Domingo, 17 Noviembre 2019
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¿Hay zonas vedadas para la lógica y la razón?
Este País | Álvaro Rodríguez Tirado | 01.01.2015 | 0 Comentarios

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¿De qué depende que un acto nos parezca moral o inmoral? Tendemos a creer que la calidad ética de una conducta se debe a su apego a ciertos principios, ciertos imperativos fundamentales, como el respeto y la protección de la vida humana, pero hay otros factores que acaban por pesar más, según lo muestran los siguientes ejercicios de la lógica.

Afortunadamente, en la mayoría de los casos en que nos interesa discutir sobre un asunto, nada tenemos en contra de hacer uso de la razón, la lógica y los argumentos. Más aún, no sabríamos cómo conducirnos en una negociación cualquiera si nos estuviese prohibido recurrir a la razón, evaluar las posiciones en juego, sopesar los argumentos y tomar una decisión al respecto. El uso de la razón en los planes y las negociaciones del día a día, en nuestra vida cotidiana y sus infinitas transacciones, es tan natural como la respiración, y lo damos por supuesto hasta que algo o alguien nos obliga a ponerlo en entredicho.

Para los griegos, por ejemplo, el afán no era otro que sistematizar el conocimiento alcanzado en su época. Más allá de etimología y raíces, del “amor por el saber”, estos personajes inventaron la filosofía como un intento de respuesta a interrogantes de la índole más diversa, pero su empeño lo uniformaba el uso de la razón, del logos, cuya luz podía dirigirse hacia cualquier objeto de estudio. Se preguntaron, así, sobre la posición y trayectoria de los astros, sobre los misterios de la raíz cuadrada de dos, sobre cuáles eran los últimos elementos que componen la materia y, primordialmente, cuál era la naturaleza intrínseca del alma humana.

Ya en Homero encontramos una clara conciencia del poder del razonamiento y de sus infinitas aplicaciones prácticas, de cómo el hombre puede, por ejemplo, servirse de la posición de las estrellas a manera de compás para orientar su rumbo en los océanos y, mediante esa información empírica, y del uso de la lógica, llegar con éxito a su destino. En la Odisea, Calipso da instrucciones a Odiseo de cómo dirigirse hacia oriente a fin de poder llegar desde su isla a Ítaca. La instrucción era mantener siempre la Osa a su izquierda, o sea, velar por que la constelación conocida como Osa Mayor, es decir, el norte, permaneciese a su izquierda, pues con ello se aseguraría Odiseo de surcar los mares hacia oriente, y ello a su vez sería garantía de que pronto llegaría a brazos de la fiel Penélope.

En el proceder que aconsejaban Homero y los griegos que lo sucedieron, la razón y la lógica los acompañaba siempre. No podría haber sido de otra manera. El mismo Odiseo debió hacer uso de la información empírica relevante, pero era indispensable que usara también la lógica para derivar conclusiones verdaderas a partir de premisas verdaderas sin violentar en el camino algún principio de la lógica y la argumentación. Por tanto, es claro que, con anterioridad a Aristóteles, en los tiempos homéricos, existían ya el lenguaje y la lógica. El incalculable mérito de Aristóteles es que fue él quien sistematizó ese conocimiento, y fue tal el éxito de su empresa que por 2,300 años permaneció incólume. No fue sino hasta la llegada de pensadores y matemáticos como Gottlob Frege, Bertrand Russell y Kurt Gödel, en el siglo xx, que se cuestionó el modelo aristotélico de la lógica y se expusieron por vez primera sus serias limitaciones.

