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Cuba y Estados Unidos: los vericuetos de la normalización
Cuba- Estados Unidos ¿Tierra A La Vista? | Este País | Haroldo Dilla Alfonso | 01.02.2015 | 4 Comentarios

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Este ensayo sitúa históricamente el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos, explica las condiciones que lo permitieron, debate con Vargas Llosa y matiza los beneficios que este cambio traerá a los habitantes de la isla.

Si los santeros cubanos tienen razón y el 17 de diciembre es un día en que Babalú Ayé —el Santo Sanador— reina sobre todas las contingencias terrenales, habría razones para sospechar su aporte al anuncio que ese día hicieron Barack Obama y Raúl Castro: el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos.

No obstante, y sin intenciones de culparlo de nada, creo que si de sanar enfermos se trata, el trabajo del santo fue incompleto, pues solo resolvió un problema —el referido a las relaciones diplomáticas— pero dejó otro en pie: el asunto de lo que en la isla llaman “bloqueo” y en otras partes “embargo”. Un artefacto de la guerra fría que penaliza las relaciones comerciales y financieras normales entre ambos países e impide a los ciudadanos norteamericanos viajar a la isla. Pero en realidad el andamiaje legal que sustenta el embargo es tan denso y complejo que se requeriría el involucramiento full de más de un santo, mucha voluntad política y un escenario conveniente. La muerte del bloqueo/embargo no será por decapitación, sino por desangramiento. Lo que hicieron Raúl Castro y Barack Obama fue decretar seriamente el comienzo de ese desangramiento.

Un hecho de tal trascendencia estaba llamado a acarrear todo tipo de interpretaciones, tantas y tan variadas que uno tiene la impresión de estar frente al quinteto de invidentes que manoseaban a un elefante. La erosión del embargo es un dato sensible para muchos actores cubanos —académicos, intelectuales, activistas, funcionarios, negociantes, migrantes potenciales—, todos en espera del disparo para transitar por diversos carriles que conducen o pasan por ese “norte” que los cubanos siempre han estado contemplando. El mismo “norte” hacia el que mira insistentemente el símbolo de La Habana, la pequeña estatua de la Giraldilla sobre el Castillo de la Fuerza, que según la tradición representa el desasosiego de una mujer en busca de un amor perdido.

Los retozos de Eros y Tánatos

Los vínculos entre Estados Unidos y Cuba han sido una desigual y cambiante relación de amor y odio. Un matrimonio de fuertes altibajos sin derecho al divorcio. Lo que ha pasado en el último medio siglo no ha sido otra cosa que un momento en el que prevaleció el extrañamiento y durante el cual han cambiado muchas de las variables que originaron el diferendo. Pero que no ha impedido que La Habana y Miami funcionen como un auténtico complejo transfronterizo, y que los problemas en una de ellas se reflejen de inmediato en la otra.

Siempre fueron vínculos intensos, desde los lejanos tiempos coloniales. A fines del XIX —cito una advertencia de Moreno Fraginals— Cuba era, desde el punto de vista de la economía global, una dependencia de los Estados Unidos. Y desde esa intensidad, sea por sus avances tecnológicos, por la compenetración económica, por sus atractivos liberales o simplemente porque albergaba la mayor colonia de emigrados cubanos en el continente, los cubanos asumieron lo que llamaban sencillamente “el norte” como un referente ineludible. Lo hicieron los autonomistas reformistas y los independentistas radicales, creando una suerte de duende anexionista que recorrió casi todas las motivaciones políticas.

Y cuando los americanos comenzaron su expansión geopolítica sobre el Caribe interviniendo en la guerra que los patriotas cubanos libraban contra España, impusieron a la isla un protectorado que funcionó por tres décadas y dejaron lugar a otras tantas de intromisiones, injerencias y vejámenes. Desde esta realidad no fue difícil para los nacionalistas radicales del siglo XX construir la imagen de Estados Unidos como el enemigo histórico de la nación cubana. Y contraponerla con notable éxito a otra que ensalzaba la influencia del “norte” como una razón primordial para explicar los indudables avances de la sociedad cubana. Y en medio de esta conjunción de amor y odio, la relación Cuba-Estados Unidos fue interpelada por dilemas maniqueos que abrían espacios a soluciones radicales.

