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La voluptuosidad del miedo
Cultura | Este País | Bruce Swansey | 01.01.2015 | 0 Comentarios

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Estas fueron las palabras que Swansey compartió con los asistentes a la presentación de su más reciente libro, Edificio La Princesa (UNAM, México, 2014), el pasado 25 de noviembre en la Casa Universitaria del Libro. Un breve comentario sobre la génesis de la obra, las motivaciones del autor y su fascinación por el misterio.

La inquietud y más el miedo reservan placeres insospechados. Me parece que fue Virginia Woolf quien dijo que no había mayor placer que temer algo de lo que estamos protegidos. Y, sin embargo, en el relato de fantasmas, como en el mundo de los niños y de los psicóticos, tal diferencia es imposible de discernir. Esos personajes se nos presentan como probables y dentro del mundo que habitan tan ciertos como cualquier personaje. Uno de los gozos del miedo es que nos conduce a la catarsis. Nos sometemos a descargas de adrenalina seguidas de profundos respiros. El escalofrío es la prueba de que el relato funciona. El miedo purifica.

Todavía recuerdo con emoción las películas de Drácula protagonizadas por Christopher Lee: los movimientos de cámara que ascienden sobre un ropaje negro aumentando la tensión y, en el momento en el que ya resulta insoportable, se descubre que es alguien más. A la tensión máxima sucede un relajamiento total. El género es un ejercicio infalible en ese tipo de alteraciones orgánicas y anímicas que no es exagerado decir que son incluso eróticas. El vampiro ciertamente lo es mientras que la monstruosidad fácilmente representa la otredad rechazada en nombre de una “normalidad” intolerante. Con ello quiero decir que el género admite y promueve metáforas políticas, corporales, psicológicas, que lo hacen complejo porque a menudo pone en acción arquetipos cuyo poder nunca es deleznable y porque a menudo cuestiona límites.

Independientemente de enterrarlos, emparedarlos, incinerarlos o dispersar sus cenizas, los muertos permanecen como fantasmas hambrientos en nuestro recuerdo y aprendemos a vivir con ellos. Una de esas maneras de convivir es darles la bienvenida mediante los relatos, que simbólicamente son un dintel, un espacio liminal entre la materia y el espíritu, entre lo real y lo que está más allá de nuestra comprensión.

Edificio La Princesa se ubica dentro de esa tradición y cada relato explora un tema: la traición y la justicia, la amistad y la solidaridad, la compañía y la añoranza, la alegría sádica, etcétera. En nuestro mundo la oralidad está casi perdida. Mi libro es resultado del placer de oír historias misteriosas a esa hora indecisa cuando la tarde pardea y es posible discernir presencias que pertenecen a otros ámbitos pero que súbitamente participan de la misma atmósfera. Y también es consecuencia de la voluntad de ver con el rabillo del ojo, lateralmente, cosas que no se ven mirando de frente. Solo la visión indirecta tiene acceso a esos otros ambientes. Cuanto sucede acontece en los márgenes de la mirada. Lo escribí para compartir el gusto por lo misterioso y la voluptuosidad que el miedo produce. Escribir y leer son actividades que también cruzan umbrales. Ahora que ha sido publicado está fuera de mí y comienza una existencia independiente que toca a los lectores decidir.

No tenía una idea previa a la escritura del libro fuera de dejarme llevar por el hilo de la historia, pero si buscara una razón para escribirlo diría que quiere restituir voces silenciadas, rescatar de la sombra las formas que pugnan por perfilarse, e invocar presencias en una época dominada por el escepticismo. Quizá la superstición sea la forma más auténtica de la fe, basada precisamente en hechos sobrenaturales como el regreso de la muerte y la existencia de un “espíritu santo”, opuesto a los demonios que se manifiestan en el Eclesiastés.

La vida de cada ser humano está envuelta en el misterio y en su transcurso suceden cosas inexplicables. Todos hemos tenido premoniciones, sueños que invaden la realidad, miedos inexplicables, percepciones que nos dejan sumidos en la perplejidad. Creo que el “género” —si los fantasmas crean uno— es popular a juzgar no solo por la cantidad de novelas que se publican todo el tiempo, sino también porque muchos “maestros” han probado su destreza en este terreno. Henry James, ciertamente, pero hay muchos otros: Sheridan Le Fanu —el inventor de Carmila, la mujer vampiro—, Nerval, Hoffmann, Gogol, incluso Dostoievski que ha explorado el tema del doppelgänger con El doble, Witold Gombrowicz, Truman Capote y, en nuestra geografía, Juan Rulfo y Carlos Fuentes, y con seguridad nuevos escritores, como por ejemplo Susana Pagano. Hay algo excitante en adentrarse en espacios y tiempos que no son los nuestros, los diurnos, los de cada día, en frecuentar la ceniza entre la que juguetean los fantasmas. Mi libro es un testimonio de que el amor persiste y sobrevive a la ausencia de quienes nos han precedido porque han cobrado una existencia incluso más vigorosa que la que tuvieran cuando estaban entre nosotros.

Esta invocación no podía ser escrita de otra forma. En los quicios de las letras los fantasmas se arrojan para conquistar cuanto han dejado detrás y les corresponde. Como cualquier escritor, soy el conducto mediante el cual se manifiestan. ~

_______

BRUCE SWANSEY (Ciudad de México, 1955) cursó el doctorado en letras en El Colegio de México y el Trinity College de Dublín, con una investigación sobre Valle-Inclán. Ha sido profesor en esta institución y en la Universidad de Dublín. Es autor de relatos y crítico de teatro. Su libro más reciente es Edificio La Princesa (UNAM, México, 2014).

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