Existe una razón muy poderosa para actuar de la manera descrita, es decir, para acompañarse siempre de la lógica en estos menesteres. Es esta: incluso si se pretende descartar la razón, la lógica, si se intenta hacerlas a un lado, se tendrá que hacer uso de ellas a fin de poder argumentar a favor de esta ruta de acción. Solo si se abandona por completo el diálogo, solo si, per impossibile, optamos por dejar fuera el lenguaje, podríamos prescindir de los cánones de la lógica que gobiernan por igual el pensamiento y el lenguaje. Pero, si esa es la alternativa, podemos preguntarnos: ¿qué es, exactamente, lo que estamos haciendo?, ¿qué justifica este ejercicio?, ¿cuáles son sus reglas? Si no hay reglas, si todo vale, si cualquier “movida” en el tablero, físico o mental, está permitida, entonces daría lo mismo emitir una serie de ruidos o silbidos sin ningún propósito, fin, sentido, estructura o razón. El precio de seguir esta ruta de acción es realmente muy alto: quedaría uno descalificado de cualquier conversación e, incluso, podría ser considerado un espécimen raro, poco confiable y totalmente impredecible.

En el otro extremo, en el lugar por antonomasia de la lógica y la razón, encontramos individuos realmente sobresalientes en el uso de la argumentación, verdaderos profesionales de la dialéctica, como lo puede comprobar quienquiera que se haya asomado a los diálogos de uno de los tres grandes de la filosofía occidental: Platón. Este filósofo era muy dado a imaginar situaciones fantásticas en las que se quiere probar hasta dónde llegan nuestros conceptos, y establecer así cuál es su aplicación justa en la vida real. Su única herramienta en estos viajes azarosos eran la lógica y la razón. Veamos un ejemplo. A fin de hacernos reflexionar sobre la fuerza de la moral por encima de nuestras intenciones y deseos, en el “Libro II” de La República, Platón pregunta: ¿quién escogería el camino de la virtud si pudiésemos disponer del anillo de Giges mediante el cual nos haríamos invisibles ante los ojos de los demás, pudiendo así realizar todo tipo de fechorías sin consecuencia alguna? En el diálogo platónico, Glaucón cuenta que el pastor Giges, al descubrir los poderes mágicos del anillo, sedujo a la reina y con su ayuda mató al rey y usurpó el trono, mostrando así que todas las personas son injustas por naturaleza. El apego a la moral, cuando existe, solo se explica, concluye Glaucón, por conveniencia propia, o bien por miedo al castigo.

Así, el problema de la moral queda planteado con una claridad meridiana. Es verdad que hemos recurrido a una situación por demás extraordinaria. El anillo de Giges tiene, en efecto, unos poderes sobrenaturales pues vuelve invisible a cualquiera que lo porte. Pero esta estratagema —que, a pesar de su carácter fantástico, es perfectamente consistente y concebible— nos sirve para mostrar el valor de la acción moral, es decir, el comportamiento moral tiene valor a pesar de que en muchas ocasiones puede ir en contra de nuestros intereses y deseos. En otras palabras, la razón principal que justifica e invita a la obediencia de la norma moral es que se trata de un principio intrínsecamente bueno, recomendable y justo, tal como lo sugiere la teoría de las formas de Platón. Nada nos condujo a esta conclusión más que un razonamiento inspirado en la filosofía de Platón y guiado por la fuerza de la lógica y la razón.

*

El quehacer de la filosofía no ha cambiado mayormente desde hace 2,500 años que inició su reflexión. Aunque han existido múltiples escuelas y movimientos, como el racionalismo, el empirismo, el idealismo trascendental, el naturalismo y el existencialismo, entre otros, pueden identificarse comunes denominadores tanto en los temas sujetos a discusión como en la manera de abordarlos. En esta tradición se enmarca la filosofía analítica —la filosofía anglosajona— que, si bien se caracteriza por el particular énfasis que otorga a la lógica formal y el análisis del lenguaje en cuanto a la metodología que propone, sus temas son los de la tradición occidental: la ontología, la epistemología, es decir, la naturaleza del conocimiento y la conciencia, los fundamentos de la moral y de la estética, etcétera.

