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Los veinte minutos: estándares, spots y simulacros de la lectura en México
Este País | Juan Domingo Argüelles | 01.02.2015 | 0 Comentarios

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Una clase política que no lee, ¿puede creer en la lectura como una actividad provechosa y en la importancia de promoverla? La más reciente campaña de fomento a la lectura, como la mayoría de las anteriores, demuestra tajantemente que no.

Hace cuatro años y medio, el 27 de agosto de 2010, en el último tercio de la segunda administración federal panista, la Secretaría de Educación Pública (SEP) lanzó el programa Estándares Nacionales de Habilidad Lectora con el propósito de fomentar la lectura entre los alumnos de primaria y secundaria, para que, con el apoyo de los maestros y los padres de familia, se mejorara la educación y se remediaran los bajos índices de lectura. Tales fueron los anuncios, muy destacados en los medios.

Dichos Estándares establecieron el número de palabras leídas por minuto (PPM) que, idealmente, debían alcanzar los alumnos durante la lectura asistida o controlada por sus padres. Para la primaria: de 35 a 59 palabras, los de primer grado; de 60 a 84, los de segundo; de 85 a 99, los de tercero; de 100 a 114, los de cuarto; de 115 a 124, los de quinto, y de 125 a 134, los de sexto. En el caso de los alumnos de secundaria, las metas se fijaron del siguiente modo: de 135 a 144 palabras para los de primer grado; de 145 a 154 para los de segundo, y de 155 a 160 para los de tercero.

El “acompañamiento” de los padres o tutores, durante la lectura de los alumnos, implicaba que vigilaran el cumplimiento de estos Estándares. ¿De qué modo? Muy simple: cronometrándoles la velocidad lectora y calculándoles el número de palabras leídas. Si tal mecánica era incierta en sus alcances y resultados, y ni siquiera revelaba los argumentos pedagógicos sobre los que se apoyaban dichos Estándares, más enigmático resultó el “tiempo de lectura” que se estableció para llevar a cabo dicho ejercicio: 20 minutos. Mágicos 20 minutos. ¿Y por qué no 15?, ¿por qué no 17?, ¿por qué no 22?, ¿por qué no 25?, ¿por qué no 30? ¿Cuál fue la razón científica o el estudio de didáctica que llevó a fijar esos 20 minutos? Hasta el momento, nadie ha dicho de dónde salió esa idea de los estandarizados 20 minutos. Pero ahí sigue, como todo lo que el Gobierno jamás explica.

El caso es que los Estándares Nacionales de Habilidad Lectora de la SEP “propusieron” y “sugirieron” (obligadamente, porque si algo se estandariza, proponer y sugerir son verbos que se conjugan con la expresión imperativa “¡a fuerza!”) las siguientes prácticas:

Se propone que las madres y padres, tutores o familiares dediquen 20 minutos diarios a leer con sus hijos:

1. Se sugiere que los adultos lean en voz alta los primeros cinco minutos, con la finalidad de que una lectura experimentada y adecuada vaya acercando a los niños y jóvenes al mundo de la lectura (si los padres no saben

leer, sí pueden, sin embargo, escuchar la lectura de sus hijos y conversar sobre lo leído);

2. Posteriormente, el niño o joven deberá leer en voz alta durante los siguientes diez minutos;

3. Al finalizar la lectura, se recomienda que, por lo menos durante cinco minutos, los adultos platiquen con los niños o jóvenes sobre la lectura para que estos conversen sobre lo que han comprendido. Se sugiere generar una breve discusión sobre las inquietudes o reflexiones que generó la lectura;

4. Finalmente, se recomienda revisar con los niños o jóvenes las palabras que omitieron o que leyeron de manera incorrecta.

Pero había algo más: “Es conveniente que por lo menos cada ocho días, las madres, padres o familiares cuenten cuántas palabras leen sus hijas e hijos en un minuto y lleven un registro de ello para observar su avance”.

Todas estas “sugerencias”, “propuestas” y “recomendaciones” partieron siempre de la buena intención más que de un estudio realista de los ámbitos escolar y familiar en relación con la lectura. Por ejemplo: ¿cuántos padres podían realmente llevar a cabo la “lectura experimentada y adecuada” que sobrentendió (y sobrestimó) la SEP? Los problemas de la lectura no solo están en los alumnos, sino también en los adultos (padres de familia y tutores, y por supuesto en los maestros); son producto de la misma escolarización sin buenas prácticas lectoras. Luego “proponía” la SEP que después de leer el niño o el joven 10 minutos en voz alta, se conversara con él “sobre lo que se ha comprendido” y (pleonásticamente) se generara “una breve discusión sobre las inquietudes o reflexiones que generó la lectura”. ¿Cuántos padres o tutores tenían el tiempo, la disposición y la capacidad para hacer esto que la propia escuela no realiza en las aulas y que le resultó muy cómodo al sistema educativo endosárselo a los padres, en ausencia de un verdadero programa de didáctica de la lengua y la lectura en las escuelas?

