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Jueves, 16 Julio 2020
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¿Libros de marfil?
Entrevista con Fernando Escalante Gonzalbo

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Cultura | Entrevistas | Este País | José Ramón López Rubí Calderón | 01.02.2015 | 0 Comentarios

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El conejo de Alicia en Mexico D.F., óleo sobre tela,  30 x 40, 2013.

El conejo de Alicia en Mexico D.F.,
óleo sobre tela,
30 x 40, 2013.

El universo de los libros y los académicos —del libro en la academia y de la academia en el libro— es multicolor. Un espacio de variadas dimensiones. Especie de multiverso, podríamos decir. Digno de toda exploración. Aquí lo abordaremos preguntando a destacados e importantes académicos, hombres y mujeres de campos diferentes. Sin interés en el paraíso artificial, y sin santificación en el radar. Lo haremos mediante un cuestionario, complejo y simple a la vez, con preguntas “estandarizadas” y también “personalizadas” —lo que ojalá provoque análisis en muchos niveles, así como reflexiones varias. El entrevistado inaugural es Fernando Escalante Gonzalbo, sociólogo, profesor e investigador de El Colegio de México. JRLRC

A la memoria de Rafael Calderón Romay

Primero lo primero: ¿qué significan para ti los libros?

No sabría decirlo. No imagino la vida sin libros —la mía. Los libros son ventanas, puertas; mejor: son conversaciones abiertas. Los libros son como el aire, son los otros, son la compañía, son la vida —la vida humana, quiero decir, en lo que tiene de humana.

¿Qué prefieres: escribirlos o leerlos?

Leerlos, sin ninguna duda.

¿Cómo ha sido tu experiencia de lector?

Imposible decirlo. Leo desde que tengo memoria, y de hecho desde antes, porque mi memoria de infancia es muy mala, casi inexistente. Leo de todo, y lo disfruto todo, incluso algún libro idiota, algún artículo especialmente torpe, porque disfruto el enojo que me producen, porque significa estar en una conversación, o dar un portazo para terminarla —no sé qué sería lo más importante. El mundo es distinto porque existen los libros: más complejo, infinitamente más interesante, inagotable.

¿Eras buen amigo del libro antes de estudiar en la universidad?

Sí, por supuesto. Empecé a leer acaso en cuarto o quinto de primaria —libros de letra, quiero decir, no de monitos. La lectura se me volvió algo absorbente, casi obsesivo, a partir de los doce años.

¿Recuerdas los títulos del primer libro que leíste y del primero que compraste?

No podría decir cuál fue el primer libro que leí, no tengo buena memoria para esos años. Por indicios, pienso que podría haber sido Industrias y andanzas de Alfanhuí, de Rafael Sánchez Ferlosio; quien lo haya leído sabrá el impacto que puede tener en la imaginación de un niño. También es seguro que leí muy temprano algunos capítulos de Las inquietudes de Shanti Andía, de Pío Baroja. Después hubo varios de Salgari, Karl May, uno o dos de Julio Verne.

El primer libro enteramente adulto, cuya lectura recuerdo con perfecta claridad, fue La metamorfosis, de Kafka. Lo leí con doce años, recuerdo incluso el lugar en que comencé a leerlo. De ahí pasé a La peste, de Camus, y Opiniones de un payaso, de Heinrich Böll. Todos en la biblioteca de mis padres.

El primer libro que compré fue seguramente una edición de las Rimas, de Gustavo Adolfo Bécquer. Pero eso es engañoso, porque adquirí antes muchos otros, sin necesidad de comprarlos, porque mi padre se dedicaba a la importación y distribución de libros, de modo que había muchos en casa.

¿Impreso o electrónico? ¿O es posible una “tercera vía”?

Impreso, sin duda; y electrónico, sin duda. En cierto sentido, el soporte es trivial. Pero las diferencias importan: los libros que me interesan, los que quiero guardar, releer, los que aprecio de verdad, necesito tenerlos y leerlos en papel. Aunque no me importa releerlos en formato electrónico.

Ahora, para viajar —y lo hago bastante—, los libros electrónicos tienen ventajas incomparables, y para trabajar también: para subrayar y anotar pueden ser útiles.

No veo motivo para prescindir de ninguno de los formatos, pero sí creo que es importante, una experiencia indispensable aunque fuese ocasional, la lectura de libros en papel: sentir las tapas, oler la tinta, oír el rasgueo de las páginas que pasan, ver la impresión, la tipografía, la caja, el formato. Es una experiencia de la que no hay por qué privarse.

¿Crees que muera pronto o ya esté muriendo el libro de papel y espina?

En asboluto. Repito lo que ha dicho Zaid, y que no sabría decir mejor: el libro es tecnológicamente insuperable. Es resistente, portátil, asequible, fácil de emplear, fácil de guardar, no necesita accesorios ni depende de ninguna otra tecnología. No va a desaparecer. Otra cosa es que circulen más, acaso, los libros electrónicos, y según cuáles.

¿Qué libros estás leyendo en estos días?

La vida lenta, de Josep Pla; Historia del anticlericalismo español, de Julio Caro Baroja; El tiempo en los brazos, de Tomás Segovia; Pour que tu ne te perdes pas dans le quartier, de Patrick Modiano; Essais sur la Chine, de Simon Leys, y una novela policiaca, mediocre, de Marek Krajewski.

¿Algún libro que haya marcado o cambiado tu vida? ¿Hay alguno que esté en la base de lo que eres hoy?

Muchos, incontables. La metamorfosis, desde luego, pero también Opiniones de un payaso, de Böll, seguramente más por el momento en que lo leí y porque descubrí matices fundamentales de la tristeza, de la soledad. En otro momento, Rayuela, de Cortázar. Y un día feliz recalé en el Gargantúa, de Rabelais.

Pienso en las lecturas de adolescencia, sobre todo. Aunque no estarían entre mis favoritas hoy, y he vuelto a ellas pocas veces. Y siempre dejo aparte El Quijote. Tienen para mí hoy mucho más peso lecturas posteriores: Montaigne, Leonardo Sciascia, Stendhal.

Espantapajaros, óleo sobre tela y tabla, 20 x 30, 2003.

Espantapajaros,
óleo sobre tela y tabla,
20 x 30, 2003.

¿Puedes reprocharle algo a la lectura de libros?

Nunca se me hubiera ocurrido que podía siquiera preguntarse eso.

¿Cuál es la mejor defensa del libro y su lectura?

Me cuesta trabajo pensar en esos términos. No creo que el libro, o la lectura, necesiten defensa alguna. Si se trata de inducir a alguien a leer, no se me ocurre mejor cosa sino que efectivamente se ponga a leer. La lectura adecuada —y hay infinitas— en el momento adecuado —y hay muchos— le puede llegar a cualquiera y descubrir que es fascinante, incluso si no vuelve a hacerlo nunca más.

En el debate sobre el Fondo de Cultura Económica, ¿Zuckermann o Silva-Herzog Márquez?

Tuve la fortuna de poder explicar, largamente, mi propia posición en la entrega del Premio Daniel Cosío Villegas 2014 al Fondo de Cultura Económica. El texto se publicó en La Gaceta del Fondo, con el título: “Contra la corriente: elogio del Fondo de Cultura Económica”.

¿A favor o en contra de cambiar el mundo realmente existente de los libros nacionales?

Todo depende de qué signifique eso, es decir, de quién lo vaya a cambiar y en qué sentido. El mundo del libro está cambiando siempre, y es bueno: surgen nuevas editoriales y otras desaparecen, hay nuevos autores y librerías. Es normal. Desde luego, la industria editorial no pasa por su mejor momento en el mundo de habla hispana, pero la crisis de las grandes corporaciones empieza a abrir huecos interesantes para las editoriales pequeñas, y eso es una buena noticia. Acaso lo peor, lo más difícil de remontar en este momento, y que habría que cambiar, es el sistema de librerías del país —mejor dicho: la inexistencia de un sistema de librerías en el país.

Tu obra A la sombra de los libros será un clásico, creo yo. ¿Cómo resumirías aquí el argumento? Pensando en quienes no han leído el libro, pero podrían, y también en quienes no lo han leído ni lo harán, desgraciadamente.

Agradezco la hipérbole, pero no es una desgracia que no se lea. Es un ensayo de sociología del libro, de la industria editorial, de las prácticas de lectura en México, que importará sobre todo a quienes estén interesados en los libros, en la lectura. Brevemente, dice que en los últimos veinte o treinta años se ha transformado la industria editorial por la formación de grandes conglomerados multimedia (Planeta, Random House, Grupo Anaya), que necesitan grandes tirajes, títulos de venta espectacular, y que para eso han formado una especie de Star System de la escritura, con autores y títulos que aparecen incesantemente en la prensa, en la televisión, en la radio, en un sistema integrado de publicidad, que ha colonizado además los premios, las academias.

En general, en la medida en que buscan al gran público, tienen que ser libros fáciles, ligeros, dirigidos al mínimo común denominador de los posibles lectores; es decir, que en general son mediocres. No deja de haber grandes autores, libros apasionantes, complicados, verdaderamente nuevos, solo que como no son para el gran público, normalmente no los publican los grandes grupos, no tienen circulación comparable.

El resultado es que tenemos un espacio cultural escindido, con una brecha que aumenta cada vez más, entre una élite (cultural, no necesariamente económica) que lee varios idiomas, que conoce lo que se publica en otras partes, que sabe qué leer y dónde buscarlo, y que disfruta la intensa complejidad de la cultura del libro del siglo XXI, y una gran mayoría que se tiene que conformar con la papilla de best sellers que se encuentran hasta en los supermercados, y que recomiendan mucho los locutores de televisión. Esa división tiene consecuencias sobre nuestra vida pública, muchas y graves. Ese es, aproximadamente, el argumento central del libro (aunque lo más entretenido para mí no haya sido ese tronco, llamémosle así, sino todas las ramas).

¿Quiénes son tus escritores favoritos?

La lista sería interminable. Siempre tengo al alcance de la mano la poesía reunida de Gerardo Deniz. Siempre, también, algo de Julio Camba, Tomás Segovia, Josep Pla, Julio Caro Baroja, Antonio Alatorre, Jorge Luis Borges, Leonardo Sciascia, los ensayos de Montaigne y los diarios de Stendhal.

En lo que tú escribes y lees, el lenguaje tiene que ser importante, como sustrato que es, pero ¿cuán importante es el estilo? ¿Es una variable “pesada”?

Es definitivo. A ver si consigo ser claro: no hay escritura sin estilo. Puede ser más o menos elaborado, consciente, más o menos eficaz, torpe, anodino, desagradable, escolar, pero siempre hay un estilo. Una extraña superstición, derivada de ideas más o menos fantasiosas acerca de las ciencias naturales, dice que la escritura científica no debe tener “estilo”, porque debe reflejar solo hechos, datos objetivos, sin literatura. Insisto, es una pura superstición: no hay escrito sin retórica, aunque sea mala retórica, aunque sea inconsciente, adocenada y pueril, en ninguna ciencia.

Y no hay más “literatura”, más subjetividad o menos ciencia, en un texto cuyo autor es consciente de que escribe en español (o en inglés o en francés) y quiere escribir un correcto español, y escribir un texto agradable de leer. Dicho eso, los textos mal escritos, o sea, escritos en ese español burocrático, agramatical, pedregoso, insulso, que es habitual en las revistas académicas, inmediatamente me previenen en contra del contenido y del autor, porque veo de entrada lo peor del “profesionalismo” de la ciencia. En cambio, un texto escrito con gracia, con estilo personal, que puede ser divertido como el de Luis González; exigente, seco, como el de Caro Baroja, o felizmente coloquial como el de Clifford Geertz o Antonio Alatorre, un texto así me gana de inmediato —no necesariamente me convence en todo, pero me hace prestar atención en serio. Me dice que hay ahí una persona con la que me gustaría conversar, porque tiene que decirme algo, que ha pensado por su cuenta.

Tus novelas favoritas son…

Otra pregunta imposible de responder. Seguramente cada año haría una enumeración distinta, y no sé cuántas se repetirían. La lista es bastante tentativa, brevísima: Viaje al fin de la noche, de Louis-Ferdinand Céline; Stoner, de John Williams; El contexto, de Leonardo Sciascia; El astillero, de Juan Carlos Onetti. Entre los clásicos absolutos —quitando El Quijote—, Middlemarch, de George Eliot; Los Maia, de Eça de Queiroz; Bouvard y Pécuchet, de Flaubert; Almas muertas, de Nicolai Gogol, y la serie completa de El ruedo ibérico, de Valle-Inclán.

¿Una novela política preferida por útil?

No sé si por útiles, pero me quedo con unas cuantas: El gatopardo, de Lampedusa; La sombra del caudillo, de Martín Luis Guzmán, y Vida y destino, de Vasili Grossman. También, si pensamos en serio la política, seguramente Things fall apart, de Chinua Achebe; Días de llamas, de Juan Iturralde; Nieve de primavera, de Yukio Mishima, y El cuaderno dorado, de Doris Lessing.

Es posible admirar a personajes literarios, no solo a sus creadores. Si pudieras ser el personaje de una novela, ¿cuál serías y por qué?

Extraña pregunta… No me gustaría ser personaje. Pero puesto a escoger, acaso me inclinaría por Gregorio Samsa, y eso porque ya he sido Gregorio Samsa —ya tengo experiencia.

El mensajero, óleo sobre tela, 26 x 40, 2010.

El mensajero,
óleo sobre tela,
26 x 40, 2010.

¿Qué papel juegan la literatura y la imaginación en tu trabajo?

Alguna vez me lo han preguntado y he escrito un par de páginas sobre eso. La literatura es absolutamente central para mi formación, para mi manera de entender la sociología, para mi manera de mirar la sociedad. Es fundamental como objeto, como materia de estudio en la mayor parte de mis libros. Y es absolutamente indispensable para una vida digna de ser vivida —acaso el único ingrediente indispensable de cualquier día de mi vida, así sean los últimos veinte minutos de la noche. La imaginación, bueno, la que tengo, hasta donde alcanza, es sin duda lo único personal, lo único que aporto yo en mi trabajo. Lo demás podría hacerlo cualquiera. No sé si es ganancia ni si verdaderamente importa.

¿Cuáles son los mejores libros académicos y no académicos que has leído?

Es una pregunta imposible de responder. Sobre todo porque la expresión solo tiene sentido como término de comparación, y aun así, cuesta trabajo responder: ¿cuál es el mejor, o cuáles son los mejores libros de antropología? Va una lista muy apresurada: Malinowski, Marcel Mauss, Lèvi-Strauss, Mary Douglas, Evans-Pritchard, Edmund Leach, Marshal Sahlins y Clifford Geertz. Podría seguir: Guillermo de la Peña, Vincent Crapanzano, Claudio Lomnitz. La verdad es que no tiene mucho sentido pensar en esos términos, no para mí, a menos que se proponga una comparación concreta: los mejores en este campo, sobre este tema, con estas características —o los mejores para esta situación.