Pues bien, una manera muy natural de proceder en el análisis al que los filósofos analíticos se han ocupado de otorgar carta de naturalización es lo que llaman experimentos del pensamiento o casos problema2 —los thought experiments de los ingleses o Gedankenexperiments de los alemanes—, es decir, el imaginar situaciones extremas en las que se pone a prueba el uso de nuestros conceptos para determinar hacia donde apuntan nuestras intuiciones o qué hacer si estas entran en conflicto. Algo muy similar a lo que vimos antes cuando Platón nos pide imaginar el anillo de Giges. Como se observó en este caso, las reglas de construcción de los experimentos del pensamiento son muy laxas; prácticamente todo lo que se requiere es que no violen las leyes de la lógica, es decir, que no sean autocontradictorios. Por lo demás, no importa cuán fantasioso sea el caso. Siempre y cuando su descripción sea consistente, estaremos ante un caso que resulta lógicamente posible.

En este artículo me propongo describir una serie de casos problema con el único propósito de incitar al lector a pensar en lo que está en juego, los dilemas y predicamentos en que nos encontramos muchas veces en nuestras vidas, e intentar convencerlo de que no tenemos mejor opción que entrarle al debate y que, para ello, nuestras mejores herramientas son la lógica y la razón. Rehuirle al debate no parecería ser una alternativa viable, toda vez que los problemas son de suyo muy importantes y reclaman de nuestra parte tomar una posición. Y no parecería sensato pensar en adoptar una determinada posición, sea la que fuere, si no estamos dispuestos a defenderla con razones y argumentos.

Sobre cada uno de los problemas que expondré a continuación, se han derramado mares de tinta y, por esta ocasión, no es mi intención entrarle al debate. Repito, mi intención es tan solo describirlos de manera sucinta para que el lector aprecie el tipo de casos sujetos a disputa. Idealmente, me gustaría transmitir al lector esa sensación de angustia y desasosiego que genera incluso el planteamiento mismo del problema, sobre todo cuando lo hacemos en primera persona, es decir, desde nuestro punto de vista subjetivo. Es ahí donde corremos el riesgo de vernos cegados por la emoción, y tentados a dejar cualquier intento de debate para otra ocasión o de plano relegarlo a una supuesta zona de confort en la que la razón y la lógica no tienen carta de naturalización y son vistas siempre como intrusas. Imaginemos, entonces, los siguientes EP:

CASO 1. En un hospital se encuentran cuatro pacientes por diferentes afecciones que han probado ser fatales y que los tienen al borde de la muerte. Cada uno de ellos podría salvarse si recibiese uno de los órganos de un donante sano pero, desafortunadamente, no hay ninguna persona dispuesta a donar uno de sus órganos, ni mucho menos una dispuesta a donar los cuatro órganos que se requieren. En la sala de espera está una persona totalmente sana a la que podríamos matar a fin de dar a cada uno de los cuatro pacientes el órgano que requiere, salvando de esta manera cuatro vidas con tan solo sacrificar una de ellas.3

La pregunta es: ¿se justifica moralmente que procedamos de esa manera, que matemos a una persona sana a fin de cosechar sus órganos y salvar cuatro vidas humanas? Los casos de esta naturaleza podrían modificarse ad infinitum, y no todas las variaciones son igualmente interesantes. Una de ellas, que me parece pertinente destacar, es la siguiente:

caso 1’. Idéntico al anterior, pero con la variante de que los cuatro sujetos que se encuentran al borde de la muerte son Einstein, Bach, Darwin y Picasso.

En estos casos, parecería que lo que nos indica nuestra intuición es que sería moralmente reprobable matar a la persona sana, aunque habría quien abrigara ciertas dudas respecto al caso 1’. En este, podría decirse, la vida de las cuatro personas que están al borde de la muerte es más valiosa para la humanidad entera que la del pobre mandarín que se encuentra en la sala de espera, es decir, la idea que subyace en este razonamiento es que existen vidas más valiosas que otras y, en consecuencia, la humanidad perdería más si se sacrifica la vida de una de estas personas que si se hace lo propio con la de cualquier otro ser común y corriente. Por supuesto que este argumento va en contra de principios como el artículo primero de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, de las Naciones Unidas: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”. Pero lo que nos interesa por el momento es plantear el problema, es decir, mostrar cuáles campos están abiertos a la discusión racional y preguntarnos si hay algunos en los que este tipo de discurso no sea bienvenido.

