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Guerra caliente a la vista
Escala Obligada | Este País | Mario Guillermo Huacuja | 01.03.2015 | 0 Comentarios

©iStockphoto.com/grajte

El extremismo se reinventa. En la última década, organizaciones como el Estado Islámico han ganado espacios. Sus métodos terroristas pueden hacer palidecer a grupos como al-Qaeda.

Las imágenes no pueden ser más elocuentes. Si tomamos un hecho aparentemente aislado, como lo fue el asesinato de 12 periodistas de la revista Charlie Hebdo en París a principios del año, así como el oleaje de indignación y condena que empapó a las principales capitales de Europa los días siguientes, tendremos una muestra palmaria de las dimensiones del enfrentamiento, las ideologías en conflicto, los métodos de lucha, las movilizaciones sociales, la cobertura mediática y las perspectivas futuras.

El motivo coyuntural de las hostilidades fueron unas ilustraciones que se burlaban del profeta Mahoma, lo cual provocó una condena a muerte por parte de los feligreses a la revista, y una defensa contundente de la libertad de expresión en todas las plazas de Europa, e incluso en algunos foros de Estados Unidos. Los cineastas que acudieron a la entrega de los Globos de Oro, por ejemplo, utilizaron el estrado para condenar el ataque. El lema de “Je suis Charlie Hebdo” (“Yo soy Charlie Hebdo”) se convirtió en un himno repetido en un sinfín de escenarios.

Pero también hubo reacciones diversas, aunque no siempre tan bien difundidas. En algunas capitales del mundo árabe, por ejemplo, hubo también manifestaciones multitudinarias para condenar cualquier tipo de profanación de la imagen del profeta. Y en el mundo occidental, con menos audiencia, hubo voces que se levantaron para cuestionar la burla a las imágenes sagradas de cualquier religión como una parte esencial de la libertad de expresión. El reclamo más importante vino del papa Francisco, que salió a defender a una religión ajena con más raciocinio que fe. Y es natural. Imaginemos, por ejemplo, lo que sucedería en México ante una profanación semejante de la Virgen de Guadalupe.

Y el papa no fue el único crítico. Si bien el grito “Je suis Charlie” resonó en todas las latitudes del mundo occidental, el hecho se convirtió en pretexto para desatar un furor vengativo en contra de todos los musulmanes, y en Alemania la propia presidenta Angela Merkel tuvo que ponerle freno a la insidia con un llamado a entender que había una parte importante de la propia Alemania que se reconocía como árabe. En todo el mundo, aunque en menor medida, hubo también una marea de gente que declaró con vehemencia “Je ne suis pas Charlie” (“Yo no soy Charlie”).

Pero la confrontación no se ciñe únicamente al caso de la revista francesa. Hay un rosario de acontecimientos que señalan la gestación de un enfrentamiento de proporciones históricas, que si no se resuelve mediante una estrategia de múltiples acercamientos y negociaciones puede derivar en una guerra mucho más devastadora que las escaramuzas regionales de la guerra fría. Se dice que el enfrentamiento es esencialmente entre el islam y los valores de Occidente, pero esta rivalidad encierra en realidad muchas otras.

Lo cierto es que los campos en confrontación sufren a su vez divisiones muy profundas. En los países europeos ha aflorado un sentimiento contra el islam equiparable al germen del odio que infundió el nazismo contra los judíos. En Holanda y Alemania los grupos xenófobos llamaron a cerrar las puertas de Europa a toda la migración proveniente de los países árabes. En Francia, el partido ultraderechista encabezado por Marine Le Pen cobró un nuevo impulso electoral por los acontecimientos. En las redes sociales, la corriente de opinión antiislámica multiplicó sus sitios y consignas contra una religión que considera intrínsecamente violenta hacia todas las demás. El señalamiento público encendió como pólvora en amplios sectores de la población europea, y aunque hubo intentos de explicar de manera académica y científica el núcleo de las religiones y los excesos interpretativos, muchas veces la marea de la confrontación terminó en nuevos baños de sangre. En Copenhague, por ejemplo, un intento de realizar un congreso para explicar los lineamientos del islam llevó a un nuevo atentado contra un caricaturista danés que también había dibujado cartones contra Mahoma, teniendo como resultado la muerte de otro inocente. Frente a este panorama, los esfuerzos de los que buscaban atemperar los excesos sin dejar de defender la seguridad de la población ante la amenaza terrorista —como los presidentes de Francia y Alemania— parecían actos de equilibristas en un territorio minado por la furia popular y los estallidos.

