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El efecto Guido. Entrevista con Estela de Carlotto
Este País | Emiliano Balerini Casal | 01.04.2015 | 0 Comentarios

© iStockphoto.com/JuanDarien

Tuvieron que pasar 36 años para que Estela de Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, en Argentina, encontrara a su nieto Guido Montoya Carlotto. En agosto del año pasado por fin pudieron abrazarse en público. El joven fue anotado en el registro civil el 2 de junio de 1978 con el nombre de Ignacio Hurban. Se dedica a la música y vive en la ciudad de Olavarría, Provincia de Buenos Aires. El 21 de julio pasado, después de haber confirmado que no era hijo de las personas que lo criaron, Guido se acercó a las Abuelas para que lo canalizaran al Banco Nacional de Datos Genéticos (BNDG) y así hacerse un análisis de sangre que se pudiera comparar con los de los familiares de los desaparecidos de la última dictadura militar en el país sudamericano, que se desarrolló entre 1976 y 1983. La historia de Guido se remonta a noviembre de 1977, cuando su madre, Laura Carlotto, hija de Estela, fue secuestrada por un grupo de tareas de la dictadura y trasladada al Centro Clandestino de Detención “La Cacha”, ubicado en Olmos, a las afueras de La Plata, capital de la Provincia de Buenos Aires, donde permaneció hasta dar a luz el 26 de junio de 1978, en el Hospital Militar de Buenos Aires. Dos meses después del nacimiento del niño, Laura fue sacada del campo de concentración junto con otro compañero y fue asesinada en una ruta del Gran Buenos Aires. El 25 de agosto de 1978, la familia de Estela de Carlotto fue citada por la policía para que les entregaran el cuerpo de su hija con un disparo en el rostro. Dos días más tarde, Laura fue enterrada en el cementerio municipal de La Plata. Laura quiso que su hijo se llamara Guido en honor al padre de ella, con quien tenía una relación muy estrecha. Durante el parto estuvo esposada y solamente pudo pasar cinco horas con su bebé. Después la durmieron y trasladaron nuevamente a La Cacha. En entrevista con Este País, Estela de Carlotto habla de la aparición de su nieto, así como de la reunión que tuvo en su más reciente visita a México, en noviembre pasado, con los familiares de los 43 estudiantes de la Normal Rural Raúl Isidro Burgos, de Ayotzinapa, Guerrero, desaparecidos el 26 de septiembre de 2014.  EBC

EMILIANO BALERINI CASAL: ¿Cómo han sido estos primeros meses desde que su nieto, Guido Ignacio, y usted se encontraron?

ESTELA DE CARLOTTO: Mi nieto obtuvo el resultado de que era hijo de Laura, mi hija, y de Wilmar, su papá, el 5 de agosto del año pasado. Lo conocí porque queríamos vernos, porque él quería ver a su abuela, al día siguiente. Ya llevamos cinco meses de este encuentro maravilloso que para mí fue casi milagroso porque los nietos que hemos ido encontrando habían quedado en diferentes lugares, con nombres distintos y con edades diferentes a las que les correspondían originalmente. Ha sido como buscar una aguja en un pajar. Sin embargo, esta tenacidad, este ruego que hice de no morir sin abrazarlo, parece haber sido escuchado. Tuve la suerte de que Guido, ante la noticia que le dieron meses antes de que no era hijo del matrimonio que lo crio, tuvo la sensación de que podía ser hijo de desaparecidos. El resultado fue, efectivamente, que era en un 99.99% integrante de la familia Montoya Carlotto. En estos meses nos hemos encontrado, hemos compartido momentos, brindis, festejos; mi familia es bastante extensa: tengo tres hijos más aparte de Laura; otros trece nietos y dos bisnietos, y con sus parejas somos un familión que él fue conociendo de a poco. El primer día solo estuvimos con él mis tres hijos y yo. Lo llenamos de abrazos intentando demostrarle el cariño que le guardamos por tantos años. Todavía tengo mucha emoción y alegría. Aún no se nos borran las sonrisas. Hacemos todo lo posible para vernos. No es fácil porque vive lejos. La ciudad donde radica está a 400 kilómetros de Buenos Aires. Pero pasamos el 31 de diciembre juntos. Y ahora viajará al sur del país a conocer a su abuela y tío paternos. Es una etapa, aunque fresca todavía, muy buena.