Pensemos ahora en el caso planteado por la filósofa de Oxford Philippa Foot hace casi 50 años:4

CASO 2. El operador de un tranvía descubre alarmado que adelante, en las vías de su máquina, hay cinco personas que por alguna razón no pueden salirse del camino. El operador puede mantener su ruta y, como consecuencia de ello, matar a las cinco personas que ahí se encuentran, o puede desviarse hacia una vía alterna donde se encuentra una sola persona, que será arrollada si el operador opta por esta alternativa.

Independientemente de lo que haría el operador del tranvía, de cuál fuese su obligación como tal, imaginemos que una persona que pasa por ahí y se percata de lo que está ocurriendo tiene acceso a una palanca que permite desviar el tranvía a una vía alterna. La pregunta es: ¿resulta moralmente aceptable que esta persona desvíe el tranvía y que este arrolle a una persona en lugar de a cinco? ¿Qué comparación hay entre este caso y el que caso 1? En el caso 2 podría decirse que, si bien sería preferible no tener que disponer de la vida de nadie, es preferible matar a una sola persona que a cinco, de manera que la persona que acciona la palanca está moralmente justificada para optar por esta alternativa. No así en el caso 1, donde nuestra intuición nos indica que sería moralmente reprobable matar a la persona de la sala de espera, que nada tenía que ver con el asunto y que —solo por gozar de plena salud y encontrarse en ese lugar y a esa hora— ha de enfrentar un destino fatal. La asimetría en el tratamiento de estos casos no dejar de ser, por decir lo menos, intrigante, sobre todo porque se han hecho encuestas entre diversos sectores de la población, que varían en edad, sexo y nivel económico, y la impresionante coincidencia en los resultados se mantiene. ¿Cómo se explica esta coincidencia de intuiciones?5

Ambos casos, más otros que presentaré después, solo pueden tratarse a fondo discutiendo, al amparo de la lógica y la razón, principios éticos de fondo. Son estos los que, en verdad, están detrás de nuestras intuiciones y guían la discusión. Por ejemplo, el principio que propone atender las consecuencias de una acción —entre las que se encuentra, de manera destacada, la de maximizar el placer o la felicidad del mayor número de personas—, el utilitarismo,6 es sin lugar a dudas uno de los protagonistas de estas historias. Pero no es el único. Otro de ellos está asociado al nombre del filósofo alemán Immanuel Kant.7 La corriente de pensamiento moral relacionada con él ha recibido el nombre de deontología, del griego deontos, que significa ‘deber’. Este principio establece que toda persona, sin consideraciones de raza, credo o color, debe ser tratada como un fin en sí mismo, y nunca como un medio para lograr otro fin, sea este cual fuere. No es difícil ver que son estos principios los que entran en pugna al evaluar las posibles posiciones que pueden adoptarse sobre los casos que hemos presentado hasta aquí.

Consideremos ahora el siguiente caso:

CASO 3. Dos mineros se encuentran atrapados en el fondo de una mina por una explosión que acaba de suceder y que bloqueó todas las rutas de salida. Afortunadamente, se ha logrado establecer comunicación con ellos y se reporta que su estado de salud es estable. Sin embargo, hechos los cálculos para su eventual rescate, se cae en la cuenta de que el costo de la operación sería de millones de dólares. Las autoridades se preguntan si no es mejor invertir esa cantidad en salvar la vida de miles de niños que se encuentran en condiciones de pobreza extrema, y dejar que el par de mineros enfrenten su destino fatal.