Para tener una idea de la realidad, refiero la siguiente anécdota. En una peluquería, mientras me cortaban el cabello, escuché la forma en que otro peluquero leía, en voz alta, para los demás, la Biblia. La lectura de uno de los pasajes del Génesis fue algo así: “Dijo luego, Yahveh no es, bueno que el hombre este solo voy a hacerle, una ayuda adecuada y Yahveh Dios formo del suelo todos, los animales del campo y todas las aves, del cielo y los llevo ante el hombre para ver, como los llamaba, y para que cada ser, viviente tuviese el nombre que el hombre le diera”. Me pregunté qué podían entender el lector y los escuchas con lectura tan imposible de comprensión. Y así lee mucha gente: sin reconocer acentos, sin distinguir pausas, sin diferenciar ideas, en una especie de tartamudeo de la prosa escrita que acaba por convertir aquello en un galimatías. Algo parecido a que las primeras líneas de, por ejemplo, un cuento de Borges (“Los teólogos”) se leyeran del siguiente modo: “Arrasado el jardín profanados, los cálices y las aras entraron a caballo, los hunos en la biblioteca monástica y rompieron, los libros incomprensibles, y los vituperaron y los quemaron acaso, temerosos de qué, las letras encubrieran blasfemias, contra su dios que era una cimitarra de hierro”. Así lee mucha gente, a tropezones, como aquel peluquero, que muy probablemente era padre de familia. ¿Y a esto la SEP lo llamaría “lectura experimentada y adecuada” para ayudar a que los hijos comprendan mejor lo que leen o lo que les leen? Es no tener idea de la realidad. Es, coloquialmente, hacerse patos.

Otra de las “recomendaciones” absurdas de los Estándares, destinada a los padres de familia y tutores, era “contar y llevar el registro del número de palabras leído por los hijos”. ¿Podía tener esta última instrucción un sesgo siquiera de placer? Por supuesto que no: leer nada tenía que ver con disfrutar y con aprender, sino con hacer tarea; tarea que, por supuesto, los padres no iban a calificar con bajas notas para sus hijos. ¿Que si cumplían el estándar? ¡Por supuesto que sí! ¿Que si comprendían la lectura? ¡Claro que sí! ¿Que si leían estupendamente en voz alta? ¡Quién iba a decir que no! Ya sabemos qué es lo que ha pasado en México con las autoevaluaciones, no solo de los alumnos sino de los propios maestros, y no solo de estos sino de los mismísimos funcionarios que no admitirían jamás que no están calificados para los puestos que ostentan. ¿Cuándo se ha visto, en México, que un funcionario renuncie por considerar que el puesto le queda grande?

Como muchas de las cosas que la burocracia anuncia con enorme alharaca, el programa de los Estándares Nacionales de Habilidad Lectora no ha presentado hasta hoy, oficialmente (luego de más de cuatro años), sus resultados. Sería importante conocerlos. Los diarios impresos y los medios electrónicos dieron a conocer, muy ampliamente, la noticia del “comunicado 139” de la SEP, mediante el cual el entonces secretario Alonso Lujambio anunció la aplicación de dichos Estándares, pero es hoy el día en que no existe un comunicado similar que informe cuáles fueron los logros o cuáles son los avances de dicho programa. ¡Vaya, ni siquiera sabemos si, con la nueva administración (priista), la SEP reafirma o convalida lo que se anunció en agosto de 2010! Podemos suponer que no lo ha eliminado, puesto que en internet se mantiene el portal respectivo, pero en este portal (Habilidad Lectora) no hay absolutamente nada que no sea lo mismo de hace cuatro años y medio.

En su momento, con la buena intención que le caracterizó (y con las ideas fijas de las que nunca se movió), el entonces secretario de Educación Pública, Alonso Lujambio, afirmó lo siguiente (a lo que dieron mucho eco los diarios impresos y los medios electrónicos): “Si todos los días leemos 20 minutos con nuestros hijos y cada cuatro o cinco días les medimos cuántas palabras por minuto leyeron, vamos a poder evaluar con gran precisión lo que está pasando con nuestros hijos y les aseguro a los padres de familia que en cuatro o cinco meses van a ver una mejoría radical, notoria, espectacular, del modo en que nuestros hijos leen y comprenden la lectura”.

Pero esa “mejoría radical, notoria, espectacular, del modo en que nuestros hijos leen y comprenden la lectura” no se dio a conocer, como una realidad, ni en cuatro ni en cinco meses, ni un año después, ni al final del segundo sexenio panista, ni al principio de la nueva administración (priista) ni tampoco durante el primer tercio del actual sexenio, que se cumplió el último día de noviembre de 2014. Simplemente no se ha dado a conocer. Por ello, ante la ausencia de resultados, caben las preguntas.

