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Música del mundo en el FMX 2015
Cultura | Este País | Mary Farquharson | 01.03.2015 | 0 Comentarios

fotografía tomada del sitio festivalcentrohistorico

Del 25 de marzo al 12 de abril el Centro Histórico de la Ciudad de México se engalanará con eventos de música, danza y teatro. La directora de Discos Corasón nos hace una invitación a la que resulta imposible negarse: las presentaciones de cuatro grupos que, alimentados en el folklor y las tradiciones de sus regiones nativas, logran transmitir al público emociones universales.

Cuatro virtuosos (e irreverentes) músicos, nacidos en el underground de Kiev, sugieren con el nombre de su grupo el espíritu de su participación en el FMX. DakhaBrakha quiere decir ‘Dar y recibir’ en Ucraniano. Al igual que otros sobresalientes músicos de Mali, Cuba y México que se presentarán en esta edición del Festival Centro Histórico, aclaman sus diferencias en una fiesta que nos une.

DakhaBraka hará su debut en la Ciudad de México el 6 y 7 de abril en el Palacio de la Antigua Escuela de Medicina y, si cumple con la opinión de los críticos de festivales en Europa y Estados Unidos de medios como The Guardian y Rolling Stone, el grupo podría ser el “más inesperado y emotivo” del FMX.

En la programación de world music habrá mucha competencia. Se presentan, entre otros, Fatoumata Diawara, la elegante cantante contestataria de Mali; los rumberos de nacimiento, Afrocuba de Matanzas y los mejores soneros de la Huasteca: los Camperos de Valles, Los Hidalguenses, y la trovadora tamaulipeca, Cleopatra “Paty” Chávez.

Refinada, y al mismo tiempo provocativa, la música de los ucranianos DakhaBrakha rescata sus tesoros nacionales —el canto polifónico, la alegría de la música bailable y los lamentos melancólicos— y los pule para crear una resonancia totalmente contemporánea con instrumentos ajenos a la tradición y una teatralidad que sorprende.

DakhaBrakha conoce bien sus fuentes: las tres vocalistas han viajado constantemente por los pueblos de Ucrania, recogiendo canciones tradicionales, aprendiendo de las señoras grandes de las regiones más aisladas. Como dicta la tradición, las tres mujeres de DakhaBrakha tienen años de cantar juntas, logrando así acoplar las voces para crear un canto que es casi un zumbido. El cuarto integrante, Marko Halanevych, nació en el campo y trae al grupo los secretos más escondidos de la cultura rural. Al mismo tiempo, es Marko quien interpreta el antiguo instrumento indígena de Australia, el didgeridoo, y quien dirige al grupo en la creación de una música distinta a cualquier otra que se interpreta en el circuito de la world music. Su presentación en vivo es teatral, no solo por los altísimos sombreros de lana que utilizan sino por los cambios que hacen entre el latir de los tambores, el murmullo del cello y la invocación a veces salvaje de las voces. DakhaBrakha autodefine su música como “caos urbano”, frase que menosprecia tal vez su manejo exquisito de los diferentes elementos tanto novedosos como tradicionales.

Dos días antes de esta presentación, la maliense Fatoumata Diawara habrá cautivado a un público amplio con su propia versión de la música tradicional de Wassolou, la región de Mali famosa por las cantantes y compositoras femeninas, a diferencia de otras regiones del país en donde la música la dominan los “griots”, alabanceros hereditarios que, por lo general, suelen ser hombres.

Con la instrumentación de un grupo de rock, Fatou aparece en el escenario con una enorme guitarra electroacústica y la belleza de una joven emperatriz africana. Sin embargo, una sencillez conmovedora emana de esta mujer, cuyas canciones hablan del amor (defiende apasionadamente el derecho femenino a elegir a su propio marido) y del sacrificio de los emigrados que arriesgan su vida para llegar a Europa. Nos habla, a través de sus metáforas seductoras, de la importancia de no usar palabras que hieren.

Varias de sus canciones piden no rechazar a los niños que son de alguna manera “diferentes”, y esta petición es biográfica, ya que Fatou huyó de su casa cuando era niña para cumplir con su sueño de convertirse en actriz. Fue desde el teatro —igual que DakhaBraka— que Fatoumata Diawara se lanzaría a su carrera musical.

En los últimos años, Fatoumata Diawara ha compartido escenarios internacionales con Paul McCartney, Patti Smith, Damon Albarn y otros dioses de la música popular internacional. Ganó su aprecio no solo por su talento musical sino por haber inspirado una defensa musical en contra del extremismo islámico del norte de Mali que intentó callar a los músicos profanos en este país que ha producido a varios de los figurones más importantes de world music: Salif Keïta, Ali Farka Touré, Oumou Sangaré y Toumani Diabaté, por nombrar solo cuatro. Fatou juntó a cuarenta músicos malienses —desde los trovadores más tradicionales hasta los raperos del momento— y juntos grabaron un tema en el que exigieron la paz. En un país donde los músicos son formadores de opinión, el gesto tuvo fuertes repercusiones.

El 3 y 4 de abril, será la primera vez que esta cantante se presenta gratuitamente en México y se espera una respuesta muy fuerte gracias a su capacidad de ganarse a públicos masivos con su versión muy personal de la música popular africana.

