propia, apelo, sobre todo, al intercambio personal (socializar para crecer) y al mutuo entendimiento[5]. Por eso, me gustaría ver a muchos más cubanos viajando por todo el orbe y, al tiempo, a medio mundo visitando a Cuba (incluidos los estadounidenses, cuyo gobierno en la actualidad se los prohíbe).

Mi apuesta es, en definitiva, por un despertar de la ciudadanía democrática: una transmutación cultural que dé cabida no a una única idea normativa del bien común, a disposición del monopolio estatal de la violencia; sino a un sinfín de concepciones específicas y diferentes de la “vida buena”, contradictorias, inclusive, pero capaces de convivir bajo un mismo “cielo democrático”. Los cubanos no somos intolerantes o inflexibles por naturaleza. Así lo demuestra el nuevo ciclo político abierto entre el propio gobierno postotalitario y su vecino-antípoda.

Si bien reconozco la intención provocadora del esloveno Slavoj Žižek, explicitada en su libro En defensa de la intolerancia (2010), en el caso particular de Cuba no creo necesario ningún ardid psicoanalítico que incite a la pasión política y alimente la sana discordia. Eso queda en todo caso para las “adultas” democracias liberales europeas, desgastadas por el paso del tiempo y sus propias rémoras. Los cubanos, por el contrario, debemos aún empezar a gatear hacia otra democracia: la nuestra, original pero reconocible en valores y prácticas universales, tales como: inclusión, responsabilidad, participación, civilidad, persuasión, deliberación, control, fiscalización, etcétera. Una buena dosis de tolerancia resultaría un buen “andador” sobre el que impulsar el camino hacia la democratización.

 

Referencias bibliográficas:

Arendt, H. (1997). ¿Qué es la política? Barcelona: Paidós.

Hobbes, T. (1982). Leviatán. Bogotá: Skla.

Linz, J. & Stepan, A. (1996). Problems of Democratic Transition and Consolidation. Baltimore: The Johns Hopkins University Press.

Locke, J. (1990). Segundo tratado sobre el gobierno civil. Madrid: Alianza Editorial.

Mouffe, Ch. (2012). La paradoja democrática. El peligro del consenso en la política contemporánea. Barcelona: Gedisa.

Žižek, S. (2010). En defensa de la intolerancia. Madrid: Diario Público.

 

Notas

[1] La autora de la frase es la biógrafa británica de Voltaire, Evelyn Beatrice Hall, quien escribía bajo el seudónimo “S.G. Tallentyre”. Así quedó demostrado en el libro They Never Said It: A Book of Fake Quotes, Misquotes, and Misleading Attributions (Oxford University Press, 1989).

[2] Etiqueta harto discutible en el caso cubano, desde presupuestos teóricos clásicos, fundamentalmente debido a la matriz estadocéntrica, postotalitaria y enajenante.

[3] Para una crítica de las violaciones o cumplimientos a medias patentes en el caso cubano, resultan de particular interés los artículos del 18 al 21.

[4] Conquistas cada vez más depauperadas, aunque todavía muy superiores a los estándares de América Latina y el resto del Tercer Mundo.

[5] La preocupación central de la política es el mundo de las “cosas” creadas por los hombres mediante el mutuo entendimiento; mundo que los condiciona y media entre ellos: los reúne y a la vez los separa (Arendt, 1997).

_________________________

LÁZARO DE JESÚS GONZÁLEZ ÁLVAREZ es periodista cubano, licenciado por la Universidad de La Habana. En la actualidad estudia la Maestría en Sociología de la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México.

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