La Revolución cubana —ese intenso proceso que transcurrió fundamentalmente entre 1959 y 1965 y que hoy sobrevive como marca política— tuvo que afrontar, desde sus inicios, la hostilidad norteamericana. Conforme la revolución intensificó sus medidas redistributivas y nacionalistas, la presión punitiva se acentuó. Agresiones militares, económicas y políticas fueron partes del stock injerencista usado por Estados Unidos. El bloqueo/embargo fue una pieza principal, decretada en octubre de 1960 y complicada con adiciones y modificaciones hasta 1996, cuando quedó resumido en un documento propio del peor macartismo internacional: la Ley Helms-Burton. Fue una revolución atrapada en la tenaza de las doctrinas Monroe y Truman, esgrimidas por un poder descomunal.

Pero con ello no quiero decir que la élite política revolucionaria comandada por Fidel Castro haya sido simplemente una víctima del imperialismo norteamericano, ni que su antiimperialismo militante haya estado motivado por el sano propósito de hacer al mundo mejor. Desde los primeros momentos de su carrera política, Fidel Castro —un hombre que solo ha entendido la política como conflicto y a el mismo como su centro— percibió en la hostilidad norteamericana la posibilidad de trascender la isla y hacerse de una proyección internacional acorde con las dimensiones de su ego y con las habilidades de sus fuentes formativas: la cultura leninista del poder, la grandilocuencia del populismo latinoamericano, la horadación persuasiva de los jesuitas y la falta de escrúpulos de los bajos fondos gansteriles donde inició su carrera política.

Por eso, cuando nacionalizó las propiedades norteamericanas, no intentó pagar indemnizaciones y para ello hizo aprobar una ley (851-60) que establecía un plazo de 30 años para el pago y lo hacía descansar en el 25% de los dividendos de las ventas de azúcar a Estados Unidos. Justo en momentos en que el presidente Eisenhower negociaba la suspensión de la cuota azucarera cubana. Cuando, años después, con un sistema económico en bancarrota y totalmente aislado del continente, se acomodó a los subsidios soviéticos, no perdió una sola oportunidad para declarar su desinterés en una mejoría de relaciones con Estados Unidos. O de patear cualquier intento de acercamiento en aquellos momentos en que la arrogancia imperial cedía espacio al entendimiento.

El precedente más serio del actual restablecimiento de relaciones tuvo lugar hace más de tres decenios, cuando James Carter, posiblemente el más decente de los inquilinos de la Casa Blanca en el pasado siglo, intentó convencer a Fidel Castro sobre la necesidad de superar el antagonismo y normalizar los vínculos binacionales. Desde 1977 —su primer año como presidente— fue notablemente sincero. A través de un enviado personal solicitó un arreglo a cambio de una reducción de la presencia militar en África, donde desde 1975 había tropas de combate cubanas. No pudo ir muy lejos por sus propios enfrentamientos con la derecha republicana pero también porque la respuesta cubana fue el envío de más tropas al continente africano, esta vez a una zona de altísima sensibilidad geopolítica: el cuerno de África.

En aquellos días los discursos oficiales cubanos no dejaban espacios a la duda: el Gobierno no consideraba conveniente renunciar a sus misiones militares en África en apoyo a “gobiernos revolucionarios y progresistas” para satisfacer los requerimientos norteamericanos, entre otras razones porque el Gobierno norteamericano tenía presencia militar en numerosos países del orbe. Un argumento retórico perfecto, pero absolutamente desfasado e incierto al menos en tres sentidos. El primero en términos de realismo político, al colocar a Cuba en el mismo nivel geopolítico que Estados Unidos, seguramente confiando (como estipulaba la Constitución cubana) en la eternidad de las relaciones con la Unión Soviética. Segundo, por considerar como progresistas y revolucionarias a las élites africanas poscoloniales que no tardarían en consagrarse como las más corruptas y represivas del mundo. Tercero, por explicar la no negociabilidad del involucramiento en cuestiones de principios, cuando la historia demuestra que se trató de una combinación de grandezas y miserias donde las razones geopolíticas predominaron sobre otras consideraciones éticas.