No dije los mejores en general y en abstracto, ni los mejores de todos los que existen (independientemente de ti, de si los has leído o no), sino los mejores entre los que has leído. Los mejores para ti en todo sentido. Para ti, lector. La comparación sería concreta: libros en esos dos campos en relación contigo como su lector.

Leer también es releer; o ser lectores pasa por siempre volver a leer cosas que ya leímos. ¿Cuál es el libro que has releído más?

Por motivos de trabajo he releído, inevitablemente, muchas cosas, para escribir algo, para preparar una clase. Entre esos, hay autores que se disfrutan siempre, incluso leídos por obligación, con un propósito práctico: Wittgenstein, Max Weber, Ortega y Gasset, Clifford Geertz, Sánchez Ferlosio, Mary Douglas; desde luego Sigmund Freud, Simmel y los diarios de Manuel Azaña.

Otros son de lectura algo más penosa. También releo mucho por gusto, es obvio, páginas, capítulos y pasajes. Releo constantemente los ensayos de Gerardo Deniz, Antonio Alatorre, Julio Camba, Jorge Cuesta, Borges, los ensayos y los diarios de Tomás Segovia y de Josep Pla. De narrativa, novela o cuento, vuelvo con frecuencia a leer pasajes de Isaac Bashevis Singer, Céline, Flannery O’Connor, Sciascia, Pitol, Ibargüengoitia.

También he releído más de una vez, y siempre con gusto, a Thomas Mann, por ejemplo. En poesía, el repertorio que más frecuento es más corto: Jaime Gil de Biedma, Philip Larkin, Fernando Pessoa, T.S. Eliot, Ezra Pound, Saint-John Perse, Gerardo Deniz.

Los libros “peligrosos” deben ser leídos, al menos por algunos. ¿Los malos libros deben ser leídos por quienes no son críticos de libros y muy a su pesar?

No veo motivo para que nadie tenga que leer, por obligación, un mal libro, salvo que sea parte de un trabajo escolar. Y malo, en el sentido que lo entiendo, quiere decir un libro mal hecho, mal escrito, carente de interés, de sustancia. Insisto: puede ser necesario leer algo así, porque interesa para fines didácticos, pero nada más —y siempre con la precaución higiénica de leer inmediatamente después algo que se pueda disfrutar de verdad.

“No leer” sería peor que algunas cosas (que no sean “no saber leer”) pero “leer” sin más no es virtud ni panacea. No todos los libros son buenos… ¿Señalarías en un artículo un libro muy leído que merezca menos lectores o que sea necesario abandonar?

No, nunca. Nunca diría que hay que abandonar ningún libro. Es claro que se leen muchos libros malos, y se dejan de leer otros mucho mejores, más interesantes, más entretenidos, mejores de todo a todo. Ni modo. Sería bueno que se leyesen esos otros, que son mejores, pero insisto: nunca diría que hay que abandonar un libro. La fama injustificada, artificial, de algunos autores famosos se desinflará tarde o temprano, y no tiene mayor importancia.

El peor libro de todos los que has leído se llama…

Me vienen varios títulos a la mente, no vale la pena mencionarlos. Los libros malos que lo son porque el autor es mediocre, libros sin propósito o de propósito comercial, redactados más que escritos, los que uno lee a falta de otra cosa en una cafetería, haciendo tiempo, o en una sala de espera de aeropuerto, esos no tienen ningún interés, por muchos premios que reciban —y algunos los reciben. No vale la pena ni acordarse de los títulos. Dicho de otro modo, no vale la pena decir que un libro de Stephen King, de Carlos Cuauhtémoc Sánchez o de John Grisham es malo: ¡claro que son malos! Pero nadie lo duda, y a nadie le importa. Otra cosa son libros más o menos ambiciosos, de autores importantes, que han escrito grandes cosas, y que tienen resbalones lamentables. Es más útil reparar en ellos. Pienso, por ejemplo, en La serpiente emplumada, de D.H. Lawrence, un perfecto disparate, atiborrado de prejuicios, fantasías racistas, clichés. Ahora, el peor estoy todavía por leerlo.

¿Algún literario “placer culpable”?

Una larga afición por la novela negra, que me lleva a “probar” los autores más dispares, peregrinos, y que la mayoría de las veces no valen la pena. Al cabo de un par de horas, me quedo, como dijo alguna vez Garibay, masticando nada. Eso sí, entre esas docenas de autores polacos, islandeses, italianos, griegos, indios, argelinos, españoles, hay unos cuantos extraordinarios, gran literatura. Pero conste que no los leo por eso.

Un gran lector tampoco es perfecto: siempre es imperfecto también… ¿cuál clásico literario no has leído aún?

No me he puesto a leer La Divina Comedia, de Dante, ni he pasado del segundo volumen de En busca del tiempo perdido, de Proust.

¿Cuáles son tus mayores virtudes y defectos como lector?

Seguramente se puede contar como virtud la curiosidad: me interesa todo, o casi todo. Y acaso eso cuente también como defecto, porque siempre me falta tiempo para leer de manera consistente, sistemática, acerca de todos los temas que me interesan.

¿Alguna mala costumbre para leer o al leer?

Me gusta el silencio.

Si pudieras resucitar escritores muertos, para que volvieran a escribir y publicar, ¿a quiénes sacarías de la tumba?

A Jorge Ibargüengoitia.

El semental, óleo sobre tela y tabla, 40 x 25, 2004.

El semental,
óleo sobre tela y tabla,
40 x 25, 2004.

Hablando de muertos, ¿qué harías con los millones de ejemplares de libros embodegados en y por muchas universidades del país?

Sin pensarlo mucho, se me ocurre que habría que dejarlos donde están, tal como están, como una especie de museo. Y que cada nuevo director de publicaciones, de cualquier universidad, tuviera que pasar unos días recorriendo esa bodega, o esas bodegas, para hacerse cargo de lo que significan. Muchos de los libros ya no tienen ningún interés, muchos no lo tuvieron nunca, no debieron haberse publicado como libros. El despropósito de esas bodegas, cargadas de millones de ejemplares de libros que no interesan a nadie, ni regalados, obedece a dos problemas: el de la edición propiamente y el de la distribución. En primer lugar, si quedan en una bodega mil, dos mil o tres mil ejemplares de un libro, significa que el responsable no hizo bien su trabajo, que entre otras cosas consiste en evitar que se convierta en libro algo que no tiene interés como tal, y en todo caso evitar esos tirajes absurdos que es imposible vender. En segundo lugar, si incluso libros interesantes, que se venderían, se quedan en la bodega, significa que la distribución es deficiente; eso tiene mal remedio, porque es muy difícil colocar un libro concreto al alcance, a la vista de las quinientas, mil personas a las que les puede interesar, en todo el planeta. Por fortuna, ya no es un obstáculo insalvable. Esos libros pueden circular en formato electrónico, o enviarse por correo, e incluso imprimirse sobre pedido. ¿Qué hacer, no ya con esas bodegas, sino para evitar que se sigan acumulando libros así? Muy sencillo: contratar a un editor que sepa hacer su trabajo, darle autoridad para que lo haga, y adoptar una estrategia flexible con respecto a los medios y formatos de publicación, desde el gran tiraje en papel hasta la publicación electrónica, o sobre pedido.

Por otro lado, una “universidad” que carece de programa editorial no puede ser cabalmente una universidad, y la que no apoya ni toma en serio la calidad del programa que tenga no puede ser una de excelencia. Más que el “cuánto”, importan y deben importar el “qué” y el “cómo”. Y el estado de la producción editorial suele ser reflejo o correlato del estado general de la investigación en la universidad. ¿Qué lugar necesita y debe tener lo editorial en lo universitario?

No hay una respuesta única, sencilla. Hay programas editoriales muy distintos, que obedecen a propósitos diferentes, y cada universidad tiene que definir el suyo. Ahora bien, la universidad es impensable sin la cultura del libro, sin la circulación de la letra impresa, sin bibliotecas, sin publicaciones. Es verdad, el departamento de publicaciones dice cosas de la universidad, no solo del estado de la investigación, del propósito de la institución, del modo como se piensa. Y una masa de publicaciones mediocres dice sin duda muchas cosas de la institución.

¿Quiénes deben ser las cabezas de las editoriales académicas?

Según yo, debería haber siempre editores profesionales. Hacer libros es un oficio tan complejo como cualquier otro, y mucho más que otros.

Un hecho: en México no se valora adecuada y suficientemente la labor de los (buenos) editores y traductores. ¿Por qué?

Es indudable. No se valoran ni en las universidades ni en las editoriales comerciales. En los grandes grupos editoriales lo normal es que el gerente editorial, que solía estar a la cabeza, tomando las decisiones importantes, haya sido sustituido por el gerente comercial. Los grandes grupos están en el negocio de vender libros, y lo demás no les interesa mucho. Ni mucho ni poco. No les interesa tener un catálogo con personalidad, con prestigio, no les interesa conservar una nómina de autores, mantener una relación de confianza con los lectores. Y por eso los editores estorban: porque se empeñan en publicar a Lèvi-Strauss en lugar de publicar a Carlos Cuauhtémoc Sánchez, o piensan que no caben en la misma colección los dos.

Lo de los traductores tiene ya proporciones trágicas. Sería demasiado largo para hablar de ello ahora, pero es uno de los puntos más oscuros de la nueva industria editorial. Y es triste que las universidades no se hayan hecho cargo del problema, como parte de su responsabilidad.

Y las universidades, ¿por qué no aprecian el trabajo de los editores? Muchas veces será por ignorancia. Pero también influyen otros factores. Para las editoriales privadas es la lógica del negocio la que se impone. Para las universidades, suelen ser dos lógicas distintas: la exigencia “productivista” del actual modelo académico, que obliga a publicar mucho y pronto, y no hay tiempo ni ánimo de atender a los problemas editoriales; y la inercia burocrática, con todos sus aditamentos, incluidos negocios legales e ilegales, en áreas de publicaciones.

Hay académicos y directivos que no pueden distinguir un “corrector de estilo” de un editor, ni un editor de un impresor. ¿Qué dirías a los que desprecian o menosprecian los procesos editoriales?

Ese menosprecio es básicamente producto de lo que se podría llamar la “ilusión de la transparencia”, es decir, la idea de que un libro es lo que el autor pensó, escribió en sus cuadernos, en su máquina, y que de ahí en adelante no hay más que un proceso mecánico: imprimirlo muchas veces, ponerle pastas y pegarlo. Esa ilusión se explica a veces por ignorancia pura y simple, pero también por una forma particular de la vanidad, por la idea de que el libro lo hicieron ellos, los autores, nada más.

Es indudable que el contenido es obra del autor y nada más. Pero el libro es mucho más, es otra cosa. Para que se lea correctamente, para que lo encuentre quien lo busca, para que sepa cómo valorarlo, hacen falta muchas cosas. El editor, para empezar, tiene que leer el manuscrito y corregir, y seguramente hacer sugerencias al autor cuando haya pasajes poco claros o reiterativos, cuando falten o sobren cuadros o números o referencias, cosas que tienen que ver con el libro como objeto, y no solo estrictamente como producto de investigación. Pero el editor también tiene que decidir la colección en que se ubica, el diseño, el formato en que se ha de publicar, la tipografía, la caja, la calidad de papel, y nada de eso es trivial. Todo contribuye a que el libro sea lo que es.

Hay más: el editor es responsable del catálogo de la institución. No solo de que este o aquel libro, considerado individualmente, esté bien hecho, sino de que el conjunto de los libros de la institución mantenga la clase de diálogo que se quiere sostener.

Es verdad: normalmente no se tiene claro qué tan importante es todo eso. El resultado es que se hacen libros malos, que se distribuyen mal, y no se venden nunca. De modo que a veces da la impresión de que las universidades estuviesen en realidad, según la fórmula de Zaid, en el negocio de reciclar celulosa.

¿Y qué decir a los científicos que no leen literatura? ¿A los literatos que no leen ciencia? Sobre todo aquellos que hacen de “intelectuales públicos” y opinan en los medios sobre asuntos de las ciencias. Si malo el cientificismo, también lo que llamaría artistificismo, su equivalente en otro extremo…

Es el tema viejo de Las dos culturas, de C.P. Snow, que recogió en su momento Susan Sontag y después George Steiner. Es claro que existen los dos campos. Es claro que quienes se ocupan de la física cuántica no tienen ni idea de lo que es un endecasílabo o una hipálage o quién fue Wittgenstein, ni tienen por qué saberlo, igual que los especialistas en poesía barroca o en filosofía griega difícilmente sabrán en qué consiste o por qué es importante el bosón de Higgs.

Ahora bien, cada vez es más fácil tener acceso a textos de divulgación interesantes, atractivos, bien escritos, bien documentados, sobre cualquier cosa, y vale la pena tratar de tener una idea, por lo menos superficial, de las cosas, aunque siempre sea imposible saber de todo, ni siquiera en ese nivel superficial. Dicho lo anterior, que es trivial: sería deseable saber de todo, pero es imposible saber de todo y conviene matizar un poco. En la literatura, en particular, en la narrativa, el teatro, la poesía, hay un saber sobre la humanidad, sobre nuestra concreta humanidad, que no puede encontrarse en ningún otro lado, que no se adquiere de otro modo —no basta con ver la película. Y eso es importante para todos, cualquiera que sea su campo profesional. Además, habrá profesionales de los estudios literarios, pero eso es otra cosa.

La campaña “Lee veinte minutos al día”: ¿Aplausos? ¿Peor es nada? ¿Confundida y confusa? (Pretendiendo motivar a la gente con figuras del espectáculo a las que muchos pueden seguir pero en las que no pueden ver el sello de los libros y sobre las que es improbable que crean que leen.)

Entiendo que se piense y que se diga que “peor es nada”. No estoy seguro de que sea así. La campaña es bastante absurda. Es obvio que los futbolistas, los cantantes, las actrices y modelos de las fotos no leen, ni veinte minutos ni nada. Y eso hace que el mensaje resulte por lo menos ambiguo. Se trata de aprovechar los recursos de la industria del espectáculo, es decir, se llama la atención del público mediante las “estrellas”, a las que la gente reconoce por haberlas visto en la tele. Igual que hacen quienes anuncian pasta de dientes o zapatos.

Me parece una mala idea. En el fondo dice que lo importante es la fama (y el dinero, y la influencia, y demás, que van con la fama), porque lo importante de los anuncios son los famosos que aparecen en ellos, y se supone que deben ser convincentes por eso. Me parece equivocado. Nadie que admire a un futbolista, o a una cantante, va a buscar un libro y ponerse a leer porque los haya visto en una foto enseñando uno. A fin de cuentas, trata de promover la lectura recurriendo a gente que no necesitó la lectura para su carrera, gente cuyo éxito depende de otras cosas, y eso en resumen dice que la lectura no importa, salvo como adorno. La cultura del libro es otra cosa, está en otra parte. No necesita una campaña así.

¿Qué libros recomendarías al presidente, a los gobernadores y a los legisladores mexicanos?