¿Hubo, es decir, hay, realmente (como fruto de los Estándares Nacionales de Habilidad Lectora de la SEP) esa mejoría radical, notoria y espectacular en la práctica y la comprensión de la lectura en los alumnos de primaria y secundaria? ¿Funcionaron o funcionan realmente los Estándares para mejorar la lectura y conseguir que los alumnos de primaria y secundaria no únicamente eleven sus capacidades técnicas, sino que también se aficionen por los libros? ¿Dónde están los resultados? ¿Cuáles son los indicadores? ¿Mediante qué criterios científicos se puede asegurar que se consiguió la mejoría radical, notoria y espectacular? Son preguntas indispensables. Si lo que proponían era medir la lectura, antes que cualquier cosa las autoridades debieron prever también la medición (es decir la evaluación) de sus propios sistemas pero, sobre todo, medir sus propias palabras.

Si hacia enero de 2010 o febrero de 2011 (cuatro o cinco meses después de poner en marcha el programa) la mejoría en la práctica y comprensión de la lectura se tenía que suponer radical, notoria y espectacular (como lo anticipó el entonces titular de la SEP), sería lógico que hoy (más de cuatro años después) esa mejoría sea lo que le sigue (en cantidad y cualidad) a adjetivos tan concluyentes como radical, notoria y espectacular. Difícil será encontrar dichos adjetivos superlativos, pero más difícil aún es saber si se cumplieron las expectativas ya de suyo abultadas y estruendosas.

Cabe decir que, cuando la SEP lanzó el programa de los Estándares, lo hizo con la colaboración del Consejo de la Comunicación / Voz de las Empresas, cuya campaña “Diviértete Leyendo” ha recurrido a representantes del espectáculo y el deporte que se asumen como voceros de la lectura y que, como tales, invitan a leer y a divertirse. En este sentido, la SEP buscó o simplemente encontró (no lo sabemos) una contraparte civil (y a la vez empresarial), a manera de agente coadyuvante, para echar a andar lo que se anunció tan espectacularmente.

Si a esto se refería el entonces secretario de Educación Pública con el adjetivo espectacular (“que tiene caracteres propios de espectáculo público” o que es “aparatoso u ostentoso”, de acuerdo con el diccionario de la rae), entonces todo se trató de ruido político y estrategia mediática, porque hasta ahora lo “espectacular” de dicho programa no son los resultados (que nadie ha revelado), sino exclusivamente los oficios de las personalidades del espectáculo (actores, actrices, cantantes, locutores, conductores de televisión, comediantes, etcétera) que, a pesar de su dudosa vocación lectora (en la mayoría de los casos), se asumen como portavoces del “hábito de leer” y participan en la campaña de los 20 minutos en calidad de personas “influyentes”: es decir, de agentes sociales que tienen la capacidad de influir para reafirmar o modificar conductas en quienes los admiran o simplemente los identifican.

Lo cierto es que los propósitos de la persuasión y de la inducción a través de mensajes ideológicos no son otra cosa que propaganda (si partimos de las definiciones de Eulalio Ferrer Rodríguez), combinada, en este caso, con publicidad, dado que estos mensajes ideológicos se auxilian de los intereses comerciales representados en las figuras públicas de la televisión, la radio, el cine, el deporte y, en general, el espectáculo y la farándula de donde han salido, y a donde pertenecen, todos los voceros de los 20 minutos de lectura.

Nunca antes una campaña de lectura en México había tenido tanto poder mediático, y nunca antes se había invertido tanto dinero y se había puesto tanto empeño tan mal empleado; en resumen, nunca se había visto en el tema de la lectura tanta insistencia tan mal correspondida, pues lo peor de todo es que se ha hecho de la forma menos efectiva, de la manera más equívoca, con el desconocimiento más grande sobre la realidad de la lectura, y a partir del simulacro como premisa: muy lejos de la realidad y con la única voluntad del optimismo que siempre ofrecen los nobles mitos en torno a la cultura escrita. Si, como afirma Ferrer Rodríguez, “la propaganda lo ritualiza todo”, el ceremonial en el que se basa la campaña de spots plantea una proposición de la que no se duda ni un instante: repetir algo una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez, ad náuseam, modificará conductas, pero aun si no es así, dejará en el ambiente la sensación de que algo ha cambiado para tornarse mejor. En su libro De la lucha de clases a la lucha de frases (Aguilar, Madrid, 1992), Ferrer Rodríguez advierte: “La verdad se torna monopolio del poder y la palabra en trampa del lenguaje”. Que confundamos hoy las buenas intenciones con la realidad es, sin duda, consecuencia de esas trampas del lenguaje.