De cualquier manera, cuando se acercaban las elecciones —y era evidente que el presidente demócrata cedía ante la concertación conservadora que llevaba como emblema a Ronald Reagan—, Carter fue nuevamente abofeteado por Fidel Castro. No hubo motivos superiores, sino simplemente un revuelo interno producto de la insatisfacción acumulada. Para sacarle presión a la olla política, abrió las puertas a un éxodo masivo hacia Estados Unidos desde el puerto de Mariel donde, de paso, vació cárceles y manicomios. Fue una época en que La Habana era recorrida por marchas tumultuosas y mítines callejeros promovidos por el Gobierno que servían por igual para intimidar a los indecisos, vejar a los potenciales migrantes y exacerbar los ímpetus nacionalistas. Una consigna resumía el pulso homofóbico y arrogante de la política castrista ante el único presidente americano que se había propuesto normalizar relaciones: “Carter / loca / a Cuba / no se toca”.

Otro momento interesante se produjo en el invierno de 1996, cuando la derecha republicana, estimulada por lo que ya era un lobby cubano-americano consistente, preparó un paquete legislativo denominado formalmente Ley por la Libertad y la Solidaridad Democrática en Cuba, y conocido como la Ley Helms-Burton. Este acto no solo agregaba nuevas restricciones extraterritoriales, sino que también convertía una decisión ejecutiva en ley.

Receloso de ese contenido extraterritorial y de la erosión de la autoridad presidencial, y animado por sus propios propósitos de levantar el embargo, Clinton mantuvo un duro forcejeo con los republicanos. Pero en medio de la coyuntura, el 24 de febrero, el Gobierno cubano derribó dos avionetas civiles que habían estado violando el espacio aéreo cubano desde meses atrás y arrojando octavillas sobre La Habana. Ningún Gobierno puede permitir que su espacio aéreo sea violado sin miramientos. Pero ninguno se anima a derribar avionetas civiles sin echar mano antes de otros recursos persuasivos, con los que cuenta toda fuerza aérea entrenada como la cubana, ni agotar el recurso de la notificación a las autoridades federales, ni siquiera cuando ha habido una preparación diplomática y política previa. Y a sabiendas de que los avionetas no tenían capacidades militares y estaban capitaneadas por un gamberro político cuya organización estaba absolutamente penetrada por agentes de inteligencia cubanos.

Dos semanas más tarde, Clinton firmó la ley escoltado por los familiares de los pilotos fallecidos en el incidente. Con su sonrisa de rugbista aventajado, explicó la firma como “un mensaje poderoso y unido” a La Habana. Años después confesaría que si bien ello lo proveyó de un buen capital electoral en Florida, también le impidió hacer lo que quería: levantar definitivamente el embargo.

El paisaje medio siglo después

Si a medio siglo de los ukases de Eisen-hower y a tres décadas de las decepciones de Carter, Obama y Raúl Castro han logrado un acuerdo tan relevante, se debe a que el escenario ha cambiado en varios sentidos.

En primer lugar, la hostilidad (embargo incluido) resulta para Estados Unidos una política fatigada. No es cierto que haya sido un fracaso. Como antes anotaba, la hostilidad imperialista, el bloqueo y el aislamiento continental fueron el escenario perfecto para la potenciación de las tendencias más autoritarias y radicales que se movían en el escenario de los años sesenta y que terminaron incrustando a la joven revolución en el bloque soviético. Fidel Castro no hubiera podido gobernar como lo hizo sin la existencia del bloqueo americano, y por eso se encargó de mantenerlo tan vital y agresivo como fuese posible. Y la sociedad insular quedó, por cinco largas décadas, como coagulada al son de un discurso que le ofrecía la oportunidad de una inmolación que la historia, afortunadamente, nunca le dio.

En este sentido —la depreciación política del hecho revolucionario—, el bloqueo fue un éxito total. Pero, ya en el siglo XXI, el trabajo sucio estaba hecho. Cuba no era fuente de inspiración libertaria para casi nadie, sino de curiosa conmiseración. Y la isla había ganado interés en dos campos: la seguridad y los negocios.