Tengo la impresión de que están, casi todos ellos, más allá de la lectura. El oficio exige muchas horas, todas, exige una atención absoluta. No sé si tengan tiempo para otra cosa, ni si alguno tenga el ánimo, la curiosidad, la necesidad de leer nada. De modo que no sé si tenga sentido recomendar nada. Me atrevería a decir que sería bueno que leyesen algo: lo que sea, cualquier cosa, que leyesen algo de buena literatura, que se dejasen unos minutos, media hora, una vez a la semana, para dedicársela a la lectura de un buen cuento. Nos hace más humanos, y eso hace falta (las recomendaciones concretas, para quien las pida).

De paso: ¿cuál es el mejor libro que has publicado hasta el momento?

Sin duda, La mirada de Dios: Estudio sobre la cultura del sufrimiento (Paidós, 2000).

Recomienda un libro a nuestros lectores, por favor.

No voy a decir que hay infinitos libros recomendables —aunque hay infinitos libros recomendables. Solo uno, un libro divertido, inteligente, amable, de lectura apasionante, que se termina en dos tardes, pero que uno siempre quiere volver a leer: de Sergio Pitol, El desfile del amor. Nadie se va a arrepentir de haber dedicado dos tardes de su vida a leerlo, lo puedo asegurar.

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JOSÉ RAMÓN LÓPEZ RUBÍ CALDERÓN (Puebla, 1982) es politólogo y editor. Hizo estudios de Ciencia Política y Relaciones Internacionales en el CIDE y la BUAP, universidad donde fundó y dirigió la revista académica Estudios de Política y Sociedad y hasta hace poco fue Coordinador de Publicaciones, Documentación e Información de uno de sus institutos. Entre sus publicaciones se encuentran cuatro libros, incluyendo dos volúmenes de Cartas a los estudiantes de ciencia política (Miguel Ángel Porrúa-BUAP).

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Los grandes problemas actuales de México (208.701)
Se dice que el país está sobrediagnosticado, pero en plenas campañas y ante un nuevo sexenio, vale la pena recordar tanto como haga falta cuáles son los principales desafíos que enfrentamos como nación, y abordarlos desde distintas perspectivas. Una de estas perspectivas, sin duda esclarecedora, es la que propone nuestro autor. Introducción En un indirecto y muy modesto homenaje a don Andrés Molina Enríquez, autor de Los grandes problemas nacionales, libro de 1909, hace seis años intenté resumir en tres los problemas que a mi juicio eran los más importantes del país en ese momento electoral. El resultado fue un artículo que por muy diversas razones nunca se publicó. Al revisar el texto ahora veo que esos mismos tres problemas siguen siendo los que más afectan a nuestro país, simultáneamente, en los ámbitos político, económico y social. En efecto, de los últimos 18 años del siglo pasado a la primera docena del actual hemos vivido en México el surgimiento o agravamiento de un buen número de problemas económicos, políticos y sociales, que pueden parecer efecto de los cambios políticos y económicos que ha experimentado el país desde el inicio de los años ochenta: la reforma política iniciada en el gobierno del presidente José López Portillo (1976-1982) pero concretada hasta el de Ernesto Zedillo (1994-2000) y las reformas económicas iniciadas en el de Miguel de la Madrid (1982-1988) y profundizadas en el de Carlos Salinas (1988-1994), nuestra perestroika y nuestro glasnost correspondientes. Después de un largo periodo de estabilidad política y crecimiento económico iniciado en los años cincuenta, que concluye a finales de los sesenta y principios de los setenta, México vive un corto periodo de auge –gracias a ingresos imprevistos de divisas por exportaciones petroleras– que vino a desembocar en una crisis económica y política, dando lugar a una serie de cambios durante los años ochenta y noventa que, lejos de resolver los problemas básicos de pobreza e inequidad, parece ser causa de su agravamiento y del surgimiento de nuevos conflictos. Es una larga lista de problemas que incluye la pobreza, el desempleo, el comercio informal, diversas formas de delincuencia, el narcotráfico, el contrabando, la emigración de mexicanos a Estados Unidos, la fuga de capitales, la corrupción, la contaminación y destrucción del medio ambiente, la impunidad, los homicidios sin resolver, los levantamientos populares regionales y el caciquismo, entre los más destacados. Si bien algunos de estos problemas son ya muy viejos, hay dos factores nuevos que acentúan la percepción de ellos por parte de la sociedad: la consolidación de los medios de información como un nuevo poder que, ya sin cortapisas, presenta y resalta –no sin prejuicios– dichos problemas, y el desencanto de la sociedad mexicana por el fracaso de los gobiernos del PAN –el primer partido de oposición que triunfó electoralmente en más de 70 años– para enfrentar y resolver, así fuera parcialmente, algunos de ellos. En contraste, desde hace 17 años México experimenta una gran estabilidad en materia de precios, salarios, tasas de interés y tipo de cambio, resultado de un férreo equilibrio fiscal y un superávit en divisas sin precedentes. A ello se ha llamado “estabilidad macroeconómica”, lograda por medio de la reducción sistemática del gasto público, el control del crédito hasta casi su desaparición, la contención salarial, la expansión de las exportaciones y el estancamiento del mercado interno. Este panorama económico y social no es exclusivo de México, sin embargo. En otros países se presenta en forma más o menos similar, a pesar (o quizá por efecto) de la aplicación de políticas económicas comunes de corte neoliberal orientadas a modernizar las economías de la región en la nueva etapa de la globalización. Entre los factores que determinan el conjunto de problemas contemporáneos más graves, hay tres que siendo de suyo conflictivos generan en combinación una dinámica social y económica perversa, un círculo vicioso que produce y amplifica otros problemas. Estos tres factores son: (1) el empobrecimiento de una parte importante de la sociedad como producto del desempleo y, en general, de la falta de oportunidades; (2) una tendencia por parte de los diversos grupos sociales a no cumplir la ley (en sentido amplio, es decir cualquier norma de carácter público) salvo en determinadas circunstancias, y (3) la total ausencia de una política industrial y comercial, por parte del Estado, orientada al estímulo de la inversión productiva. Estos tres factores son determinantes, en el caso de México, de buena parte de los demás problemas, pero no son exclusivos de nuestro país y es muy probable que se presenten también en otros países en desarrollo, aunque quizá con una intensidad y una dinámica distintas. 1. Desempleo y pobreza La población económicamente activa asciende en México a unos 40 millones de personas. Esta población crece a una tasa anual aproximada de 3%, lo que significa una cifra de un millón 200 mil personas que cada año se incorporan al mercado laboral en busca de empleo. En años de crecimiento económico alto, el sector formal de la economía ha podido crear alrededor de 400 mil empleos por año. El resto de la nueva fuerza laboral, unas 800 mil personas, se ve obligado al empleo informal de diversos tipos (incluyendo actividades ilegales) o a emigrar a Estados Unidos. Sin embargo, la economía no ha estado creciendo a un ritmo alto y sostenido en todos estos años, lo que implica que el número de personas forzadas al empleo informal, la emigración o, de plano, la delincuencia, sea mayor y creciente, a causa de la falta de oportunidades de trabajo. Es decir, a la pobreza endémica del país se suma cada año un nuevo grupo de desempleados, lo que constituye sin duda un caldo de cultivo propicio para todo tipo de actividades ilegales. La causa directa de esta falta de oportunidades es la relativamente baja inversión en proyectos productivos generadores de empleos formales, lo que a su vez se debe en parte a la ausencia de un sistema financiero real y el abandono de la política industrial por parte del Estado en los últimos 30 años, temas que veremos más adelante. 2. Falta de respeto a las leyes La carencia de una cultura de respeto a la ley, entendida esta en un sentido amplio, no es algo nuevo en México: podríamos ubicar su origen en la época colonial. Tampoco es exclusiva de nuestro país. De hecho no hay país en el mundo en el que todas las leyes se cumplan y respeten siempre. Pero cualquiera que sea el indicador que se tome al respecto, México se cuenta actualmente entre los países en los que las leyes se respetan en menor grado. Es evidente que en nuestra sociedad las normas se cumplen solo cuando hay una amenaza clara de sanción y autoridades con capacidad para aplicarla. Esta carencia de cultura de la legalidad obedece a varios factores de diversos tipos, de los que destaco solo dos. El primero es que una buena parte de las leyes no se puede cumplir, ya sea porque unas leyes contradicen a otras, porque son obsoletas o inadecuadas o porque simplemente no hay autoridades en cantidad y con capacidad suficientes para hacerlas cumplir. El segundo es la ignorancia y el temor, o el desprecio que sienten los diversos sectores sociales respecto a las leyes. En los sectores de menores recursos económicos se percibe a las leyes como impuestas, es decir decididas al margen de ellos y, en consecuencia, se ven como ajenas y, en general, hechas para perjudicarlos, no para protegerlos. En los grupos de recursos económicos altos la percepción es más o menos inversa, es decir, se percibe que las leyes están para favorecerlos, pero solo a ellos y cuando no es así, se busca cualquier resquicio técnico para evadirlas. El resultado en ambos casos es el mismo: las leyes no se perciben como propias, como un mecanismo que se da la sociedad para funcionar en sus diversos ámbitos, en sí mismo digno de respeto, justo y de aplicación general. Las autoridades de diversos tipos, niveles y orígenes partidarios no han podido eliminar la percepción que se tiene, entre la sociedad, de que son ellos los primeros en violar la ley y esto aparece como un elemento adicional de justificación moral para el incumplimiento de las normas entre los ciudadanos. De ahí que se identifique a la corrupción como un obstáculo fundamental para el avance social. Pero la corrupción es solo una parte del problema más amplio y contextual que es el incumplimiento de las leyes en general. Este tiene implicaciones políticas, económicas y sociales de primera magnitud, sobre todo en un país que intenta adecuarse a la modernidad y a la globalidad. Desde una perspectiva económica, la falta de cumplimiento de las leyes por los diversos grupos sociales complica y limita la política económica instrumentada por el Estado, por ejemplo en lo que se refiere a la recaudación fiscal, y hace prácticamente inútil cualquier reforma que al respecto se pueda llevar a cabo. En este contexto las recomendaciones de los economistas ortodoxos, consistentes en la reducción de la regulación, han empequeñecido todavía más los ingresos del Estado y, lejos de eliminar los problemas, en realidad han favorecido el contrabando y la piratería. En términos más generales, el comercio y otras actividades económicas informales son resultado de la incapacidad del Estado para hacer cumplir las leyes y del abandono de la regulación. En su dimensión política, el no apego a la legalidad vigente por parte de algunos grupos o personas, unos con la justificación moral que da el ser sujetos de abandono y explotación por décadas, como los indígenas, otros sin ella, combinado con la falta de capacidad de las distintas autoridades, sea para negociar acuerdos en el marco de la ley con los primeros o para aplicar la ley de manera estricta con los segundos, lleva tarde o temprano a un camino de ingobernabilidad y desintegración social. En sustitución de las leyes de aplicación general, empiezan a prevalecer usos y costumbres locales. De ello son muestra el surgimiento en diferentes zonas del país de municipios autodeclarados autónomos y de linchamientos. 3.    Falta de inversión, falta de crédito y falta de política económica Como en el caso de otros países en desarrollo, México requiere de una tasa de inversión respecto a la producción nacional de cuando menos 25% anual en términos reales y de manera sostenida para alcanzar tasas de crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB), a su vez, altas y sostenidas en el largo plazo, según estimaciones de organismos internacionales. Con ello, la economía podría aumentar significativamente la generación anual de empleos y, en consecuencia, la proporción de los salarios en el valor agregado, es decir, reducir la concentración del ingreso. En ninguno de los últimos 25 años la proporción de la inversión entendida como formación bruta de capital fijo ha alcanzado esa meta respecto al pib, aun considerando la inversión extranjera. Desde la primera parte de los años ochenta, el Estado ha reducido de manera significativa su participación en la inversión total como resultado de la orientación ortodoxa de la política económica, que concibe la inversión pública como factor de desplazamiento de la inversión privada y que además considera a la burocracia paraestatal como esencialmente corrupta, ineficiente e incapaz de ser regulada. Por estas dos razones, se hacía indispensable –en esta lógica– la privatización de las empresas estatales rentables y la liquidación de las no rentables. La nueva inversión pública estaría limitada, además, por razones presupuestarias. En estos casi 30 años de política ortodoxa, la inversión privada nacional no ha podido llenar el hueco de la inversión pública y el Estado ha tenido que revertir algunas de las privatizaciones debido a problemas de rentabilidad, derivados de una deficiente administración en manos privadas. Tales fueron los casos de la mayor parte de las carreteras nacionales de cuota, las líneas áreas nacionales y –un caso muy especial– los bancos. La nacionalización de la banca mexicana decretada en 1982 por el gobierno de López Portillo, como medida última para frenar la fuga de divisas, no ocasionó ninguna catástrofe financiera como auguraban sus críticos. En contraste, la reprivatización de la banca ocurrida años más tarde bajo el gobierno de Carlos Salinas puso al sistema bancario mexicano en manos inexpertas y lo volvió altamente vulnerable. Aunado a ello, la apertura financiera acelerada provocó el ingreso de grandes cantidades de capital especulativo externo. Además, la sobrevaluación de la moneda hizo aún más vulnerable al sistema financiero. En esas condiciones, la primera crisis de divisas del gobierno de Zedillo, ocasionada por el mal manejo de una decisión cambiaria, implicó la quiebra real del sistema bancario mexicano y de sus deudores. El rescate bancario y la política astringente del crédito interno, seguidos desde entonces, han impedido que haya crédito barato y oportuno para financiar actividades productivas de todo tipo, especialmente en el campo. El sistema bancario, hoy en manos extranjeras, es esencialmente rentista y especulador. Asimismo, tanto la crisis de 94-95 como la apertura financiera anterior a ella han provocado que haya permanentemente capital mexicano en el extranjero por una cantidad más o menos equivalente a la deuda pública externa, en tanto que el ingreso neto de divisas al país que registran las reservas internacionales se inmoviliza, para evitar la ampliación del circulante y crear un blindaje preventivo de otra crisis como las de 76, 81 y 94, todas por fugas masivas de capitales. El elemento crucial que explica la baja inversión productiva no es, sin embargo, la falta de crédito, sino la ausencia de una política industrial y agropecuaria activa por parte del Estado. Esta ausencia obedece sin duda a una concepción neoliberal de la economía. Dicha concepción se concreta en la reducción indiscriminada del gasto público, tanto corriente como de inversión; en la total ausencia de políticas comerciales, y en la falta de definición y aplicación clara de reglas de la participación de la inversión extranjera con una orientación a la integración económica y el desarrollo. Ello es lo que en realidad provoca la falta de incentivos a la inversión privada nacional. Situación general y perspectivas En un contexto de poco respeto a la ley (que incluye a las propias autoridades), de desregulación de las actividades económicas, de bajo crecimiento económico y de desempleo real creciente, las actividades ilegales e ilícitas tienden a proliferar, lo mismo que la emigración. Este último fenómeno incluye ahora personas con mayor grado de escolaridad. Hay, además, fuga permanente de capitales que pese a todo encuentran más atractiva y segura su inversión fuera del país que dentro de él, y las empresas locales se vinculan o venden al capital extranjero. Las empresas de exportación sin control alguno son ya indistinguibles de la industria maquiladora, que opera sin control ni programa de integración. Los empresarios mexicanos pequeños y medianos que sobreviven, lo hacen sin crédito y sin apoyo y, lo que es peor, sin que se apliquen reglas de funcionamiento que los favorezcan, de modo que en cualquier momento un monopolista nacional o extranjero los desplaza. La transición en México de una política de masas corporativizadas a una política de ciudadanos no pasó por la revisión, modificación y establecimiento de leyes y normas que puedan cumplirse, ni por un pacto que obligue a los actores económicos y políticos a cumplir y hacer cumplir las leyes; no pasó tampoco por la discusión y puesta en marcha de un programa claro de cambio político y sobre todo económico que tuviera como eje la atención de las necesidades básicas de la sociedad, destacadamente el empleo. Pasó solo por la venta mediática del carisma de actores políticos, construida como imágenes propagandísticas de un cambio que nadie supo, bien a bien, hacia dónde iba, ni para qué. En contraste, la estructura corporativa de control de las masas por el partido hegemónico hasta antes del “cambio” sigue intacta, los problemas sociales no solo siguen sin resolverse sino que se han agravado y el camino a la ingobernabilidad parece estar en marcha. En este contexto, la transición real en México implica que el gobierno entrante atienda primero que nada estos tres problemas básicos, y eso solo lo puede hacer mediante un nuevo pacto social en el que todos los sectores sociales y partidos participen, aunque ello pueda significar un cambio constitucional de gran magnitud. El Estado tiene que recuperar su papel de liderazgo económico y social, pero sin menoscabo de la democracia y actuando en el margen que le dejan el gobierno de Estados Unidos y sus organismos financieros. Es una difícil pero inevitable tarea. De no realizarse, regresaremos tarde o temprano al simulacro de democracia que fueron los gobiernos del pri, con movimientos casi pendulares en lo económico, unas veces a la derecha y otras al centro, unas veces liberales y otras no, eso sí siempre populistas en lo político. _________________________________ PABLO RUIZ NÁPOLES es licenciado, maestro y doctor en economía, profesor de la Facultad de Economía de la UNAM, miembro de la Academia Mexicana de Ciencias y consultor de la CEPAL y del Programa del Medio Ambiente de Naciones Unidas.