En realidad, el gusto por la lectura, la pasión por la lectura y lo que muchos llaman (inexactamente) el “hábito de la lectura” (que puede ser tal, pero que no necesariamente se vincula al placer) se transmiten de persona a persona por medio del contagio viral incurable y no mediante spots edificantes y simulacros de 20 minutos. El entorno es, en este sentido, decisivo, mucho más que cualquier propaganda, pues el principio de todo aprendizaje es, en esencia, la emulación. (El ambiente de lectura prohíja lectura, el ambiente de deporte favorece el deporte, el ambiente criminal incentiva el crimen.) Además, el placer de leer, el gusto de saber, el gozo de conocer mediante el uso cotidiano de la cultura escrita, poco o nada tienen que ver con un propósito pragmático mediato o inmediato como adquirir un mayor vocabulario (típico argumento de profesores) o un mayor desenvolvimiento para obtener un mejor empleo con una mejor remuneración (típico argumento de empresarios que no leen absolutamente nada si no es por recompensa pecuniaria).

En uno de los excelentes ensayos de su libro Dinero para la cultura (Debate, México, 2013), Gabriel Zaid explica:

El vicio de leer se contagia de padres a hijos, entre compañeros y amigos, de maestros a discípulos, de unos grupos sociales a otros, de una generación a la siguiente. Ver a una persona desconectada de la realidad y absorta en el trance de leer, escuchar que habla con felicidad de su experiencia, saber que secretamente alguien lee, despiertan la curiosidad, la emulación, el deseo de participar en la aventura, de pertenecer a ese mundo. Tiene el prestigio de lo aventurado y distinto. Conduce a leer por gusto, aunque al principio no guste (como sucede con las primeras experiencias de fumar). Es un gusto adquirido por contagio, que se va refinando por exploraciones propias y la conversación con otros lectores.

En pocas palabras, el contagio de la lectura es, como concluye Zaid, “una tradición de lector a lector” que no se puede conseguir con propaganda ni tampoco con publicidad, o con la conjugación de ambas. Nadie sale corriendo a una librería o a una biblioteca nada más porque escuchó un spot o vio y leyó un mensaje acerca de lo muy divertido que es leer, emitido por una figura mediática del espectáculo a la cual identifica (y con la que, posiblemente, se identifica). Quienes leen y saben de lectura, quienes tienen a la lectura como una de sus necesidades, saben perfectamente que no es así como se llega a los libros y al gusto de leer. Y lo saben por propia experiencia. No importa cuántas veces te digan (te insistan) que debes leer; lo que realmente importa es quién te lo dice (un lector, por supuesto) y cómo te lo dice (con sinceridad, con entusiasmo y con autoridad, por supuesto). Y justamente de lo que carecen los portavoces de la lectura mediática es de sinceridad, entusiasmo y, sobre todo, de autoridad en la lectura (podrían tener dichos valores en otras cosas, pero no precisamente en la lectura).

Si partimos del hecho mismo de los ya famosos 20 minutos de lectura como tiempo estándar (sin que podamos resolver aún cómo exactamente se llegó a proponer este lapso “ideal”), veremos que sospechosamente existe, más que un paralelismo, una copia, un burdo calco de los 20 minutos diarios de ejercicio físico que los médicos consideran “suficientes” para un “estilo de vida saludable”. Parece obvio que quien determinó los 20 minutos de lectura como tiempo ideal, lo hizo con el propósito de imitar la cuota del ejercicio físico. Pero la lectura no funciona así, y esto lo saben los lectores, aunque lo ignoren los hacedores de campañas. Leer 20 minutos al día, como medida de gimnasia intelectual, es por lo menos un mal chiste. No hay nadie que se atreva a recomendar algo semejante con la música o el cine. ¿Alguien sería capaz de lanzar las campañas “Escucha música 20 minutos al día” o “Ve cine 20 minutos al día”? Por supuesto que no: porque quienes escuchan música y ven cine no se conformarían con tiempo tan mezquino.

Los lectores (al igual que los escuchas de música y los espectadores de cine) son, en esencia, desmedidos, y pretender cuotas de 20 minutos de lectura para luego sumar cada retazo y alcanzar nueve millones de horas de lectura (como se lo propone el Consejo de la Comunicación en otro de sus programas: “Leer más es extraordinario”) delata un tremendo desconocimiento de las consecuencias de la lectura y de su naturaleza adictiva cuando se trata de una auténtica afición y no únicamente de una simple calistenia. Por otra parte, si tomamos en cuenta que, según los estudios de consumo, el tiempo promedio diario por televidente, en México, es de cuatro horas con 45 minutos, los 20 minutos diarios de lectura son simplemente una ridiculez. ¿Sumar retazos de lectura para millones de horas leídas? ¿A quién le interesa algo así? Con toda seguridad, no a los lectores.

