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El padrino: ¿un paradigma político o mafioso?
Cuaderno De Notas | Cultura | Este País | Gregorio Ortega Molina | 01.03.2015 | 0 Comentarios

Red rain, acrílico sobre papel, 60 x 30, 2013.

Red rain, acrílico sobre papel, 60 x 30, 2013.

La vida transcurre acotada por ritos y rituales. Unos se practican en automático, otros son aprendidos o heredados, asimilados por los hábitos, como si fuesen una infusión. Los primeros se observan con respeto e incluso con sumisión; quizá, muy pocos, lo hacen con profunda devoción cuando su observancia manifiesta o sirve de marco a la fe.

Los rituales son mundanos. Tienen que ver con todo, o casi todo. Hay quienes los practican para beber café o el whiskey de una malta; otros, para salir de casa, elegir los números de la lotería y el melate; otros más, para el sexo, manifestar amor filial o paternal y maternal y recordar a los muertos; los menos, para nuestra fortuna, practican un ritual para salvaguardar su manera de delinquir, asesinar, coaccionar, corromper y ser corrompidos.

Practico un ritual con la absoluta conciencia de que lo hago y lo he convertido en eso, en la celebración de un acto que, a mi juicio, me ayuda a aclarar ciertas ideas y a redefinir ciertos prejuicios y juicios sobre el comportamiento humano. Hago un corte de caja anual y ensancho las perspectivas para esforzarme por discernir mi actitud y comportamiento para el año pronto a iniciarse.

Entre el 26 y el 31 de diciembre elijo un día para ver, de corrido —salvo breves pausas para comer una torta de bacalao, beber una cerveza, ir al baño—, la saga de El padrino, lo que suma entre seis y ocho horas de intensas lecciones acerca de la conducta del género humano, en situaciones que se repiten, como sucede con la vida misma.

No deja de asombrarme que, por una vez, sea superior la versión cinematográfica al libro; ello obedece a que Mario Puzo participó en el guion, a que la historia crece y se desarrolla más allá de lo que fue la concepción original o la intención primigenia del autor. Hay precuela y secuela, para cerrar una narración sin desperdicio.

Cada año, desde que apareció El padrino III, encuentro nuevos encuadres, descubro opciones de análisis y actitudes de los personajes que no había percibido o veo con otros ojos, ya de acuerdo con la experiencia acumulada en los trescientos sesenta y cinco días transcurridos.

Vito Corleone, que podía haber vivido como un ladrón de poca monta, acostumbrado a recorrer el camino enseñado por Peter Clemenza, adquiere la textura humana de un Robin Hood de asfalto, porque permanece como testigo mudo de los abusos de don Fanucci, hasta que él se convierte en víctima. Cuando Carmella Corleone descubre que su marido puede ayudar a resolver los problemas de los demás, lo motiva a ello, hablándole de los penosos casos de otros expulsados de Italia, como ellos.

El padrino adquiere la dimensión de juez y protector, admirado, temido y respetado, incluso por quienes lo odian o rivalizan con su poder. Extraña entonces, como lo descubrí durante esta última visita cinematográfica, que Michael insista —desde el principio de su amistad y noviazgo— en desacreditar a su padre y su familia, en exhibir a Luca Brasi, en afirmar que nunca será como ellos, a pesar de que, contradictoriamente, lo que exhibe al hablar así de sus seres queridos, subyace el deseo oculto de observar, él también, códigos de conducta diferentes, ajenos a los buenos usos y costumbres, distintos a los practicados por las buenas conciencias, pero que fueron sustento de una época en la que la lealtad significaba un compromiso ineludible, cuando la familia, el hogar, eran intocables.

Época en la que ofrecer una disculpa o solicitar un gesto, una palabra de perdón, puede admirarse y agradecerse en la escena en la que el padre de Genco Abbandando, obligado por circunstancias ajenas a él, se ve obligado a despedir a Vito Corleone de la tienda de abarrotes donde trabajaba. Hay comprensión y generosidad de ambas partes, que saben, están conscientes de que ninguno de los dos puede dar más, pero tampoco puede tomar más, por eso el joven Corleone se niega a aceptar la caja con comestibles que su expatrón desea obsequiarle. Luego, la gratitud: Genco se convierte en el primer consiglieri de la familia, cuando Vito adquiere el tamaño y la dimensión de un hombre de poder.

Las conversaciones entre Vito y su hijo Michael, que se convierten en lecciones de alta política, consideran el comportamiento humano en el trato cotidiano para ganarse la vida; hablan poco, pero lo hacen con intensidad, y ocurren con motivo de la intrusión del narcotráfico, propuesto por Virgil Sollozzo, en las actividades delincuenciales y el interés mafioso, político y policial, que propicia la implosión de un mundo regido por normas no escritas y conceptos éticos que, hoy, podrían ser útiles para políticos y empresarios.