Jóvenes que no estudian ni trabajan: ¿Cuántos son?, ¿quiénes son?, ¿qué hacer?1 (140.202)
El diseño de programas efectivos para enfrentar los mayores desafíos del país, como el de la inclusión cabal y justa de los jóvenes, debe pasar necesariamente por diagnósticos puntuales. El presente estudio constituye un análisis detallado y fundamentado del fenómeno de los Ninis. Sirva lo que revela para la discusión y el diseño de estrategias sobre un asunto de la mayor importancia. En los últimos años se ha hecho cada vez más visible en el debate público el fenómeno de las y los jóvenes que no estudian ni trabajan (los llamados “Ninis”). La expectativa social es que, durante su juventud, hombres y mujeres acudan a la escuela para adquirir conocimientos y desarrollar habilidades y destrezas o bien que trabajen para generar ingresos, formar un patrimonio y convertirse en personas autónomas. Se suele pensar que si los jóvenes no estudian ni trabajan, están en riesgo y se colocan en una situación de vulnerabilidad. Consecuentemente, constituyen un motivo de preocupación para sociedad y gobierno. En términos generales, el fenómeno de los Ninis2 se explica tanto por causas que escapan al control individual (acceso limitado a la educación, obsolescencia de los modelos educativos, falta de oportunidades de empleo y desarrollo productivo, inestabilidad y precariedad laboral e insuficiente ingreso de los hogares, entre otros), como por entornos familiares poco propicios para el desarrollo de los jóvenes e incluso –como veremos más adelante– por decisiones de carácter personal relacionadas (o no) con eventos del curso de vida (como la unión o el matrimonio y el embarazo tempranos) que determinan una elevada deserción escolar. Se trata, en consecuencia, de un fenómeno con múltiples causas y diversas manifestaciones. Diversos autores han señalado que el fenómeno de los Ninis no es privativo de las naciones en desarrollo —como México—, sino que ocurre en todos los países. Postulan también que se trata de un fenómeno reciente que afecta a la generación actual de jóvenes, en contraste con las precedentes. Sostienen que si bien los jóvenes tienen actualmente más acceso a la educación, los afecta la falta de perspectivas, los vaivenes continuos, el deterioro de las condiciones laborales y la incertidumbre en el empleo.3 Estas tendencias aparentes han conducido, a su vez, a centrar la atención en las consecuencias que se supone que podría traer aparejada la condición Nini. Entre otras preocupaciones formuladas por la literatura sobre el tema, destacan las siguientes: • Se dice que la doble exclusión que sufren estos jóvenes compromete no solo su presente sino también su futuro, al tiempo que constituye un doloroso desperdicio social de sus capacidades y potencialidades de desarrollo. De hecho, para muchos esta condición puede resultar en un “ocio frustrante, obligatorio, impuesto, incómodo, improductivo y, por supuesto, angustiante y doloroso”.4 • Además, la doble privación parece imponer a los jóvenes una enorme dificultad para emanciparse y definir o desarrollar un proyecto de vida, lo que, según diversos analistas, influye negativamente en su autoestima y les provoca escasa confianza en el porvenir, desánimo, apatía, indolencia, frustración, angustia, ansiedad, incertidumbre e indefinición.5 • Algunos otros autores sostienen que la situación de exclusión y los obstáculos crecientes que dificultan la emancipación refuerzan entre los jóvenes el descrédito de los estilos de vida tradicionales y la aparición de un nuevo modelo de actitud caracterizado por el rechazo simultáneo a estudiar y a trabajar. Según esta visión, los jóvenes piensan que “el futuro es tan incierto que es mejor vivir al día” y no están dispuestos a realizar “esfuerzos exorbitantes cuando el beneficio no es seguro”.6 • Por todas estas razones, diversos analistas piensan que, de no ser atendidos por políticas públicas adecuadas, existe el riesgo de que la condición Nini puede hacer de los jóvenes presa fácil de la violencia, las adicciones y el crimen organizado;7 convertirlos en un peligro para la cohesión social y la democracia,8 e incluso en una “bomba de tiempo” para la seguridad del país.9 Tomando en cuenta estas y otras preocupaciones similares, este artículo utiliza los resultados de la Encuesta Nacional de la Juventud de 2010 (ENJ)10 y de otras encuestas recientes para explorar y comprender mejor el fenómeno de los Ninis en el país. Esencialmente, en este artículo nos preguntamos si existe evidencia sólida que apoye en el caso mexicano algunas de las interpretaciones e hipótesis de trabajo arriba enunciadas. Estimamos, en primer lugar, la cuantía actual de los jóvenes Ninis y cómo se compara con otros países; procuramos conocer también su evolución en el tiempo y algunas de las características de los jóvenes que experimentan esa condición. En segundo lugar, exploramos otras interrogantes de indudable interés: ¿Qué pasa con los jóvenes Ninis? ¿A qué se dedican? ¿Qué valor le otorgan estos jóvenes a la educación? ¿Qué expectativas tienen? Finalmente, en tercer lugar, el artículo se propone llamar la atención acerca del imperativo de diseñar e instrumentar políticas públicas (preventivas y correctivas) para hacer frente a este complejo y preocupante fenómeno social. Jóvenes Ninis, un fenómeno mundial Las encuestas y censos permiten cuantificar el número de jóvenes que no estudian ni trabajan.11 Lo hacen interrogando a los jóvenes directamente sobre ambas condiciones. Esta manera de medir el fenómeno, aunque lo simplifica, permite seguir su evolución y comparar su intensidad en diferentes latitudes. Los datos disponibles confirman que efectivamente los llamados Ninis son una realidad mundial que tiene causas, alcances e implicaciones distintas en cada país. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (ocde) estima que, en los países que la integran, alrededor de 15.2% de los jóvenes de 15 a 29 años de edad no estudia ni trabaja.12 Esta misma organización precisa que: • Un total de 19 naciones de la ocde tiene un promedio inferior al porcentaje indicado; destacan, entre los más bajos, los casos de Dinamarca (6.6%) y Holanda (7 por ciento). • En contraste, con valores ligeramente superiores al promedio, se ubican Francia (15.6%) y el Reino Unido (15.7%); en una posición más alejada destacan Italia (21.2%), España (22.7%) y México (24.8 por ciento). • A su vez, Israel y Turquía alcanzan los porcentajes más elevados, con 28.7 y 39.6%, respectivamente. Es decir, México ocupa el tercer lugar entre las naciones de la OCDE según la proporción de jóvenes (hombres y mujeres) Ninis. El valor atribuido por la ocde a México es muy similar al que deriva de la ENJ (25.2%). Cuando se incluye a toda la población de 12 a 29 años (y no solo a las personas de entre 15 y 29 años, como ocurre con el estudio de la OCDE), el porcentaje desciende a 21.6%, lo que significa alrededor de 7 millones 820 mil jóvenes (ver Gráfica 1). La tendencia del fenómeno Nini es a la baja La gran mayoría de los jóvenes (casi 8 de cada 10) actualmente estudia y/o trabaja. En consecuencia, no hay una “generación perdida”.13 Más aún, a diferencia de lo que comúnmente se cree, en México hay menos Ninis que en décadas pasadas. De acuerdo con los datos de muy diversas fuentes:14 • En 1960, 59% de los jóvenes sufría la doble exclusión. • Con el avance económico y social de las décadas siguientes, esa proporción descendió hasta uno de cada tres (33.1%) en 1990. • La tendencia a la baja prosiguió en las siguientes dos décadas aun cuando esta se moderó significativamente y alcanzó su mínimo en 2007 (en alrededor de uno de cada cinco jóvenes). • Hay indicios de que este fenómeno se ha elevado dos o tres puntos porcentuales en los últimos tres o cuatro años, debido al impacto de la crisis de 2008-2009 sobre el empleo y el gasto social. La tendencia de largo plazo obedece a mejoras notables en la cobertura educativa en todos los niveles, a la creciente participación de los jóvenes en los mercados laborales y —como veremos más adelante— a cambios favorables en la condición social de las mujeres. Los datos disponibles confirman que los jóvenes de hoy no son menos trabajadores o tienen menor escolaridad que los de generaciones previas. La gran mayoría de las y los jóvenes mexicanos estudia y/o trabaja y lo hace en una proporción significativamente mayor que quienes integraban las generaciones anteriores. Mayor proporción entre las mujeres La disminución de largo plazo en la proporción de jóvenes Ninis se origina en el avance significativo de la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres. En 1960 alrededor de 35.4% de los varones no estudiaba ni trabajaba; en contraste, la mayoría de las mujeres (81.4%) se encontraba en esa condición. Tres décadas más tarde, en 1990, su peso disminuyó a 12.4% entre los hombres y a 52.2% entre las mujeres. La tendencia descendente siguió su curso, aunque cada vez más lentamente, hasta alcanzar en ambos casos un mínimo en el cuarto trimestre de 2007. Desde entonces se advierte con diversas fuentes un aparente incremento de dos o tres puntos porcentuales en la proporción representada por los jóvenes Ninis, hasta alcanzar un total de 11.7% entre los hombres y 36% entre las mujeres. Si bien la doble exclusión de las mujeres no es privativa de México, el estudio de la OCDE ubica a nuestro país como uno de los más excluyentes hacia ellas. Lo coloca en el segundo lugar entre las naciones que integran esta organización con mayor proporción de mujeres Ninis, solo superado por Turquía (49.9%). Más alejados se encuentran Israel (25.2%), Italia (17.4%), Nueva Zelanda (16%) y Hungría (15.8 por ciento). En contraste, el mismo estudio advierte que el promedio registrado por los varones mexicanos se asemeja al de la ocde y es inferior al de países como Canadá, Nueva Zelanda, Hungría y Estados Unidos.15 Dicho estudio indica que la gran mayoría de los jóvenes mexicanos está estudiando o trabajando, incluso en mayor proporción que en algunas naciones líderes de la economía global (ver Gráfica 2). La marcada diferencia en la incidencia de este fenómeno por sexo se refleja en el hecho de que, del total de jóvenes Ninis (7 millones 820 mil), alrededor de 5.9 millones son mujeres (75.7% del total) y 1.9 millones son hombres (24.3%). La gran mayoría de las mujeres que no estudian ni trabajan entre 12 y 29 años están unidas (59.1%) y/o tienen hijos (67.2 por ciento). Entre las mujeres, la probabilidad de pertenecer al grupo Nini se incrementa con la edad. Alrededor de 5.3% de las mujeres de entre 12 y 15 años se encontraba en esa condición; dicha probabilidad se triplica (15.7%) entre las jóvenes de 16 a 18 años; se eleva al doble (33.1%) en el grupo 19 a 23 años y sigue su curso ascendente (46%) entre los 24 y 29 años. Este patrón es incluso más marcado entre los varones en las edades más tempranas (10.9% entre los 12 y 15 años y 25.3% entre los 16 y 18 años) y alcanza su máximo en el grupo de 19 a 23 años (33.2%, con una cifra similar a la de las mujeres en esas edades), pero empieza a declinar a partir del grupo de 24 a 29 años (30.6 por ciento). Estas cifras revelan que la existencia de la doble privación está marcada por el acceso desigual a la estructura de oportunidades entre hombres y mujeres. Nadie puede estar satisfecho de esta situación. A pesar de los esfuerzos por reducir la brecha de género, la población femenina sigue teniendo menos opciones educativas y laborales que los varones. De esta manera, para muchas de ellas, el confinamiento doméstico es la única opción, en vez de estudiar, trabajar y vivir el mundo público. La influencia de los eventos de la vida personal Algunos eventos de la vida personal (como la unión o el matrimonio y el embarazo tempranos) suelen obligar a las mujeres a truncar tempranamente sus estudios e influyen poderosamente en su alejamiento de la actividad económica. Así, mientras que dos de cada tres mujeres Ninis (67.2%) de entre 12 y 29 años están unidas, la cifra se reduce a 18.8% entre los varones. Igualmente, 59.2% de las mujeres Ninis tienen hijos, en contraste con solo 12.8% entre los varones. La unión y la reproducción tempranas reflejan la persistencia de patrones culturales que exaltan los roles femeninos de esposa y madre, y actúan como poderosos determinantes de sus trayectorias educativas y laborales. De esta manera: • 60.7 y 75.3% de las mujeres Ninis de 19 a 23 y de 24 a 29 años de edad tienen hijos. Las proporciones descienden hasta 12.7 y 25.2% entre los jóvenes de esas mismas edades. • 63.6% de las mujeres Ninis que no terminaron la educación básica tienen hijos, en contraste con solo 14.4% de los hombres. A su vez, 51.7% de las mujeres Ninis que terminaron algún grado de educación superior se encuentra en esa misma condición, mientras que entre los hombres se reduce a 10 por ciento. La relevancia de las decisiones de la vida personal en la deserción escolar es reconocida por una proporción significativa de las mujeres. Cuando se les pregunta explícitamente las razones por las que dejaron de estudiar, 17.6% se refiere al matrimonio o la unión o bien al nacimiento de un hijo, en contraste con 1.6% entre los hombres. Cuando se interroga a las mujeres que únicamente realizan quehaceres del hogar por qué dejaron de estudiar, la cifra de quienes invocan esos hechos se eleva a casi 25 por ciento. Además de la desigualdad de género y la importancia que cobran los hechos de la vida personal en la configuración de las trayectorias de las jóvenes, los factores vinculados al entorno económico y social también suelen tener una gran importancia. Estos factores, aunados a las diferentes dotaciones de capital escolar, crean una red de privaciones que obstruyen el desarrollo integral de las mujeres. Por ejemplo, de acuerdo con los datos de la ENJ-2010, una proporción semejante de hombres y mujeres Ninis invocó razones económicas (‘Tenía que trabajar’, ‘No tenía dinero’ y ‘No podía pagar la escuela’) como las determinantes para dejar la escuela. Asimismo, 27.6% de los hombres y 15.6% de las mujeres Ninis identificó como motivo de la deserción escolar la reprobación, el aburrimiento o la indisciplina, factores que se relacionan con un bajo clima educacional de los hogares. A su vez, alrededor de 7.2% de los hombres y 5.5% de las mujeres citaron problemas de acceso a la escuela (‘La escuela me queda lejos’, ‘No me aceptaron en la escuela’, ‘No había escuela’). Los Ninis están presentes en todas las entidades y todos los estratos Los jóvenes Ninis no están confinados en algunos territorios. Radican tanto en las ciudades (60%), como en las localidades mixtas (12 de cada 100) y en las localidades rurales (28 de cada 100). Desde el punto de vista de su distribución por entidad federativa, este fenómeno sigue, en términos generales, las pautas de los asentamientos humanos. El Estado de México —la entidad federativa más poblada— tiene el mayor número de jóvenes Ninis (1 millón 36 mil); la menor cantidad se registra en Baja California Sur, con 37 mil. A su vez, desde el punto de vista de su peso relativo, existen diferencias importantes: la proporción de Ninis en 18 estados es superior al promedio nacional (de 21.6%) y en 14 entidades es menor. Por ejemplo, entre las entidades con los porcentajes más bajos, destacan Tlaxcala (10.7%), Puebla (11.1%) e Hidalgo (12.6%). En contraste, las entidades con las proporciones más altas son Coahuila (31.3%), Guanajuato (29.6%) y San Luis Potosí (29.5 por ciento). Todas estas cifras sugieren que el fenómeno de los Ninis constituye un asunto de la mayor importancia que exige la intervención de todos los órdenes de gobierno y reclama un esfuerzo de coordinación intergubernamental (ver Gráfica 3). El fenómeno de los jóvenes Ninis afecta tanto a las entidades más avanzadas, como a las de menor desarrollo relativo. Por ejemplo, Guerrero, el estado con el índice de marginación más elevado,16 ocupa la posición 6 entre las entidades con mayor proporción de Ninis; a su vez, Chiapas, la segunda entidad en marginación, ocupa la posición 14, y Tlaxcala, la número 16 en marginación, es la entidad con la menor proporción de jóvenes Ninis. En el otro extremo, el Distrito Federal, la entidad con menor marginación, se sitúa en la posición 29 y Nuevo León, la segunda entidad menos marginada, en la posición 7. Finalmente, Coahuila, una de las entidades menos marginadas (la número 29), ocupa la primera posición, con la mayor proporción de jóvenes Ninis. También hay presencia de Ninis en todos los estratos sociales. Sin embargo, los datos reflejan claramente que la probabilidad de ser Nini es significativamente mayor entre los grupos de escasos recursos: 6 de cada 10 jóvenes en condición Nini (4.7 millones) pertenecen a los cuatro primeros deciles de ingreso, uno de cada tres (2.6 millones) a los de ingreso medio (de los deciles V al VIII) y 6.7% (poco más de medio millón) a los de ingreso alto (IX y X deciles). Heterogeneidad y complejidad del fenómeno Nini Conviene señalar que en la medición de los jóvenes que no estudian ni trabajan no hay mayor esfuerzo de conceptualización. En consecuencia, no debe sorprender que el universo de estos jóvenes sea muy heterogéneo y exhiba expresiones muy variadas, unas de corta duración y otras más estables. Entre los jóvenes que sufren esta doble privación, destacan los siguientes: mujeres unidas (con o sin hijos) dedicadas a labores domésticas, jóvenes con discapacidad y personas que están buscando un empleo y no lo encuentran, hasta jóvenes que abandonaron la escuela y no desean trabajar (incluso porque piensan que no lo encontrarán) o bien aquellos que no asisten a la escuela pero estudian en sistemas abiertos y/o a distancia, o reciben capacitación para el trabajo. La información proveniente de la ENJ-2010 indica que 72.1% de las mujeres en la condición de Nini se dedica a quehaceres del hogar, otras buscan empleo (9.8%) o estudian en medios informales (1.5%)17 y algunas más tienen alguna discapacidad o están pensionadas (0.6%). A su vez, entre los varones, 41.1% de los jóvenes Ninis está buscando activamente un empleo,18 9.8% se dedica a los quehaceres del hogar, 3.4% estudia en sistemas abiertos o informales y 2.9% tiene alguna incapacidad o está pensionado. Se puede advertir que la mayor parte de los jóvenes Ninis tiene funcionamientos socialmente útiles. Además, hay un número importante de jóvenes que no realiza ninguna de las actividades antes identificadas (los llamados “otros no activos”). Se trata de alrededor de 16% de las mujeres y 42.7% de los hombres que aparentemente se encuentran en un estado de inactividad absoluta.19 Las