La complejidad del enfrentamiento se hizo evidente al analizar con más detalle lo que sucedía en el mundo árabe. Ya no se trataba solo de la división ancestral entre los grupos sunitas y chiitas, sino también de una proliferación incontrolable de núcleos terroristas con diferentes métodos y alcances entre la población.

Es sabido que los países árabes sufrieron una brutal sacudida política durante la llamada Primavera Árabe que se inició en 2010, y que ha dejado una larga estela de guerras, cambios de gobiernos, golpes de Estado, movilizaciones sociales, inmolaciones individuales y surgimiento de nuevos grupos. La Primavera Árabe tuvo arranques democráticos, terminó con las dictaduras de Hosni Mubarak en Egipto y Muammar Gadafi en Libia, y tuvo un protagonismo muy amplio a través de las redes sociales y la presencia masiva de internet, algo inusual en el mundo árabe. Su influencia fue transcontinental y abarcó países tan distantes como Yemen, Arabia Saudita, Iraq y Marruecos. Sin embargo, no todos los resultados fueron logros democráticos, entendiendo la democracia como el Gobierno emanado básicamente de las elecciones abiertas. En Egipto, por ejemplo, el derrocamiento de Mubarak llevó al Gobierno al primer presidente civil surgido de las urnas en la larga historia de la nación —Mohamed Morsi—, pero su identificación con un grupo de islamistas radical —los Hermanos Musulmanes— llevó al país a una nueva inestabilidad que terminó en un nuevo golpe de Estado protagonizado, una vez más, por las fuerzas armadas. Adiós, democracia.

En Siria la situación fue mucho más polarizada y sangrienta. El presidente en turno —Bachar al-Asad, un clásico cacique árabe disfrazado de mandatario— pertenece a la minoría chiita, y se ha enfrentado a la población sunita apoyada por sus congéneres de Arabia Saudita. El resultado ha sido una guerra que no cesa, que hasta la fecha ha arrojado más de 190 mil muertos y cuyo fin no parece cercano. En la época más cruenta de la guerra, Estados Unidos apoyó abiertamente a los rebeldes; el fantasma de las armas químicas flotó en el ambiente como el habitual pretexto para mayores intervenciones militares, y aunque no se produjo ninguna invasión, el mundo occidental se quedó pasmado ante la falta de grupos con los méritos suficientes como para brindarles un decidido apoyo. El actual Gobierno está muy lejos de ser un ejemplo de democracia musulmana. Los rebeldes también. Más aún, hubo reportes que señalaron que las armas químicas han sido utilizadas tanto por el Gobierno como por los rebeldes.

El panorama se complicó con el surgimiento del Estado Islámico, un grupo que aspira a ser el Estado del territorio conjunto de Iraq y Siria, y que hasta la fecha ha llegado a controlar amplias franjas de los territorios de ambos países, especialmente en Siria. Hubo un momento, a principios del año en curso, en que algunos reportes señalaron que el Estado Islámico había llegado a controlar más de la mitad del territorio sirio.