Hay quienes, apoyados en supuestos dichos atribuidos a Stalin, no tendrían mayor problema en proceder al rescate de los mineros y olvidarse de los miles de niños desnutridos al borde de la muerte. Finalmente, nos dirían, la muerte de una o dos personas es una verdadera tragedia, mientras que la muerte de miles es tan solo una estadística. Pero, más allá de los dichos y las anécdotas, ¿cuál es la verdadera razón para tomar esta decisión? ¿Realmente es claro que la moral nos señala que seguimos esta ruta en lugar de obligarnos a salvar la vida de miles de niños desprotegidos y hambrientos? Pensemos ahora en este caso propuesto por el filósofo Peter Singer:

CASO 4. Caminando por el parque me percato de que un niño acaba de caer al lago y lucha por salir a flote. Puedo acudir a salvarlo sin correr ningún riesgo, pero en ese momento recuerdo que traigo los zapatos nuevos que acabo de comprar y que son, precisamente, los que me hicieron caer en la tentación de gastar una verdadera fortuna, ¡500 dólares! Si acudo a salvar al niño que se ahoga, arruinaré para siempre mis zapatos de marca.

La pregunta es: ¿estoy moralmente obligado a salvar al niño, suceda lo que suceda con esos zapatos, o con cualquier otra cosa material? La respuesta prácticamente unánime a esta pregunta es que sí, que por supuesto estoy obligado moralmente a acudir al rescate, suceda lo que suceda con ese par de zapatos nuevos. Sin embargo, acto seguido Peter Singer nos exhorta a considerar esta variante del caso anterior:

CASO 4’. En la paz de mi estudio, abro un sobre de Oxfam en el que me solicitan una aportación de 500 dólares, cantidad que contribuirá a salvar la vida de miles de niños en África como víctimas de enfermedades que podrían evitarse si tan solo tuvieran acceso a agua potable.

La pregunta que surge en mi mente es: ¿estoy moralmente obligado a enviar a Oxfam esa cantidad de dinero, la cual, de no hacerlo, no tendría empacho en gastar en objetos de lujo como esos zapatos de marca mencionados en el caso anterior? Nadie pretende presentar los casos 4 y 4’ como si fuesen idénticos, es decir, a nadie escapa que las situaciones presentadas en estos casos difieren en cuestiones medulares, por ejemplo, el hecho de que el niño que se ahoga en el caso 4 esté a la vista, cerca de mí, hace prácticamente imposible pensar que pudiese dejársele a su suerte, mientras que en el caso 4’ estamos considerando niños que nunca hemos visto y que quizá nunca lleguemos a ver en nuestras vidas. Por tanto, ignorar la solicitud de una contribución económica para aliviar la situación de niños que nunca hemos visto y que, muy probablemente, jamás conoceremos resulta más fácil que voltear para otro lado cuando un niño se ahoga ante nuestros ojos. ¿Pero es la mera lejanía geográfica una buena razón moral para explicar esta situación de asimetría?

No siempre estamos de ánimo para discutir estos temas. Pero el problema no es que haya momentos idóneos y otros no tanto para entrarle a la discusión. Así es la vida. Lo preocupante es que para algunas personas nunca es el momento: sencillamente, se resisten a abordar estos temas y someterlos a un escrutinio crítico con las únicas herramientas que tenemos a nuestro alcance: la lógica y la razón.

Mal haríamos en construir una suerte de zona tabú,8 un territorio de temas espinosos que —por conducirnos a discusiones apasionadas en las que se calientan los ánimos, se exacerban las pasiones y se nubla el juicio— resulta preferible mantener al margen de todo debate racional, como si eso resolviese los problemas o aliviara en alguna medida nuestra precaria situación.

Decididos a no dejar entrar tema alguno en la zona tabú, preguntémonos ahora si debe o no estar permitida la tortura de los prisioneros de guerra, o de algún presunto criminal, a fin de obtener información privilegiada. Analicemos este caso problema:

CASO 5. Las autoridades nos informan que han atrapado a un terrorista sospechoso de tener información sobre la ubicación de una bomba de destrucción masiva. Se sabe que la bomba tiene un reloj de tiempo y que la hora de su detonación ha sido programada previamente. Solo el prisionero sabe donde encontrarla… y el tic-tac del reloj sigue su marcha.