causas de dicha inactividad son muy diversas: se dedican a la familia (10%), tiene trabajo eventual (7%), carecen de oportunidades laborales (7.5%) o sus padres los mantienen (56.2%), entre otras. Cabe precisar que en este grupo, dos de cada tres jóvenes desean seguir estudiando. Debido a esta enorme heterogeneidad, algunos analistas sostienen que la definición del universo de jóvenes Ninis pudiera no ser tan útil desde la perspectiva de la instrumentación de políticas públicas. El Consejo Nacional de Población, por ejemplo, señala que el excesivo interés mediático en el conjunto de los jóvenes Ninis ha contribuido a relegar del análisis cuidadoso a “otros fenómenos también preocupantes”, como son “la desocupación juvenil, la precariedad de la actividad laboral entre los jóvenes o la participación temprana de muchas mujeres en la vida doméstica y reproductiva, entre otros”.20 Los jóvenes Ninis no son improductivos, ociosos o indolentes A menudo se piensa que los jóvenes Ninis son improductivos. Sin embargo, como ya se dijo, muchos de ellos realizan funciones y actividades socialmente útiles. En consecuencia, sería incorrecto decir que estos jóvenes son improductivos o están ociosos. Algunas voces han calificado a los jóvenes Ninis como frustrados, perezosos, carentes de proyectos y expectativas.21 La información de la ENJ-2010 sugiere que eso es muy discutible. Destaca, por ejemplo, el alto valor que los jóvenes Ninis confieren a la educación. Alrededor de 74% de los jóvenes Ninis desea continuar estudiando. Entre quienes terminaron o aprobaron algún grado del nivel básico, el porcentaje se sitúa en 62.6 entre los hombres y 70.8 entre las mujeres; se eleva a 77.1 y 80.4 entre quienes poseen el nivel medio superior; y aumenta hasta 78.1 y 84 entre los que cursaron algún año de educación superior. Entre los principales motivos invocados por los jóvenes para seguir estudiando, destacan: ‘obtener un empleo’ y ‘ganar más’ (31.2%), ‘mejorar nivel de vida’ (45.8%) y alcanzar ‘mayores conocimientos’ (20%) y ‘reconocimiento social’ (1.3 por ciento). Sin embargo, muchos jóvenes Ninis enfrentan un entorno familiar y social poco favorable para regresar a estudiar o trabajar. Así, llama la atención que 31.3 y 40.5% de las mujeres y varones Ninis, respectivamente, declara que no puede volver a estudiar porque debe atender “responsabilidades familiares”. Incluso, alrededor de 13.5% de las mujeres Ninis manifiesta no tener tiempo para estudiar (en contraste con 10% entre los hombres). Hay, además, 15% de las mujeres y 35% de los hombres que dicen que no regresarían a las aulas porque no les gusta estudiar, lo que se relaciona con el escaso capital cultural de sus hogares. La condición de Nini no es permanente ni una opción de vida Existe cierta inclinación a considerar que los jóvenes Ninis se encuentran en una condición permanente e inevitable de inactividad o bien a decir que reflejan una forma de vida. Sin embargo, se sabe que alrededor de 58% de los jóvenes Ninis (y 87% de los jóvenes Ninis que están buscando activamente un empleo) tienen experiencia laboral previa. Esto quiere decir que todos estos jóvenes no han permanecido inactivos o desocupados durante su juventud. Más aún, la escasa evidencia disponible sugiere que, para muchos jóvenes, la condición en la que se encuentran es solo transitoria:22 hay una alta movilidad entre estos jóvenes de un grupo a otro (de Nini a estudiar y/o trabajar).23 Según los datos de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE), 19.7% de los jóvenes Ninis en el segundo trimestre de 2010 ya se desempeñaban laboralmente en el tercer trimestre de ese mismo año; de la misma forma, 3.5% en ese mismo lapso regresó a estudiar y 0.5% decidió estudiar y trabajar simultáneamente. En contraste, 76.2% de las y los jóvenes Ninis retuvo esa condición entre el segundo y el tercer trimestre de 2010. El capital escolar de los jóvenes Ninis Las distintas cuotas de capital escolar de los jóvenes Ninis configuran situaciones muy diversas para escapar de esa condición. • El grupo de mayor vulnerabilidad lo conforma el 26.6% que no concluyó la educación básica, entre quienes la edad promedio de abandono de la escuela es de 15 años para hombres y mujeres. • Un segundo grupo lo integra el 43.8% de los jóvenes, cuyo logro educativo le permitió concluir la educación básica o bien incursionar en el nivel medio superior sin terminarlo. Para este grupo, la edad promedio al momento de abandonar la escuela se eleva a 18 años entre las mujeres y a 20 años entre los hombres. • El tercer grupo de jóvenes Ninis es el de menor vulnerabilidad y está integrado por alrededor de 29.6% que posee el mayor capital escolar. De este total, 18.6% concluyó el nivel medio superior y 11% aprobó algún grado de educación superior o terminó sus estudios profesionales. En el primer caso, la edad promedio es de 19 años para las mujeres y 20 para los hombres, mientras que en el segundo caso se incrementa a 22 y 26 años, respectivamente. Como se puede advertir, la menor formación de capital escolar entre las mujeres, reflejada en la edad promedio de abandono de la escuela, compromete sus oportunidades de desarrollo personal. El rezago educativo de los jóvenes Ninis se origina en decisiones recientes de abandono escolar o bien de hace uno, dos o hasta tres lustros (según la edad actual). Por ejemplo, entre los jóvenes Ninis que no han concluido la educación básica, 16.8% proviene del grupo de 12 a 15 años de edad (decisiones de abandono escolar en curso); 19% del grupo de 16 a 18 años (decisiones de abandono que en promedio ocurrieron hace menos de un lustro); 26.8% del grupo de 19 a 23 años (decisiones que tuvieron lugar entre uno y casi dos lustros), y 37.3% del grupo de 24 a 29 años de edad (decisiones que se tomaron hace dos o casi tres lustros atrás). Esto implica la necesidad de reforzar las acciones tanto de carácter preventivo, como correctivo en el ámbito educativo (ver la Gráfica 4). El desafío de la inclusión social de los jóvenes Ninis En las últimas décadas el Estado y la sociedad mexicana han intentado encarar el reto que significa el desarrollo y la inclusión social de los jóvenes. Son amplias y diversas las acciones de política pública dirigidas hacia este segmento de la población. Destaca, sin duda, la constante ampliación de las oportunidades en la educación básica, media superior y superior a través del sistema escolarizado,24 y más recientemente de las modalidades abierta y a distancia.25 Igualmente, la expansión de los programas de becas está propiciando mayor acceso y permanencia de los jóvenes en la educación.26 También se han fortalecido las intervenciones públicas para facilitar el tránsito hacia la vida laboral de los jóvenes, tanto a través de becas de capacitación para el trabajo, así como otras acciones que vinculan la oferta y la demanda laboral.27 Sin embargo, estas y otras muchas intervenciones han resultado insuficientes, como se advierte en la enorme cuantía de los jóvenes Ninis. Estado y sociedad deben reconocer la prioridad que representa la atención a los millones de jóvenes que por razones muy diversas no estudian ni trabajan. Desafortunadamente, tanto en México como en otros países es hasta recientemente que se hace visible este problema social y, en consecuencia, resultan aún escasas y un tanto dispersas las acciones expresamente dedicadas a la atención de los jóvenes Ninis en sus diferentes expresiones. Urge, en consecuencia, estructurar políticas integrales para transformar las condiciones de vida de este segmento de la población. Miguel Székely28 señala correctamente que la atención a este numeroso grupo de jóvenes debe adoptar un conjunto articulado de políticas de protección, de ampliación de capacidades y de generación de oportunidades, integradas —en cada caso— por medidas tanto de prevención en las etapas previas del ciclo de vida, como de reacción o correctivas en el presente. Se requiere, en suma, configurar una agenda de políticas, estrategias y acciones en esta materia, complementada además con un conjunto de políticas transversales que, entre otros propósitos, contribuyan a garantizar igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres. Resulta prioritario consolidar la tendencia histórica a la disminución del número de jóvenes Ninis mediante el fortalecimiento de políticas de protección, priorizando la atención a grupos en situación de vulnerabilidad: en la niñez, con acciones de nutrición y de salud, apoyos alimentarios y escuelas para padres y madres, entre otros; y en la juventud, mediante intervenciones en las áreas de salud, salud sexual y salud reproductiva, programas para evitar el consumo de drogas y alcohol, estrategias de prevención de la violencia —en el hogar, la escuela y la comunidad— y acciones que faciliten la inserción y reinserción social, entre otros. A su vez, las políticas de la ampliación de capacidades están llamadas a jugar un papel crucial en el futuro de los jóvenes que enfrentan la doble exclusión. Estas políticas abarcan intervenciones educativas en la niñez, como son las de ofrecer servicios de educación básica suficientes y de calidad, fomentar la asistencia a la escuela, ampliar las becas y prevenir el abandono escolar a edades tempranas. A su vez, durante la juventud se requiere contar con un conjunto articulado de intervenciones, entre las que destacan las dirigidas a ampliar las oportunidades educativas en los niveles de educación media superior y superior; actualizar de manera permanente los modelos educativos para ofrecer aprendizajes que resulten pertinentes y relevantes para los jóvenes; diversificar la oferta educativa en ambos niveles educativos; fortalecer los incentivos a la permanencia escolar; enfatizar los programas de tutorías y acompañamiento permanente a los jóvenes; atender el rezago educativo; ofrecer programas de educación alternativa o facilitar su reinserción en el sistema educativo, y ampliar los programas tanto de becas para los jóvenes como de incentivos financieros y otros apoyos (como guarderías y estancias infantiles) para mujeres (con hijos o sin hijos) que deseen regresar a la escuela.29 Finalmente, las políticas de generación de oportunidades deben orientarse a generar más y mejores opciones de empleo y autoempleo para los jóvenes; mejorar los sistemas de información y orientación laboral dirigidos a este segmento de la población; impulsar el emprendimiento juvenil y la formación de negocios; apoyar los programas de inserción al primer empleo; fortalecer los programas de orientación y capacitación laboral; incentivar, reconocer y regular las pasantías para adquirir entrenamiento y experiencia, y revisar la legislación laboral para remover las barreras que impiden o desalientan el acceso de los jóvenes a los puestos de trabajo, entre otras intervenciones. Las políticas públicas en la materia deberán dimensionar la envergadura de los desafíos, diseñar e instrumentar acciones y promover su articulación mediante estrategias globales que contribuyan a erosionar la red de privaciones que atrapa a los jóvenes en la doble exclusión de no estudiar ni trabajar. Asimismo, dichas políticas públicas deberán ser sensibles a la enorme heterogeneidad de los jóvenes que no estudian ni trabajan.30 Cualquiera de las intervenciones públicas aquí mencionadas requiere de la inversión de cuantiosos recursos. Sin embargo, “el mayor costo de todos los posibles es no atender el problema, generando riesgos crecientes para el futuro”.31 Por esta razón es tan importante que en el país sean cada vez más amplias las oportunidades para los jóvenes. México es una nación que debe cuidar y procurar a sus jóvenes. Así también será capaz de perfilar su futuro con mayores posibilidades de éxito. _______ 1 Los autores agradecen el apoyo de Carlos Fuentes Villalba en la generación de la información de este artículo. 2 Se utiliza el acrónimo Nini para referirnos tanto a las mujeres como a los hombres de entre 12 y 29 años de edad que no estudian ni trabajan. 3 En México, por ejemplo, la gran mayoría de los jóvenes que trabaja recibe bajos ingresos y no cuenta con prestaciones: dos de cada tres jóvenes (67.6%) recibe hasta tres salarios mínimos y más de la mitad (56.7%) no cuenta con prestaciones. 4 La frase es de Sabino Bastidas, citada en el artículo “Ninis: ¿Generación sin esperanza?”, www. abcuniversidades.com/Articulos/263/Ninis__generacion_sin_esperanza_.html. 5 Véase Alejandro Schujman, Generación NI NI, Grupo Editorial Lumen, Buenos Aires, 2011. 6 Véase José Luis Barbería, “Generación NI NI: Ni estudia ni trabaja”, El País, 22 de junio de 2009. 7 Algunos analistas han dicho, por ejemplo, que este sector de la población constituye “la bolsa de trabajo del narcotráfico”. 8 Véase, por ejemplo, Miguel Székely, “Jóvenes que ni estudian ni trabajan: Un riesgo para la cohesión social en América Latina”, MIMEO, junio de 2011. 9 Algunos se preguntan: ¿Por qué no protestan los jóvenes Nini? ¿Por qué no toman las calles? Aunque no hay evidencia sólida, se dice que fue decisiva la participación de los jóvenes Nini en las revoluciones árabes de 2010 y 2011. Al respecto, véase José Ignacio Torreblanca, “Revoluciones ni-ni”, El País, 18 de febrero de 2011. 10 La ENJ fue levantada por el Instituto Mexicano de la Juventud del 19 de noviembre al 9 de diciembre de 2010. Consta de 29,787 cuestionarios individuales y es representativa a nivel nacional, estatal y seis zonas metropolitanas. Cuenta también con un cuestionario de hogares y su diseño es probabilístico, polietápico, estratificado y por conglomerados. 11 Referido al momento del levantamiento de alguna encuesta o durante algún periodo determinado de referencia. 12 OCDE, Education at a Glance 2011. OCDE Indicators, www.oecd.org/publishing/corrigenda. 13 Pablo Peña ha dicho que “este término es melodramático e incorrecto”. Véase al respecto “La generación ‘Nini’… y otros cuentos” en . 14 Para hacer posible la comparación entre muy diferentes fuentes de información, fue necesario acotarla únicamente al grupo de 14 a 29 años de edad. 15 Véase OCDE, Education at a Glance 2011, pp. 345-346. 16 Véase Consejo Nacional de Población, Índices de marginación 2010, México, 2011. 17 Toda vez que las encuestas generalmente se basan en la asistencia (o no) a un centro educativo para determinar la condición de la educación, se suele incluir dentro del fenómeno Nini a los jóvenes que sí estudian pero lo hacen a través de sistemas informales, en las modalidades abierta o a distancia, o bien llevan a cabo capacitación laboral u otro tipo de instrucción mediante sistemas no formales. 18 ¿Es correcta la inclusión —como parte del fenómeno Nini— de los jóvenes que están buscando trabajo y no lo han encontrado? Diversos analistas consideran que, debido al hecho de que destinan activamente sus esfuerzos a conseguir un empleo, no se les puede considerar como inactivos. 19 Se trata, según los datos de la encuesta, de alrededor de 1 millón 750 mil jóvenes conocidos como “otros no activos”. La naturaleza no especializada de la ENJ-2010 en materia laboral probablemente explica que el número de los “otros no activos” sea significativamente mayor que el generado por las encuestas laborales (del orden de 765 mil jóvenes). Respecto a los “otros no activos”, véase CONAPO, “¿A qué se dedican los jóvenes en México? Análisis de la condición de actividad de la población de 14 a 29 años de edad” en La Situación demográfica de México, México, 2011. 20 Al respecto, véase CONAPO, óp. cit., p. 23. 21 La Encuesta Nacional sobre Discriminación en México indica que 36% de la población entrevistada percibe que los jóvenes NINI se encuentran en esa condición porque así lo desean. 22 Fue el Dr. Jaime Domingo López Buitrón, anterior Subsecretario de Empleo y Política Laboral de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social, quien nos compartió hace algunos meses la idea de que, desde el punto de vista laboral, la condición NINI era transitoria en el caso de muchos jóvenes, ya que es común que en un periodo corto de tiempo entren y salgan del mercado de trabajo. 23 Además, existe una gran cantidad de jóvenes que permanecen sin estudiar ni trabajar en periodos específicos del año o en determinados momentos de su entrada al mercado laboral, terminación de estudios, cambio de estado civil y otras coyunturas de tipo familiar y personal. 24 Esas acciones se han visto fortalecidas en particular con el aumento de las oportunidades educativas para las mujeres. Por ejemplo, entre 1990 y 2010 aumentó la proporción de mujeres de 15 a 29 años dedicadas únicamente a estudiar, al pasar de 19 a 30%, lo cual significó un crecimiento —en valores absolutos— de 2.4 a 4.2 millones de mujeres. 25 En este sentido, destaca la reciente creación de la Universidad Abierta y a Distancia de México y de la Preparatoria Abierta en Línea de la SEP, dado que se trata de iniciativas flexibles que podrían contribuir a aumentar el capital escolar de los jóvenes. 26 Una beca puede significar la diferencia entre seguir estudiando o abandonar la escuela. Actualmente se otorgan más de 2.8 millones de becas a jóvenes de educación media superior y superior que benefician a los adolescentes y jóvenes mayores de 15 años. 27 Se han entregado en los últimos cinco años casi 600 mil becas de capacitación para el trabajo y en el sector educativo se atendió directamente a un 1 millón 345 mil alumnos. 28 Véase “Jóvenes que ni estudian ni trabajan: Un riesgo para la cohesión social en América Latina”, mimeo, junio de 2011. 29 Debe considerarse que del total de jóvenes Ninis en México, 2 millones 80 mil jóvenes no concluyeron la educación básica; de ese total, 76% son mujeres. Además, 3 millones 425 mil jóvenes concluyeron la educación básica pero no siguieron estudiando o bien truncaron sus estudios en el nivel siguiente. De nueva cuenta, la gran mayoría son mujeres (77%). Finalmente, 1 millón 930 mil jóvenes concluyeron el nivel medio superior pero no siguieron estudiando o truncaron sus estudios de nivel superior. La gran mayoría son mujeres (73.5 por ciento). 30 Por ejemplo, en los programas orientados a abatir el rezago educativo y ampliar el capital escolar, debe considerarse el predominio de las mujeres unidas con hijos. La omisión de esta característica en el diseño de las intervenciones puede reducir significativamente la eficacia de las intervenciones públicas en la materia. 31 Miguel Székely, óp. cit., p. 16. ___________________________________ RODOLFO TUIRÁN es subsecretario de Educación Superior de la Secretaría de Educación Pública. JOSÉ LUIS ÁVILA es académico de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