¿Usted conocía a la familia paterna?

No. Los conocí el día en que apareció mi nieto. Laura formó pareja con Wilmar estando en la clandestinidad porque la dictadura militar argentina la buscaba para secuestrarla y matarla. En la clandestinidad solo veía a mi marido Guido, pues como él era comerciante y viajaba de La Plata a Buenos Aires no llamaba tanto la atención. En cambio, yo era docente de una escuela, directora de la misma, y hubiera sido muy llamativo que viajara sola a la capital del país frecuentemente. Tampoco conocí a la pareja de mi hija. La reserva en esos casos era absoluta. Con el tiempo apareció una información de que un joven del sur de Argentina, militante de la misma organización que mi hija Laura —Juventud Universitaria Peronista—, era pareja de una chica muy bonita de La Plata, y que ella estaba embarazada. Los abuelos paternos de mi nieto se hicieron análisis de sangre en el bndg y esperaron a que apareciera alguien con su mismo tipo de sangre.

Entiendo que Guido participaba en el proyecto Música por la Identidad que las Abuelas de Plaza de Mayo han apoyado desde hace varios años para impulsar a los jóvenes argentinos que tienen dudas sobre su origen a que se acerquen a ustedes. Es decir que el tema le era afín desde hace tiempo.

Sí. Como músico tuvo una inclinación a acercarse a todo lo que es derechos humanos. Compuso una canción muy bonita llamada “La memoria” con el propósito de tener memoria ante los hechos aberrantes que vivió. Se acercó a Música por la Identidad, un proyecto de Abuelas para contactar a los jóvenes que tienen dudas sobre su origen, y que busca ayudarlos a no quedarse con esas dudas. También se acercó a un espacio de memoria que es la Exescuela de Mecánica Armada de Argentina, donde operó un campo de concentración durante la última dictadura militar entre 1976 y 1983, y que ahora funciona como un lugar que preserva la memoria, con actividades varias y con una permanente entrada y salida de jóvenes para ver lo que se expone en sus paredes. Ahí conoció a algunos nietos que habíamos encontrado. Según nos contó, a pesar de ello no tenía la más mínima sospecha de que podía ser hijo de desaparecidos. Sin embargo, había algo que lo hacía ir a este tipo de lugares sin darse cuenta realmente de qué era.

¿Qué lo motivó a hacerse los análisis en el bndg que podían determinar si era hijo de desaparecidos?

Él cuenta que fue bien criado por las personas que hicieron de sus padres —pero que en realidad no lo son— en el campo, con tareas lógicas del lugar. Estudió la secundaria (“preparatoria” en México) como Maestro Mayor de Obras. Al recibirse, dijo a las personas que lo criaron que quería estudiar música. Guido cuenta que había algunos ruidos que le hacían buscar otros horizontes más allá de los deseos y aspiraciones de sus padres adoptivos. Había algo extraño, pero no sabía cómo resolverlo. Lo resolvió cuando meses antes de agosto de 2014 alguien le dijo que no era hijo biológico de esta gente. Ahí sí, él fue a preguntarle a la que hizo de su madre, y ella le confesó que efectivamente no era su hijo, pero que no se lo habían dicho para no hacerlo sufrir. Después encontró respuestas a todas las diferencias que había entre sus padres adoptivos y los biológicos. Inmediatamente tomó la decisión de venir a Abuelas para que lo canalizáramos al lugar donde debía sacarse sangre para que se comparara con la de los familiares de los desaparecidos.

¿Se procederá legalmente contra los padres adoptivos de Guido?

