Mircoles, 08 Julio 2020
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La oposición a Castro desde Florida
Cuba- Estados Unidos ¿Tierra A La Vista? | Este País | Patrick Corcoran | 01.02.2015 | 0 Comentarios

©iStockphoto.com/doomko

Hace poco más de 10 años, mientras el mundo luchaba para explicar una acción militar estadounidense de insólita agresividad y de motivos muy cuestionables, empezó a difundirse una observación muy curiosa: la guerra en Iraq era culpa de Elián González.

Por si usted no lo recuerda, González fue el niño cubano que el Gobierno de Bill Clinton devolvió en 2000 a Cuba, donde estaba su padre, en contra de los deseos de sus familiares en Miami, donde había vivido tras ser rescatado de un naufragio el año anterior. Sin duda, fue una historia triste y fea, y más aún, manejada de forma pésima por el Gobierno. Las imágenes indelebles de los agentes federales, armados hasta los dientes, arrebatando al niño asustado de los brazos de sus familiares costaron al candidato de Clinton, su vicepresidente Al Gore, mucho del apoyo de la comunidad cubana en Florida, el estado que decidió la elección entre Gore y George W. Bush en noviembre de 2000.

Según la lógica de dicha observación, de haberse manejado mejor el caso de Elián, la brecha de apenas 537 votos entre Bush y Gore en Florida se habría revertido, y por mucho. Y un presidente Gore, como la gran mayoría de los presidentes aparte de Bush, no habría perseguido una invasión de Iraq, cuya lógica era tan dudosa. En fin, por increíble que parezca, sin Elián en 2000, no hay guerra en 2003.

Más allá del tinte irónico y cómico —qué vueltas tan raras da el mundo, ¿verdad?—, el vínculo entre Iraq y González hablaba de una verdad lamentable: el lobby anti-Castro gozaba de un inmenso poder en el sistema político estadounidense. Capaz de definir elecciones presidenciales (gracias a la importancia de Florida en el Colegio Electoral) y fuente de cuantiosos congresistas, diplomáticos y secretarios de Estado, estos exiliados de la Revolución y sus aliados en Washington también ayudaron a determinar las relaciones entre un medio siglo de presidentes estadounidenses y el régimen de Castro.

No es casual que este medio siglo produjera una serie de políticas profundamente equivocadas. El ejemplo más espectacular fue quizá la invasión de Cuba por parte de exiliados con el apoyo de la CIA, la llamada invasión de Bahía de Cochinos. (El comentarista conservador George Will recién la etiquetó como “el uso más incompetente del poder estadounidense en la historia”.) El bloqueo económico, que parece estar viviendo sus días finales, es otro ejemplo celebre: fortaleció la posición geopolítica de Castro y endureció su oposición a los yanquis, a cambio de ningún beneficio concreto. Los casos menos conocidos sobran también. Por ejemplo, en pos de un Castro debilitado, la cia ensució sus manos relacionándose con mafiosos y terroristas internacionales.

Asimismo, la hostilidad hacia Cuba abrió espacios a personajes malignos en varios ámbitos. El icono del anticastrismo más ávido fue Jesse Helms, senador de Carolina del Norte cuyos pecados y defectos llenarían varios libros. Y como los feos suelen bailar con feos, el prestigio de Helms y la imposición de su agenda ayudó a Castro más que a nadie. Convirtió al líder cubano en el héroe de los que resentían al Gobierno estadounidense o sospechaban de sus motivos. Como toda agresión de fuera, regaló a Castro un pretexto para atrincherar su régimen y una excusa para justificar el fracaso de sus propias políticas.

Sobre todo, la hostilidad gabacha dio relevancia a Castro, cosa importantísima para cualquier megalomaniaco. Cuba es una isla de apenas 12 millones de personas, aproximadamente la mitad de los habitantes de la zona metropolitana del Distrito Federal. El pib de la isla es aproximadamente el mismo que el de Nuevo León. No tenía por qué ser un país de peso en el sistema internacional ni la clave de las disputas políticas en todo un hemisferio, pero lo fue.

Ahora bien, la política exterior de un país es prerrogativa del presidente. El responsable de autorizar la invasión de Bahía de Cochinos fue John F. Kennedy, y fue Clinton quien firmó el Acta Helms-Burton en 1996. Pero aunque los presidentes son los responsables finales, hay una razón por la que todos, desde Eisenhower hasta Bush, han aplicado una especie de mano dura a la Cuba de Castro, y esta razón es la comunidad anti-Castro concentrada en Florida.

Es verdaderamente increíble lo que ha logrado la presión de un grupo relativamente pequeño —hay apenas 2 millones de cubanoamericanos entre los 300 millones de ciudadanos estadounidenses— pero bien organizado y muy motivado. Efectivamente, ha sido capaz de dictar la política exterior del país. Son ellos los responsables por el clima de miedo e ignorancia en que prosperan políticos como Helms. Gracias a ellos, la hostilidad institucionalizada hacia Cuba sigue hoy, 25 años después de que el fin de la Guerra Fría eliminara cualquier razón geopolítica para mantener al país alejado. No es una exageración decir que la geopolítica de todo el hemisferio se distorsionó durante 50 años por causa suya.

La oposición de este grupo se debe principalmente al exilio de millones de cubanos después de la Revolución. Desde su perspectiva, Castro les robó el país, lo que por supuesto no es poca cosa. Dicho de otra manera, su oposición se basó en el enojo. Claro, su enojo fue comprensible: Castro es un tirano y es devoto de una ideología fallida. Entre más rápido desaparezca su filosofía política del mundo, mejor.

Pero el problema es que el enojo no es una base adecuada para determinar la política exterior, que merece un cálculo tranquilo sobre los intereses nacionales y requiere, a veces, concesiones pragmáticas. Este enojo no dejó espacio para el pragmatismo, y por lo mismo la política hacia Cuba se parece tanto a un berrinche.

La decisión de Obama de abrir relaciones diplomáticas con Cuba, pedir al Departamento de Estado que analice la remoción del país de la lista de naciones que apoyan el terrorismo, y buscar leyes que terminen con el embargo le quita oxígeno a ese bloque anticastrista. De lograrse el fin formal del embargo, será para los herederos de Helms un golpe mortal.

Para todos los demás, es un hecho loable y un paso hacia la normalidad. El Gobierno de Cuba (y Elián González, por supuesto) pueden dejar de ser un símbolo de resistencia para concentrarse en la transición inevitable. El pueblo cubano puede disfrutar los beneficios de una ola de inversión nueva y, ojalá, una apertura política que llega muy tarde. Y el sistema político estadounidense, por fin, se puede zafar de la influencia de un bloque que alimentó sus peores instintos durante más de 50 años

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PATRICK CORCORAN es periodista. Maestro por la Escuela de Estudios Internacionales de la Universidad Johns Hopkins, se especializa en asuntos latinoamericanos.

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