La pregunta que debemos contestar es si está moralmente permitido torturar al prisionero a fin de que confiese la ubicación de la bomba, toda vez que así podríamos evitar la muerte de decenas de miles de inocentes. Si el prisionero no confiesa, ¿estaría moralmente permitido torturar a sus familiares, inclusive niños y personas mayores, para obtener la información?

¿Qué tan útil es plantearnos casos de esta naturaleza para enriquecer nuestra discusión? Algunos piensan que resulta ridículo: argumentan que los casos de la vida real no se presentan con esa nitidez, que en la realidad hay un número mucho mayor de variables en juego y que, al considerar estos casos de una manera realista e integral, la solución a la que llegamos suele ser más convincente. Otros piensan, al contrario, que el valor de estos casos estriba precisamente en su sencillez, pues hacen caso omiso de detalles irrelevantes y del ruido de fondo que tan solo complican la evaluación de los problemas y opacan las creencias y los principios, que son los que realmente están en juego.

A diferencia del proceder científico, que cuenta con el trabajo de laboratorio para proponer experimentos que confirman o refutan teorías, y nos permite repetirlos una y mil veces con el propósito de verificar o refutar la hipótesis en turno, en filosofía solo disponemos de nuestras habilidades mentales y de la poderosa herramienta de la lógica y la razón. De ahí la fuerza y la pertinencia de los experimentos del pensamiento y los casos problema, que nos muestran situaciones muy alejadas de nuestra realidad pero cuya consistencia nos permite a la vez exhibir las implicaciones de un concepto, las suposiciones que se asumen como válidas desde un principio y las consecuencias que pueden tener y que hasta ese momento resultaban insospechadas.

Ahora bien, existen otros casos, problemas de naturaleza distinta pero que muchos preferirían no discutir, es decir, casos que para muchos deberían pertenecer a esa zona tabú a la que me referí arriba. Uno de ellos es el referido a la mutilación genital femenina, situación por demás indigna que, lamentablemente, aún se presenta con regularidad en muchos países árabes. Otro caso similar es el aborto. Mucho se ha discutido y mucha tinta se ha derramado sobre el tema. Que se trata de un asunto que, para muchos, debería ingresar a la zona tabú, está fuera de disputa. El argumento tradicional en contra del aborto es más o menos el siguiente:

CASO 6. El aborto

• Primera premisa: matar a un ser humano inocente va en contra de la moral

• Segunda premisa: el feto humano es un ser humano inocente

• Conclusión: matar a un feto humano va en contra de la moral

La respuesta liberal a este argumento consiste en cuestionar la segunda premisa y, de esa manera, nuestra discusión sobre el aborto deviene en una discusión sobre cuándo, realmente, inicia la vida humana.9

Otro caso más para nuestra lista:

CASO 7. La eutanasia. De acuerdo con el marco jurídico de la mayoría de los países, los médicos que ponen fin a la vida de enfermos terminales a petición de estos, por lo común a causa del dolor que padecen, pueden ser demandados penalmente por homicidio voluntario. Los defensores de la eutanasia voluntaria proponen un cambio en el marco jurídico, de suerte que un doctor pueda actuar  conforme al deseo del paciente de morir sin necesidad de prolongar su sufrimiento y su dolor.

Es claro que la discusión del caso de la eutanasia traerá consigo un profundo análisis del concepto de persona, de su autonomía y de lo que significan la calidad y, en último término, el sentido de la vida. Solo equipados de esta manera podríamos discutir estos casos, de la eutanasia tanto voluntaria como involuntaria, así como las condiciones mínimas que deben cumplirse para que proceda la primera, v. gr. (1) que la lleve a cabo un doctor; (2) que esté claramente establecido que el deseo del paciente es el de morir; (3) que la decisión del paciente esté bien informada, sea libre y estable; (4) que su enfermedad sea incurable y le esté causando inmenso dolor físico y sufrimiento mental, al grado de ser intolerables; (5) que no haya alternativa razonable para aliviar su sufrimiento, y (6) que el doctor encargado de practicar la eutanasia cuente con la opinión de otro profesional que coincida con su veredicto. Todas estas consideraciones son relevantes para la discusión del tema de la eutanasia; con seguridad habrá otras más, pero por ahora aquí dejaremos las cosas.10