Además, la idea de que una persona famosa modifique nuestra conducta en lectura (aunque no tenga nada que ver ella misma con la lectura) es por principio equivocada. Los famosos influyen, con su fama (aun si no se lo proponen), desde los oficios, profesiones o actividades en los que destacan visiblemente. Por desgracia, alguien tan famoso como “El Chapo” Guzmán habrá influido ya sin duda en muchos mexicanos sin siquiera proponérselo o aun si no se lo propuso; del mismo modo que, virtuosamente, deportistas, cantantes, actores, actrices, pintores, escritores, músicos, toreros, etcétera, han influido e influyen todos los días en quienes los admiran, los identifican (y se identifican con ellos) y los siguen en los medios de información. Es obvio que Hugo Sánchez o “El Chicharito” Hernández han seducido a futbolistas y aficionados al futbol, pero no pueden tener ese efecto multiplicador vocacional en el caso de la lectura, por una muy sencilla razón: antes que cualquier cosa se les identifica como futbolistas y no como lectores.

Este es el caso de prácticamente todos los voceros de los programas de lectura del Consejo de la Comunicación. Nadie duda que un cantante pueda leer un libro (¡y que incluso haya leído uno!), pero proponerlo como modelo a seguir en el gusto o el hábito por la lectura es ciertamente desatinado y desmesurado. Quizá lo que nos quieran decir sus spots y sus imágenes es que los famosos son tan comunes y corrientes como cualquiera y que incluso, entre otras cosas, leen libros, y que por ello recomiendan leer 20 minutos al día. ¿De esto se trata? Entonces entendámonos: si bien gobierna, no se cuestiona a un gobernante porque lea escasamente o porque prácticamente no lea (y ni siquiera recuerde los títulos de tres libros que lo hayan entusiasmado); pocos echarían de menos su precaria lectura (si bien gobierna). Caso contrario: se le cuestiona porque, posiblemente, debido a que no lee o debido a que lee poco y muy mal, gobierna también pésimamente.

¿Qué esperan los aficionados del futbol que admiran a “El Chicharito” Hernández? Que meta goles. Y, si es posible, que meta goles extraordinarios. Mayor exigencia sería pedirle que metiera muchos goles y, además de todo, extraordinarios. Pero si no es esto último, que por lo menos meta goles con cierta regularidad y como sea: con la nuca, con la espalda, con el coxis, de rebote, como El Chanfle, pero que meta goles. Sus admiradores no estarán sentados ante la televisión viéndolo fallar una y otra vez, para que luego del partido se disculpe diciendo que todo el tiempo estuvo distraído (y que este no fue “su partido”) porque se quedó en lo más emocionante del más reciente libro de Murakami. No esperan esto los aficionados al futbol. Pero si además de meter goles, “El Chicharito” Hernández se declara lector, lo más probable es que incluso a quienes les interesa la lectura pero no el futbol le cobren cierta simpatía al jugador, pero no por cierto los no lectores amantes del futbol irán a la biblioteca o a la librería, a toda carrera, nada más porque El Chicharito dijo que es bueno leer 20 minutos todos los días y que él lo hace siempre antes de cada partido.

Conocer los mecanismos psicológicos y los procesos sociales de la “influencia” debería ser cosa obligada para quienes emprenden campañas que buscan la imitación de las conductas. La influencia es transmutación (mudar o convertir algo en otra cosa), justamente como lo entiende Harold Bloom en su Anatomía de la influencia (Taurus, México, 2011). “Cuando alguien te influye te está enseñando”, sentencia Bloom, pero añade que para que haya influencia tiene que haber también inspiración (estímulo que anima) y aspiración (pretender o desear algo). El gran error de las campañas mediáticas, como es el caso de las que lleva a cabo el Consejo de la Comunicación, es suponer que un mensaje repetido hasta el hartazgo modificará la conducta de las personas, y a ello le añade el modelo a seguir en la figura de individuos que destacan por una o por muchas cosas pero no precisamente por ser lectores desde un punto de vista modélico.

Está comprobado que mientras más se insiste en que el ciudadano vote, que mientras más arrecia el bombardeo de spots electorales, menos ganas le dan de votar. La insistencia y la simulación conducen a la náusea y esta, a su vez, lleva al abstencionismo y no a las urnas. Hay estudios que lo demuestran. Mientras más se repite un mensaje, menos atención se le presta. Por ello, pensar que la propaganda y la publicidad juntas pueden cambiar la actuación y el comportamiento de la gente, para derrotar al abstencionismo, es no saber nada de las emociones humanas y, en general, de la más elemental psicología. Todo el mundo sabe (es un principio psicológico) que basta que alguien te presione a hacer algo para que no lo hagas o para que no desees hacerlo. Y en tanto más te presionen, más lo aplazas, y si llegas a hacerlo será de muy mala gana.