La distribución del ingreso en México (139.207)
En un país donde la educación y los servicios sanitarios, entre otros, todavía dejan mucho que desear, la desigualdad en el ingreso –una de las mayores del mundo– va aparejada de una desigualdad equivalente en la calidad de vida. Paradójicamente, sin educación de calidad y buenos servicios básicos se antoja difícil revertir este grave problema. La riqueza México es una nación con mucha riqueza. Ocupó el décimo tercer lugar en la lista de los países con mayor Producto Interno Bruto1 (pib), con un billón de dólares, en 2010.2 Este nivel se debe, en buena medida, al tamaño de nuestro país. De acuerdo a estimaciones de las Naciones Unidas, México ocupó en 2010 el décimo primer lugar en términos de población, con 113 millones de habitantes.3 No obstante, el pib por persona muestra, en los últimos 20 años, un crecimiento formidable. Durante los años sesenta y setenta le correspondió a cada habitante de México menos de dos mil dólares del PIB al año. En los primeros años de los ochenta dicha cifra tuvo un aumento, que se perdió después de la crisis de 1982. A partir de 1988, el pib por habitante inicia un camino ascendente, con un único tropezón en la crisis de 1994, para llegar a casi los 10 mil dólares por habitante en el año 20084 (ver Gráfica 1). Por otro lado, México tiene 4 millonarios en la lista de los 100 hombres más ricos del mundo de la revista Forbes.5 La suma de la riqueza de estos 100 hombres es de 1.7 billones de dólares. Los acaudalados de Estados Unidos poseen 40% de este monto; les siguen los rusos, que suman 10%. En tercer lugar se encuentra México: los cuatro empresarios mexicanos de la lista Forbes tienen 7% de la riqueza de la lista de los 100 millonarios. Por cierto, Noruega, país con el mayor Índice de Desarrollo Humano de acuerdo al Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (pnud), no tiene ningún representante entre los primeros 100 millonarios y su ciudadano más rico, el empresario de bienes raíces Olav Thon, ocupa el lugar número 205. La riqueza y el desarrollo no se llevan bien.6 Otra fuente con una metodología más depurada no muestra un panorama similar. De acuerdo a un estudio que el banco Credit Suisse encargó a Anthony Shorrocks y James Davies, publicado en 2010, la riqueza7 en el mundo muestra una fuerte concentración: 24 millones de personas mayores de 20 años (0.5% de la población mundial adulta) tenían 35.6% del total de la riqueza mundial. En el otro extremo, 3 mil millones de personas (68.4% de la población mundial adulta) tenían tan solo 4.2% de la riqueza mundial. De acuerdo con esta investigación, México se ubicó en el lugar 21 en la lista de los países con mayor número de personas “muy ricas”, con 114 mil 997 adultos que —en 2010— contaban con una riqueza mayor a un millón de dólares, lo que coloca al país por arriba de Dinamarca, Finlandia y Hong Kong.8 La pobreza Si miramos la otra parte de nuestra realidad encontraremos que, de acuerdo al Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL) —organismo público descentralizado de la Administración Pública Federal encargado de evaluar el nivel de pobreza en México—, 81% de la población en 2010 era pobre o vulnerable, es decir tenía una o más carencias sociales.9 El CONEVAL mide la pobreza de manera multidimensional, esto es a partir de seis indicadores de carencia social: alimentación, educación, salud, seguridad social, calidad de la vivienda y servicios básicos en la vivienda. La población pobre o vulnerable en México tuvo, en promedio, 2.3 carencias sociales. Si analizamos con mayor detalle la alimentación, por ejemplo, de acuerdo con el CONEVAL, 25% de la población tuvo en 2010 inseguridad alimentaria, es decir, sufrió la falta de alimento o tuvo poco alimento y de baja calidad, y por lo tanto llegó a experimentar hambre.10 A pesar de ello, la Organiza­ción Mundial para la Agri­cultura y la Alimentación (FAO, por su siglas en inglés) muestra en su informe “El estado de la inseguridad alimentaria en el mundo 2011” que el nivel de personas desnutridas en México es “estadísticamente no significativo”.11 Si bien el concepto de desnutrición es distinto al de inseguridad alimentaria (la FAO define la desnutrición como “la ingesta de alimentos que no permite cubrir las necesidades energéticas mínimas”12), me parece que México sí debería estar incluido en esta lista. Si asumimos que la población con inseguridad alimentaria, de acuerdo con el coneval, no logra cubrir las necesidades energéticas mínimas y, por lo tanto, está desnutrida, México ocuparía el séptimo lugar con mayor número de personas con hambre en el mundo y el lugar número 27 en cuanto al porcentaje de personas que sufre este flagelo, empatado con Botswana, Camboya, Madagascar y Pakistán.13 La desigualdad en el ingreso Preguntar a las familias sobre su ingreso no es una tarea sencilla. Muchas de ellas, en especial aquellas se ubican en los sectores altos, no divulgan el monto de sus percepciones por temor a las autoridades hacendarias o por seguridad personal. Por ello, es muy probable que las encuestas que miden el ingreso familiar tenga un subregistro, es decir que se declaren menos ingresos de los que realmente se perciben. A partir de 1983 el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI) ha levantado la “Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares” (ENIGH), en los años de 1983-1984 y desde 1992 cada dos años, con excepción de 2005, cuando por razones del calendario político en México se levantó una de ellas de manera extraordinaria. La última ENIGH disponible es la de 2010.14 De acuerdo con los resultados arrojados por la ENIGH de 2010,15 el promedio de ingreso mensual por familia en México era de 12 mil 163 pesos. Si distribuimos a todas las familias mexicanas en 10 grupos iguales, ordenadas según su ingreso desde las que menos percibieron hasta las que más percibieron —lo que se conoce como “ordenar por deciles”—, tenemos que el 10% más pobre, es decir el primer decil, tuvo una percepción media de 2 mil 149 pesos mensuales. En el otro extremo, el 10% de las familias más ricas —el decil más alto— tuvo una percepción promedio de 41 mil 927 pesos mensuales, casi 20 veces más que los más pobres. Entre los países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), México es el que revela la mayor distancia entre las familias que menos ganan y las que más ganan, por arriba de Chile, Israel, Turquía y Estados Unidos. México es un país muy desigual en materia de ingresos.16 Si dividimos al 10% de las familias más ricas en 10 grupos de igual tamaño, es decir, si desglosamos al decil más alto y obtenemos centiles, tenemos que el 1% de las familias más ricas del país, poco más de 290 mil, tuvieron en 2010 un ingreso mensual de 101 mil 217 pesos, esto es, 47 veces más que el 10% más pobre (ver Cuadro 1). Estas cifras ya nos muestran una desigualdad importante; no obstante, antes de derivar más conclusiones, debemos preguntarnos: ¿es correcto el monto de ingreso promedio de las familias más ricas de México? De acuerdo al Manual de percepciones de los servidores públicos de las dependencias y entidades de la Administración Pública Federal, publicado por la Secretaría de Hacienda y Crédito Público el 31 de mayo de 2010 en el Diario Oficial de la Federación, los directores de área podían tener una percepción ordinaria bruta (sueldo base más compensación garantizada) de entre 47 mil 974 y 95 mil 355 pesos al mes. Por arriba de este puesto se ubican los directores generales y coordinadores generales, jefes de unidad, oficiales mayores, subsecretarios y secretarios de Estado, cuyo rango de sueldo va de los 85 mil 889 a los 205 mil 222 pesos mensuales.17 Sin embargo, de acuerdo a los datos originales de la ENIGH 2010, el ingreso mensual promedio de los hogares cuyo jefe de familia era “alta autoridad del sector público o privado”, fue de 44 mil 192 pesos mensuales. En el sector privado, los sueldos de las altas autoridades son aún mayores. De acuerdo al Informe anual de gobierno corporativo 2010 del Banco BBVA, la percepción media que recibió cada uno de sus principales altos directivos durante el año 2010 fue de 2.5 millones de pesos mensuales. Entre ellos se encuentra el director general de bbva Bancomer de México.18 No obstante, su principal competidor tuvo un ingreso mucho mayor: el director general para México y Latinoamérica de Citigroup percibió, en el mismo año, un sueldo de 570 mil pesos mensuales, más una compensación variable anual por 7 millones 450 mil dólares19, es decir, en total percibió 8.3 millones de pesos mensuales.20 La diferencia entre el ingreso del director general de este grupo financiero y el de un cajero es de 1 a 3 mil 260, una distancia fuera de toda proporción y que raya en la inmoralidad. Todo parece indicar que las cifras de la ENIGH presentan un subregistro que debe corregirse. A esta conclusión llegaron tanto Ifigenia Martínez de Navarrete en los años cincuenta y sesenta, como Oscar Altimir en las décadas de los sesenta y setenta.21 Las cifras del ingreso corregidas por subenumeración Podemos conocer el nivel de subregistro si comparamos el ingreso que reportan las familias en la ENIGH con el ingreso que contabiliza el Sistema de Cuentas Nacionales de México. Después de contrastar las dos fuentes de información, entre 1994 y 2010 se observa un importante subregistro, que se incrementa año con año. En 2010, por ejemplo, por cada peso declarado por familia en la ENIGH, el Sistema de Cuentas Nacional registró 2.17 pesos.22 Si corregimos el ingreso de las familias de la ENIGH, bajo el supuesto de que el subregistro depende del nivel de ingreso —es decir, las familias más ricas no declaran la totalidad de lo ganado, como hemos visto—, la desigualdad aumenta. El ingreso del 10% de las familias más ricas crece de 41 mil 927 a 141 mil 100 pesos mensuales, lo que representa 66 veces más que el del 10% más pobre; y el ingreso del 1% más rico, es decir las 290 mil 613 familias más ricas de México, aumenta de 101 mil 217 a 359 mil 594 pesos mensuales (167 veces más que el ingreso del 10% más pobre). Los hogares cuyo jefe de familia es un alto directivo de gobierno o de una empresa privada perciben, una vez hecho el ajuste, 131 mil 215 pesos mensuales, en lugar de 44 mil 192 pesos mensuales (cifra original de la enigh, sin ajuste). Los sueldos ajustados son más creíbles. Si analizamos la desigualdad global con las cifras corregidas por subregistro de las encuestas que se han levantado en México desde 1950 —tanto las de Ifigenia Martínez y Oscar Altimir como las estimadas por el autor—, la tendencia es clara: somos un país con una fuerte desigualdad, que aumenta año con año. El coeficiente de Gini23 se incrementa del 0.50-0.53 de los años cincuenta al 0.58-0.60 de los años sesenta, y llega al rango de 0.62-0.64 en los años ochenta. No obstante, continúa aumentando para ascender al rango 0.61-0.65 en los noventa y llega al registro récord de 0.62-0.65 en los primeros años del siglo XXI (ver Cuadro 2). ¿Por qué tenemos una desigualdad tan alta? La desigualdad se amplía en México por el incremento en el ingreso del 30% más rico, que suma 8.7 millones de familias. Los ingresos de este grupo representaron, en 2010, 83% del total.24 El resto de la población no solo tiene cada vez una menor participación en la economía nacional; los pesos que gana le alcanzan para menos bienes y servicios cada año. En los últimos años, la población ha sufrido en México al menos tres efectos: (1) el empleo precario, (2) la pérdida del poder adquisitivo, y (3) la eliminación de los subsidios. El empleo precario A partir de los años noventa, los empleos formales se tornaron cada vez más precarios. Con el propósito de competir y obtener una ganancia cada vez mayor, muchas de las empresas han tomado una serie de medidas: 1. Despedir a la población adulta que ha acumulado antigüedad y, por lo tanto, prestaciones; 2. Reducir prestaciones y/o incorporarlas al sueldo, como en el caso de los empleados bancarios, cuyas prestaciones fueron incorporadas al sueldo, lo que provocó un beneficio temporal que se perdió cuando los grupos financieros comenzaron a despedir a los adultos y a contratar en su lugar a jóvenes con un sueldo bajo; 3. Contratar personal “barato” bajo el esquema de outsourcing; 4. Reducir la proporción de gerencia media, así como puestos de apoyo, conocidos como staff, ocupados –en su mayoría– por profesionistas. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo, tres millones de personas perdieron el empleo en 2009; de ellos, 2.6 millones fueron víctimas de recortes de personal o su trabajo temporal terminó25 (ver Cuadro 3). En cuanto a la disminución de prestaciones, de acuerdo con la enigh 2010, 51.4% de la población que trabaja para otro no tiene ningún apoyo por parte del patrón, y prácticamente la totalidad de quienes trabajan por su cuenta no tiene prestaciones. El impacto en el ingreso es directo: si no tengo seguro médico y enfermo debo pagar mi tratamiento. Si soy madre y trabajo fuera de casa, y la organización para la cual laboro no me ofrece una guardería, debo pagar una. Si carezco de una ayuda para despensa, debo destinar una mayor proporción de mi ingreso a la alimentación. En la medida en que se propongan reglas laborales que tengan como propósito abaratar la fuerza de trabajo, la situación se agravará. Poder adquisitivo La población ha sufrido, desde mediados de los años ochenta, la pérdida de poder adquisitivo. En el año de 1976 el salario mínimo era de 6 mil 500 pesos, si traemos su valor a pesos actuales.26 Para 2011 había bajado a mil 766 pesos, una pérdida de 73%. Si bien no todo el personal ocupado percibe el salario mínimo, su aumento es un parámetro que rige el crecimiento de otros salarios. El salario medio industrial, por ejemplo, ha sufrido también una pérdida, aunque ligeramente menor. Buena parte de la estrategia económica de los últimos años ha dependido de mantener el crecimiento de los salarios por debajo del aumento de los precios. A diferencia de los años sesenta y setenta, cuando la meta era crecimiento y empleo, ahora se tiene como objetivo la reducción del gasto público y de la inflación (ver Gráfica 2). Reducción de subsidios La eliminación o reducción de subsidios afecta de manera directa e indirecta. Su impacto es indirecto cuando el gobierno reduce los montos de gasto e inversión y, por lo tanto, las familias deben aportar dinero directamente. Por ejemplo, la inversión en educación superior no ha crecido lo suficiente como para cubrir la demanda. Por ello, muchas familias deben destinar ahora parte de su ingreso al pago de una institución de educación superior privada. Todo esto se refleja claramente en la estadística. De acuerdo con la Secretaría de Educación Pública, en el ciclo escolar 1980-1981 había 892 escuelas de educación superior (normal, licenciatura y posgrado), de las cuales 70% eran públicas. 30 años después, en el ciclo escolar 2010-2011, las escuelas privadas son mayoría: representan 55% del total de instituciones. De las 6 mil 289 instituciones de educación superior del ciclo 2010-2011, 3 mil 481 son privadas y educan a 804 mil alumnos.27 En 2011, 21.5% de la inversión que se realizó en educación de todos los niveles provino del sector privado; 30 años atrás, en 1980, esta proporción era de tan solo 6.9%.28 El 7% del PIB de actividades terciarias (comercio y servicio) es generado por los servicios educativos de particulares.29 En materia de salud ha sucedido algo similar. Como producto de la precarización en el trabajo, tan solo 39% de las personas con 12 años o más de edad está afiliado o inscrito para recibir atención médica de parte de alguna institución pública, de acuerdo a la ENIGH 2010; el resto debe acudir al Seguro Popular (que solo es gratuito para el 40% más pobre) o pagar por su cuenta la atención privada. De hecho, de acuerdo con la misma encuesta, 40% de las personas manifestaron que cuando tienen un problema de salud, acude a una clínica o farmacia privada o se automedican. La eliminación de subsidios también afecta de manera directa a la población. A partir de los años noventa se han retirado, poco a poco, los subsidios al pago de la energía eléctrica, el predial, el agua y la gasolina, entre otros bienes y servicios que otorga el gobierno. La telefonía que antes era pública y con tarifas bajas, ahora es una de las más caras del mundo, de acuerdo a la OCDE.30 En síntesis, no solo el ingreso se ha concentrado en unos cuantos, sino que además las familias de los sectores medios y bajos deben pagar bienes y servicios que antes les otorgaba la empresa por medio de prestaciones o el gobierno de manera gratuita. Tienen un menor poder adquisitivo y deben gastar más por los mismos bienes y servicios que antes recibían. _________________________________ 1 El producto interno bruto (PIB) es el valor de los bienes y servicios que produce una nación en un periodo determinado. 2 Datos del Banco Mundial, consultados el 16 de marzo de 2012: . 3 Population Division, “World Population Prospects, the 2010 Revision”, consultada el 16 de marzo de 2012: . 4 Si bien México tuvo una ligera caída en este indicador, por la crisis mundial de 2008, registró una recuperación en 2010, para llegar a 9 mil 123 dólares por persona. Datos del Banco Mundial, consultados el 16 de marzo de 2012: . 5 Revista Forbes, consultad el 16 de arzo de 2012: . 6 Si bien Alemania tiene siete millonarios en la lista Forbes, la suma de su riqueza representa 6% del total. 7 Para el autor, el concepto de riqueza considera tanto los activos financieros como los no financieros (no así la deuda) que tienen las personas mayores de 20 años de una familia. Acepta que su estimación es más complicada, ya que muy pocos países tienen la estadística necesaria para su cálculo. El estudio de la riqueza es relevante ya que el ingreso de las personas se genera a partir tanto de capital humano, como de sus activos. La riqueza se hereda y se convierte, para algunos, en su destino. Los hijos de las familias con mayor riqueza tienen más oportunidades que los hijos de familias con menos activos. Ante una situación difícil, por ejemplo la pérdida de empleo del principal proveedor del hogar o una enfermedad grave, el dinero ahorrado y las inversiones son de gran ayuda. 8 “Credit Suisse Global Wealth Databook 2010”, Credit Suisse Research Institute, Suiza, octubre de 2010, pp. 88 y 93. 9 Este porcentaje incluye a la población, que si bien tenía cubiertas sus necesidades, ganó menos de 2 mil 114 pesos, así como a las personas que vivían en una zona urbana, o tenían un ingreso menor a los 978 pesos, o si vivían en una zona rural. 10 Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL), “Informe de Evaluación de la Política de Desarrollo Social en México 2011”, México, 2012, cuadro 2.1, p. 21. 11 Es decir, la proporción de las personas desnutridas se ubicó por abajo del 5% de la población total. 12 De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), “la necesidad mínima diaria de energía es de unas mil 800 kcal por persona. La necesidad exacta viene determinada por la edad, tamaño corporal, nivel de actividad y condiciones fisiológicas específicas: enfermedades, infecciones, embarazo o lactancia”. 13 Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, “El estado de la inseguridad alimentaria en el mundo 2011”, en ¿Cómo afecta la volatilidad de los precios internacionales a las economías nacionales y la seguridad alimentaria?, Roma, 2011, pp. 50-53. 14 En 1956 y 1958 la Dirección General de Estadística levantó las encuestas de “Ingreso y egresos de la población en México”, y en 1960 la encuesta “Las 16 ciudades de la República Mexicana, ingresos y egresos familiares”. En 1963 y 1968 el Banco de México llevó a cabo las encuestas de “Ingresos y gastos familiares”. Durante el periodo de 1969-1970 la Dirección General de Estadística realizó la encuesta “Ingresos y gastos de la República Mexicana” y en 1977 la “Encuesta Nacional de Ingreso-Gasto de los Hogares”. 15 Los resultados que se muestran de la “Encuesta de Ingresos y Gastos de los Hogares” se obtuvieron a partir de la descarga de archivos de la página del INEGI en la sección dedicada a dicha encuesta bajo el rubro “Microdatos de la muestra”. Estos datos fueron trabajados estadísticamente por el autor: . 16 “Divided We Stand: Why Inequality Keeps Rising”, OECD, 2011, p. 45. . 17 “Acuerdo mediante el cual se expide el Manual de Percepciones de los Servidores Públicos de las Dependencias y Entidades de la Administración Pública Federal”, Diario Oficial de la Federación, anexo 3a, SHCP, lunes 31 de mayo de 2010. 18 Banco Bilbao Vizcaya Argentaria, S.A., “Informe anual de gobierno corporativo 2010”, pp. 17 y 18, consultado en la página de internet el 16 de marzo de 2012: . 19 El pago se repartió en los 12 meses de 2011. 20 Citigroup, Proxy Statement 2010, pp. 55 y 56, consultado el 16 de marzo del 2012: . 21 Véase Ifigenia Martínez de Navarrete, “La distribución del ingreso en México. Tendencias y perspectivas”, El perfil de México en 1980, 2a edición, editorial Siglo XXI, México, 1982. pp. 17-71; y Oscar Altimir, “La distribución del ingreso en México”, Distribución del ingreso en México: Ensayos, tomo I, documento no. 37, Banco de México, México, 1982, pp. 15-95. El banco Credit Suisse también ajusta la información en su reporte sobre la riqueza en el mundo, consciente de que de no hacerlo prácticamente no tendría mercado en muchos países, entre ellos México. 22 En La desigualdad y la clase media en México, un libro de próxima aparición, Carlos McCadden Martínez explica con mayor detalle la justificación y los cálculos específicos para llevar a cabo el ajuste a las cifras de las ENIGH. 23 Medida de desigualdad propuesta por el científico social Corrado Gini en 1912, que va de 0 a 1. A medida que el valor se aproxima a 0, la sociedad tiene igualdad en sus ingresos. Por el contrario, a medida que el índice se aproxima a 1, la distribución presenta una mayor concentración en el ingreso. 24 Si nos vamos a la cúspide de la pirámide, 1% de las familias más ricas, poco más de 290 mil, obtiene 13.7% del ingreso de todos los hogares. 25 Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo, consultada el 14 de marzo de 2012: . 26 Se deflactó el monto del salario mínimo con el índice de precios al mayoreo de 1934 a 1969, y con el índice de precios al consumidor para el periodo de 1970 a 2011, según el Banco de México. 27 SEP, “Estadística Histórica del Sistema Educativo Nacional”, consultada el 16 de marzo del 2012: . 28 Felipe Calderón, “Quinto Informe de Gobierno”, Anexo Estadístico, Gobierno de los Estados Unidos Mexicanos, Presidencia de la República, México, 2011, p. 322. 29 Ibídem, pp. 97-99. 30 “Perspectivas OCDE: México, reformas para el cambio”, OCDE, 2012, p.45. ______________________________________ MIGUEL DEL CASTILLO NEGRETE ROVIRA es profesor del Departamento Académico de Estudios Generales del Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) y profesor visitante en la Universidad Autónoma Metropolitana Iztapalapa.