¿Hay, pues, zonas vedadas a la lógica y la razón? ¿Debe o no existir una zona tabú en la que se encuentren esos temas sensibles que hay que dejar en paz? ¿Conviene rehuir la discusión de cualquiera de ellos porque existe una muy alta probabilidad de que la emoción reine sobre el intercambio, se desborde y amenace con descarrilarlo en cualquier momento? ¿No son prácticamente todos los temas religiosos de esta naturaleza? La existencia misma de Dios y toda su corte celestial, el problema de la teodicea o la existencia del mal, el concepto de milagro y los insondables misterios de la trinidad y la transubstanciación son temas que los creyentes prefieren dejar blindados en la zona tabú y aparentar que en ellos todo es claro y no hay nada de qué preocuparse toda vez que Dios, en su infinita bondad y sabiduría, sabe lo que hace, y que no es de extrañar que nosotros, insignificantes mortales, tengamos problemas al pretender entender sus designios divinos.

En conclusión, debemos ser capaces de discutir, de manera civilizada, cualquier tema que se nos presente, sea cual sea su naturaleza, y no podemos hacerlo más que siguiendo los cánones de la lógica y la razón. Este fue, como hemos visto, el legado de los griegos: buscar siempre las respuestas a preguntas de la más diversa índole a la luz del logos, la razón, sin que haya nada, por definición, fuera de su alcance. Muy probablemente no lleguemos a zanjar en definitiva todas y cada una de las disputas de esta manera, pero algo habremos avanzado, al menos, presentando nuestra mejor cara, la de personas civilizadas, conscientes del grado de dificultad de los problemas, pero optimistas en cuanto a una posible solución y dispuestos a dejar atrás los resquicios de dogmas y supersticiones que no son sino la herencia tardía de una edad y una etapa, la infancia, que la humanidad debió haber trascendido hace ya cuando menos un par de siglos.

1 Este artículo se inspiró en una contribución reciente de Richard Dawkins que lleva como título “Are there emotional no-go areas where logic dare not show its face?”, sitio web de la Richard Dawkins Foudation <https://richarddawkins.net/2014/07/are-there-emotional-no-go-areas-where-logic-dare-not-show-its-face/>.

2 Un libro especialmente útil para estudiar a fondo la pertinencia de hacer uso de estos casos en la discusión filosófica es Intuition Pumps and Other tools for Thinking, de D.C. Dennett, Norton, New York / London, 2013.

3 Cfr. el artículo de Judith Jarvis Thomson, en la revista Yale Law Journal, 1985.

4 Ver “The Problem of Abortion and the Doctrine of the Double Effect”, en Oxford Review, núm. 5, 1967.

5 La manera de explicar esta asimetría es apelando a la doctrina del efecto doble debida a Tomás de Aquino; sin embargo, como ya señalé, no entraré aquí a discutir estos detalles. Cfr. Summa Theologiae IIa-IIe, Pregunta 64, Artículo 7.

6 Ver Jeremy Bentham, An Introduction to the Principles of Morals and Legislation, Nabu Press, 2010.

7 Ver Groundwork of the Metaphysics of Morals, Cambridge University Press, New York, 1999.

8 Este es el gran temor que expresa Richard Dawkins en el artículo citado en la nota 1.

9 Ver Peter Singer, “Taking Life: The Embryo and the Fetus”, en Practical Ethics, 2nd. ed., Cambridge University Press, New York, 1993.

10 Íd.

_________

ÁLVARO RODRÍGUEZ TIRADO es doctor en Filosofía por la Universidad de Oxford. Ha ocupado diversos cargos en la administración pública y el servicio diplomático.

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