El Estado Islámico es un grupo fundamentalista que aspira a establecer un Gobierno regido por los principios del islam y que pone por delante los aspectos más despóticos y controversiales de esta fe, como la guerra santa a los infieles, la destrucción de cualquier influencia occidental, el sometimiento de las mujeres y los sacrificios públicos. Aunque originalmente surgió como un grupo fuertemente vinculado a al-Qaeda, en los últimos años declaró su independencia, y sus intereses territoriales lo sitúan como un Estado de facto, que no circunscribe su fin a Iraq y Siria, sino que pretende establecer un califato capaz de gobernar a todos los musulmanes del mundo, unificándolos en un solo Estado. Para ello, ha ampliado su control territorial a diversas ciudades —especialmente en Siria—, cuenta con una red de militantes que se extiende por varios países de Europa e inclusive el interior de Estados Unidos, tiene diferentes fuentes de recursos —como la venta de petróleo, los rescates por secuestros y la venta de órganos de sus enemigos muertos—, tiene un fuerte arsenal de armas y ha llevado a cabo una notable campaña de difusión del terror en los medios electrónicos de internet, particularmente a través de los videos en YouTube. El Estado Islámico ha destronado a todos los actores que utilizan ese canal para promocionarse y que apuestan por el escándalo. En los videos más recientes de su eficaz campaña terrorista a través de las redes sociales, ha presentado diversas decapitaciones de periodistas estadounidenses, ingleses y japoneses, y la quema de un piloto jordano dentro de una jaula.

El Estado Islámico se ha convertido en un enemigo indescifrable para los países occidentales, especialmente Estados Unidos. Ya no se trata de un enemigo identificado como grupo terrorista larvario, que se esconde en las escarpaduras de las montañas de Afganistán y es capaz de llevar a cabo atentados de grueso calibre, como el del 11 de septiembre de 2001. Ahora se trata de un Estado asentado en un territorio de arenas movedizas, con espías y simpatizantes incrustados de las arterias de los Estados occidentales, y con métodos de difusión capaces de sembrar el terror en amplias capas de la población.

El Estado Islámico no es al-Qaeda. Y para diferenciarse de la antigua facción terrorista, uno de sus videos más populares presenta la ejecución pública de un miembro de al-Qaeda, colgado para escarmiento de sus seguidores.

Pero que no se piense que al-Qaeda es un grupo que se ha quedado cruzado de brazos, o que se ha pasado al bando de la no violencia. No. Para que quede claro que no está muerto, baste señalar que fue al-Qaeda quien ordenó la masacre de la revista Charlie Hebdo.

Ante tal situación, el presidente Barack Obama solicitó al Congreso la autorización para atacar al Estado Islámico: “El Estado Islámico representa una amenaza al pueblo y la estabilidad de Iraq, Siria y el Medio Oriente, y a la seguridad de Estados Unidos. Si no se controla, representará una amenaza más allá de Medio Oriente, incluyendo a la patria de Estados Unidos […]. Desembarazarse de estos terroristas va a llevar tiempo, sobre todo en las zonas urbanas. Pero nuestra coalición está a la ofensiva. El Estado Islámico está a la defensiva y será vencido”.

Si bien el presidente Obama está saliendo apenas del pantano que le supuso la guerra de Afganistán, la amenaza que ahora se le presenta tiene nuevas complejidades. Una de ellas, tal vez la más decisiva, se refiere a la situación particular de Siria. En ese crucificado país, desde hace más de tres años se libra una guerra con un elevado costo de sangre. Por meses, Estados Unidos apoyó a los rebeldes que buscan derrocar al tirano Bachar al-Asad. Y ahora el mismo tirano se enfrenta a los fanáticos del Estado Islámico, que ya se han apoderado de la mayor parte de su territorio. ¿Apoyaría Estados Unidos a su antiguo enemigo en su lucha contra la nueva amenaza?

El problema es que en Siria no hay un grupo que simpatice con la democracia, y ya no hay tiempo para crearlo. Es un laberinto sin salida.

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MARIO GUILLERMO HUACUJA es autor de El viaje más largo y En el nombre del hijo, entre otras novelas. Ha sido profesor universitario, comentarista de radio, guionista de televisión y funcionario público.

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