La economía mexicana del siglo xx: entre milagros y crisis (85.726)
Francisco Suárez Dávila es ex Representante de Mé­xi­co an­te la ocde, es profesor invitado de la Uni­ver­si­dad Ibe­roa­me­ri­ca­na. El si­glo xx eco­nó­mi­co A fin de es­tu­diar el si­glo xx me­xi­ca­no en ma­te­ria de eco­no­mía, po­de­mos di­vi­dir la his­to­ria en sie­te pe­rio­dos. El pun­to de par­ti­da es 1910, el ini­cio de la Re­vo­lu­ción Me­xi­ca­na, pe­ro pa­ra en­ten­der ese mo­men­to hay que con­si­de­rar el por­fi­ria­to co­mo el pri­mer pe­rio­do de cre­ci­mien­to sos­te­ni­do. El por­fi­ria­to sien­ta las ba­ses del de­sa­rro­llo mo­der­no. Hay cre­ci­mien­to con de­si­gual­dad de 1876 a 1910. El pe­rio­do que va de la Re­vo­lu­ción has­ta la Gran De­pre­sión de 1929 es el de la crea­ción de un nue­vo or­den ins­ti­tu­cio­nal sin cre­ci­mien­to. El ter­ce­ro es el car­de­nis­mo, un pe­rio­do de de­sa­rro­llo con trans­for­ma­ción so­cial que ins­tau­ra el pro­yec­to de país propuesto en la Cons­ti­tu­ción de 1917. El cuar­to pe­rio­do es el del de­sa­rro­llis­mo, la fa­se más exi­to­sa del país en lo económico. Hay cre­ci­mien­to e in­dus­tria­li­za­ción ace­le­ra­dos, ini­cial­men­te con in­fla­ción mo­de­ra­da, lue­go con es­ta­bi­li­dad. En un quin­to pe­rio­do vemos in­ten­tos fa­lli­dos por su­pe­rar las de­fi­cien­cias del mo­de­lo y sus ele­men­tos de ago­ta­mien­to, y de en­con­trar uno nue­vo. Aun­que fu­gaz­men­te, con el au­ge del pe­tró­leo sí se pro­du­ce el cre­ci­mien­to más rá­pi­do de nues­tra his­to­ria, pe­ro sin es­ta­bi­li­dad. So­bre­vie­nen las cri­sis. A par­tir de 1982 se ini­cia una nue­va fa­se de in­ten­tos de trans­for­ma­ción por me­dio de re­for­mas es­truc­tu­ra­les, al­gu­nas exi­to­sas, otras fa­lli­das, que van has­ta 1994. Fi­nal­men­te, en­tra­mos en una eta­pa de es­ta­bi­li­dad sin cre­ci­mien­to: el pe­rio­do del es­tan­ca­mien­to es­ta­bi­li­za­dor que va de 2000 a 2009. Des­de su in­de­pen­den­cia, Mé­xi­co ha co­no­ci­do dos pe­rio­dos de cre­ci­mien­to eco­nó­mi­co rá­pi­do y sos­te­ni­do. El más exi­to­so y más du­ra­de­ro fue el de­sa­rro­llis­mo (1934-1970). El se­gun­do es el por­fi­ria­to (1876-1910). El pri­me­ro no al­can­zó una ra­zo­na­ble dis­tri­bu­ción del in­gre­so. El se­gun­do no aba­tió los re­za­gos so­cia­les que a la pos­tre sig­ni­fi­ca­rían su caí­da. Hay dos pe­rio­dos de re­cons­truc­ción ins­ti­tu­cio­nal. El más im­por­tan­te va des­de el fin de la fa­se más in­ten­sa de la lu­cha ar­ma­da y el ini­cio de la di­nas­tía de Obre­gón y Ca­lles has­ta la Gran De­pre­sión. El otro es la ad­mi­nis­tra­ción de Mi­guel de la Ma­drid, que des­pués del es­ta­lli­do de la cri­sis de la deu­da y la na­cio­na­li­za­ción ban­ca­ria de 1982, ini­cia la fase de re­for­mas es­truc­tu­ra­les. Hay dos gran­des re­for­mis­tas: Cár­de­nas, quien da ca­bal vi­gen­cia al pro­yec­to de la Cons­ti­tu­ción de 1917, y Sa­li­nas, que ace­le­ra las re­for­mas es­truc­tu­ra­les de orien­ta­ción neo­li­be­ral, al­gu­nas exi­to­sas y otras fallidas. Hay dos mo­de­los orien­ta­dos ha­cia el sec­tor ex­ter­no: el por­fi­ria­to y el eje­cu­ta­do por Sa­li­nas y Ze­di­llo. El de­sa­rro­llis­mo se orien­tó prin­ci­pal­men­te al for­ta­le­ci­mien­to del mer­ca­do in­ter­no. El mo­de­lo “es­ta­tis­ta” de Eche­ve­rría y Ló­pez Por­ti­llo se orien­tó al mer­ca­do in­ter­no pe­ro fra­ca­só. A par­tir de 1996 Mé­xi­co al­can­za un pe­rio­do de re­la­ti­va es­ta­bi­li­dad ma­croe­co­nó­mi­ca. Pa­ra sos­te­ner su pa­so exi­to­so, el de­sa­rro­llis­mo re­que­ría com­ple­men­tar­se con la orien­ta­ción ha­cia la ex­por­ta­ción que si­guie­ron los asiá­ti­cos a par­tir de 1970. Eche­ve­rría hi­zo un buen diag­nós­ti­co pe­ro fue in­ca­paz de orien­tar de­bi­da­men­te las po­lí­ti­cas. Ló­pez Por­ti­llo pu­do ha­ber cam­bia­do la his­to­ria si en 1981 ajus­ta la eco­no­mía co­mo lo hi­cie­ron los paí­ses in­dus­tria­les, ba­ja el pre­cio del pe­tró­leo, de­va­lúa a tiem­po y apli­ca po­lí­ti­cas com­ple­men­ta­rias ade­cua­das. Sa­li­nas rea­li­zó mal la li­be­ra­li­za­ción ban­ca­ria, no fre­nó la bur­bu­ja cre­di­ti­cia ni for­ta­le­ció la re­gu­la­ción y la su­per­vi­sión ban­ca­rias. Fue el res­pon­sa­ble de la cri­sis de 94, mal ma­ne­ja­da tam­bién por Ze­di­llo. El pe­rio­do pos­te­rior a 2000 se ha con­cen­tra­do en los me­dios —la es­ta­bi­li­dad ma­croe­co­nó­mi­ca— y ha ol­vi­da­do los fi­nes. La cri­sis de 2009 y el ago­ta­mien­to del mo­de­lo de de­sa­rro­llo ac­tual La gran re­ce­sión de 2009 mues­tra las se­ña­les de ago­ta­mien­to del mo­de­lo de de­sa­rro­llo y la po­lí­ti­ca ac­tuales de Mé­xi­co: Nues­tro mo­de­lo de ex­por­ta­cio­nes su­po­ne una excesiva de­pen­den­cia de la eco­no­mía de Es­ta­dos Uni­dos y no ha es­ta­do acom­pa­ña­do de me­di­das com­ple­men­ta­rias in­ter­nas y ex­ter­nas. La in­ver­sión ex­tran­je­ra ha de­ja­do de orien­tar­se a la crea­ción de nue­vas ca­pa­ci­dades in­dus­triales con avan­ce tec­no­ló­gi­co. Los flu­jos de in­ver­sión a Mé­xi­co tam­bién dis­mi­nu­yen con res­pec­to a los paí­ses emer­gen­tes más di­ná­mi­cos. El país ha su­fri­do una caí­da de la pro­duc­ción in­dus­trial y ma­nu­fac­tu­re­ra del 3% del pib. Los por­cen­ta­jes de im­por­ta­ción de mu­chos pro­duc­tos agrí­co­las han au­men­ta­do. Se ha pri­vi­le­gia­do el equi­li­brio de las fi­nan­zas pú­bli­cas y la es­ta­bi­li­dad de pre­cios so­bre el ob­je­ti­vo del cre­ci­mien­to. El gas­to co­rrien­te ex­ce­de a los in­gre­sos tri­bu­ta­rios en 40 por cien­to. La re­cau­da­ción fis­cal de­pen­de en 40% de los vo­lá­ti­les in­gre­sos pe­tro­le­ros. Mé­xi­co tie­ne uno de los más ba­jos coe­fi­cien­tes tri­bu­ta­rios del mun­do y un gas­to pú­bli­co muy ba­jo y de­fi­cien­te. La ex­plo­ta­ción irres­pon­sa­ble de ya­ci­mien­tos sig­ni­fi­có un de­te­rio­ro pre­ma­tu­ro de nues­tro ba­lan­ce ener­gé­ti­co y la caí­da de la pro­duc­ción y las re­ser­vas. Mé­xi­co avan­zó con cier­ta ra­pi­dez en el sis­te­ma de des­cen­tra­li­za­ción fis­cal ha­cia un “nue­vo fe­de­ra­lis­mo”. Hoy en día, sin em­bar­go, a ni­vel es­ta­tal hay ma­yor des­pil­fa­rro y una me­nor trans­pa­ren­cia que a ni­vel fe­de­ral. La evo­lu­ción de la es­truc­tu­ra de go­bier­no ha si­do muy ne­ga­ti­va. El sis­te­ma fi­nan­cie­ro, de pro­pie­dad ex­tran­je­ra en más de 80%, no ha con­tri­bui­do al de­sa­rro­llo eco­nó­mi­co del país des­de 1994. El fi­nan­cia­mien­to se ha con­cen­tra­do en el cré­di­to al con­su­mo y el hi­po­te­ca­rio fo­men­ta la ac­ti­vi­dad pro­duc­ti­va en me­nos de 20% del pib. Han pro­li­fe­ra­do los in­ter­me­dia­rios fi­nan­cie­ros no ban­ca­rios, que es­tán in­su­fi­cien­te­men­te re­gu­la­dos y ha­cen vul­ne­ra­ble al sis­te­ma. Se de­bi­li­tó la ban­ca de de­sa­rro­llo. Ca­re­ce­mos de una po­lí­ti­ca so­cial efi­caz. El gas­to so­cial no se ha tra­du­ci­do en una re­duc­ción de la de­si­gual­dad en­tre per­so­nas y re­gio­nes, y en mu­chos ca­sos tie­ne un ca­rác­ter re­gre­si­vo. Sin em­bar­go, la ma­ni­fes­ta­ción más evi­den­te del fra­ca­so de nues­tro mo­de­lo de de­sa­rro­llo es la no­to­ria in­ca­pa­ci­dad pa­ra cre­cer. El cre­ci­mien­to me­xi­ca­no des­de la cri­sis de 1982 es de al­re­de­dor de 2% anual en pro­me­dio. La agen­da pen­dien­te pa­ra el si­glo xxi El re­co­rri­do por la his­to­ria del si­glo xx mexicano da al­gu­nas pis­tas de lo que pue­de ser la agen­da pen­dien­te pa­ra el si­glo xxi del país. Al­gu­nas ideas: Mé­xi­co re­quie­re de un plan es­tra­té­gi­co de lar­go pla­zo, con­sen­sua­do en­tre go­bier­no y so­cie­dad y que de­fi­na un nue­vo mo­de­lo de de­sa­rro­llo. Es in­dis­pen­sa­ble una re­for­ma fis­cal de fon­do. És­ta de­be li­gar­se a una re­for­ma al ré­gi­men de se­gu­ri­dad so­cial. La po­lí­ti­ca so­cial de­be ser re­vi­sa­da. El Es­ta­do Me­xi­ca­no re­quie­re una ver­da­de­ra rein­ven­ción del go­bier­no. Se de­ben ar­ti­cu­lar po­lí­ti­cas in­dus­tria­les y re­gio­na­les mo­der­nas. Se re­quie­re de un im­pul­so efi­caz a la in­fraes­truc­tu­ra. El sec­tor ener­gé­ti­co de­be ser una pa­lan­ca del de­sa­rro­llo na­cio­nal. Cos­to­sa e ine­fi­cien­te, la po­lí­ti­ca agrí­co­la de­be re­no­var­se. Son ne­ce­sa­rias po­lí­ti­cas ge­ne­ra­les pa­ra que el sis­te­ma ban­ca­rio in­cre­men­te su fi­nan­cia­mien­to a la ac­ti­vi­dad pro­duc­ti­va, in­dus­trial y agro­pe­cua­ria. Las te­le­co­mu­ni­ca­cio­nes son una asig­na­tu­ra pen­dien­te fun­da­men­tal y que pue­de traer im­por­tan­tes co­rrien­tes de in­ver­sión ex­tran­je­ra. La edu­ca­ción, la cien­cia y la tec­no­lo­gía son áreas de no­to­rio atra­so. La re­la­ción con Es­ta­dos Uni­dos y Ca­na­dá de­be re­plan­tear­se. De "Tres miradas a cien años de la Revolución": La oportunidad del Bicentenario por Federico Reyes Heroles La justicia prometida por José Ramón Cossío

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