Sí, por supuesto. Se ha iniciado un juicio porque la apropiación de Guido representa un robo caratulado como crimen de lesa humanidad. Hablamos del bebé de una mujer secuestrada por la dictadura. Si bien los padres adoptivos de Guido no son los responsables de este delito, violaron la ley al recibir al niño sin preguntar nada y anotándolo como hijo propio. La ley tendrá que ver qué hace con ellos, pues apropiarse de un bebé es un delito grave.

¿Cómo llegó Guido con estos señores?

Se los dio el patrón de ellos. Estos señores eran peones de campo. El patrón, que era un hombre ligado a los militares y muy autoritario en el pueblo donde vivían, Olabarría, les dijo que tenía un bebé para darles. Los llevó hasta la ciudad de La Plata para que lo recibieran. Por miedo al patrón, aceptaron. Luego continuaron el delito durante 36 años.

¿Guido ha pensado mudarse a Buenos Aires o seguirá a 400 kilómetros de la capital?

No se va a mudar. Se quedará en su pueblo, en su lugar. Le gusta el campo. Se está construyendo su casa. Hoy en día todo es más fácil para viajar. Hay buenas rutas. En Argentina, 400 kilómetros no es nada. Nosotros iremos. Ya hemos ido.

En una entrevista que vi en televisión sobre el tema, usted contaba que una de sus nietas se formó varias veces en la fila que hicieron para abrazar a Guido.

Se crio en medio del campo, solo, con este matrimonio. No ha tenido hermanos, ni primos, ni tíos. No ha tenido a nadie. Ha pedido tiempo para las demostraciones de cariño. El día que lo vi entrar a casa de mi hija Claudia y lo abracé fuerte, me dijo: “Despacito, despacito. Vayamos despacio”. Él a lo mejor no es una persona muy demostrativa, pero mis otros nietos sí lo son, y puede llegar un momento en que le contagien la modalidad del abrazo.

En otra entrevista también leí que sus nietos se reúnen cada 15 días para cenar, platicar y ponerse al corriente sobre sus vidas, y que seguramente invitarán a Ignacio Guido a hacerlo también.

Ya estuvo en casa de mis otras nietas todas las veces que ha podido, donde se reúnen los primos que pueden ir. Entre ellos se llaman primos. Se encuentran en la casa de alguno de ellos para compartir y discutir noticias, política, historia, en fin, cosas propias de la juventud. Guido ha estado todas las veces que ha podido, pero entendamos que vive lejos, tiene trabajo y otras actividades, por lo que no siempre puede viajar.

¿Es verdad que después de la aparición de su nieto se duplicaron o triplicaron las solicitudes de personas que querían hacerse un análisis de sangre por tener dudas sobre su identidad?

El efecto Guido fue sensacional. La difusión mediática que tuvo el tema —pareció una fiesta de la nación argentina con el título: “Se encontró al nieto de Estela”— fue motivador para muchos chicos que decidieron hacerse análisis de sangre y buscar su verdadera identidad. Los teléfonos ardían. Fue un efecto muy grato que ya permitió el encuentro de dos chicos más, una joven que vive en Holanda y otro que radica en Buenos Aires.

¿Han pensado en la posibilidad de que en México estén viviendo hijos de desaparecidos políticos que llegaron con la crisis económica de Argentina de 2001?

Nosotros nos hemos preguntado si nuestros nietos viven en Europa o en otros países de Latinoamérica. Tan es así que en Europa se formó una comisión llamada Red Europea del Derecho a la Identidad que está en España e Italia, y que más adelante estará en Francia, para promover lo más posible nuestra búsqueda. De esta forma, si hay chicos que se han ido por trabajo, estudio o paseo y que tienen dudas sobre su origen, se pueden acercar a esa red. En Latinoamérica tenemos contacto con muchas organizaciones. A México hemos ido varias veces. Hemos dado charlas y hemos aparecido en televisión, y quiero recordar que hace muchos años encontramos a un niño en el Distrito Federal viviendo con unas personas que no sabían su nombre ni de qué familia provenía. Se llama Eduardo Garbarino. Hoy es un científico que vive en la provincia de Córdoba y que recuperó el contacto con su papá, que no estaba desaparecido.

