Lunes, 21 Octubre 2019
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De estudiantes indignados a ciudadanos comprometidos
Este País | Lo Que Sí Podemos Hacer | María Luisa Aspe Armella | 01.03.2015 | 2 Comentarios

©iStockphoto.com/cienpies

Desde la academia también se hace ciudadanía. Sobre todo cuando la investigación y el magisterio se traducen en propuestas y el trabajo de campo amplía la comprensión de los problemas.

Recibí en la familia, como muchos de mi generación, una certeza que con el tiempo se tornó en convicción: la responsabilidad social, más que una opción, es una obligación. Tal certeza, de raigambre cristiana en mi caso, me llevó con el tiempo a buscar y conocer —no sin contradicciones— la realidad de pobreza y exclusión de la que sabía tan poco.

Después de una serie de experiencias de ayuda social de corte asistencialista fui a dar a Chiapas con el fin expreso de coordinar un proyecto de investigación sobre la relación de la desigualdad social y la conflictividad agraria en la región de los Altos. El proyecto académico muy pronto se vio rebasado por la complejidad de un fenómeno social a punto de estallar. Eran los primeros años de la década de los noventa del siglo pasado. Todavía recuerdo la frase que le escuché entonces a Samuel Ruiz, obispo de San Cristóbal de las Casas, y que aun hoy resuena con fuerza: “La injusticia radicaliza, no puede ser de otra manera”.

Constaté de primera mano, junto con mis jóvenes estudiantes, lo que tiempo atrás solo había leído de los teólogos: toda búsqueda auténtica de justicia comienza por la indignación. Chiapas ofrecía ejemplos de sobra de abusos cotidianos, nuevos y ancestrales, para indignarse.

De esta experiencia obtuve catarsis y dudas, pero sobre todo una directriz para lo que hago actualmente. La reflexión permite un distanciamiento crítico del objeto, mientras que el contacto con la realidad sensibiliza, crea solidaridades insospechadas, descubre lo humano aun en situaciones inhumanas. El trabajar con jóvenes universitarios más allá del aula, los libros, teniendo un contacto directo con la vida, me permitió armonizar un trabajo de investigación difícil y necesario. Sin quitar razón a la frase “la injusticia radicaliza”, supe que era imprescindible hallar caminos de construcción de la justicia que no transiten por la radicalización y la violencia.

Como historiadora, me he especializado en el México contemporáneo. Este objeto de estudio ha sido mi plataforma para indagar sobre los problemas sociales que pueblan nuestro día a día. El análisis histórico aporta densidad a la explicación de los procesos y en no pocas ocasiones nos sorprende al constatar que lo que creíamos nuevo, inédito, no lo es tanto. Las catástrofes tienden a repetirse. O al menos sus síntomas más graves.

Hace unos años fui contactada, junto a otros académicos, por un grupo de estudiantes de distintas universidades públicas y privadas, con el fin de abrir un espacio de reflexión académica que derivara en propuestas de acción social frente a los problemas más urgentes de México: la violencia desatada por la guerra contra el narcotráfico, la incertidumbre de los jóvenes ante un futuro profesional y laboral cada vez más competido, lo poco que vale la vida en nuestro país… Desde el principio propusimos analizar no solo las penurias de nuestra historia, sino también aquellas experiencias paradigmáticas que demuestran que, pese a todo, la resistencia por vías de paz se abre paso entre la corrupción y la impunidad. Había que rescatar para nuestra mala memoria las buenas prácticas generadoras de ciudadanía, creatividad y esperanza. La reflexión se ha visto cruzada por el surgimiento de iniciativas de este tipo: el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, los movimientos 131 y 132, y el movimiento de solidaridad con los desaparecidos de Ayotzinapa.

El proyecto que surgió de manera casi fortuita como espacio de libertad, flexible y mantenido con reglas mínimas (asignación de lecturas, preparación de reportes y el compromiso de exponer en un plano de horizontalidad, con entrada y salida de miembros y sesiones quincenales de dos horas), se ha convertido con el tiempo en el lugar para compartir la frustración frente a la vida pública, delinear cauces de participación, profundizar en el análisis de las muchas aristas de las encrucijadas actuales, acompañar y confrontar las propias certezas.

Tras uno o dos años, los estudiantes migran de manera casi natural de este espacio a la realidad. La mayoría está involucrada en iniciativas de acción social organizada, particularmente de corte ciudadano: estudiantes de derecho que colaboran pro bono con organizaciones civiles de derechos humanos; comunicólogos que asesoran a organizaciones de la sociedad civil en temas de difusión y páginas web; administradores que ayudan a “meter orden” en el manejo de recursos económicos de asociaciones sociales incipientes; politólogos e historiadores que colaboran con las redes seculares y de la Iglesia católica en la atención al migrante y la defensa de sus derechos; otros que han mudado su residencia temporalmente a Chiapas y Oaxaca para trabajar en organizaciones agroecológicas; algunos que incluso han replicado este modelo en otros ámbitos y niveles y con sus propios alumnos.

Lo que se busca, idealmente, es que dos veces al año los integrantes participen en alguna experiencia social sobre las temáticas analizadas previamente (indígenas, migrantes, jóvenes en situación de calle, etcétera), con tal de no aislarse únicamente en la palabra.

El encontronazo con una realidad adversa que huele y sabe mal resulta tan doloroso que no es raro que derive en un miedo que paraliza o en furia, para aterrizar estrepitosamente en la impotencia.

La invitación, más que a sumarse a este espacio, es a replicarlo en preparatorias y universidades. Nos parece que se trata de un ejercicio auténticamente ciudadano, un medio más que un fin: capacitar para convivir con lo diverso; argumentar más que descalificar; defender las propias posturas o modificarlas tras la reflexión y el diálogo respetuoso; profundizar en el conocimiento de aquello que importa, más allá de nuestro horizonte familiar y social inmediato; convivir por unos días o semanas con otros, en contextos de marginalidad y carencias, para formular después propuestas aterrizadas, concretas, intelectualmente sólidas y socialmente responsables…

De la indignación al rencor existe una delgada línea que no se debe cruzar. Ahí radica en última instancia nuestra apuesta de reflexión, diálogo y acompañamiento. Después de indignarse por la circunstancia de quienes sufren, por la corrupción e impunidad que campean en la vida pública, hay que dar lugar a la empatía y la reflexión necesarias para generar propuestas viables y portadoras de esperanza. Esperanza que es, de todos los bienes, el más escaso en estos momentos de la vida de México. 

_____

MARÍA LUISA ASPE ARMELLA estudió historia. Es académica de tiempo completo en el Departamento de Historia de la Universidad Iberoamericana.

2 Respuestas para “De estudiantes indignados a ciudadanos comprometidos
  1. Liliana Fernández dice:

    Uno de los mejores y mas contundentes artículos que he leido en esta columna … en contenido, forma y significado …. He seguido esta columna desde su inicio y me parece un espacio valiosisimo para compartir experiencias que me han llevado como lector a identificar en que espacio si quepo, que si puedo hacer .

    ” capacidad para convivir en lo diverso, argumentar mas que descalificar , defender las propias posturas etc …. este parrafo de el artículo me ha dado un mensaje poderosismo que traducido a la accion .. a mi accion , abre una ventana enorme de posibilidad.

    Felicito esta columna y en lo particular aplaudo con fuerza ,convencimiento y alegría el mensaje de este artículo.

    Muchas gracias !!

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