La presencia de África en América no es nada nuevo, la cultura de los esclavos fue la semilla principal para la creación, en el siglo XIX, de culturas afroamericanas en varios países de la región, notablemente en Cuba. En el caso de Afrocuba de Matanzas, agrupación que se presenta masivamente el 1 y 2 de abril, se trata de compartir el baile, los tambores y las voces de la santería y la rumba con el público mexicano. Un conocido productor de radio, al saber que vendría Afrocuba de Matanzas a México, dijo que era el equivalente a traer a Robert Johnson u otro de los blueseros originales del delta del Mississippi.

“Mi grupo es portador de la tradición”, explica Francisco Zamora “Minini”, quien ha dirigido Afrocuba de Matanzas desde su formación en 1957. “No somos actores; no mitificamos. Todo es real”, dice el santero de 78 años, “no hay nada de terciopelo ni de lentejuelas”.

Además de los toques de la santería y otras religiones afroamericanas, Afrocuba de Matanzas interpreta las tres versiones de la rumba cubana: el yambú, interpretado con los percusionistas tocando diferentes congas o tumbadoras que dan distintas resonancias; el guaguancó en el que la bailarina resiste, con gran coquetería, los avances sexuales del bailarín que deben terminar en su posesión o vacunao, y la columbia en la que un solo bailarín expone su fuerza física en un juego complejo y profundo entre el baile y las percusiones.

Esta relación tan entrañable y vital entre la voz, los tambores y el baile es algo que distingue a los verdaderos grupos de rumba. Como explica Minini:

Tiene que existir una sincronización entre el cantante y las percusiones; es algo natural y eso no se ensaya. El tambor quinto tiene que estar observando al bailador para poderle marcar lo que él quiere que le toque… El quinto tiene que guiarse por el bailador; puede haber un quinto que impresiona mucho por su repicado, pero si no está marcando lo que enseña el bailador, entonces está luciéndose solo él y así no tiene concordancia con lo que se está mirando dentro del baile. En el momento del canto, el quinto tiene que responder también y llenar la parte que el canto deja vacía. Es decir que en lo folklórico tiene que haber una sincronización entre el cantante, el bailador y el percusionista.

En el guaguancó de Afrocuba, el público mexicano —apasionado de los bailes de salón trasplantados a México desde la isla— escuchará las raíces más profundas de la música orquestada y comercializada por bandas tanto de Cuba misma como de Miami y Nueva York.

Para percusionistas mexicanos, como Javier Sosa, exbaterista de La Maldita Vecindad, la oportunidad de escuchar en México a uno de los grupos formadores de la rumba es inédito. “Es la música que me ha hecho lo que soy, pero que nunca se ha escuchado en vivo en México”.

Músicos de esta misma línea directa con la tradición pero que provienen de la Huasteca se presentan el 12 de abril para un evento gratuito. Los Camperos de Valles se consideran como el trío más clásico, más fino y más reconocido del son huasteco: tres excelentes músicos que son los que han creado escuela en México entre los centenares de tríos profesionales de los seis estados de la región huasteca.

El evento, muy esperado por la enorme comunidad huapanguera —ya que Los Camperos de Valles se presentan muy poco en la Ciudad de México—, lleva inevitablemente al cuestionamiento de qué conforma un gran trío huasteco. Por un lado, Los Camperos son tres músicos cuyo virtuosismo individual crece aún más como trío y Los Hidalguenses, por otro, tienen una presencia en el escenario como pocos y su carisma es siempre favorecido por el público.

Los Camperos, conformado por Marcos Hernández (voz y huapanguera), Camilo Ramírez (violín) y Gregorio Solano (jarana), provienen originalmente de Ciudad Valles, San Luis Potosí, donde se formó la agrupación a finales de los años setenta con el gran maestro Heliodoro Copado en el violín. Ya enfermo, Heliodoro pasó su violín a Camilo, de Ciudad Victoria, Tamaulipas, y el joven mostró una capacidad precoz para asumir su lugar. El director de este trío, Marcos Hernández, fue grabado por primera vez por Eduardo Llerenas, fundador de Discos Corasón, en 1971, cuando el músico tenía apenas 17 años y la voz de un ángel. Más de cuarenta años después, Marcos sigue levantando su falsete y, sin duda, su voz —igual que la capacidad de Goyo para improvisar poesía— es un sello de este gran trío.

El trío Los Hidalguenses se conforma por Pedro Velázquez —virtuoso veloz del violín— y sus dos hijos: Noel, en la jarana y voz, y Pedro junior, en la huapanguera. Pedro padre formó el trío en 1977 con dos de sus hermanos, y en esta primera época profesional emigró al Distrito Federal, en donde Amalia Hernández los invitó a participar en el Ballet Folklórico de México.

La opinión femenina sobre este encuentro la dará la legendaria trovadora tamaulipeca, Cleopatra “Paty” Chávez, quien estará en el escenario para halagar, cuestionar y retar a ambos tríos por medio de sus versos, tanto los improvisados como sus décimas ya compuestas.

“Son de la Huasteca” incluye, además, la participación de bailarines que provienen de diferentes ranchos de la región y se contará con un gran público de emigrados de la huasteca que viven actualmente en la Ciudad de México. Se trata de la comunicación directa entre artistas y público; de abrir oídos y ojos a lo diferente. A final de cuentas, un gran artista es capaz de encantar a públicos ajenos a su tradición.

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MARY FARQUHARSON es cofundadora de Discos Corasón.

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