¿Cómo seguirá su vida después de este encuentro con Guido?

Siempre que pueda iré a verlo, y si no puedo, él vendrá a Buenos Aires para profundizar en nuestro trato. Pero, por otra parte, estoy en Abuelas de Plaza de Mayo y seguiré viniendo todos los días regularmente como lo he hecho durante años. Lo hago desde hace 37 años. No era tan formal en aquella época. Todos los días estoy acá como presidenta, pero también como una abuela más para que otras abuelas tengan la oportunidad de encontrar a sus nietos, así como yo tuve la suerte de hallar al mío. Todavía tenemos que buscar a más de 300, de manera que necesitamos trabajar mucho para ver si logramos seguir teniendo felices encuentros.

En su reciente visita a México, usted tuvo un encuentro con los familiares de los 43 normalistas desaparecidos en Ayotzinapa, Guerrero. ¿Qué le dejó ese encuentro?

Fui invitada a participar en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Justamente días antes había ocurrido la desaparición de esos 43 estudiantes. Los padres de ellos quisieron verme para que les diera algún consejo y alguna indicación de qué hacer porque estaban desorientados y angustiados. Viajé al Distrito Federal para encontrarme con un papá, dos mamás y dos normalistas. Para mí fue muy fuerte porque al escucharlos, verlos llorar y no saber qué hacer, volví al tiempo en que nosotras tampoco sabíamos qué hacer y nadie nos contestaba. Eran terriblemente destructivos la soledad y el rechazo social al que nos enfrentábamos. Vi a los padres y normalistas tan desesperados que casi me enfermo de la angustia. Quise transmitirles toda la esperanza que pude. En principio les dije que no hay recetas para resolver el problema. En México no hay dictadura; hay gobiernos constitucionales y, sin embargo, vemos que en Ciudad Juárez se mata a mujeres, en otras localidades decapitan gente y dejan a la vista los cuerpos sin cabeza, y ahora esto de los 43 estudiantes, que es realmente horroroso. Lo que sí les dije es que cuenten con las Abuelas de Plaza de Mayo y que no dejen de manifestarse, de hacer presencia de su lucha, de sumar gente que los pueda acompañar y de reclamarle al Gobierno que les dé respuesta para encontrar a sus familiares. Si bien ya casi hay una certeza de sus muertes, hay que pedir explicaciones al Gobierno y exigirle que juzgue y condene con toda la dureza de la ley a los responsables de semejante atrocidad. Digo que ya hay seguridad porque en una bolsa de esas que dicen que estaban las cenizas de los chicos habían quedado algunos huesitos que fueron remitidos a Europa y que confirmaron la identidad de uno de ellos. Si estaba uno, seguramente estarían todos. Animo a los padres a que transformen en lucha su dolor. Si hay un rechazo popular fuerte nunca más volverá a pasar semejante cosa.

¿Los padres tendrían que ir a la Corte Interamericana de Derechos Humanos o a ver al papa Francisco?

Les aconsejé que fueran a la Organización de Naciones Unidas en Nueva York o a Ginebra, también a la Organización de Estados Americanos y a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en Washington, para denunciar el caso. Que allí se reconvenga al Gobierno mexicano para que responda por estos delitos más que probados. Después yo me vine a Buenos Aires y no supe más de ellos, aunque seguramente están actuando y se están moviendo, porque, a pesar del dolor, tienen mucha fuerza y convicción.

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EMILIANO BALERINI CASAL estudió la licenciatura en Periodismo en la Escuela Carlos Septién y la maestría en Estudios Latinoamericanos en la UNAM. Ha colaborado en las revistas Cambio, Fernanda, Playboy y Soho. Actualmente es reportero de la sección cultural de Milenio.

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