En temas de seguridad, el Gobierno de la isla había mostrado una apreciable voluntad para cumplir sus compromisos en las áreas de cooperación (medio ambiente, fronteras, drogas, migraciones) y proteger los más de 1,000 kilómetros de fronteras marítimas con Estados Unidos. Y en este sentido ha resultado un mejor socio que aliados tradicionales como México y República Dominicana. En un contexto de escalada de la guerra contra las drogas y el terrorismo, un Gobierno fuerte en Cuba adquiere para las fuerzas de seguridad norteamericanas una importancia crucial.

Finalmente, la situación existente ha comenzado a ser percibida en Estados Unidos como una pérdida de oportunidades mercuriales para un sistema que reconoce primero a los clientes y luego a los amigos. Como ha quedado demostrado cuando se han abierto brechas comerciales, el mercado cubano pudiera resultar un lugar envidiable de realización mercantil para los productores americanos. Y al mismo tiempo la isla ofrece un excelente espacio para inversiones que no solo podrían aprovechar los recursos ambientales (playas, ciudades, yacimientos minerales) sino también una fuerza de trabajo notablemente calificada y disciplinada por un régimen que no deja espacio a la autonomía social.

Y ha sido esto último uno de los atractivos irresistibles que la llamada “actualización del modelo socialista sostenible” ha ofrecido al capital mundial, con particular urgencia desde que han ido desapareciendo tres factores: Fidel Castro como actor público, la ilusión del petróleo fácil en la plataforma marina cubana y los subsidios venezolanos. La recuperación económica ha resultado una tarea imperiosa para la gobernabilidad y para la propia metamorfosis burguesa de la élite política posrevolucionaria. Y todo ello, sin excepción, pasa por cómo se resuelve el diferendo con Estados Unidos.

Si algo ha mostrado el balance del último medio siglo es que para un pequeño país caribeño como Cuba el acceso al mercado americano es condición —no suficiente, pero sí necesaria— para el despegue económico. Y toda la habilitación de la zona más dinámica del país —la franja costera entre Mariel y Varadero con la Habana como centro aglutinador, que implica un superpuerto pos-Panamax, una zona de maquilas, varias bases de cruceros y yates, un parque impresionante de hoteles y extensas zonas de golf— apunta con insistencia, como La Giraldilla, al norte. Si no hay relaciones con Estados Unidos, el complejo del Mariel estará siempre bordeando el propósito y los hoteles de la isla seguirán a medio ocupar por un turismo clasemediero europeo y latinoamericano que piensa más en ahorrar que en gastar.

Otra cuestión, más compleja, es cuál pudiera ser el impacto de este proceso en la situación política cubana y, en particular, en la consecución de un cambio político.

Mario Vargas Llosa ha opinado sobre el tema desde un breve artículo titulado “Cuba y los espejismos de la libertad”, publicado originalmente en El País. El juicio de Vargas Llosa es lineal: el fin del embargo probablemente producirá un endurecimiento del régimen político al garantizar su supervivencia económica. “El fabuloso crecimiento de China —escribe— no ha traído la delicuescencia del totalitarismo político sino más bien […] su reforzamiento”, entre otras razones porque, sigo el razonamiento de Vargas Llosa, las dictaduras caen cuando son incapaces de satisfacer “las más elementales necesidades de la población”. Por tanto, Vargas Llosa sugiere implícitamente un agravamiento de la situación económica cubana para que los habitantes de la isla se decidan a derribar al régimen autoritario.

Un razonamiento demasiado cargado de yerros analíticos e insensibilidad social que no merecería un comentario si no fuera porque las calidades de su pluma y de su imprenta le garantizan una difusión planetaria, y porque esos mismos argumentos son los que esgrime —con menos gracia e imaginación— la derecha opositora cubana.

Quienes piensan en estos términos confunden —como los tecnócratas oficiosos criollos— una oferta técnica con una realidad política. El llamado “modelo chino” (como su hermano menor vietnamita) no es simplemente una propuesta económica, sino político-cultural. No habla principalmente de cómo organizar los factores productivos sino de cómo articular relaciones de producción basadas en la superexplotación de la fuerza de trabajo con niveles fundamentales de obediencia. Y esa apreciación cultural de la autoridad no existe en Cuba, un país occidental latinoamericano cuyas negaciones iliberales no provienen del orden confuciano, sino de las barricadas populistas.