¿Qué hay en los spots de los 20 minutos de lectura? Banalidad y trivialidad. Simplemente, el verbo divertir (“Diviértete leyendo”) significa trivializar las potencias de la lectura. Es cierto que la lectura puede ser (y lo es) divertida, pero si alguien se quiere divertir tiene tal cantidad de opciones que quizá la lectura puede ser la menos divertida de todas. El solo hecho de plantear la lectura como una “diversión” (pasatiempo, entretenimiento) desnaturaliza el poder transformador y redentor de la cultura escrita que siempre es algo más que un simple divertimiento. La diversión implica lo festivo y la distracción momentánea de las cosas importantes, pero la lectura, aunque puede ser recreativa y de esparcimiento, siempre tiene algo más que los spots ignoran. Ese algo más es, precisamente, que la lectura también es importante y, en muchos casos, prioritaria frente a cualquier entretenimiento, diversión o recreo. Solo con la banalización de las potencias que tiene la lectura se puede entender que la SEP y sus aliados prescriban los insistentes 20 minutos de lectura por medio de la recomendación de personajes famosos (sobre todo de la televisión) que muy poca gente identifica como lectores modélicos.

El gran problema de este tipo de campañas mediáticas es confundir la opinión con la propaganda, como bien lo ha examinado Zaid: “La esencia de la propaganda es la repetición. […] Una cosa es opinar libremente, con la amplitud necesaria para expresar un punto de vista, y otra bombardear con mensajes breves y repetitivos. Una simple opinión puede tener la fuerza de un argumento convincente, pero no la fuerza de la repetición que entroniza unas cuantas palabras. Una opinión repetida mil veces no es una simple opinión”. Pero, además, quienes confían en el bombardeo de clichés como formas infalibles para engendrar o modificar conductas olvidan que una cosa es convencer a la gente, mediante spots insistentes, para que compre algo, y otra muy distinta es convencerla, con argumentos, para que realice algo. En el primer caso, basta con tener dinero para adquirir incluso lo que no se necesita (tal es el fundamento de la publicidad); en el segundo, no basta el dinero, y a veces ni siquiera es necesario, pero son indispensables la disposición y la necesidad. Quien no necesita una cosa (leer, por ejemplo), es decir quien no siente que lo necesita, no pone disposición alguna para emprenderla o conseguirla, y siendo así los spots (sobre la lectura, el deporte, el arte, la honradez, etcétera) son como las llamadas a misa. Leer exige, además, un ejercicio intelectual que no todo el mundo está dispuesto a realizar: exige una práctica que está más allá del entretenimiento y la diversión.

Por ello, incluso las campañas de sensibilización tienen que ir acompañadas de ejemplaridad respecto del asunto sobre el que se desea sensibilizar. ¿Y cuál es la ejemplaridad en el ejercicio diestro de la lectura de los voceros o portavoces que eligió el Consejo de la Comunicación y que, en su momento, avalaron las instituciones oficiales? Carecen de ejemplaridad en la lectura, porque su ejemplaridad está en otros ámbitos. Pueden ser ejemplares deportistas, ejemplares cantantes, ejemplares conductores de la televisión, ejemplares actores, ejemplares comediantes, ejemplares músicos, etcétera, en caso de que realmente lo sean para quienes así los reconocen, pero por supuesto no son lectores ejemplares.

Quien lee 20 minutos al día es como quien sigue la recomendación de beber dos litros de agua diariamente, y lo hace no porque le guste, sino porque le han dicho que eso es saludable. No es el caso de los lectores cuyo tiempo de lectura no admite mediciones. Si los vendedores de la “lectura veloz” garantizan y certifican que una persona puede alcanzar a leer 2,000 palabras por minuto, de tal forma que pueda despachar un libro de 400 páginas en solo 40 minutos, esto quiere decir que en dos sesiones de 20 minutos se puede leer Cien años de soledad para luego, con el tiempo sobrante, ver la tele hasta las tres de la madrugada.

¿Quién querría, por cierto, leer 10 veces más rápido Cien años de soledad o En busca del tiempo perdido? Indudablemente no los lectores que disfrutan la sensualidad del tiempo fabuloso y memorioso que proponen Gabriel García Márquez y Marcel Proust en sus obras, sino los que creen que todo es urgente y que la alta velocidad es la mejor medida del placer y el saber. Siendo así no hay nada mejor que morirse más a prisa, en lugar de disfrutar la existencia y, como le dijera el famoso arriero a José Alfredo Jiménez, no llegar primero, sino saber llegar. En uno de sus extraordinarios ensayos (“Apología de la pereza”), incluido en el volumen Memoria para el olvido (fce, México, 2008), Robert Louis Stevenson sentencia con sabiduría: “Siembra prisas y recoge indigestión”.