En el intervalo entre el atentado contra don Vito y su muerte, se establece cinematográficamente, lleno de imágenes, el contrapunto entre Kay Adams y Apollonia Vitelli: es la esencia y la fuerza que establece la distancia y la diferencia entre Sicilia y Nueva York, entre la ingenuidad campesina de una, y la puntual estrategia de otra, para cerrar los ojos a una realidad que conoce, sabe que existe, pero le es conveniente negar porque está segura de haber obtenido ya lo que quería: compartir el poder de la familia, obviamente no para mandar, pero sí para disfrutar de prebendas y privilegios, al mismo tiempo que gozar de las angustias generadas por saberse temida.

Flashback: Vito advierte a su hijo que quien lo convoque a la reunión, quien sirva de recadero, es el traidor. Durante el sepelio de El padrino, Salvatore Tessio —en medio del duelo y observado de cerca por Emilio Barzini— se acerca a Michael para proponerle un encuentro en su territorio, para garantizarle seguridad.

En la escena Michael lleva un borsalino negro, está cerca de Tom Hagen, rodeado de sus seres queridos, sumergido en las flores del sepelio, del entierro de un hombre y una época.

Fue a la cocina a buscar hielo [Kay Adams]. Desde allí oyó abrirse la puerta, y al salir vio a Clemenza, Neri y Rocco Lampone, acompañados de los guardaespaldas. Michael estaba casi de espaldas a ella, pero Kay se movió un poco [en la película está armando las cajas de la mudanza], lo justo para poder ver a su marido de perfil. Entonces, Clemenza se dirigió a su marido llamándole “Don Michael”.

Kay vio cómo Michael recibía, de pie, el homenaje de aquellos hombres. Y se acordó de las estatuas de Roma, de las estatuas de los emperadores romanos, quienes, por derecho divino, eran dueños de la vida y de la muerte de sus súbditos. Tenía una mano en la cadera. El perfil de su cara hablaba de un poder frío y orgulloso, y su cuerpo descansaba sobre uno de sus pies, que quedaba un poco más atrás que el otro. Los caporegimes estaban de pie frente a él. En aquel momento, Kay comprendió que todo lo que Connie había dicho era cierto…

Antes de pasar a negros y de aparecer los créditos, llegan a los ojos, a la mente, las imágenes de otros besamanos, en diversos países y con distintos señores del gran poder, pero siempre iguales, fieles a ellos mismos, porque en la debilidad que les confiere el ser y saberse perfectamente humanos, se comportan como si descendiesen para posar sus plantas sobre la tierra y, con munificencia, dispensar mercedes, como la que Vito, el día de la boda de Constanza, dispensó el responsable y propietario de la funeraria, para vengar a su hija.

Las formas son el fondo, por ello la saga cinematográfica está más ligada a la relación entre los poderes eclesiásticos y los delincuenciales, a la imagen del perdón cuando lo que se hace no tiene tintes personales, sino que atañen solo a negocios; el clímax de El padrino I, cuando durante el bautismo los miembros de la familia Corleone saldan cuentas con las otras familias, dejando al final al cuñado Carlo Ricci, que se convierte en problema de Michael porque lesionó el corazón de los Corleone al aliarse a Barzini, para que mataran a Sonny.

Ego te absolvo y un disparo; Ego te absolvo, y otro disparo… Se anuncia el ingreso de un nuevo católico al seno de la Santa Madre Iglesia, y otro disparo, quizá porque no hay manera de ser razonable y resolver, definitivamente, la contradicción entre fe y libre albedrío.

Así, mientras Fredo reza el Ave María para que se le haga el milagro de enganchar al anzuelo un gran pez, desde su casa en Reno, Michael escucha el disparo que él ordenó para matar a su hermano y, al final de los finales, en El padrino III, escucha el disparo que asesina a María, su hija.

______________

Escritor y periodista, GREGORIO ORTEGA MOLINA (Ciudad de México, 1948) ha sabido conciliar las exigencias de su trabajo como comunicador en ámbitos públicos y privados —en 1996 recibió el Premio José Pagés Llergo en el área de reportaje— con un gusto decantado por las letras, en particular las francesas, que en su momento lo llevó a estudiarlas en la Universidad de París. Entre sus obras publicadas se cuentan las novelas Estado de gracia, Los círculos de poder, La maga y Crímenes de familia. También es autor de ensayos como ¿El fin de la Revolución Mexicana? y Las muertas de Ciudad Juárez.

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