Es cierto que la normalización de relaciones con Estados Unidos —y en particular la erosión del bloqueo/embargo— creará condiciones más favorables para un mejoramiento de la calamitosa situación económica cubana. Pero no resolverá per se ninguno de sus muchos y acuciantes problemas, en la misma medida que estos problemas no se originan en el bloqueo/embargo. La superación de la actual situación económica pasa inevitablemente por una reestructuración social que implicará eliminar muchos de los resortes de contención populistas y paternalistas, transparentando la verdadera naturaleza de explotación que subyace en el sistema. Y en consecuencia, contribuirá a desvanecer el fantasma de una revolución bienhechora que dejó de existir hace medio siglo y cuya prolongación discursiva se ha basado en los subsidios internacionales.

En el campo político —donde los dirigentes cubanos niegan todo tipo de cambios— la normalización de relaciones creará un contexto diferente a aquel que podía explicar la anatematización de las diferencias. El Gobierno tendrá que moderar el uso de su último recurso retórico —el nacionalismo intransigente frente a una imaginada agresión imperialista— y, según se relajen los impedimentos del bloqueo, también tendrá que buscar en otro lugar las excusas antiimperialistas del descalabro económico. La sociedad cubana tendrá inevitablemente más acceso a información y contactos. Y el espectro crítico y oposicionista del sistema ganaría más oportunidades para opinar y actuar sin que pueda ser presentado como agente de un enemigo que se desvanece.

Cuando Vargas Llosa percibe la pobreza generalizada en Cuba como la antesala para el cambio deseado, no solo resulta insensible sino bisoño. Se encierra en esa perspectiva simplista que ve las revoluciones ligadas al hambre. Lo que, por ejemplo, no permitiría explicar la Revolución cubana en 1959, ni el derrocamiento de Duvalier en Haití en 1986, justo en uno de sus mejores momentos económicos, ni que los chilenos hayan obligado a un plebiscito cuando el milagro económico neoliberal parecía anunciar el fin de la historia. Crane Brinton, en un estudio para anaqueles de buen gusto, lo dijo: las revoluciones no son hijas de la desesperación sino que nacen de la esperanza.

Y cuando la esperanza choca con los errores de los gobiernos, entonces la gente empieza a creer que algo falta y que algo sobra. Tocqueville lo explicó a su manera: “El momento más peligroso para un mal Gobierno es, por lo general, aquel en que comienza a reformarse […]; el mal, que pacientemente se toleraba como inevitable, parece imposible de soportar desde el momento en que se enfrenta la idea de sustraerse a él”.

_______

HAROLDO DILLA ALFONSO es un sociólogo e historiador cubano residente en Chile.

4 Respuestas para “Cuba y Estados Unidos: los vericuetos de la normalización
  1. Leopoldo Burgos dice:

    Es el mejor y acertado análisis que he visto del caso cubano.

  2. T. Cruz dice:

    No veo la necesidad de llamarle gamberro político a Basulto.

  3. Dr. Omar Diaz de Arce dice:

    A este acucioso análisis de mi amigo Dilla le falta en mi opinión solo un elemento. Por qué Obama le ofrece a Raúl Castro en este momento el restablecimiento de relaciones diplomáticas? El presidente de este país es un hombre de visión y sensibilidad políticas que, al igual que Carter y Clinton en su momento, se dio cuenta que la situación de aislamiento en la arena internacioanal, sobre todo en relación con América Latina, era ya insostenible para Washington. No se olvide que incluso la antes dócil OEA no podía convocar a ninguna reunión hemisférica sin que estuviera presente el gobierno de La Habana. Y la próxima era en Panamá. Eso sin olvidar las humillantes votaciones contra el embargo en la ONU. Quien suscribe fue testigo de cómo la inteligencia cubana infiltró a un colombiano en el PNUD; algo que se estuvo haciendo durante más de cincuenta anhos en los organismos internacionales e incluso en los propios Estados Unidos [recuérdese el caso de Ana Belén Montes]. En pocas palabras, visto desde el ángulo de los intereses de USA, la movida se explica perfectamente, independientemente de cuál fuera la situación cubana.

  4. Dr. Carlos Martinez Berroa dice:

    Excelente, como habitual

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