Por otra parte, no deja de ser irónico que en la página electrónica de la sep correspondiente a los Estándares Nacionales de Habilidad Lectora, el nombre del programa del Consejo de la Comunicación diga a la letra: “Diviertete Leyendo”. No saben, ni la sep ni dicho Consejo, dónde colocar un acento ortográfico en una palabra esdrújula, del mismo modo que no distinguen la diferencia entre la pausa de una coma y el silencio más enfático de un punto y coma en la mayor parte de sus mensajes más bien equívocos y enredados (reveladores de que no saben leer), como uno en el que cierta personalidad de la televisión afirma, con abierta sonrisa: “Las cámaras te vuelven una estrella, leer te lleva a alcanzarlas”. ¿Leer te lleva a alcanzar las cámaras? ¿Esto quieren decir? No, por supuesto que no. Lo que quieren decir es que leer te lleva a alcanzar las estrellas, pero no saben cómo decirlo porque no saben leer ni escribir, todo lo cual demuestra la incongruencia de que las estrellas de la tele inviten a practicar un ejercicio intelectual que tan escasamente realizan.

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La campaña de los 20 minutos de lectura de la SEP y el Consejo de la Comunicación vincula lectura con productividad y relaciona muy especialmente “la probabilidad de tener un mejor empleo y mejores salarios” con la competencia lectora. Si es así, estamos perdidos incluso en este aspecto. En la página de la sep correspondiente a la boleta de calificaciones se informa que:

A partir del ciclo escolar 2011-2012, las alumnas y alumnos [¿las alumnos?] que cursen la educación primaria o secundaria, serán evaluados [¿las alumnos?] en un nuevo formato de boleta, en la cual [¿la boleta o el formato?] considera los siguientes aspectos: a) Las asignaturas del nuevo plan de estudios para la educación básica. b) Un nuevo criterio de promoción de grado para la educación primaria. c) Reporte para la medición de las habilidades que integran la competencia lectora.

Y se muestra un ejemplo para el primer grado de primaria: menos de 15 palabras leídas por minuto, “requiere apoyo”; entre 15 y 34 palabras por minuto, “se acerca al estándar”; entre 35 y 59 palabras por minuto, “estándar”; más de 59 palabras por minuto, “avanzado”. Y si esto último ocurre, se anima al alumno diciéndole: “¡Muy bien, lograrás ser un(a) excelente lector (a)!”. Como podemos ver, con esta frase, no únicamente en el Consejo del Comunicación no saben leer y escribir, sino tampoco en la sep. Lo que quisieron decir y escribir (aunque nadie tenga por qué creerles) es lo siguiente: ¡Muy bien! Lograrás ser un excelente lector o una excelente lectora.

Por cosas como estas, y por todas las demás, es imposible que quienes no sepan leer ni escribir tengan éxito en la promoción y el fomento de la lectura. Gabriel Zaid se ha referido más de una vez a lo cosmético y marginal que se da en torno de la práctica de leer. La lectura únicamente es asunto central para los lectores; en todos los demás casos es un simple pretexto. Afirma el autor de El secreto de la fama (Lumen, México, 2009): “Lo importante de la vida social es la vida social, no la lectura, aunque se hable de libros”. Hoy que se confunde tan fácilmente la propaganda con los argumentos, sería importante preguntarnos por qué ninguna campaña de lectura en México, desde la década del setenta (reinado priista), pasando por la docena trágica de 2000 a 2012 (interregno panista), ha entregado jamás un informe de resultados. ¿Será, tal vez, porque la lectura no se puede medir o porque sus beneficios no son siempre mensurables? Pero si ello es así, ¿por qué entonces todas las campañas y todos los programas en esta materia se fundamentan en las cifras y se imponen metas estadísticas?

La verdad es trágica. En México, independientemente de quién esté en el poder, lo importante no es resolver los problemas, sino anunciar que se resolverán. Lo importante no es la obra en sí, sino la puesta en escena y toda la parafernalia que se estila en el escenario público y frente a los espectadores (que, para los gobiernos, esto somos los ciudadanos y no otra cosa: espectadores). Lo importante no son los resultados (que pueden esperar, a la vuelta de la esquina, a que llegue el prometedor del otro sexenio), sino los anuncios que reproducirán los medios, la escenificación solemne, los discursos enfáticos y el ritual de la promesa que se legitima con la presencia de los representantes de la sociedad civil, las personalidades y agentes coadyuvantes y un par de expertos en la materia (para reforzar la imagen), más algunos presuntos beneficiarios (elegidos muy cuidadosamente no para que hablen, sino para que aplaudan) que acompañan al preclaro prometedor y proporcionan el feliz “ambiente” del muy importante anuncio. Después, a la hora de entregar cuentas, todo será silencio.

“¿Quién evalúa si el secretario o el director hicieron lo que les corresponde?”, pregunta Sara Sefchovich en su indispensable libro País de mentiras: La distancia entre el discurso y la realidad en la cultura mexicana (Océano, México, 2008). Y aquí la pregunta no es retórica, sino obligada, pues no evaluar y ni siquiera probar que lo que prometieron se cumplió son prácticas comunes de la inacción de las instituciones públicas incluso cuando anuncian programas, como el de la lectura vigilada y cronometrada, cuyo propósito es evaluar… a los otros.

Dice bien Sara Sefchovich:

[…] no hay ningún mecanismo para rendir cuentas, para revisar si se cumplieron las promesas, si se llevaron a cabo los planes, si se hizo lo que se tenía que hacer en el cargo que se tuvo y si lo que se dijo que se hizo efectivamente fue así. Por eso cualquiera puede ofrecer la luna y las estrellas, al fin que nadie va a revisar después si lo hizo, si hubo concordancia entre lo propuesto y los resultados conseguidos, entre las promesas y los hechos, entre los informes y la realidad. Y también por eso cualquiera puede no hacer nada en su puesto […].

Pero eso sí, para anunciar programas y proyectos, para lanzar proclamas y soluciones milagrosas a los problemas (y resolverlos en 15 minutos o en cuatro o cinco meses), los funcionarios y las instituciones públicas no pierden tiempo. Tal fue el caso de los Estándares Nacionales de Habilidad Lectora, con todo lo que ello significó a su alrededor.

La conclusión de Sara Sefchovich es irrebatible cuando la confrontamos con la realidad mexicana: “Este es el punto central: en México se supone que todo se resuelve si se crean instrumentos”. El simple hecho de crearlos y, más todavía, el hecho aún más simple de anunciarlos dan por sentado que los problemas han quedado resueltos. Fin de la historia y que nadie pregunte más. Ni siquiera los periodistas que recogieron el anuncio y lo difundieron con gran oportunidad y resonancia se asoman a preguntar, un par de años después, qué fue lo que pasó con aquello a lo que le dieron tanto vuelo. Únicamente informarían algo adicional si la institución y el mismo funcionario u otro (porque el anterior ya se fue) vuelven a hacer una reunión y una conferencia de prensa con gran boato para hacer el anuncio del lanzamiento de otro “instrumento” que se sumará al anterior, o que lo reemplazará, para fortalecer lo ya logrado, que es una forma de decir (con eufemismo y sin sonrojo) que todo lo anterior no sirvió para nada, pero que la nueva ocurrencia ahora sí va a servir.

¿Quién podría afirmar que, a punta de mensajes de famosos analfabetos funcionales y a fuerza de cuotas diarias de 20 minutos de lectura calculada y cronometrada, se ha conseguido formar x número de lectores en nuestro país? ¿Se atrevería siquiera alguien a aventurarlo? Menos ambiciosamente, la pregunta sigue siendo la misma: ¿cómo mejoró la lectura en México, en los ámbitos de la escolarización básica y secundaria, cuatro años y medio después de lanzado el programa de los spots y los 20 minutos de lectura vigilada, acompañado de la promesa de que la mejoría sería radical, notoria y espectacular en cosa de cuatro o cinco meses?

Promesas de políticos, dirán algunos, que únicamente los ingenuos toman en serio. Pero da la casualidad que nosotros somos ingenuos y tomamos en serio lo que los políticos prometen porque estas promesas las hacen desde las instituciones públicas que funcionan con recursos públicos. Por tanto, son las instituciones públicas las que prometen, y se comprometen, y son, también, independientemente de quién esté al frente, las que deben cumplir e informar. Sabemos de antemano que un simulacro es una acción fingida; que no equivale a la realidad. Por ello mismo, no tenemos duda de que la realidad de la lectura en México está más allá de los spots de las fulgurantes y muchas veces fugaces estrellas televisivas y los 20 minutos contra reloj. Podemos suponer que nada cambió, que todo sigue igual. Para no suponer, bien valdría saber.  

______

JUAN DOMINGO ARGÜELLES es poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Estudió letras hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es autor de 17 obras sobre el tema de la cultura escrita. Sus más recientes libros son: Antología general de la poesía mexicana, en dos tomos (Océano/Sanborns, 2012 y 2014), Final de diluvio (Hiperión/Universidad Autónoma de Nuevo León, 2013), Ética y poética de la lectura: El derecho de leer, la libertad de saber (Letra Uno Ediciones, 2013), ¿Es la lectura un derecho? (Ediciones del Ermitaño, 2013), Pelos en la lengua (Ediciones del Ermitaño, 2013), Cuentos inolvidables para amar la lectura (Ediciones B, 2014), Leer bajo su propio riesgo: Mitos y realidades del hábito de leer (Ediciones B, 2014) e Historias de lecturas y lectores: Los caminos de los que sí leen (Océano-Travesía, 2014, nueva edición aumentada).

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